Bajo el cielo encapotado de Murann, donde el aire salado del Mar de las Espadas se mezclaba con el humo agrio de las tabernas y los efluvios de la carroña, se erguía una procesión de voluntades oscuras. La Ciudad de las Bestias vibraba con un latido nuevo e inquietante: una marea incesante de navíos arribaba a los muelles atestando las dársenas con almas desvalidas, fugitivos marcados y deudores de tierras lejanas, engendrando entre el fango y la desdicha el llamado Barrio de las Cien Lenguas.
En una de aquellas encrucijadas de piedra húmeda se congregaban figuras cuyo mero porte imponía silencio a los transeúntes. Kurozaku, el colosal ogro hechicero de estirpe pura, se alzaba con sus tres metros de estatura y su piel azulada como pizarra invernal. Imperturbable, con túnicas monásticas oscuras ceñidas sobre hombros de roca y los cuernos de marfil pulidos con esmero, pasaba las ciento ocho cuentas de sándalo negro de su rosario entre garras de precisión milimétrica. A su lado se hallaban la sagaz Azua, el taciturno Ephrias y el Barón Mortuus, el sempiterno, señor esquelético envuelto en sayales umbríos, bajo cuya capucha chasqueaban dientes descarnados y un enjambre de arañas anidaba en las cuencas vacías de su cráneo.
La conversación entre ellos no versaba sobre la compasión, sino sobre la matemática del dominio. Kurozaku, con la frialdad reflexiva de su mente disciplinada, informó que ya había ordenado a varios reclutas levantar un censo riguroso de la muchedumbre desembarcada: una multitud despojada de rumbo debía ser clasificada de inmediato como mano de obra esclava o carne de lidia para las arenas del Ludus de Caravasar. Cuando Ephrias sugirió alistar a los recién llegados en el ejército imperial, tanto el Barón como Kurozaku desestimaron la idea con desdén: un ejército no se edifica sobre voluntades quebradizas que vacilan al primer choque; los desertores abren brechas irreparables, y quien no jura lealtad férrea sirve con mayor provecho arrastrando cadenas en las obras del Murkul o como ariete fungible en los asedios.
Fue en aquel instante cuando un rumor de pasos inciertos profanó la reunión.
Un anciano de túnica raída con las manos atadas bordadas en el pecho —un clérigo de Ilmater recién desembarcado desde las barriadas del puente de Athkatla— se aproximó con ingenua devoción. Tartamudeando bendiciones en nombre del Dios Quebrado, preguntó con voz trémula por el camino hacia las Cien Lenguas, deseoso de auxiliar a los famélicos y aliviar el dolor del hacinamiento.
El Barón Mortuus giró la cabeza con un chasquido siniestro, acogiendo al forastero con una burla sibilina. Al percatarse de que se hallaba ante un liche y una corte de arcanos despiadados, el sacerdote palideció e intentó retroceder con reverencias presurosas. Mas el liche alzó un dedo huesudo: no era una sugerencia; era un mandato.
Kurozaku se deslizó a la espalda del devoto con un movimiento espectralmente insonoro, proyectando una sombra titánica que devoró la escasa luz del callejón. Con delicadeza marcial, aproximó dos dedos rígidos a la carótida del cuello ajeno sin llegar a rozarla, haciendo rodar una cuenta de sándalo tras otra al compás exacto del pulso desbocado del sacerdote. Azua advirtió al recién llegado que acariciar serpientes suele costar la vida, mientras el Barón lo increpaba acusándolo de ser una avanzadilla enemiga de Athkatla.
El oni, inclinando su mole colosal hacia el oído del anciano, le susurró una demanda atroz con serenidad imperturbable: un pacto para conservar el aliento a cambio de entregar dos infantes para su cena. Su tono, carente de cólera pero cargado de una espantosa naturalidad carnívora, heló la sangre del clérigo.
Cerca de allí, recostado contra un muro junto a su gran hacha y un pellejo de licor, un mercenario veterano murmuraba con desdén al ver a cuatro señores de la guerra acorralar a un desdichado. Azua lo encaró de inmediato, desnudando la cobardía que se escondía tras su supuesta neutralidad. Kurozaku observó al beodo con fría indiferencia y sentenció la ley inexorable de Murann: en aquella tierra no rigen los escrúpulos ni las leyes de los débiles; rige el poder. Quien posee fuerza halla su lugar en el Ordning; quien carece de ella, viste cadenas.
