Meivel
Minsorrano sin caminos
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Hay palabras que no solo quedan escritas en la memoria, sino que se graban a fuego en el corazón.
Hay juramentos que nacen de buenas intenciones y acaban convirtiéndose en condenas.
En el reverso de mi muñeca izquierda está marcado el símbolo de la eternidad, el recuerdo de mi promesa y de mi fracaso.
Hay juramentos que nacen de buenas intenciones y acaban convirtiéndose en condenas.
En el reverso de mi muñeca izquierda está marcado el símbolo de la eternidad, el recuerdo de mi promesa y de mi fracaso.
Mi nombre es Saravel, una humilde guerrera que un día decidió coger un arma y un escudo y juró, a los pies de una escultura en honor a Helm, que velaría y protegería el mundo a sus pies.
Mi historia no es grandiosa, no hay aventuras épicas ni encuentros con semidioses. No hay huracanes ni maremotos a los que sobrevivir, ni sectas o clanes malvados a los que destruir.
Crecí en el barrio sur de Aguas Profundas, en una pequeña herrería regentada por mis padres. En mi infancia no hubo muñecas ni vestidos de princesa, sólo el sonido del metal al ser golpeado y el colorete hecho de hollín que embadurnada el aire.
A pesar de que el oficio era lo que nos alimentaba, nunca sentí atracción por él. Mis manos y mis brazos crecieron fuertes al ayudar a mi padre en la forja, pero por mucho que él insistía mi mente siempre estuvo más allá del barrio, más allá incluso de la propia ciudad.
Muchos eran los que acudían a la herrería a hacer encargos y, mientras mi padre se ocupaba de ellos, yo conversaba. Les pedía historias de sus viajes, de sus aventuras, todo cuanto quisieran contarme y que alimentara mi deseo por viajar.
Cuando crecí lo suficiente para empuñar un arma, mi padre me regaló una cimitarra. Curiosa elección para el lugar donde vivíamos, pero tenía un significado importante que bien conocíamos en nuestra familia. Él había sido un gran guerrero en sus años de juventud, había cruzado los desiertos de Calimshan tantas veces y vivido entre las gentes de Calimport tanto tiempo que muchos de los hijos del desierto lo habían llegado a considerar uno de ellos. Mi padre empuñaba dos cimitarras entonces y cuando cumplí dieciséis años forjó una nueva para mí.
Me hizo también un escudo ligero y perfecto para mi pues, aunque el arte de las dos armas era elegante y firme, creyó conveniente que su hija fuese bien protegida.
A los diecisiete me uní a una compañía de escoltas. El mejor amigo de mi padre lideraba las comitivas y fue el único “trabajo” que aceptó dejarme desempeñar. Allí, mi mundo cambió y no por el entrenamiento, los combates o los asaltos, sino porque conocí a Dhalia.
En muy poco tiempo nos hicimos amigas, ella era una ferviente seguidora de Helm, implacable contra los enemigos y condenadamente tierna con los más vulnerables. En los cinco años que compartimos nos convertimos en inseparables, como dos mitades de un mismo escudo. Aprendimos a respirar al mismo ritmo. Si yo fallaba, ella cubría mi espalda. Si ella atacaba, yo era su muro. Éramos invencibles.
O eso creíamos…
Cuando murió, mi mundo se vino abajo. Me culpé día tras día.
Un año después de su muerte decidí viajar a su hogar, al lugar que la había visto crecer.
Durante el viaje hubo una contienda. Mi hombro todavía duele debido a la lesión que sufrí y el escudo aún se siente pesado cuando lo alzo. Sé que debo seguir entrenando y estoy segura de que aquí, donde ella encontró su inspiración, hallaré yo también la mía.
Me había hablado tantas veces de Azkathla que incluso le llegué a prometer que iríamos juntas un día. Pero ahora, mientras transito las ruidosas calles de la ciudad de la moneda, ella no está a mi lado, y esa promesa imposible de cumplir duele más que cualquier otro tipo de herida.
El tatuaje en mi muñeca quema en algunas ocasiones, cuando siento su ausencia con más fuerza, cuando me pregunto qué haría ella, cuando me faltan sus bromas o sus palabras sinceras. Esa es mi penitencia en este viaje de sombras.
