Sam
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No creo que sea la mejor historia que he escrito ni si resulta modesto escribir estas pocas líneas antes de esta. Ayer tuve uno de esos roles mágicos, de aquellos tan sencillos que en cuyos detalles se esconde una profundidad magistral. Para mi, para Ayrin, fue algo que quedará en su retina. Quise transmitir una pequeña parte de esas emociones en este pequeño, exiguo relato. Espero hacer honor, hacer justicia a lo que sentí y a todos los jugadores presentes. Felicidades, Azote.
Gracias,
Segador
Relatos de Ayrin de Rashemen
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―Es un lugar muy triste.
―¿Triste?
―Sí...
―Es un lugar. Solo un lugar. Pero a veces es divertido.
―¿Divertido?
―Sí. Cuando Shama, Arteris y yo nos ponemos a charlar.
―¿De qué habláis?
―De todo, contamos historias, hablamos del futuro, de lo vivido.
―Parece otra cosa. Este lugar es frío, está vacío. Pero vosotros lo llenáis de calor.
―El lugar no importa, Ayrin. Lo importante es con quien. no el donde. Ven. Te lo demostraré.
Me siento incómoda, desnuda ante lo desconocido. Busco en las paredes de sus pasillos aquello que no puede verse, pero sé que está. Espectros, espectros esperándome desde los rincones de esta espiral. Sólo ladrillo y silencio me anuncian en un templo que parece haber sido arrancado del mismísimo Otro Mundo. Doy gracias a los telzhor que me llevan de la mano de Muriel y Shamaelthalar, sé del cierto que aquí me perdería. Aquí los espíritus son poderosos, no los veo, no los oigo, pero de algún modo siento su presencia filtrándose por cada uno de los recovecos oscuros de sus paredes que huelen a incienso. Me empiezo a sentir angustiada, busco una forma de salir, huir. Me asfixio. Me ahogaré si sigo aquí dentro. Me mira Muriel, me sonríe, necesitaba esa sonrisa. Me relajo y vuelvo a mirar a mi alrededor. Me doy por vencida y dejo de buscarlos, hay algo más de lo que mis ojos puedan ver, algo que me rodea, me posee. Es como una espiral, una espiral de almas que buscan en este lugar su pequeña medida de paz y me invitan a convertirme en una más junto a ellas.
Es una sala grande. Una mesa circular, varias sillas, varias personas. No, personas no, Segadores. Y ante ellos hay uno, uno cuya presencia transmite lo indescriptible. Inus Theldaran, Azote de los Muertos, tiene el cabello níveo como la plenitud de Selune, sus ojos brillan como dos llamas de intenso ámbar, su porte es del que se forjan las leyendas. A su lado me siento pequeña, una diminuta pulga junto a la férrea determinación de un gigante. La nada enfrentada al todo.
Mientras hablan voy mirando sus rostros. Veo su seriedad, su gravedad, su cansancio, su solemnidad, su sacrificio, su calor, su luz. Y me voy sintiendo más sobrecogida, nerviosa. No debo estar aquí, no merezco estar aquí. Quiero huir, escapar, sé que empiezo a ponerme histérica, pero oigo su voz en mi cabeza. La voz de mi Muriel.
"Tranquila, no te pasará nada. No dejaré que nada te ocurra".
Puedo relajarme. La busco. Le sonrío. Empiezo a escuchar a Inus, una voz que exige ser escuchada. Y soy testigo de la Historia.
Siempre he mirado al Azote como algo afín a mi existencia. En mi propia arrogancia llegué a creerme a su altura, a creerme con derecho de todo el sufrimiento y tormento. Ahora me siento estúpida, una cría caprichosa incapaz de comprender el magno sacrificio que Inus y sus Segadores están dispuestos a dar. Incapaz de comprender que yo elegí caminar en las tinieblas, no contra ellas, yo no elegí el sacrificio en favor de otros, ellos sí, ellos han elegido un final cierto contra un abismo de incontrolable desenlace.
―Fuimos creados para esto.
Las palabras de Inus, pero me siento incapaz de comprender. Miro ese rostro lánguido de ojos hundidos por el cansancio, veo como lo observan como uno solo. Los veo como adalides de la soledad, égidas de una tristeza que no comprendo. Veo la solemnidad de Shamaelthalar, el frío respeto de Muriel, el entusiasmo de Minerva, la fe Iria, la sorna de Likazu, el brillo de Artemis, la calidez de Inus mirando a sus Segadores.
