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Requiem por un sacrificio

Yaeko

El que aplaude en los discursos Zhent
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[area]Aunque este pequeño texto pueda venir un poco tarde, ya sea por la circunstancia que sea, no quería dejarlo sin publicar por varias razones. En primer lugar, como recordartorio de los buenos ratos pasados con un personaje que toca fin. Ha sido rol directo y muy agradable durante muchas noches mucho tiempo. También es mi agradecimiento personal al jugador de la forma que creo que sería el deseo de cualquiera; con una última despedida, un recuerdo grabado y unas consecuencias.

Este es un punto de inflexión por varios motivos y que cierra puertas y abre otras nuevas. Espero que aunque escueto pueda gustaros.[/area]

La noche era tormentosa, oscura, fría y sepulcralmente silenciosa. No había nadie más en la sala que solo veía turbado el habitual silencio que la envolvía por el estruendo de sonoros truenos amplificados por la magnitud de la nave. Allí se hallaba una solitaria figura arrodillada, sus labios sellados en mueca seria. Quizás fueran minutos, quizás fueran horas pero el tiempo había dejado de tener sentido en un momento como aquel. En su mano, un pequeño objeto era acariciado por unos dedos recios y curtidos de empuñar el mango de una espada en más batallas de las que habría podido recordar.

Despegó por fin sus labios incoscientemente, previa inspiración sonora y profunda. Era el momento de hacerlo, romper así un silencio autoimpuesto desde el mismo momento en que conocía la noticia. Un periodo de reflexión, dolor, recuerdos y meditación que encontraba su fin. La aceptación que los caballeros del Señor de la Muerte llevan grabada en sus corazones con cotidiana regularida. Su aceptación. Su última oración.

Siempre he basado mi propio discurrir por esta senda transitoria con la certeza de que no hay vida sin muerte ni muerte que no sea consecuencia de la propia vida. He concedido digna y honorable sepultura a más compañeros de los que jamás nadie hubiera deseado sobrevivir. Y después de los primeros que nos dejaron, tras velar en su honorable sepulcro y presentar así mis humildes respetos, llegué a la conclusión de que no había nada más digno y elevado que morir defendiendo aquello que amas. Y sin embargo, aún a pesar de saber de la certeza de este momento y su significado, que no resultará el fin sino un mero tránsito hasta que seamos acogidos por toda la eternidad en aquel lugar al que fuimos destinados y sentenciados por nuestros actos en vida, sentimos pena, dolor y angustia por aquellos que se marcharon. Quizás más por saber que parten a su salvación mientras esperamos aquí la batalla en la cual seremos reclamados y licenciados por nuestro servicio en la hora de la Última Verdad.

“Conocíamos” nuestro sino, conscientes de que este día llegaría y en el cual uno de los dos partiría. Estas fueron mis condiciones y mi fortaleza al aceptar aquella noche de luna radiante sobre el puente que hace honor a Selûne. Ese fue mi sentimiento, fuerza y consuelo para seguir adelante en un camino que veríamos truncado con todos los obstáculos contra los que alguien decidió que debiamos estrellarnos para cumplir con aquello que es justo.

Hoy rendimos aquí homenaje a un hombre leal, digno y ejemplo de todos aquellos a los que rodeaste y regalaste tu sabiduría, tu presencia y tu cariño. Hoy parte tú ánima con la parte de mi corazón que tan solo tú tenías reservada, más allá de la causa, más allá del resto. Es triste aún a pesar de ser certero, pero no puedo sentir más que orgullo y amor eterno hacia la persona que me preparó para este momento, la que me hizo conocerme para hallar la fuerza de uno. Tu acto de sincero sacrificio será el ejemplo de generaciones venideras de los nuestros, otorgando un honor especial a alguien que apreciábamos más allá de los límites de la amistad. Otorgándole el regalo más preciado y sincero que jamás nadie podría entregar, la vida.

El Juez te otorgue un leve tránsito y que su balanza de la Justicia te situé allí donde mereces. Recordaré la promesa grabada en el sencillo metal, entonada por dos amantes sinceros y convencidos. Espérame más allá del Palacio de mi Señor porque la eternidad nos aguarda para no volver a separarnos jamás.

Descansa en paz Segador. Descansa en paz, mi buen Koa.
 

