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Saori Miyamoto

Silver

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7/8/14
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Los cuchillos del maestro Miyamoto eran los más conocidos de aquella pequeña aldea de Kozakura. Hijo y nieto de forjadores de armas, Shinta Miyamoto había abandonado el negocio de las armas tras más de media vida siguiendo los pasos de sus ancestros. Ahora eran los utensilios de cocina, pequeños objetos de metal para el día a día los que llenaban las arcas de la familia y de orgullo a los Miyamoto.

-No sé, Shinta, no me gusta. ¿Por qué has tenido que aceptar el encargo del señor Yamauchi? Creía que dejar de forjar armas había sido la mejor decisión para nuestra familia.

-Porque no me ha quedado más remedio, Naoru. Las armas que forjaba en mi juventud construyeron esta casa, pero sus cimientos son de sangre. En aquellos días me decía que mis armas eran las que ayudaban a conservar la paz, pero los años me han dado la sabiduría para entender que todas las armas que hice eran objetos malditos.

-¿Entonces? ¿Volverás a ser un forjador de armas?

-No, solo esta vez. Mi última katana, la mejor arma que he hecho nunca. El señor Yamauchi es un buen hombre, la usará como es debido y tras esta, jamás volveré a forjar un arma.

-Espero que así sea, nuestra vida ahora es mucho más tranquila. – La mujer se giro sobre sí misma y alzo la voz con suavidad. – Saori, Tenji. – una niña de pelo azabache y un niño de cabello castaño se giraron sonrientes a la mujer– marchaos al patio a jugar, hoy viene un cliente especial a casa.

-Claro mama, no haremos ruido – contesto Saori con gesto dulce.

-Gracias, hija mía. Si os metéis en el viejo cobertizo tened cuidado. Cuida de tu hermano menor.

-No te preocupes mama, lo prometo.

Los niños se marcharon con pasos rápidos, la promesa de diversión que traía el viejo cobertizo era demasiado para contenerse. Con las puertas cerradas era solo una habitación más cercana a los cerezos que rodeaban el patio, pero con las puertas abiertas era lugar de juegos y aprendizajes. Cuatro paredes que a duras penas se sobreponían al paso de los años, contenían la pequeña forja de su padre, el almacén donde guardaba todas sus herramientas de trabajo y viejos juguetes de madera tallados por los Miyamoto.

Tras pasar la mirada por las herramientas de su padre, Saori y Tenji se sentaron a jugar con aquellos pequeños juguetes de madera deslustrados. Pequeños dragones de madera pintados que habían pasado de generación en generación, hasta que la pintura se había desgastado hacían las delicias de los niños que jugaban de forma ordenada y en silencio.

Paso el tiempo y los niños parecían vivir en su propia nube de felicidad e inocencia, cuando un grito agudo y dos golpes secos corto los juegos de los infantes. Saori arropo con sus brazos a su hermano menor, dejando caer el dragón allí donde lo había estado usando. Los niños se quedaron quietos mientras a poca distancia se escuchaban los ruidos de puertas abriéndose y pasos agitados.

-Vámonos del almacén hacia los cerezos de detrás. Estaremos más seguros entre los árboles que en el viejo cobertizo.

-Saori, tengo miedo… ¿y si mama nos busca y no sabe dónde encontrarnos?

-Tenji ese grito era la voz de mama y no sabemos que ha pasado. – la niña nerviosa y sin paciencia agarro el antebrazo de su hermano y abriendo la puerta empezó a tirar de él hacia los árboles que marcaban el final del patio. - Nos vamos de aquí.

-¡No! – cuando ya habían llegado a la línea de los árboles, el niño se soltó frente al flojo agarre de Saori y salió corriendo en dirección a la casa. - Voy a preguntar a mamá.

Mientras el niño corría hacia la casa, tres hombres de aspecto sombrío salieron por la puerta corredera que comunicaba casa y el pequeño patio. Saori ahogo palabra de aviso alguno, al ver a su hermano pequeño chocando de forma descuidada contra el más avanzado de los tres. Este vestía ropas sencillas oscuras y llevaba fuera de su funda lo que parecía una katana manchada de sangre.

-¿Quién eres?- pregunto el pequeño niño con gesto asustado al ver la katana..