―Somos una familia.
Recuerdo las palabras de Shamaelthalar en mi cabeza. Aprendes a escuchar lo que no se dice. Empiezo a entender, a ver con otros ojos, con aquellos con los que tuve que mirar siempre. Miro este lugar tan frío, tan vacío, tan aterrador, pero me avergüenzo al entender que me equivoco. No es frío si los que hay dentro dan calor, no está vacío si está lleno de emociones, no es aterrador porque sabes que a cuantos verás son tus hermanos.
¿Cómo se transmite lo que no puede ser expresado? Yo lo entiendo. Los comprendo, pero soy incapaz de explicármelo a mi misma. Pero este conocimiento solo me hace verlos con mayor admiración. Son padres, son hermanos, son hijos, son amantes, nunca fueron menos que nadie, jamás perdieron las ganas de vivir, sino de abrazaron la vida con tanta intensidad que los alzaron como colosos entre los mundanos.
Ellos son las sombras que surgen tras la luz, aquellas que perfilan el horizonte más luminoso de todos. Son la línea entre la vida y la muerte, el muro que nunca caerá. Porque ellos comprenden mejor que nadie que es vivir y que es morir. Porque ellos, Segadores, aman la vida más intensamente que ninguno de nosotros, porque han estado al otro lado, porque la vida es un regalo tan frágil, tan exiguo que el mayor de los crímenes seria no disfrutarlo mientras los dioses nos lo permitan.
―No los entiendo, Ender. Esa tristeza, ese vacío. ¿Por qué sacrificar todo eso?
―No han s..sacrificado n..nada. S..su luz es distinta.
―Luz.
―Hay m..muchas l..luces, A..ayrin. E..ellos son u..una de e..ella.
―¿Su luz se extinguirá..?
―C..claro, a..algún día. C..como t..todas las d..demás. P..pero ellos habrán b..brillado más intensamente q..que c..cualquier o..otra.
―Yo soy incapaz de brillar como ellos, Ender. Yo no tengo brillo, lo gasté todo hace mucho tiempo.
―N..nunca es t..tarde p..para volver a b..brillar. L..lo sabes c..cuando llega el m..momento.
Gracias,
Segador
Relatos de Ayrin de Rashemen
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―Es un lugar muy triste.
―¿Triste?
―Sí...
―Es un lugar. Solo un lugar. Pero a veces es divertido.
―¿Divertido?
―Sí. Cuando Shama, Arteris y yo nos ponemos a charlar.
―¿De qué habláis?
―De todo, contamos historias, hablamos del futuro, de lo vivido.
―Parece otra cosa. Este lugar es frío, está vacío. Pero vosotros lo llenáis de calor.
―El lugar no importa, Ayrin. Lo importante es con quien. no el donde. Ven. Te lo demostraré.
Me siento incómoda, desnuda ante lo desconocido. Busco en las paredes de sus pasillos aquello que no puede verse, pero sé que está. Espectros, espectros esperándome desde los rincones de esta espiral. Sólo ladrillo y silencio me anuncian en un templo que parece haber sido arrancado del mismísimo Otro Mundo. Doy gracias a los telzhor que me llevan de la mano de Muriel y Shamaelthalar, sé del cierto que aquí me perdería. Aquí los espíritus son poderosos, no los veo, no los oigo, pero de algún modo siento su presencia filtrándose por cada uno de los recovecos oscuros de sus paredes que huelen a incienso. Me empiezo a sentir angustiada, busco una forma de salir, huir. Me asfixio. Me ahogaré si sigo aquí dentro. Me mira Muriel, me sonríe, necesitaba esa sonrisa. Me relajo y vuelvo a mirar a mi alrededor. Me doy por vencida y dejo de buscarlos, hay algo más de lo que mis ojos puedan ver, algo que me rodea, me posee. Es como una espiral, una espiral de almas que buscan en este lugar su pequeña medida de paz y me invitan a convertirme en una más junto a ellas.
