Como cada noche, un silencio sepulcral y tranquilizador reinaba en la habitación más lujosa de La Luz del Álandor, iluminada solamente por el débil fuego de unas velas aromáticas que habían sido situadas estratégicamente alrededor de la bañera. Cierto aroma refrescante despertaba los sentidos de aquellos miembros del servicio que se adentraban en ella por el día para cambiar las sábanas y reponer los jabones del baño, jabones perfumados que la misma clienta había solicitado para facilitar el encuentro con su diosa, la Dama del cabello de fuego.
La espuma sobresalía de la bañera de cerámica, cubriendo lo suficiente para que cualquiera que entrase no alcanzase a ver nada más que el rostro y las rodillas de la mujer que se encontraba dentro de ella. Con un brazo apoyado en cada lado de la bañera, dejó caer la cabeza hacia atrás, reflexionando, sintiendo la relajación del momento, inhalando los diferentes aromas de las velas y los jabones. Disfrutando.
Al cabo de unos minutos de relajación, abrió los ojos. Estaba lista. Un espejo con el marco de plata estaba situado justo en frente de la bañera, en la posición idónea para que la mujer alcanzase a verse el rostro directamente.
—Es curioso el modo en que pasan los años, ¿verdad? —Preguntó, iniciando su monólogo mientras mantenía la mirada fija en su reflejo de cabellos cobrizos y facciones aniñadas.— Parece que fue ayer mismo cuando me internaron en aquel convento, y eso que ya han pasado más de seis años... —Suspiró.— Mi nombre es Sarah Lightwood. —Continuó al cabo de unos segundos. ¿Estaba hablándole a su propio reflejo?— Soy una orgullosa sacerdotisa de Sune, diosa de la belleza y el amor. Vengo de Cormyr, más concretamente de Arabel. Mis padres, comerciantes, decidieron internarme en un convento a los nueve años dada mi rebeldía extrema. Fue allí donde conocí a la Dama del cabello de fuego, a Sune, mi diosa.
Por el modo en que lo narraba, parecía repetirlo de forma habitual, quizá todas las noches. ¿Por qué lo hacía? ¿No se acordaba de su propia vida?
—A los diez años ya sabía leer y escribir a la perfección, y comencé a aprender sobre los factores que condicionan la belleza de las cosas, la importancia del amor en el día a día del propio mundo, y el mensaje que la diosa quiere que sus fieles prediquemos. —Su tono era calmado, entrañable, como si se dirigiese a un viejo amigo con el que tiene total confianza.— A los doce años experimenté mi primer encuentro con la Dama realizando un ritual muy parecido al de ahora. Fue entonces cuando comencé a canalizar la energía divina que Ella me había otorgado. —Respiró profundamente, cerrando los ojos unos segundos.— Podía declararme novicia en el sacerdocio sunita, y aquello me encantó. Me encanta, de hecho.
Una sonrisa adornó su rostro.
—El momento en que me planteé abandonar el monasterio y cumplir con la misión que se nos había encomendado a todos los sunitas fue bastante agobiante a la par que fructífero. Corría un día de comercio en los puertos de Arabel, donde yo daba mi matinal paseo alegrando las miradas de los marineros, que trabajaban día noche tanto en tierra como en alta mar, lejos de sus mujeres e hijos. ¡Pobres! —Exclamó algo apenada.— Una niña correteaba de un lado a otro, feliz porque su madre le había regalado un collar. Un collar de plata precioso, casi tan precioso como la niña, pelirroja, bendecida por Sune, quizá, y de ojos verdes. Salvando ese último detalle, he de reconocer que me recordaba mucho a mí, por lo que no pude evitar sentir cierta afinidad con ella, aunque... Quién sabe, quizá no hablaríamos nunca.
Parecía... ¿nostálgica?
—Cuando recorrí todo el puerto, algo más despejada, me dispuse a volver hacia el monasterio. Para ello tenía que recorrer el camino de nuevo, aunque a la inversa, y fue entonces cuando escuché los alaridos de una mujer, clamando auxilio. —Tragó saliva, al parecer agobiada, seria.— Acudí a su llamada tan rápido como el hábito me lo permitió, un hábito que alentaba a los hombres a apreciar lo mejor de mis curvas. La niña estaba morada, boca arriba, tirada en el suelo, aunque aferrándose a su preciado collar. Su mirada, vacía, dejaba entender que ya había abandonado éste mundo. Al parecer se le había caído el collar al agua y se lanzó a rescatarlo, pero el oleaje acabó hundiéndola el suficiente tiempo como para hacer que se ahogase. Los marineros lograron sacarla del agua, pero ya era demasiado tarde. Una niña de... ¿cuánto? ¿Siete años? No podía permitirlo, no siendo una belleza como aquella, ¡era injusto!
Tomó aire y se humedeció los labios antes de continuar.
—Abriéndome paso entre la multitud conseguí llegar al centro del círculo que ésta había formado alrededor del cadáver y su madre, que se arrodillaba a su lado con el rostro lleno de lágrimas. Contemplé la escena apenada y no dudé en arrodillarme también, colocando ambas manos sobre el pecho de la niña. —Alzó las cejas un segundos, mientras decía lo siguiente.— A decir verdad no sabía por qué estaba haciendo aquello, ¡por aquel entonces tan sólo era una novicia, no tenía ni idea de devolver muertos a la vida!
Se llevó la diestra a la mejilla, frotándoselo mientras hablaba.
—Y, a pesar de mi inexperiencia, la niña terminó abriendo los ojos. Entonces lo entendí todo, Sune me había otorgado un don, me había puesto a prueba y la había superado. Era una sacerdotisa en toda regla y ya podía abandonar el monasterio para cumplir con mi misión.
Sonrió satisfecha, recordando aquel reconfortante momento.
—Mi misión como sacerdotisa consiste en expandir la belleza y el amor allá a donde vaya, atrayendo más y más fieles al clero de Sune y bendiciendo con su gracia a los fieles de deidades afines, como Mystra. —Afirmó con especial firmeza en su voz.— Proteger la belleza y defender a aquellos que la crean, enfrentándome especialmente a los enemigos de ésta, afrentas a Sune, afrentas a la Dama.
Guardó silencio durante casi un minuto, antes de arrancar de nuevo con el monólogo a su reflejo, que obviamente decía lo mismo que ella aunque sin voz alguna. Sólo la suya resonaba en aquella habitación.
—Por ello, Dama del cabello de fuego, dama Sune, os pido que me déis fuerzas un día más para así poder cumplir con mi misión, con mi destino.
Justo entonces su propio reflejo cambió, tornando su cabello en rubio y rizado, sus ojos azules en verdes y su tez algo más pálida de lo normal. La imagen se limitó a sonreír fugazmente antes de desaparecer, dejando el espejo con el reflejo de la adoradora una vez más. Sarah, satisfecha, se incorporó, retirándose la espuma del cuerpo y secándose, lista para ir a la cama. Un nuevo día estaba al caer, por lo que debía reunir fuerzas para sus oraciones matinales.