Aquel hombre sin mediar palabra se adelantó y levanto la espada, dió un tajo rápido y sesgo la vida del infante. Saori, escondida entre los cerezos, se tapó la boca con ambas manos horrorizada. El cuerpo del niño cayó contra el suelo en un golpe sordo, mientras los hombres se acercaron al viejo cobertizo.

-Sin testigos. – Comento el último de los tres hombres, aquel que vestía con un kimono más tradicional y de calidad.

Escondida detrás de los árboles, Saori veía como los tres hombres entraban dentro del viejo cobertizo. Su hermano desangrándose en medio del patio parecía sujetar con gran ahincó el pequeño dragón de madera con el que hasta hace nada habían estado jugando los dos. Tras unos minutos, los tres hombres salieron del cobertizo y entraron de nuevo a la casa, marchándose al poco tiempo a buen paso.

La niña salió corriendo de los árboles, primero a socorrer a su hermano por el que ya no podía hacer nada. Tras esto entro en la casa en busca de sus padres, y los encontró a escasos metros uno al lado del otro. Su madre muerta y su padre a las puertas de la muerte.

-Tu madre tenía razón, no debía forjar más armas…mi última katana ha sido una maldición para la familia.

Saori tomo la mano de su padre y se quedo con él, aguardando su muerte. En esos últimos instantes no tuvo el valor de decirle que esa katana también había sesgado la vida de su único hijo varón. Las armas con filo que habían forjado y vendido sus ancestros habían sido riqueza y ruina de su familia. Una familia que solo había encontrado la paz cuando se había alejado de los caminos de esas armas y que había acariciado su fin por estas.

La niña espero a que los últimos estertores de su padre cesaran, busco en el viejo cobertizo algo que le ayudará a defenderse por si misma y tomo el martillo ligero de herrero de su padre. Busco una bolsa de tela donde metió una muda de ropa, algo de comida, el viejo dragón de madera con el que habia jugado con Tenji y uno de los pañuelos de seda de su madre donde guardo tanto monedas como joyas de su madre. Marcho con dos destinos. El primero a la búsqueda de la guardia de la ciudad. El segundo a buscar una espada de alquiler.


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Saori llevaba tres semanas vagando sola por las calles de Kozakura. Su pelo se había ensuciado, su cuerpo flaqueaba y su estómago rugía pues no desperdiciaba dinero en baños, posadas o comida más allá de la necesidad más absoluta. Solo la determinación de la niña la mantenía con vida.

Sucia, cansada y hambrienta, la niña llamo a las puertas de la pequeña casa a las afueras de la ciudad. Dentro se encontraba un hombre al que llamaban loco, Kizuki Matsuyama, un descastado reconvertido a espada de alquiler sin ningún tipo de honor ni palabra.

-¿Quién es?- un hombre de altura elevada, mirada furibunda y mejillas enrojecidas por el alcohol se asomo a la puerta con gesto descuidado. - ¿qué quieres niña?.

Saori sin mediar palabra cayo de rodillas y recordó la gran educación que le había brindado su madre antes de su muerte. Con una posición ejemplar, sucia, cansada y hambrienta, frente tocando tierra hizo una reverencia de sumisión absoluta.

-¡Niña, piérdete! ¿Qué hace una cría humillada a las puertas de mi casa? ¿No sabes quién soy?

-Por favor, te lo ruego, te lo imploro, necesito que matéis a un hombre por mí.- Saori no separaba la cabeza del suelo, la mirada de la tierra.- Eres Matsuyama-dono, espada de alquiler y maestro de armas, necesito que vengues a mi familia. ¡Te daré todo lo que tengo!


-Así qué si sabes quien soy. – El hombre sonrió complacido al escuchar el honorifico de dono, hacía años que nadie le trataba con tanto respeto. -Entonces pasa y hablemos de negocios.

De ese primer encuentro habían pasado ya seis años. Saori ya no era una niña que acababa de pasar sus primeras diez primaveras, sino una mujer moldeada a base de golpes. De estatura media, la instrucción a la que le había sometido su maestro Matsuyama había forjado un carácter recio y un gusto por las armas impropio de la dama que su casa y linaje le habría otorgado.

