Madao-san
Karonte está escribiendo...
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Estaba cansado, La lucha había sido agotadora y aun quedaba la peor parte.
Lo peor de todo es que tras todo el reguero de cadáveres de terrarón sólo quedaba la tenebrosa gentileza de las paredes de la mina. Pocas antorchas quedaban tan profundas, en su mayoría consumidas la primera vez y jamás vueltas a encender. Estaba sólo. Grondall se quito el yelmo jadeante y se quedó pensativo al ver aquellas afrentas a Dumazhoin corretear alzadas delante de unas grandes puertas de madera podrida por el calor, la humedad y el tiempo. Miró el rojizo resplandor de la lava borbotando bajo el estrecho puente que le separaba de aquellos esqueletos andantes. Resopló y sonrió de nuevo al ver que ya no había vuelta atrás, hubiera sido mejor avisar a sus compañeros pero un ultimo grito de agonía de un malherido terrarón puso en alerta a los centinelas de la muerte. Se colocó el yelmo, bajando con parsimonia la visera mientras aquellos engendros se abalanzaban hacia el puente. Después de perder muchos amigos y hermanos defendiendo el Mythall , después de enterrarlos a todos y ofrecer sus valientes armas a los dioses, después de retener un ultimo pensamiento de todas y cada una de aquellas 27 lágrimas lanzó su oración a Clangeddin, Señor de las dos hachas:
-Honra al Señor de las hachas en la palabra, en hechos y en batallas.-
Recibió la carga en el estrecho puente empuñando sus hachas gemelas, Bloqueando a los seis engendros del mal. Alzados que portaban hachas de batalla, lo que poco a poco hacia crecer el enfado de Grondall.
-Nunca cedas en frente de la adversidad y jamás te rindas.-
Sonrió a la cara de aquellos horrores y de un fuerte empujón con su izquierda arrojó al primero al foso de lava.
-Mata a los malvados gigantes cuando surja la posibilidad y da caza siempre a los gigantes de las colinas.-
De sendos hachazos seccionó, a la altura de la clavícula, la columna al siguiente al cual arrojó al vació de un puntapié y se preparo para recibir el golpe.
-Domina el entrenamiento y la sabiduría de guerra.-
La pesada armadura de Grondall resistió el primer embate de las hachas, aunque el dolor era intenso por el golpe en la loriga que cubría el costado a la altura del bajo vientre . Un hilo de sangre brotó de los labios del enano.
-Aprende y enseña los métodos de fabricación de armas y armaduras.-
Devolvió el golpe con creces. Tres fuertes hachazos en el torso y un golpe en la frente con la empuñadura, que abrió el huesudo cráneo en cuatro, acabaron con el siguiente engendro.
-Reúne recursos en tiempos de paz y prepárate para la siguiente guerra.-
Aprovechando la inercia del ultimo golpe y su propio peso se abalanzo con fuerza hacia delante, embistiendo con el cuerpo a otros dos que salieron volando hacia la lava no sin antes alcanzar la espalda del enano.
-Haz mas fuertes que nunca a los enanos en el campo de batalla.-
Gritó de dolor y su dolor se convirtió en enfado. Y su enfado en fuerza y su fuerza en la destrucción del último guardián de aquella puerta. Su recitar había acabado y ahora nadie lo podría detener salvo la muerte.
Embistió a la criatura hasta el portón quedando ambos trabados en un intenso forcejeo. Al poco tiempo el hacha izquierda de Grondall yacía en su dragonera y su mano sujetaba al enfermizo ser por la pechera contra la puerta.
A traición, el esqueleto lanzó un hachazo a la altura del cuello, pero la buena forja enana y la mala postura para dar el golpe lo hicieron inefectivo. El enano rió de manera estruendosa. Ese era su sitio, dar y recibir golpes, la intensa batalla.
Sabía que tras las puertas encontraría más de lo que buscaba.
