ET Faker
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Cada botella era distinta: unas de vidrio azulado como la escarcha del amanecer, otras de un verde profundo, resquebrajadas como si el tiempo les hubiera hablado en voz baja. Algunas eran altas y delgadas como cuellos de cisne; otras, cortas y toscas como frascos de alquimista. Dentro de cada una, aprisionada bajo cera blanca derretida, descansaba una muñeca de trapo: hombre o mujer, con ojos cosidos con hilo blanco, bocas hilvanadas en negro y rostros que parecían durmientes, como si les hubiera alcanzado el implacable olvido. Cada figura llevaba un diminuto nombre bordado en la espalda, nombres que ya nadie recuerda, pero que alguna vez fueron pronunciados en Athkatla.
En la séptima noche, cuando la luna se ocultó tras nubes que olían a ácido y tierra removida, todas las botellas estallaron al unísono, como si respondieran a alguien o algo. El estruendo se escuchó hasta el Hospicio de San Annur y, al amanecer, se hallaron tumbas abiertas, criptas rotas, ataúdes vacíos... Y, sin embargo, ningún rastro de saqueo más allá de los cadáveres exhumados. En el lugar donde hubiera descansado cada uno de ellos solo se había dejado una piedra blanca, lisa, inmaculada.
Los sepultureros, temerosos y con la voz quebrada, coinciden en lo mismo: cada noche, una mujer enjuta, envuelta en capas descoloridas, camina entre las lápidas apoyada en un cayado adornado con botellas idénticas a las que aparecen por doquier. Los insepultos parecen no percibirla, pues no perturban su caminar. Su rostro, curtido como cuero viejo, está siempre alegre -una alegría que no se refleja en su cansado mirar- y su andar va acompañado de un murmullo constante, como si recitara siniestras letanías.
Aquel rumor, que se había extendido como la pólvora gracias a las familias y allegados afectados, había atravesado todos los caminos de la costa, hasta más allá de los Humedales, más allá incluso de la propia Kalathyr.
En la frontera, militantes, comerciantes y aquellos fieles a la Guantelete Negro de Perdición cuentan -sea esto cierto o no- que sus pasos se dirigen al autoproclamado Imperio de Muranndin.
Aquella letanía que acompaña su caminar se ha quedado en la mente de muchos, que reza: “Todo duerme, todo se pudre... Y a aquellos que no son puros, sí... Para ellos llega al Crepúsculo…”.