Haladring

Llanero del brasero
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Y tal y como anuncia la Cruzada de Kelemvor, estos momentos tan aciagos siempre han de llegar. Hay quien diría que Minerva es demasiado fría, hierática, y que siendo además Paladina, muchos sentimientos quedan vetados por aquello de no conocer ya el miedo a nada. Pero relatos como este con esos pequeños momentos como lo ocurrido en aquel puente dan a entender que, a su manera, formal y humilde, era capaz de amar tan intensamente a los demás.

Una pena la marcha del Kensái, y una pena que Minerva pase ahora por un momento tan amargo, pese a todo, un buen relato y una buena despedida son.


Minerva":20i02aht dijo:
Descansa en paz, mi buen Koa.

Amén.
 

_diedne_

El que insulta en los discursos Zhent
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Love is in the AIIIIIIIIIIR

que bien escribes jodío!
 

Biff

Orco del Desolado
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Koaz es un heroe, una bonita, intensa y con final historia en la que cada dia le marcaba algo, un pedazo de personaje
 

Falquian

Pastilla perdida de Lunanegra
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REQUIEM

Quería publicar esto hace tiempo, pero mi maldito hombro malo no me ha dejado. Hoy ya no me he podido aguantar mas, leyendo las excelentes líneas de Yaeko. Sirva esto de homenaje y recordatorio.

He aquí lo que sucedió tras la fatídica toma de cierto castillo...
​




Con un chirrido sobrecogedor, las puertas de la Espiral de las Almas se abrieron de par en par, dejando entrar al interior del templo el aire helado de la noche. Los braseros sisearon, avivadas las pavesas contenidas en su interior, y los tapices que cubrían las paredes, con los emblemas de los dioses de la muerte, se agitaron débilmente como espectros silenciosos.

Acompañados por el estruendoso resonar de sus pisadas, dos filas de figuras acorazadas, ataviadas con los grises y negros tabardos de la Fe, entraron empuñando antorchas en alto. Sobre sus pesadas armaduras podían verse aun las marcas de la reciente batalla, las huellas de sangre y barro. Algunos muestran recientes vendajes, otros cojean ostensiblemente. Pero todos caminan estoicos, silenciosos. Ceñudos a pesar de la victoria. Pues aunque toda victoria en el campo de batalla se cobra un precio, el tributo exigida por esto había sido severo. Llevados en brazos por sus camaradas, entraban también en el templo aquellos que no podían hacerlo por su propio pie, ya fuera por las graves heridas... o porque el momento de reunirse con su Dios les había llegado al fin.

En el centro de ambas filas de hombres y mujeres, en la posición que por su rango le correspondía, avanzaba macilento y agotado Inus Theldaran, Azote de los Muertos. Sus ropas y armadura, marcadas por mil golpes, apenas se pueden distinguir entre las manchas de sangre. Un feo corte le cruza el rostro, sanado con medios comunes tras agotar todas sus plegarias. La carnicería en los pasillos de la fortaleza había finalizado con la aniquilación de los defensores, pero la lucha había sido atroz. La lucha codo con codo junto a sus hermanos en los estrechos pasadizos contra la incesante marea de enemigos perduraría en su recuerdo largo tiempo. Pero por encima del horror de la batalla, de los gritos de los moribundos o del sonido de carne y hueso a partirse y rasgarse, quedaría la pena, la tristeza honda y profunda, que ahogaba cualquier sentimiento de victoria. Tristeza por aquellos que habían partido a hacer el Ultimo Viaje.

La fe, la doctrina, y el negro pesimismo con el que había afrontado sus años de servicio, le ayudaban a no sentir tales marchas como perdidas. Los caídos habían muerto por su dios, luchando contra sus mas odiados enemigos, dando paz a las almas torturadas de los que no descansaban en paz. Tal sacrificio merecía ser honrado, y la entrega de sus hermanos le llenaba en realidad de orgullo. Pero a pesar de todo, seguía siendo humano. Intentaba racionalizar sus sentimientos, queriendo creer que lo que sentía era añoranza, que no volvería a ver a los que les habían dejado hasta que llegada fuera su propia hora. Pero ello de poco le servía. La pena subsistía. Puede que fuera un sacerdote de elevado rango de la fe del Señor de la Muerte, y sin embargo ello no había matado esa parte de humanidad que lloraba la muerte de un camarada. De un amigo.

De Nactham.