Agradeció de nuevo Clangeddin que le brindara esa oportunidad. De un fuerte golpe, partió en dos el cráneo del ser de hueso y abrió una buena brecha en la puerta.
-¡Que grran día parra serr enano!- Exclamó y se adentró a lo mas profundo con una sonrisa que congelaría los mismos Salones del Amanecer Helado.
Horas después, un malherido pero sonriente Grondall, se adentró en los Salones de Kazad Gromdall y se dirigió al templo de la orden Kuldar.
Tenia cortes en la cara y brazos, quizá alguna costilla rota y una de las manos le sangraba aun en abundancia.
Sin mediar más palabra que un breve saludo al nuevo Sacristan Glorin Cienbatallas se dirigió hacia el altar de Clangeddin Bargenta. A pesar del intento de ayuda de los ordenados, incluido del Gran Kuldar Glebur, con un gesto les hizo desistir por el momento y asintieron hasta que el siervo del Señor de las hachas acabara su oración.
Se arrodilló frente al altar aun jadeante, descolgó de su espalda un gran hacha que emanaba un gran poder. Empuñó firmemente sus hachas consagradas y rompió de sendos golpes secos aquel arma, acto seguido oró al Padre de las hachas:
-Señorr de las hachas, asepta este sacrrifisio empleado en el gran bataia de hoy. Yo Grrondall, de los Rrompecrraneos te ofrresco el arrma de mi enemigo, que en su hoja contiene sangrre de mi sangrre y la de muchos herrmanos que sucumbierron ante eia.-
El valor mostrado en aquella batalla que parecía perdida, llego a los ojos de la Roca de batalla y las oraciones a sus oídos.
En un fulgurante haz de luz, aquel arma portada por el enemigo fue así ofrendada al dios de la batalla desapareciendo para siempre de este reino.
Al acabar la oración, sin mediar palabra Glebur curó sus heridas y Grondall entregó al despedirse una ofrenda al templo.
Sabia que algunos hermanos estarían furiosos por actuar sólo, así que decidió retirarse a descansar y no volver a mencionar el tema.
Lo peor de todo es que tras todo el reguero de cadáveres de terrarón sólo quedaba la tenebrosa gentileza de las paredes de la mina. Pocas antorchas quedaban tan profundas, en su mayoría consumidas la primera vez y jamás vueltas a encender. Estaba sólo. Grondall se quito el yelmo jadeante y se quedó pensativo al ver aquellas afrentas a Dumazhoin corretear alzadas delante de unas grandes puertas de madera podrida por el calor, la humedad y el tiempo. Miró el rojizo resplandor de la lava borbotando bajo el estrecho puente que le separaba de aquellos esqueletos andantes. Resopló y sonrió de nuevo al ver que ya no había vuelta atrás, hubiera sido mejor avisar a sus compañeros pero un ultimo grito de agonía de un malherido terrarón puso en alerta a los centinelas de la muerte. Se colocó el yelmo, bajando con parsimonia la visera mientras aquellos engendros se abalanzaban hacia el puente. Después de perder muchos amigos y hermanos defendiendo el Mythall , después de enterrarlos a todos y ofrecer sus valientes armas a los dioses, después de retener un ultimo pensamiento de todas y cada una de aquellas 27 lágrimas lanzó su oración a Clangeddin, Señor de las dos hachas:
-Honra al Señor de las hachas en la palabra, en hechos y en batallas.-
Recibió la carga en el estrecho puente empuñando sus hachas gemelas, Bloqueando a los seis engendros del mal. Alzados que portaban hachas de batalla, lo que poco a poco hacia crecer el enfado de Grondall.
-Nunca cedas en frente de la adversidad y jamás te rindas.-
Sonrió a la cara de aquellos horrores y de un fuerte empujón con su izquierda arrojó al primero al foso de lava.
-Mata a los malvados gigantes cuando surja la posibilidad y da caza siempre a los gigantes de las colinas.-
De sendos hachazos seccionó, a la altura de la clavícula, la columna al siguiente al cual arrojó al vació de un puntapié y se preparo para recibir el golpe.
