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[Rumor] Las Siete Noches del Crepúsculo.

ET Faker

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e cuenta entre murmullos en las tabernas de los bajos distritos, en los caminos de la Costa Sur y entre los mismos sepultureros que, por siete noches consecutivas, el Distrito de la Tumba de Athkatla ha sido testigo de un presagio inquietante. Al caer el sol, misteriosas botellas aparecían sobre lápidas olvidadas, sarcófagos nobles y panteones sellados desde hace generaciones.

Cada botella era distinta: unas de vidrio azulado como la escarcha del amanecer, otras de un verde profundo, resquebrajadas como si el tiempo les hubiera hablado en voz baja. Algunas eran altas y delgadas como cuellos de cisne; otras, cortas y toscas como frascos de alquimista. Dentro de cada una, aprisionada bajo cera blanca derretida, descansaba una muñeca de trapo: hombre o mujer, con ojos cosidos con hilo blanco, bocas hilvanadas en negro y rostros que parecían durmientes, como si les hubiera alcanzado el implacable olvido. Cada figura llevaba un diminuto nombre bordado en la espalda, nombres que ya nadie recuerda, pero que alguna vez fueron pronunciados en Athkatla.

En la séptima noche, cuando la luna se ocultó tras nubes que olían a ácido y tierra removida, todas las botellas estallaron al unísono, como si respondieran a alguien o algo. El estruendo se escuchó hasta el Hospicio de San Annur y, al amanecer, se hallaron tumbas abiertas, criptas rotas, ataúdes vacíos... Y, sin embargo, ningún rastro de saqueo más allá de los cadáveres exhumados. En el lugar donde hubiera descansado cada uno de ellos solo se había dejado una piedra blanca, lisa, inmaculada.

Los sepultureros, temerosos y con la voz quebrada, coinciden en lo mismo: cada noche, una mujer enjuta, envuelta en capas descoloridas, camina entre las lápidas apoyada en un cayado adornado con botellas idénticas a las que aparecen por doquier. Los insepultos parecen no percibirla, pues no perturban su caminar. Su rostro, curtido como cuero viejo, está siempre alegre -una alegría que no se refleja en su cansado mirar- y su andar va acompañado de un murmullo constante, como si recitara siniestras letanías.

Aquel rumor, que se había extendido como la pólvora gracias a las familias y allegados afectados, había atravesado todos los caminos de la costa, hasta más allá de los Humedales, más allá incluso de la propia Kalathyr.
En la frontera, militantes, comerciantes y aquellos fieles a la Guantelete Negro de Perdición cuentan -sea esto cierto o no- que sus pasos se dirigen al autoproclamado Imperio de Muranndin.

Aquella letanía que acompaña su caminar se ha quedado en la mente de muchos, que reza: “Todo duerme, todo se pudre... Y a aquellos que no son puros, sí... Para ellos llega al Crepúsculo…”.​
 

Arrakis

Alas del Pegaso de Valrieth
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El rugido de la tormenta volvió a retumbar afuera, arrastrando un eco pesado y estridente que hizo repiquetear todas las ventanas, estremecidas. Algunas de ellas, cristales quebrados tapados con meros harapos, invitaban a la lluvia a adentrarse en el edficio provocando una gélida brisa que recorría sus salones y sus habitaciones, colmándolas. Tras una de esas sucias cristaleras,la mujer daba unos golpes a una botella, oteando el interior con mirada curiosa.

Entregada por una vieja de aspecto decrépito, la botella parecía contener algo parecido a una figura en su interior. ¿Era a ella a quien respresentaba ahora ese ídolo? Fuera cual fuera la magia que contenia el fetiche, confiaba en las palabras que le habían sido entregadas. Ella misma había aprendido a leer las cartas para sacar algunas monedas a los que a ella acudieran, tanteando sus desatendidos bolsillos mientras su atención se volcaba en las imágenes frente a ellos, en las palabras descritas.

Y sin embargo, cuanto más las lanzaba, más segura estaba del poder que estas ocultaban, de la capacidad que tenían para encauzar el destino de quienes las escuchaban. Quizás estuviera empezando a ser tan supersticiosa como Eclipse.

La figura ante ella, hundida en cera, la llamaba a hacer caso de lo que estaba por venir, de mantener las palabras que la mujer les había dedicado bien cerca del corazón, preparadas para cuando llegara la hora. Tal vez fuera el momento, también, de visitar a una vieja 'amiga'.

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