Sé que ahora ella vigila el mundo junto a Helm y, por las noches, cuando tomo la cimitarra entre mis manos y me concentro para que nuestras energías fluyan en consonancia, me pregunto si algún día seré yo capaz de dejar de vigilar el espacio vacío a mi izquierda, donde su escudo solía chocar contra el mío.
Mi historia no es grandiosa, no hay aventuras épicas ni encuentros con semidioses. No hay huracanes ni maremotos a los que sobrevivir, ni sectas o clanes malvados a los que destruir.
Crecí en el barrio sur de Aguas Profundas, en una pequeña herrería regentada por mis padres. En mi infancia no hubo muñecas ni vestidos de princesa, sólo el sonido del metal al ser golpeado y el colorete hecho de hollín que embadurnada el aire.
A pesar de que el oficio era lo que nos alimentaba, nunca sentí atracción por él. Mis manos y mis brazos crecieron fuertes al ayudar a mi padre en la forja, pero por mucho que él insistía mi mente siempre estuvo más allá del barrio, más allá incluso de la propia ciudad.
Muchos eran los que acudían a la herrería a hacer encargos y, mientras mi padre se ocupaba de ellos, yo conversaba. Les pedía historias de sus viajes, de sus aventuras, todo cuanto quisieran contarme y que alimentara mi deseo por viajar.
Cuando crecí lo suficiente para empuñar un arma, mi padre me regaló una cimitarra. Curiosa elección para el lugar donde vivíamos, pero tenía un significado importante que bien conocíamos en nuestra familia. Él había sido un gran guerrero en sus años de juventud, había cruzado los desiertos de Calimshan tantas veces y vivido entre las gentes de Calimport tanto tiempo que muchos de los hijos del desierto lo habían llegado a considerar uno de ellos. Mi padre empuñaba dos cimitarras entonces y cuando cumplí dieciséis años forjó una nueva para mí.
Me hizo también un escudo ligero y perfecto para mi pues, aunque el arte de las dos armas era elegante y firme, creyó conveniente que su hija fuese bien protegida.
A los diecisiete me uní a una compañía de escoltas. El mejor amigo de mi padre lideraba las comitivas y fue el único “trabajo” que aceptó dejarme desempeñar. Allí, mi mundo cambió y no por el entrenamiento, los combates o los asaltos, sino porque conocí a Dhalia.
En muy poco tiempo nos hicimos amigas, ella era una ferviente seguidora de Helm, implacable contra los enemigos y condenadamente tierna con los más vulnerables. En los cinco años que compartimos nos convertimos en inseparables, como dos mitades de un mismo escudo. Aprendimos a respirar al mismo ritmo. Si yo fallaba, ella cubría mi espalda. Si ella atacaba, yo era su muro. Éramos invencibles.
O eso creíamos…
Cuando murió, mi mundo se vino abajo. Me culpé día tras día.
Un año después de su muerte decidí viajar a su hogar, al lugar que la había visto crecer.
Durante el viaje hubo una contienda. Mi hombro todavía duele debido a la lesión que sufrí y el escudo aún se siente pesado cuando lo alzo. Sé que debo seguir entrenando y estoy segura de que aquí, donde ella encontró su inspiración, hallaré yo también la mía.
Me había hablado tantas veces de Azkathla que incluso le llegué a prometer que iríamos juntas un día. Pero ahora, mientras transito las ruidosas calles de la ciudad de la moneda, ella no está a mi lado, y esa promesa imposible de cumplir duele más que cualquier otro tipo de herida.
El tatuaje en mi muñeca quema en algunas ocasiones, cuando siento su ausencia con más fuerza, cuando me pregunto qué haría ella, cuando me faltan sus bromas o sus palabras sinceras. Esa es mi penitencia en este viaje de sombras.
Sé que ahora ella vigila el mundo junto a Helm y, por las noches, cuando tomo la cimitarra entre mis manos y me concentro para que nuestras energías fluyan en consonancia, me pregunto si algún día seré yo capaz de dejar de vigilar el espacio vacío a mi izquierda, donde su escudo solía chocar contra el mío.
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