-Domina el entrenamiento y la sabiduría de guerra.-
La pesada armadura de Grondall resistió el primer embate de las hachas, aunque el dolor era intenso por el golpe en la loriga que cubría el costado a la altura del bajo vientre . Un hilo de sangre brotó de los labios del enano.
-Aprende y enseña los métodos de fabricación de armas y armaduras.-
Devolvió el golpe con creces. Tres fuertes hachazos en el torso y un golpe en la frente con la empuñadura, que abrió el huesudo cráneo en cuatro, acabaron con el siguiente engendro.
-Reúne recursos en tiempos de paz y prepárate para la siguiente guerra.-
Aprovechando la inercia del ultimo golpe y su propio peso se abalanzo con fuerza hacia delante, embistiendo con el cuerpo a otros dos que salieron volando hacia la lava no sin antes alcanzar la espalda del enano.
-Haz mas fuertes que nunca a los enanos en el campo de batalla.-
Gritó de dolor y su dolor se convirtió en enfado. Y su enfado en fuerza y su fuerza en la destrucción del último guardián de aquella puerta. Su recitar había acabado y ahora nadie lo podría detener salvo la muerte.
Embistió a la criatura hasta el portón quedando ambos trabados en un intenso forcejeo. Al poco tiempo el hacha izquierda de Grondall yacía en su dragonera y su mano sujetaba al enfermizo ser por la pechera contra la puerta.
A traición, el esqueleto lanzó un hachazo a la altura del cuello, pero la buena forja enana y la mala postura para dar el golpe lo hicieron inefectivo. El enano rió de manera estruendosa. Ese era su sitio, dar y recibir golpes, la intensa batalla.
Sabía que tras las puertas encontraría más de lo que buscaba.
Agradeció de nuevo Clangeddin que le brindara esa oportunidad. De un fuerte golpe, partió en dos el cráneo del ser de hueso y abrió una buena brecha en la puerta.
-¡Que grran día parra serr enano!- Exclamó y se adentró a lo mas profundo con una sonrisa que congelaría los mismos Salones del Amanecer Helado.
Horas después, un malherido pero sonriente Grondall, se adentró en los Salones de Kazad Gromdall y se dirigió al templo de la orden Kuldar.
Tenia cortes en la cara y brazos, quizá alguna costilla rota y una de las manos le sangraba aun en abundancia.
Sin mediar más palabra que un breve saludo al nuevo Sacristan Glorin Cienbatallas se dirigió hacia el altar de Clangeddin Bargenta. A pesar del intento de ayuda de los ordenados, incluido del Gran Kuldar Glebur, con un gesto les hizo desistir por el momento y asintieron hasta que el siervo del Señor de las hachas acabara su oración.
Se arrodilló frente al altar aun jadeante, descolgó de su espalda un gran hacha que emanaba un gran poder. Empuñó firmemente sus hachas consagradas y rompió de sendos golpes secos aquel arma, acto seguido oró al Padre de las hachas:
-Señorr de las hachas, asepta este sacrrifisio empleado en el gran bataia de hoy. Yo Grrondall, de los Rrompecrraneos te ofrresco el arrma de mi enemigo, que en su hoja contiene sangrre de mi sangrre y la de muchos herrmanos que sucumbierron ante eia.-
El valor mostrado en aquella batalla que parecía perdida, llego a los ojos de la Roca de batalla y las oraciones a sus oídos.
En un fulgurante haz de luz, aquel arma portada por el enemigo fue así ofrendada al dios de la batalla desapareciendo para siempre de este reino.
Al acabar la oración, sin mediar palabra Glebur curó sus heridas y Grondall entregó al despedirse una ofrenda al templo.
Sabia que algunos hermanos estarían furiosos por actuar sólo, así que decidió retirarse a descansar y no volver a mencionar el tema.