A cuatro días de la fecha señalada, en Púrskul, Talivia Ha’valen supervisaba con gesto aplicado las cajas de provisiones destinadas al Hospicio de San Annur. Se apilaban junto a la entrada de uno de los almacenes de la Casa Gáldrim, mientras un grupo de trabajadores, animosos aunque no siempre coordinados, las iba cargando en carros que partirían en breve hacia la capital amniana.
—Surtido de legumbres: lentejas, alubias, garbanzos… —enumeraba la semielfa, tachando líneas en el inventario —. Frutos secos… —alzó las cejas con aprobación profesional— …muy nutritivos. Bacalao en salazón… —agitó la mano ante la nariz para espantar la fragancia— …que es de esas cosas que sabe mejor de lo que huele, gracias a los dioses…
Una risa sofocada por los picores rijosos de la juventud interrumpió las palabras de Talivia. Giró los ojos con lentitud calculada hacia uno de los mozos: un muchacho recio cuyos rasgos sugerían que en su árbol genealógico había más de un antepasado que resolvía discusiones a cabezazos.
—¿Tienes alguna semblanza que aportar al evocador aroma del bacalao, Restituto?
El aludido negó con tanta energía que estuvo a punto de desmentirse por exceso.
—Ah, “pensaba” —replicó Talivia, socarrona—. Mermelada de naranja y miel, porque los rapaces agradecen los sabores dulces… —prosiguió, retomando el inventario—. Encurtidos de verdura. Selección de hierbas para infusiones, obra de la siempre diligente Acala. Cacao en polvo y…
Su voz se deshilachó. Entre las cajas alguien había dejado un almanaque abierto por el mes de Marpenoth. Talivia inclinó la cabeza hacia un lado. Luego hacia el otro. Parpadeó con parsimonia, intentando asimilar aquella información visual.
Cuando levantó la vista en busca del responsable de aquel descuido, éste, dotado de un instinto de supervivencia muy superior a su sentido del deber, ya había puesto pies en polvorosa.