Es una sala grande. Una mesa circular, varias sillas, varias personas. No, personas no, Segadores. Y ante ellos hay uno, uno cuya presencia transmite lo indescriptible. Inus Theldaran, Azote de los Muertos, tiene el cabello níveo como la plenitud de Selune, sus ojos brillan como dos llamas de intenso ámbar, su porte es del que se forjan las leyendas. A su lado me siento pequeña, una diminuta pulga junto a la férrea determinación de un gigante. La nada enfrentada al todo.
Mientras hablan voy mirando sus rostros. Veo su seriedad, su gravedad, su cansancio, su solemnidad, su sacrificio, su calor, su luz. Y me voy sintiendo más sobrecogida, nerviosa. No debo estar aquí, no merezco estar aquí. Quiero huir, escapar, sé que empiezo a ponerme histérica, pero oigo su voz en mi cabeza. La voz de mi Muriel.
"Tranquila, no te pasará nada. No dejaré que nada te ocurra".
Puedo relajarme. La busco. Le sonrío. Empiezo a escuchar a Inus, una voz que exige ser escuchada. Y soy testigo de la Historia.
Siempre he mirado al Azote como algo afín a mi existencia. En mi propia arrogancia llegué a creerme a su altura, a creerme con derecho de todo el sufrimiento y tormento. Ahora me siento estúpida, una cría caprichosa incapaz de comprender el magno sacrificio que Inus y sus Segadores están dispuestos a dar. Incapaz de comprender que yo elegí caminar en las tinieblas, no contra ellas, yo no elegí el sacrificio en favor de otros, ellos sí, ellos han elegido un final cierto contra un abismo de incontrolable desenlace.
―Fuimos creados para esto.
Las palabras de Inus, pero me siento incapaz de comprender. Miro ese rostro lánguido de ojos hundidos por el cansancio, veo como lo observan como uno solo. Los veo como adalides de la soledad, égidas de una tristeza que no comprendo. Veo la solemnidad de Shamaelthalar, el frío respeto de Muriel, el entusiasmo de Minerva, la fe Iria, la sorna de Likazu, el brillo de Artemis, la calidez de Inus mirando a sus Segadores.
―Somos una familia.
Recuerdo las palabras de Shamaelthalar en mi cabeza. Aprendes a escuchar lo que no se dice. Empiezo a entender, a ver con otros ojos, con aquellos con los que tuve que mirar siempre. Miro este lugar tan frío, tan vacío, tan aterrador, pero me avergüenzo al entender que me equivoco. No es frío si los que hay dentro dan calor, no está vacío si está lleno de emociones, no es aterrador porque sabes que a cuantos verás son tus hermanos.
¿Cómo se transmite lo que no puede ser expresado? Yo lo entiendo. Los comprendo, pero soy incapaz de explicármelo a mi misma. Pero este conocimiento solo me hace verlos con mayor admiración. Son padres, son hermanos, son hijos, son amantes, nunca fueron menos que nadie, jamás perdieron las ganas de vivir, sino de abrazaron la vida con tanta intensidad que los alzaron como colosos entre los mundanos.
Ellos son las sombras que surgen tras la luz, aquellas que perfilan el horizonte más luminoso de todos. Son la línea entre la vida y la muerte, el muro que nunca caerá. Porque ellos comprenden mejor que nadie que es vivir y que es morir. Porque ellos, Segadores, aman la vida más intensamente que ninguno de nosotros, porque han estado al otro lado, porque la vida es un regalo tan frágil, tan exiguo que el mayor de los crímenes seria no disfrutarlo mientras los dioses nos lo permitan.
―No los entiendo, Ender. Esa tristeza, ese vacío. ¿Por qué sacrificar todo eso?
―No han s..sacrificado n..nada. S..su luz es distinta.
―Luz.
―Hay m..muchas l..luces, A..ayrin. E..ellos son u..una de e..ella.
―¿Su luz se extinguirá..?
―C..claro, a..algún día. C..como t..todas las d..demás. P..pero ellos habrán b..brillado más intensamente q..que c..cualquier o..otra.
―Yo soy incapaz de brillar como ellos, Ender. Yo no tengo brillo, lo gasté todo hace mucho tiempo.
―N..nunca es t..tarde p..para volver a b..brillar. L..lo sabes c..cuando llega el m..momento.