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Réquiem Thayino

Teiglin

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Obara avanzaba por los pasillos de la Torre Carmesí seguido de Vraska, su voz y valedora, la tiefling que siempre le había acompañado y a la que había moldeado a su imagen y semejanza a lo largo de los años. Con el tiempo, esta había conseguido forjarse un nombre propio, dejando de ser simplemente una aprendiz bajo la sombra de Obara. Tras ellos caminaba Dorian, el nigromante, trabajador silencioso del Enclave, y junto a él Maelkor y Arizima.

Las paredes de la Torre, construidas en piedra oscura y recorridas por vetas de un rojo profundo, estaban iluminadas por lámparas de aceite y pequeños braseros cuya llama apenas conseguía disipar las sombras de los corredores. Tapices con los símbolos de Thay y de la Casa Alghul colgaban entre arcos de piedra, y de algunas estancias llegaban los murmullos de aprendices, el sonido de páginas al pasar o el ocasional estallido de algún experimento mágico. La Torre había dejado hacía tiempo de ser únicamente un refugio para los Magos Rojos. Era un organismo vivo, lleno de estudios, negocios, intrigas y proyectos que rara vez llegaban a conocimiento de quienes se encontraban fuera de sus muros.

Mientras se dirigían a la sala de reuniones hablaban de los nuevos aprendices del Enclave, de cuán prometedores parecían y de las posibilidades que podían ofrecer si eran correctamente instruidos. Mientras lo hacía, Obara reflexionaba.

La situación en Amn era muy ventajosa tras los años de ausencia y bajo perfil de los Magos Rojos del Enclave, más aún después de una época en la que habían estado demasiado ligados a Amn y a sus guerras, desdibujándose peligrosamente la línea entre Thay y la propia Amn. Aquellas batallas habían establecido, no obstante, buena parte del poder actual de la Casa Alghul, ayudado a su formación y establecimiento y, de alguna manera, habían moldeado el Enclave Thayino de Athkatla a su imagen y semejanza.


El Archimago siempre había sido un animal político. Alguien que había sabido medrar murmurando en los oídos adecuados mientras acumulaba información y poder. El conocimiento era, para un Mago Rojo, tan importante como el dominio de la Urdimbre, y su capacidad para tejer alianzas, temporales o duraderas, y saber cuándo romperlas, resultaba fundamental para que la influencia de Thay y la suya propia pudieran ascender siempre un escalón más.

El Amn que quedaba era ahora distinto.

La influencia de los Ladrones de las Sombras, otrora notoria y considerable, se había difuminado. Quién sabía si porque volvían a tejer sus redes desde algún rincón oscuro, o porque aquellas sombras se habían extinguido, acostumbradas a un trono que durante demasiado tiempo no había sido desafiado. Obara no descartaba ninguna de las dos posibilidades.

La Arcanum Schola se mantenía irrelevante, gracias a esa fijación tan propia de algunas instituciones por conservar líderes que carecían incluso de la competencia básica para ejercer aquello que pretendían dirigir. Ningún líder puede hacer grande nada, ni siquiera a sí mismo, si únicamente trabaja para engrandecer su propia obra y su propio nombre, pisoteando a aquellos que son capaces y podrían asumir tareas importantes.

Un verdadero regente era aquel que sabía hacerse notar sin necesidad de señalar constantemente que debía ser escuchado u obedecido por el cargo que ostentaba. La autoridad no se proclamaba. Debía percibirse. Y, por encima de todo, debía inspirar lealtad.

La misma debilidad podía encontrarse en Murann.

