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Relatos de una guerrera

Meivel

Minsorrano sin caminos
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30/10/25
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Respiró hondo tomando aire de forma desproporcionada. Sabía que dejaría de poder respirar enseguida así que llenó sus pulmones todo cuanto pudo. Cerró los ojos y se dejó caer, suave y delicadamente, mientras el frío del agua iba subiendo poco a poco por su espalda, su nuca, su pelo... Sintió el tapón en los oídos, sus ojos y sus labios se cerraron con fuerza y aguantó la respiración. El agua la envolvió el rostro por completo y se quedó suspendida en la nada.

Aguantó todo cuanto pudo, sintiendo la presión en el pecho, el escozor de sus pulmones cuando empezaron a protestar y el deseo interno de separar los labios y buscar oxígeno.
Fue tentador... Demasiado... Pero no sucumbió.
Aquello era importante. Debía aguantar. Aguantar el dolor, aguantar la angustia, aguantar el pesar... Para luego dejarlo fluir.
Debía permitir al agua llevarse todo cuanto la oprimía, todo cuanto la estaba destruyendo por dentro.


Las pérdidas, los fallos, las ausencias, las decepciones, las ilusiones frustradas, las malas creencias... Todo debía irse.
Allí, sumergida durante segundos eternos, su alma fue limpiada, su energía vibró plena y la pureza de su existencia encontró la luz que debía arroparla.
Unas manos suaves empujaron entonces su cabeza hacia fuera, ella se dejó llevar y al abrir los ojos fijó su mirada en aquella quién la sostenía.

Sariel.

La sacerdotisa acarició con cuidado su nuca para sacar su rostro por completo del agua y dejarla respirar. Su cuerpo le pedía a gritos oxígeno, pero ella había encontrado la paz que tanto tiempo llevaba buscando, así que no lo hizo con ansia ni desespero, sino tranquila y sosegada.
Se incorporó y desvío la mirada hacia su diestra, una mano se posó con cariño en su brazo y la ayudó a incorporarse.

Gwenaelle.

Su pecho se sintió libre entonces. Ligero. Sonrió a la Oráculo agradecida, y después las manos de ambas sacerdotisas la guiaron fuera del agua. Saravel las miró y por primera vez en mucho tiempo, se sintió en casa.


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Abrí los ojos en mitad de la noche y me quedé mirando el techo. No era la primera vez que soñaba con la noche de mi bautizo... Pero esa vez el sueño se había quedado estancado en el pecho.

Busqué a Zyon con la mirada, dormía a mi lado como cada noche, abrazado a mí, respirando profundamente. Sonreí y le acaricié el pelo. La comodidad de la habitación de la iglesia se había esfumado días atrás. Habíamos regresado a nuestra caravana y, de alguna forma, ese pequeño sitio me reconfortaba. Era nuestro. Nuestro por completo y eso me hacía sentir bien.
Me incorporé con cuidado y le besé en la mejilla, susurrándole un "te quiero" antes de escabullirme de su abrazo y salir de la cama. Me calcé las botas y, con todo el silencio que pude, salí al exterior.
Fuera comenzaba a amanecer y hacía algo de frío. Me preparé un poco de té y me quedé mirando un punto perdido en el horizonte mientras la taza calentaba mis manos.
El silencio se sentía aterrador.
Todo había cambiado demasiado.
Las preguntas vinieron a mi mente como una lluvia de flechas. Preguntas sin respuesta que me desbordaban y me hacían sentir insignificante.​

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Se habían ido.
Cansadas de luchas interminables, algunas innecesarias, otras sin sentido. Se habían volcado en una tierra que no se lo había puesto fácil y, al final, se habían elegido a ellas mismas... Y a sus niñas.
No se lo tenía en cuenta... Yo misma le había pedido a Zyon más de una vez un descanso... Una tregua.

La carta de Gwen había sido el único soplo de aire limpio. Al menos sabía dónde estaban, sabía que estaban bien. Vivirían desde ahora apartadas de la vida pública, disfrutando del momento juntas, cuidando de Aryse y Gwyneth, construyendo un futuro mejor.
Sonaba genial.

La Iglesia que yo conocía se había quebrado y desplomado en un parpadeo. Al principio, cuando todo sucedió, me sentí abrumada. Pero ahora, después de unos días, de haber asentado lo sucedido, haber tomado decisiones y elegido un rumbo parece que el corazón se ha calmado un poco.
Todavía duele. Sariel, Gwen, Kastan, Caspion... Cada uno de ellos se ha llevado un pedacito de mi (Gwen el más grande), y aunque sé que los voy a extrañar, el cariño por ellos será eterno.


La puerta de la caravana se abrió y Zyon salió fuera frotándose el pelo y bostezando.
-¿Qué haces?
-Perdona, me desvelé.
Me miró desde la entrada y le sonreí, terminandome el té, regresando dentro con él.

Me besó con suavidad, con esa ternura que solo expresaba conmigo y me abrazó antes de volver a quedarse dormido.
Ahí era donde estaba mi verdadera paz. En sus brazos, sintiendo su cuerpo y su respiración pausada. En una caravana fabricada con sus manos que se había convertido en nuestro hogar.
El lugar donde nosotros construiríamos nuestro futuro.​

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