Se detuvo en el centro de la nave del templo, mientras los hermanos seguían pasando a su lado con su paso fúnebre y silencioso, rota la quietud solo por el tintineo de armas y armaduras y por los gemidos de los heridos. Se giró despacio, mirando sobre su hombro, para contemplarla a través de la maraña desmadejada que eran sus cabellos blancos, empapados aun de sudor.

Minerva.

La Espada del Azote caminaba erguida, orgullosa, marcial. Mantenía la barbilla alta y solo los surcos a través de los que podía vislumbrarse su pálida piel, desmentían su entereza. Eran aquellos surcos en los que las lagrimas habían limpiado el tizne y la sangre. Pues la paladina había perdido en aquella jornada mas que nadie. Sobre sus brazos extendidos, rígidos, portaba el cadáver de su marido.

Nactham Koaz había caído herido innumerables veces. Se había colocado delante de todos en uno de los combates mas cruentos del asalto, resistiendo lo mas duro de la embestida enemiga con un valor y una entereza dignos de un Segador. Había desoído la orden de Inus de retirarse, de situarse en segunda fila. Se había batido como una maquina, sin emitir ni un quejido, ni un grito de dolor, aún cuando las espadas enemigas, que crepitaban con maligna energía, habían mordido una y otra vez su carne. El aasimar le contempló luchar con admiración durante interminables minutos, mientras trataba de abrirse paso desesperadamente entre la turba de enemigos que con la mera presión de sus cuerpos amenazaba con barrerles como una negra marea. Finalmente, su hermano había caído mientras peleaba codo con codo junto a Iria, desapareciendo en la marea de cuerpos antes de que pudiera auxiliarlo.

Iria.

La delgada campeona de Kelemvor caminaba justo detrás de Minerva, los ojos anegados de lágrimas. Parecía especialmente afectada por la muerte del monje. Se había encerrado desde la muerte del Segador en un atormentado mutismo del que Inus no había conseguido arrancarla. Aquello preocupaba profundamente al aasimar. La muchacha era joven, muy joven, mucho mas de lo que indicaba su sempiterna seriedad, su silencio medido y sosegado. Y si el, a pesar de toda su entereza y experiencia, sentía tan profundamente la muerte de su hermano, de su amigo... ¿que sentiría ella, que había luchado al lado del monje en sus últimos momentos... sin poder hacer nada por salvarle?

Como siempre, Iria pareció detectar su mirada. Pero en vez de sostenerla impávida como hacía siempre, la rehuyó, con algo parecido a vergüenza. No era de extrañar, se dijo el aasimar con abatimiento, sintiendo la negra bestia de la fatiga carcomiéndole por dentro. Los siervos del Juez se precian de su estoicismo, de su aceptación de la muerte como algo natural. Y sin embargo...

Inus cerró los ojos con fuerza, recordando el momento en el que Iria había caído, apenas unos instantes antes que Nactham. Recordando el terrible momento en el que pensó que estaba muerta. Cuan frágil soy aun, pensó con amargura, a pesar de mis juramentos, a pesar del poder que me has concedido, mi señor. Cuan humano a pesar de mi linaje y mis títulos.

Pese a ser un profundo creyente y de haber sufrido, a lo largo de los años de servicio en aquella tierra desagradecida y rapaz, algo había estallado en su pecho al ver caer primero a la persona que mas quería en este mundo. Y luego, a uno de sus mejores amigos y discípulos.

Llevado por una cólera como nunca había sentido antes, había desatado en aquel pasillo la ira del Juez. Pocas eran las ocasiones en las que el aasimar hacia uso de todos los dones que su dios le había concedido. Pero la furia nacida de la pérdida había sido el catalizador para que convirtiera aquel estrecho pasillo en las puertas del infierno. Ahora el cansancio después de haber desatado energías de semejante magnitud pesaba en su interior junto al resto de amargos sentimientos que le habían dejado aquella costosa victoria.

Sintió sobre su hombro una mano amiga y abrió los ojos. A su lado estaba Shamelthalar, tan maltrecho como todos los demás, mirándole con una seriedad impropia del fornido elfo. El entendía como se sentía, podía verlo en sus ojos levemente almendrados. El Apotecario siempre entendía. Por eso era tan valioso.

- Escúchala, Inus. - Susurró el elfo. - Ahora mas que nunca te necesita.