Obara pensaba que aquello era obra de Murkul. Sabio y poderoso, había demostrado saber enfrentar a los suyos contra los suyos. Conocía el hambre, el caciquismo y la ambición. La falta de unidad de aquella empresa llamada Murann parecía diseñada para impedir que ninguna figura pudiera llegar a desafiar verdaderamente la posición del propio Murkul. Sus bajos consejos mutaban, cambiaban de rostros y de intereses, pero rara vez sabían tejer redes de influencia duraderas, el caos ligado a las almas de las criaturas que la habitaban. Enemigos entre ellos en distintos momentos de las demás facciones de aquella capital del mal llamado Imperio, un pequeño reino realmente fruto del control sobre unos territorios sustraídos a una Amn decadente.

Todos ellos eran ahora presa de sus propias ambiciones.

La Iglesia de Selûne, en silencio, había encontrado en el Norte un refugio desde el que había comenzado a forjar lentamente su futuro, lejos de las conspiraciones de Athkatla. Y aquel futuro comenzaba ahora a convertirse en presente, inclinando hacia su autoridad moral y legal a buena parte de las facciones que durante años habían tratado de ignorarla. Aquellos que antaño habían sido defenestrados y humillados debían ahora atender sus movimientos, unirse a ellos o simplemente desdibujarse en la hipocresía que habitualmente imperaba.

Las limitaciones de lo moral eran transitorias, según conviniera.

Y aquella transitoriedad era precisamente lo que había hecho fuertes a los sectarios de la Iglesia de Selûne. Una posición que quizá había sido impulsada, en parte, por la insulsa Gwenaelle; un pan sin sal que había sido subestimado después de la humillación sufrida con su caída a los infiernos, cuando consiguió salvarse de la horca a cambio de perder su estatus.

Pero Obara nunca subestimaba a nadie.

Muchos habían cometido ese error con él. La mayoría de aquellos que lo hicieron eran ahora recuerdos, nombres perdidos en viejos informes o cuerpos que yacían bajo tierra en tumbas olvidadas que solo Thay recordaba.

En este nuevo Amn resultaba sencillo corregir algunos de los errores cometidos durante la guerra de los dragones. Obara sabía que no habían sido pocos. También sabía que sin humildad era demasiado fácil perderse en el ego. Era mejor asumir los fracasos que inventar justificaciones para ocultarlos.

Por eso, a pesar de los intentos de olvido practicados por algunos de sus enemigos supervivientes, la realidad era que Murann le había proporcionado exactamente aquello que necesitaba. La cerrazón de sus nuevos caciques era una bendición para el Enclave Thayino. Ahora disponían de la excusa perfecta para sumarse a los vientos favorables que comenzaban a soplar contra los Dientecillos.

A veces no hacer nada y observar en silencio era mejor que hablar y demostrar la necedad de quien no sabe permitirse asumir su propia responsabilidad.

Obara había aprendido aquello hacía mucho tiempo.

Finalmente llegaron a la sala de reuniones.

Las puertas se abrieron dejando ver la estancia que, desde hacía algún tiempo, había comenzado a ser utilizada como sala de guerra. Una gran mesa de madera oscura ocupaba el centro, cubierta de mapas de Amn, documentos, pequeños marcadores de madera y piezas metálicas que señalaban posiciones, rutas comerciales y territorios de interés. Sobre las paredes colgaban mapas de la Costa de la Espada y varios estandartes de Thay, mientras algunas velas ardían junto a pequeños recipientes de tinta y pergaminos todavía sin estudiar.

Obara se detuvo unos instantes antes de entrar.

Debían organizar las fuerzas del Enclave y las propias para el presente que les rodeaba. No se trataba únicamente de soldados, ni de magos. Aprendices, comerciantes, informadores, estudiosos, contactos y enemigos. Cada uno ocupaba una posición distinta sobre aquel tablero, y no todos necesitaban saber que estaban jugando.

El Archimago entró finalmente en la sala.

Habían sobrevivido a demasiadas guerras como para desperdiciar ahora la oportunidad que se les presentaba.

Alcanzarían el siguiente nivel.

Y, para mayor gloria de Thay, cada vez sería más difícil que Amn pudiera decidir su propio futuro sin tener en cuenta primero al Enclave
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