Aprovechando la disputa con el mercenario, el clérigo de Ilmater cedió al pánico y echó a correr en una huida desesperada.
La respuesta del monje oni fue fulgurante. Desafiando su mole montañosa, Kurozaku cubrió la distancia en un pestañeo, aprisionó al fugitivo con una garra de hierro y lo derribó contra los adoquines. Mientras el sacerdote suplicaba a gritos la piedad de su dios, el oni hundió sus colmillos en el brazo del anciano. Con una sacudida brutal de cuello y mandíbula, desgarró de cuajo un macizo trozo de carne, quebrando fibras y tendones entre el crujido sordo del hueso expuesto.
—Veneras el dolor; toma tu tributo —sentenció el oni con voz gélida.
Sin embargo, tras mascar la pulpa ensangrentada, escupió el bocado con repulsión sobre el fango: la carne del devoto era rancia y amarga. Arrojó el cuerpo inerte a un lado mientras el clérigo se sumía en el desmayo por el choque traumático.
El Barón Mortuus, deseoso de prolongar el tormento del espécimen, extrajo un puñal místico e intentó cauterizar la herida mediante fuego mágico. Mas el liche carecía por completo del arte sanador: la hoja ígnea calcinó los nervios y carbonizó los tendones restantes, reduciendo la extremidad a una ruina negra, deforme y humeante.
En ese instante intervino Velstadt, el nigromante y cirujano de la mano esquelética. Al contemplar el desastre en la carne del cautivo, reprochó con aspereza el desperdicio de mano de obra y ordenó inmovilizarlo. Con precisión despiadada, aserró y amputó el brazo destrozado en un corte limpio mientras la sangre manaba sobre el suelo. Acto seguido, conjuró fuego sobre la propia herramienta para sellar el muñón, desinfectó la carne con alcohol y la vendó con destreza profesional, deslizando el brazo cercenado bajo los pliegues de su capa como despojo de estudio.
Cuando el clérigo recobró la consciencia entre el hedor del cauterio, intentó erguirse apoyándose en sus extremidades. Al no hallar el brazo cercenado, cayó de bruces contra las piedras, golpeándose el rostro y arrastrándose en círculos como un insecto mutilado. Al descubrirse ante el cráneo desnudo del Barón —donde bullían arañas entre llamaradas espectrales— y topar de frente con la muralla azulada de Kurozaku, el terror nubló su juicio.
Aferró con su única mano el símbolo sagrado de Ilmater e inició el rezo urgente de un conjuro de santuario para salvar la vida:
—¡Divino señor mío, cólmame de protección en tu santuario, protégeme, te lo implo...!
Kurozaku no le concedió una sola respiración.
Con la rapidez letal del rayo, el oni dio un paso al frente y clavó dos dedos rígidos directamente en la tráquea del anciano. La invocación divina murió ahogada en un gorgoteo roto de cartílago quebrado y aire sofocado. Los ojos del clérigo se apagaron al instante y su cuerpo se desplomó sin vida sobre los adoquines.
Velstadt se retiró contrariado por la pérdida de un interrogatorio provechoso, pero el Barón Mortuus alzó su báculo oscuro con regocijo funesto: en el Imperio de Murann ninguna muerte es en vano. Invocando el poder de Velsharún, señor de la no-muerte, canalizó ondas de energía negativa sobre el cadáver aún tibio.
Entre estertores de éter oscuro, el cuerpo mutilado del clérigo se estremeció y volvió a ponerse en pie con rigidez cadavérica. Sus ojos vidriosos miraban ahora con vacía sumisión a su nuevo amo. La compasión había sido erradicada; el antiguo siervo de la piedad renacía como un siervo no-muerto atado para siempre a los propósitos del imperio. Concluida la obra, los conjuradores y el gran oni contemplaron su nueva posesión y reanudaron la marcha hacia la plaza, mientras la niebla de Murann volvía a sepultar el callejón.
Offtopic :
¡Muchas gracias a DM Nazgul por la ambientación! Y a los presentes también, ¡me lo he pasado genial!