Le palmeó el hombro una última vez, antes de alejarse hacia las escaleras de caracol que conducían a la enfermería, en la que sin duda le esperaba suficiente trabajo como para mantenerle en vela el resto de la noche. Y dejó a Azote solo delante de Minerva.

- Minerva... - empezó a decir con voz ronca, intentando apartar la fatiga y la tristeza a un lado.

- Azote. - Respondió la paladina interrumpiéndole, con voz clara y controlada. - Reclamo para el Segador Nactham Koaz la Última Gracia.

Los ojos de la Espada se clavaron en los ambarinos iris de su superior como dos trozos de escarcha. Bajo aquel semblante impasible y controlado se adivinaba el terrible dolor que la paladina sentía en realidad. Su barbilla alzada temblaba ligeramente y a pesar de su compostura, sus ojos enrojecidos aun brillaban húmedos. Por un instante, el Azote solo deseo abrazarla, pero sabía que no podía hacerlo, no en ese momento.

- El derecho la asiste, Azote. - Dijo una voz ronca y profunda, junto a el. Bunkhemut se situó a su lado, llevando sobre cada hombro el cuerpo de un caído en la batalla, como si no pesasen mas que un haz de paja.

Inus aspiró largamente, cerrando de nuevo los ojos. Se frotó la frente, agotado, mientras cada fibra de su ser le pedía que se retirase a un sitio solitario donde pudiera dormir, llorar o reventar en paz. Pero no podía. Sabía que no podía. No hay descanso para el Guía.

- Inus... - Dijo otra voz, la voz de Iria, una voz que casi no reconoció por la amargura que le empañaba.

- Sea. - Sentenció el aasimar, abriendo los ojos. Su semblante se endureció, mostrando la determinación inflexible que solía predominar en su rostro. - Llevarlo al altar principal. Lo haremos ahora mismo.

Con rigidez, Minerva asintió, y pasó a su lado en dirección a los escalones sobre los que se alzaba el bloque de mármol consagrado. Despacio, intentando vaciar su mente de cualquier duda o resto de cansancio, Inus se retiró los guanteletes, entregándoselos a Iria, que seguía contemplándolo con ansiedad. El, sin embargo, no fue capaz de responder a esa mirada.

- Sabes que no esta en mi mano, sil jit. - Susurró con un tono suave, que solo llegó a los oídos de ella.

- Lo se. - Respondió la joven en el mismo tono. - Haz lo que debas hacer, Azote.

El aasimar asintió despacio, descolgando de su cuello el medallón de hierro forjado que era a la vez foco de su poder y símbolo de su rango. Inspiro largamente una vez mas, para dejar escapar después el aire lentamente. Mil veces apelaría al Juicio de su Señor y mil veces se sentiría sobrecogido por su contacto. Ahora debía hacerlo una vez mas, y una vez mas hubo de acallar a esa voz inocente, nacida de un tiempo que Amn casi había borrado de su memoria, que en su interior clamaba por el retorno de un ser querido. Se forzó a si mismo a ser sordo a esa voz, se forzó a apagar los latidos de su corazón y a templar su animo amargo y fatigado. Se convirtió en el Guía y con la mascara impasible que el rito requería, avanzó hacia el altar, subiendo uno a uno los peldaños de granito, dejando atrás a aquella que amaba y sintiendo sobre su espalda la mordedura ansiosa de su mirada.

Sobre la pulida superficie de piedra, Minerva había tendido el cuerpo de su marido. Sostenía sus manos como si el yaciente tan solo durmiera, mirándole a través de un mar de cabellos azabache que impedía distinguir si lloraba o mantenía su semblante inquebrantable. Al sentir la presencia de Inus, soltó despacio los dedos inertes de Nactham y dio un respetuoso paso atrás.

El Azote ocupó su lugar, alzándose sobre el altar. Cerró los ojos, inclinando la cabeza ante el símbolo del juez que se alzaba brillando majestuoso sobre el, y abrió lentamente los brazos, extendiéndolos a ambos lados, mientras controlaba su respiración tal y como le habían enseñado. Sintió en todo su cuerpo el débil hormigueo, el escalofrío del poder acudiendo a su llamada. Las energías contenidas en la Espiral de las Almas acudieron a su llamada y llenaron su cuerpo agotado para darle fuerzas en el rito que debía realizar.

Alzó despacio el rostro, dejando que su piel se bañase en la blanca radiación que emanaba del símbolo de Kelemvor que presidía el templo. Estaba listo. Era la hora.

