Deiffmaster
Adorador de Eduardo
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Sake tibio
Arrastraba los pies sobre el camino terroso. La luz del crepúsculo arrojaba sombras a su paso y las copas de los arces dejaban caer hojas rojas que crujían bajo las sandalias de madera. El camino estaba vacío, apenas se había cruzado con un campesino y un par de soldados desde el mediodía.
Cuando las luces de las cabañas, que de vez en cuando flanqueaban el camino, comenzaron a encenderse, se dio cuenta que no llegaría a su destino hasta después de medianoche.
Paró en la taberna “Del tío Biru”, aunque ningún cartel indicaba el nombre. Ya había encendido las luces y el aroma a caldo de verduras se escapaba bajo el toldo azul. Tras la barra de madera, un anciano de piel manchada y cuatro pelos blancos removía un caldero aceitoso que hervía sobre el fuego. El muchacho ocupó uno de los tres taburetes vacíos, y dejó su fardo en el asiento de al lado, apoyando también su naginata. Se quitó el kasa, descubriendo una melena frondosa y oscura.
—Buena noche —dijo con un hilo de voz.
El hombre siguió removiendo con el cucharón, y solo al cabo de varios minutos se giró.
—¡Ah! Buenas noches, ¿cuándo has llegado? No te he escuchado sentarte —El muchacho forzó una sonrisa—. ¿Para cenar?
—Sí, por favor.
—¿Sake?
Se lo pensó unos instantes, y finalmente asintió.
—Oye, a ti te conozco, ¿verdad? —preguntó el hombre. El chico se encogió de hombros—. ¿Cómo te llamas?
—Kimura.
La expresión del anciano cambió. Alzó las cejas y se irguió un poco.
—Ah, claro, como he podido olvidarme. Hacía mucho que no te veía. ¿Dónde has estado? —luego añadió a toda prisa—: Si puedo preguntar…
—Con el sensei Funakoshi.
—¡Vaya! ¿De veras? —exclamó el anciano, poniéndole delante el vaso de sake—. Con razón has estado tanto tiempo fuera. Kimura-dono estará muy orgullosa.
—Supongo.
El muchacho cogió el vaso y le dio un sorbo, luego otro. Notó un delicioso sabor que bajó hasta su estómago, calentándolo. No se imaginaba que el sake iba a ser tan agradable.
—No parece que estés muy contento de haber estado con Funakoshi.
—Solo estoy un poco cansado —mintió.
La conversación terminó y durante un rato solo escucharon las cigarras y el caldo burbujear. Cuando le puso el cuenco de fideos delante, el muchacho ya se había terminado el sake y pidió otro. El “tío Biru” dudó un instante, pero finalmente se lo sirvió.
El chico se bebió el segundo vaso mientras se terminaba los fideos. Sentía el calor del sake en el estómago y en el pecho, reconfortándolo. Pidió otro.
—Si me permites el comentario —dijo el hombre, mientras se lo servía—, eso no solucionará tus problemas.
El muchacho lo ignoró y siguió bebiendo. A la agradable calidez se le unió una sensación de sosiego, el ánimo calmado y la mente sorprendentemente más lúcida.
Iba por su quinto vaso cuando tres figuras llegaron en noche. Sin preguntar, una de ellas apartó el fardo del muchacho, tirándolo al suelo. En un gesto preventivo, el chico apartó también la naginata, apoyándola contra la barra. Notó que el tipo, mucho más grande que él, le escudriñaba el rostro. Él miró al otro lado, pero ya lo habían reconocido.
—¡Eh! ¿Kimura? —el muchacho soltó una risa grave e invasiva—. Mirad, chicos, es Kimura Kenbai.
Otro de los tipos se puso al otro lado del taburete, acercando su rostro al del muchacho.
—¿Qué haces aquí? —sonrió, arrojándole el aliento a col a la cara—. ¿No estabas entrenando con el sensei Funakoshi para convertirte en el mejor guerrero del shogun?
Los tres tipos estallaron en una carcajada. El muchacho apretó los dientes y le dio otro sorbo al sake. Notaba el calor de la bebida expandiéndose desde su pecho y su estómago.
—¿Desde cuándo bebes, Kenbai? ¿Ahora eres un niño grande?
—Me juego una mano a que no has conseguido cumplir con las expectativas del sensei Funakoshi y por eso estás aquí.
Dio otro sorbo. Notaba el calor en las yemas de los dedos, en la planta de los pies y la punta de la lengua. Inspiró profundamente, y creyó notar cómo el aire que penetraba en sus pulmones se calentaba también con el ardor del sake.
—Mirad, si hasta se llevó el arma familiar.
—¡Ja! Debería quedarme yo con la naginata de tu abuelo. Seguro que le avergüenza tener un nieto tan inútil.
Dio otro sorbo y exhaló con los ojos cerrados en un largo suspiro. Durante unos segundos, dejó de escuchar a los tres tipos. Pero no era solo el calor de la bebida, había algo más. Notaba algo distinto. El calor corría por su sangre, escuchaba su corazón palpitar en los tímpanos, el zumbido de su cerebro captando todos los estímulos y seleccionándolos a voluntad, sus músculos más inflados, sus movimientos más certeros. Era lo que había estado buscando con el sensei y no había sido capaz de encontrar. Era energía fluyendo desde su alma hasta su cuerpo.
—Debería quedármela yo, así por una vez…
El tipo alargó los dedos hacia la naginata y la cogió. De pronto, el muchacho sintió como si le agarrasen el brazo. Saltó del taburete hacia atrás y concentró esa sensación, nueva para él, primero en el pecho, luego en los brazos y finalmente la dejó fluir hasta el arma, para así propinar un golpe en el pecho al matón con su asta. El tipo salió despedido tan lejos que se perdió en la oscuridad del camino.
—Me llamo Kanbei, no Kenbai —dijo, y luego hipó.
El otro tipo observó a su amigo caído y se abalanzó sobre el muchacho, dándole un puñetazo que le giró la cara. Pero Kanbei se lo golpeó en el estómago con la madera y el tipo fue a parar a la copa de un árbol que estaba sobre la taberna.
El tercer tipo intentó defender a su amigo, pero solo consiguió caer inconsciente al instante. El primero, que aun no se había levantado, miraba al muchacho con la sorpresa y el horror brillando en los negros.
Y entonces Kanbei se dio cuenta que tenía entre sus dedos la naginata de su abuelo. Con aquel inesperado calor aun inflándole las venas, miró a los tres tipos que estaban en el suelo, totalmente derrotados en tres golpes.
El “tio Biru” lo miraba boquiabierto.
Kanbei no lo podía creer. Abrió la boca para decir algo pero las palabras no acudieron. Sacudió la cabeza y apuró el sake del vaso que aun quedaba en la mesa. Agarró su fardo, la naginata y se puso a correr por donde había venido.