DM Cachopo
Pitillo desechado de Talivia
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Era una noche cerrada y una ligera niebla acompañaba al convoy que viajaba hacia el este, en dirección a Crimmor. La bruma se aferraba al camino como un sudario silencioso, apagando el rumor de las ruedas y devorando toda forma más allá de unos pocos pasos. El teniente Mato Oiram estaba a cargo de su seguridad y no se encontraba precisamente satisfecho al respecto. Podía presumir de una hoja de servicios ejemplar; durante casi veinte años al servicio de Amn había visto más de lo que la mayoría de los hombres soportaría en una vida entera, y una simple escolta de un par de carromatos no era empresa digna de su ardor guerrero.
Hacía un par de horas que habían salido de la capital cuando el carro que abría la marcha metió una de sus ruedas en un socavón, partiéndola con un crujido seco que desgarró el silencio de la noche. De un salto, Oiram bajó del carro para examinar el daño. No le hizo falta más que un rápido vistazo para comprender que aquello no había sido un contratiempo fortuito. El agujero había cumplido su función: detener el convoy en un punto concreto del camino, elegido con precisión, preparado con fría intención para lanzar sobre los guardias una emboscada fulminante.
Un escalofrío recorrió su espalda. Alzó la vista, buscando a sus hombres entre la niebla que se espesaba a cada instante, pero tras de sí solo distinguió una enorme silueta, inmóvil, devorando la escasa luz de la noche. No llegó a pronunciar palabra; un movimiento rápido, casi imperceptible, puso fin a sus días de servicio.
A su alrededor, la tragedia se desplegó con idéntica crueldad. Entre gritos ahogados y el desgarrar de la carne, guardias, caravaneros y viajeros encontraron su destino aquella misma noche, abatidos por un enemigo al que ni siquiera vieron acercarse. Cuando el silencio regresó al camino, solo quedaron los cuerpos, la niebla… y el eco distante de una violencia cuidadosamente ejecutada.
Hacía un par de horas que habían salido de la capital cuando el carro que abría la marcha metió una de sus ruedas en un socavón, partiéndola con un crujido seco que desgarró el silencio de la noche. De un salto, Oiram bajó del carro para examinar el daño. No le hizo falta más que un rápido vistazo para comprender que aquello no había sido un contratiempo fortuito. El agujero había cumplido su función: detener el convoy en un punto concreto del camino, elegido con precisión, preparado con fría intención para lanzar sobre los guardias una emboscada fulminante.
Un escalofrío recorrió su espalda. Alzó la vista, buscando a sus hombres entre la niebla que se espesaba a cada instante, pero tras de sí solo distinguió una enorme silueta, inmóvil, devorando la escasa luz de la noche. No llegó a pronunciar palabra; un movimiento rápido, casi imperceptible, puso fin a sus días de servicio.
A su alrededor, la tragedia se desplegó con idéntica crueldad. Entre gritos ahogados y el desgarrar de la carne, guardias, caravaneros y viajeros encontraron su destino aquella misma noche, abatidos por un enemigo al que ni siquiera vieron acercarse. Cuando el silencio regresó al camino, solo quedaron los cuerpos, la niebla… y el eco distante de una violencia cuidadosamente ejecutada.
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