- Escucha mi ruego, oh Kelemvor, atiende la llamada de tu humilde siervo - Entonó con voz resonante, dejando que las palabras llenaran el edificio. - Uno de tus hijos yace sobre este altar a ti consagrado, caído defendiendo tu causa, muerto luchando por tu credo.

Despacio, bajó las manos hasta apoyar sus palmas sobre el pecho de Nactham, sintiendo el poder divino vibrando en su interior. Las llamas de los braseros y de las teas se agitaron y se extinguieron una a una mientras sus brazos descendían lentamente, hasta que el interior de la Espiral soló quedó iluminado por la luz que emanaba de la enseña del brazo esquelético y la Balanza.

- Si ha llegado su hora, recibe lo con los honores que merece y dale un lugar de descanso entre tus siervos escogidos, oh Kelemvor. Mas si aun le resta una tarea por cumplir, si aun te debe un servicio en esta tierra, devuelve la vida para que pueda seguir honrando tu nombre y defendiendo tu causa.

Pronunciadas las ultimas palabras, Inus dejó escapar el poder retenido de su plegaria, sintiendo como el torrente de energía recorría sus brazos para inundar el cuerpo de Nactham, que quedó envuelto en la misma radiación cegadora que emitía el emblema del Juez. Con los ojos cerrados, el guía fúnebre derramó sobre el cuerpo del monje cada chispa de energía divina que aun le quedaba y después...

Silencio.

Y nada mas.

Inus alzó despacio la mirada, mientras escuchaba como los demás se removían inquietos. Un lamentó escapó de los labios de minerva, un sonido involuntario lleno de dolor. Iria acudió presta a su lado, abrazándola con fuerza mientras el resto de los hermanos congregados realizaban sobre sus pechos la Señal de la Balanza, aceptando el Juicio del Señor de los Condenados.

- AUN NO ME HE PRONUNCIADO.

Las palabras atronaron en el templo, llenando cada rincón. Una presencia sobrecogedora, indescriptible, llenó la nave central de la Espiral. De inmediato, Inus se postró de rodillas ante el altar, sintiendo con cada fibra de su ser la presencia de su Dios.

Ante el símbolo sagrado del Juez, el humo que manaba de los braseros se arremolinó acudiendo de cada rincón del tembló en vaporosas espirales, formando lentamente la imagen espectral de un cráneo encapuchado, que se agitaba fantasmal en la brisa helada que parecía emanar del propio emblema que brillaba a través de la aparición. Era la efigie del Cráneo Descarnado, la imagen mediante la cual el Señor de los Muertos comunicaba su voluntad. Como un solo hombre, los miembros del Azote y los acólitos del templo se humillaron arrodillándose en el suelo.

- EL ALMA DE AQUEL QUE UN DÍA CONOCISTEIS COMO NACTHAM KOAZ DESCANSA AHORA EN MI SENO. - Pronunció la voz con palabras que sonaban a un tiempo frías y llenas de compasión. Heladas y llenas del calor de un cariño no terrenal. - HA LLEGADO EL MOMENTO DE SU DESCANSO, QUE POR MEDIO DEL SACRIFICO Y LA ENTREGA SE HA GANADO.

La voz interior de Inus entonó un llanto de tristeza, mientras el endurecido corazón del aasimar se encogía por el espacio de unos latidos. La sentencia estaba dicha. Su hermano, su amigo, estaba ahora al otro lado de la Ultima Puerta. Y nada podría ya cambiarlo. Un molesto escozor, impropio de el, acudió a sus ojos, mientras pugnaba por mantener bajo control sus emociones. El era el representante de la fe en Amn. Debía dar ejemplo. Debía...

¿Por que podía sentir aun su presencia? Alzó la mirada por fin, atreviéndose a mirar a la aparición espectral a los ojos.

Y esta pareció devolverle, a través de sus fantasmales y oscuras cuencas, aquella mirada.

- PERO - atronó la voz del Juez, tras un largo silencio - ES CIERTO QUE AUN LE RESTA UNA TAREA POR AFRONTAR. UNA QUE CUMPLIRÁ CUANDO LLEGUE EL MOMENTO. HASTA ESE DÍA, HASTA ESE MOMENTO, SERÉIS CUSTODIOS DE SU DESCANSO Y DE SU CUERPO MORTAL. ESA, Y NO OTRA - sentenció con severidad - ES MI VOLUNTAD.