Había ido en busca de un sicario, pero había encontrado un maestro en las artes de la lucha. La muchacha había aprendido a blandir un arma, los puntos débiles de sus enemigos y los suyos propios. Sin embargo, para enfado de su maestro, Saori no era una aprendiz al uso pues se negaba a usar armas de filo. Había aprendido las nociones más básicas y sin duda sabia blandir una espada, pero en batalla real no portaba katana alguna sino un martillo de guerra alargado, en recuerdo a los martillos que habían sido la principal herramienta y orgullo de su padre.

-Saori esto es una vergüenza para mi estilo, que te niegues a blandir una katana en lucha.

-Lo lamento, maestro, pero no puedo empuñar un arma de filo con la intención de matar, eso iría en contra de mi promesa.

-La promesa que le hiciste a un hombre muerto puede llevarte con rapidez a acompañarle a la tumba, niña estúpida.

-Puede que con el martillo sea más tosca que con la espada, pero será las herramientas que llevaron a los Miyamoto a su esplendor los que rijan mi camino y no aquellas que les trajeron la muerte.

-¡Eres una cabezota! No sé que hacer contigo, tan obcecada y contraria a la opinión de tu maestro. No sabes nada de la vida, ni de respeto por mi estilo.- El maestro alzo la vista mientras miraba a través del pequeño campo que les servía de entrenamiento- y no lo sabes porque jamás has salido de debajo de mi protección y no has hecho nada por ti misma. Debería mandarte lejos, muy lejos para que espabilaras.

-Ya hemos recorrido toda la isla principal y viajado dos veces a las islas secundarias, maestro. - Kizuki negó y golpeo con levedad con la vaina de la katana a la espalda de la mujer.

-No me contradigas. Hay más mundo más allá de Kozakura y del mar. Cuando yo fui joven, mucho más que tu misma, marche fuera de estas tierras y llegue al mismo Imperio Shou. Y más allá. Recorrí los caminos más allá de Kara-Tur y en esos viajes gane sabiduría – el hombre negó con la cabeza de forma firme – algo que dudo ninguno de nuestros millones de dioses tengan a bien darte. ¡Espabile! Hay un mundo ahí fuera, más allá de lo que imaginas.

-¿Y qué hay al otro lado del mar? ¿Qué hay más allá de Wa o del Imperio Shou y su muralla del dragón de piedra?

-Barbaros, necios, elfos o humanos. Medianos y orcos. Personas que me enseñaron cosas que jamás pude aprender en nuestra tierra bajo el manto del Dios Emperador. Pero también deshonor, pillería y libertinaje. Y con todo eso y un poco más espabile.

-No suena muy halagador.

-No lo es, ni debe serlo, es un camino para que crezcas. Quizás olvides la promesa a tu padre y cuando vuelvas me enseñes que sabes portar una katana. Quizás entiendas de verdad el peso de la venganza que deseas acometer. Y después te ayudaré a matar a Yamauchi-san, tienes mi palabra.

-Y si marcho, crezco y aún así no deseo cambiar de parecer frente a mi estilo y mi arma. No es un capricho, maestro, esas armas son la maldición de mi familia.

-Pues marcha igualmente, si en tu camino hayas la muerte por tu necedad será a costa tuya. Pero si consigues volver habiendo visto las regiones recónditas y lejanas que hay más allá del Imperio Shou será por dos motivos posibles. -Asintió solemne y volvió a posicionarse para seguir entrenando. - El primero es que has dejado de ser una necia y has aceptado el camino de la espada. El segundo, si persistes en tu terquedad de no aceptar de pleno el camino del samurái, más te vale que a tu vuelta puedas vencerme en un duelo. Entonces respetaré tu promesa de no portar arma de filo alguno.

Saori inclino su cabeza de forma respetuosa y acepto las palabras de su maestro. Quizás fueran extremas, pero no había nada más que hablar, el camino se había fijado. El entrenamiento seguiría hasta bien entrada la noche, sin embargo, a la mañana siguiente no fue un día igual.

Conociendo una caravana de tiendas que bajaban de los templos objetos encantados para su venta en la Costa de la Espada, Kizuki mando a Saori en el barco cambiando sus servicios de escolta a cambio de un pasaje en el mismo. Primero abandonar la propia Kozakura y su archipiélago de islas, tras ello cruzar el imperio más grande que se erguía en todo Toril atravesando el Imperio Shou. Tras dejar Kara-Tur solo los dioses sabrían.
 

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