Con un estallido de viento, la aparición se deshizo en mil volutas de humo, mientras la poderosa presencia se retiraba. Los braseros ardieron de nuevo y las antorchas recuperaron su llama mientras murmullos reverenciales llenaban el lugar.

Inus se se puso con rigidez en pié, mirando desde lo alto el cuerpo del hombre que había estado a su lado durante los últimos años. Aquel que con su sosiego ocupara el lugar de Sven, cuando este marchó en pos de su maestro. Tantas conversaciones sentados, a la sombra de los arboles, hablando de los hombres, el bien, el mal, la naturaleza de ambos extremos y su eterno tira y afloja. Su desconcierto ante las emociones, sobre las que el kelemvorita había intentado enseñarle cuanto sabía a través de su propia experiencia. Atesoró por un largo instante todos aquellos recuerdos que hacían a Nactham ser lo que era ante sus ojos.

Retiró despacio la capucha del hombre, que aun ocultaba parcialmente sus facciones, descubriendo el rostro firme y los cabellos cortos y grisáceos. Contempló aquel semblante plácido durante un largo instante y cinceló sus rasgos en su memoria. En aquel momento le parecieron sosegados, tranquilos, llenos de la serena confianza que siempre parecía haber sentido el caído. Ahora descansaba en brazos del Juez. Y no pudo por menos que sentir el aguijonazo de algo intermedio entre la pena, y el anhelo.

- ¿Tus ordenes, Azote? - Preguntó alguien a su espalda.

No hay descanso, se dijo, cerrando despacio los ojos del monje. No para mi. No aun.

- Preparad un sarcófago. - Dijo, con voz grave y desprovista de toda emoción, mientras cubría el rostro del monje de nuevo. - Nuestro hermano descansará en el templo que ayudó a construir hasta que el Juez decida devolverlo al mundo de los vivos. Le velaremos un día y una noche antes de darle sepultura.

Hola y adiós Nactham Koaz, se dijo, con una ultima mirada antes de volverse. Nos veremos pronto, amigo mio. De un modo u otro.

Luego bajó uno a uno los escalones, donde el resto de sus hermanos, de sus hijos, de sus amigos, de su familia, le esperaban para afrontar juntos las consecuencias de aquella largamente anhelada... victoria.



Si no acaba con la guerra, no es una victoria, Michel Eyquem de Montaigne

Los hombres tienen miedo de la muerte, como los niños temen ir por la oscuridad, Bacon

Todo hombre paga su grandeza con muchas pequeñeces, su victoria con muchas derrotas, su riqueza con múltiples quiebras, Giovanni Papini

La muerte sólo será triste para los que no hayan pensado en ella, Fenelón

¡Oh ley por todas partes terrible de la muerte, única en no tener excepción! Gracián

Cobarde es el que no defiende,
Lo que su corazón reclama,
Y blandiendo su arma entiende,
Que morirá por lo que ama.
Cosecha propia
 

Raggnarokk

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[area]...

Juro que nunca te diré adios, un "hasta siempre" jamás saldrán de mis labios.

Aquella noche, fue la última noche...

Dejame escucharte una vez más. escuchar aquellas palabras que llenaron el vacio de mi corazón.

Se, que no puedo volver atrás, pero se que estarás bien, aunque las lágrimas ya no me permitan verte y la distancia sea ahora infinita.

Quiero tocar tu rostro y sonreirte una vez más, hacerte ver que todo va a ir bien, sin necesidad de darte una razón.
[/area]

-// No se como daros las gracias, ya bastantes clinex y lagrimones me habeis hecho gastar... me conformo con llevarme esos momentos que en vuestra compañia he podido disfrutar compis... gracias mil. :(
 

mochilosc

Orco del Desolado
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*Y al morir, como la energia que ni se crea ni se destruye, tan solo se distribuye... una masa de energia se acumulo en los cielos, y tras ella la figura de Koaz con los pulgares alzados diciendole a todos*

Yo molaba, molo y molare! por los restos ....

Res in Peace my friend! que el tito Chuthlu te tenga en su gloria!
 

Liselle

Campero de tiendas
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Le escocían los ojos, y no era por el humo desprendido por los braseros y las antorchas que iluminaban con luces temblorosas el templo. Tenía los ojos anegados en lágrimas que se negaba a dejar escapar. Al menos no en ese momento, ni en ese lugar. Ya tendría tiempo de dejarlas fluir al amparo de la soledad.

Paseó la mirada por sus compañeros, amigos… su familia, al fin y al cabo. Allí estaban, serios, silenciosos, graves. A pesar de que todos aceptaban la muerte como el tránsito natural que era, siempre resultaba triste el momento de la despedida. Admiró la entereza con la que permanecían en pie, frente al cuerpo inerte de Nactham que yacía sobre el altar, con el rostro sereno, relajado.

Sin embargo se sentía profundamente abatida. No por la muerte en sí del monje, los dogmas de su fe la habían preparado para afrontar momentos como ese. Lo que le desgarraba por dentro era la culpa. Un profundo y doloroso sentimiento de culpa.

Era ella la que debía ocupar ese lugar…

Uno a uno se fueron acercando a darle el último adiós a aquel hombre sabio, sereno, silencioso, inocente, valiente, protector... se le ocurrían mil adjetivos para describir a su amigo. Pero uno destacaba por encima de todos… generoso, más allá de cualquier límite. Le había regalado el don más preciado de todos…

La vida.

Aguardó su turno, cabizbaja, mientras recordaba cada uno de los preciados momentos compartidos con él. Un amago de sonrisa, apenas perceptible, asomó a sus labios cuando recordó como lo había visto abatir gigantes de las nieves a puñetazos, antes de que tuvieran que salir huyendo cuando la sierpe se lanzó contra ellos. Rememoró a aquel hombre sabio, que sin embargo contemplaba el mundo con la curiosidad de un niño, observando lo que le rodeaba con cuidadosa atención, absorbiendo cada minucia, empapándose de cada detalle, aprendiendo, siempre aprendiendo, deseoso de conocer más…Y fue Minerva la que le enseñó la lección más valiosa de todas. Le enseñó lo que es amar. Un sentimiento para él desconocido, debido a toda una vida de severa disciplina y riguroso entrenamiento, en la que no tenían cabida los sentimientos. Y al hacer ese sencillo descubrimiento fue como se convirtió en el hombre que todos echarían tanto de menos.

Suspiró largamente, alzando la vista hacia Minerva, cargada de infinita tristeza... Apartó la mirada. No podía contemplar esos ojos enrojecidos, no podía ver ese semblante contenido y rígido, como una máscara de porcelana. No después de que su marido se hubiera sacrificado por ella.

Con paso arrastrado se acercó hasta él. Descolgó un amuleto que pendía de su cuello, uno que tiempo atrás había pertenecido a una joven llamada Zhentia, entregado a Nactham por Minerva, y ahora en posesión suya. Se lo colocó entre los dedos inertes, y aferró su mano entre las suyas.

- Cumpliré la promesa, amigo- Susurró a su oído- Cuidaré de ella… y entregaré mi vida si es necesario, como tu has hecho por mí. Nunca te olvidaré. Descansa en paz, Nactham Koaz.

No añadió nada más. Le dio un beso en la frente, y recogió el amuleto que aun sostenía su fría mano. Lo colocó de nuevo alrededor de su cuello y se apartó despacio, bajando los escalones sin poder mirar a nadie. Sus pasos la condujeron a su habitación y la puerta se cerró a sus espaldas. Por un instante se quedó quieta, muy quieta. Luego inclinó lentamente su cabeza, dejando caer sus cabellos y liberó las lágrimas que hasta ese momento de soledad había logrado retener.
 

Yaeko

El que aplaude en los discursos Zhent
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Muchas gracias a todos los que lo habeis leido y os habeis dejado algún comentario al respecto. Siempre anima el saber que alguien ha leido o lo ha llegado lo escribes.

Con respecto a mis compañeros, mis más sinceras felicitaciones por la caracterización de los personajes y la ambientación caballaresca a algo tan cotidiano y tan poco tocado como es una escena así. Grande Falquian.

Y en cuanto a nuestra querida Liselle, hede decir que me ha encantado la emovitidad, la certeza en la asunción de consecuencias y sus letras breves pero directas junto con una gran contextualización.

Gracias chicos :wink:
 

Raggnarokk

Escritor de muchotexto
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Me repito denuevo... sois geniales.. Así dan ganas de morirse XD

Aun tengo en mente los pañuelos que utilicé para limpiar los lagrimones de estos relatos y escenas ... :cry: :wink:
 
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