Melmoth
Copia sin mente de un convocado
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Segunda fase del viaje a Nordmaar
Salí a recoger plantas... una pequeña costumbre que cogí cuando llegué a Amn. Mi tiempo entre la escuela de magia y la guardia no me dejaba mucho espacio para la herbología, así que aprovechaba cualquier momento, por corto que fuese, para entretenerme recogiendo y seleccionando plantas para pociones y componentes de conjuros y sortilegios.
Me hallaba enfrascado en la observación de un matorral, no muy cuantiosos en esas llanuras, cuando vi pasar a un grupo de personajes. No quería ni levantar la cabeza, pero la curiosidad es una de las desgracias de los estudiosos del Arte. Levanté la mirada y reconocí a un grupo de conocidos: Claunys, el subdirector de la Arcanum Scholla Aikanasar, mi amigo el elfo hechicero con amnesia y una mujer. A ésta última no la reconocí, pero los saludos y las presentaciones no tardaron en darse, su nombre Silmewën de Lotar... denotaba cierta procedencia artistocrática.
Hablando de todo un poco me hicieron partícipe de sus planes. Se dirigían a Beregost, siguiendo ocultos por el bosque y evitando los caminos, por la ya conocida manía de los dragones por el desbalido elfo hechicero. Habían tenido ya algunos encontronazos con orcos y preferían salir de ese tipo de encuentros para no llamar la atención... y para no perder a ninguno de sus acompañantes. Entonces Aikanasar me preguntó si no me molestaría poner mis conjuros al servicio de su causa. Como yo había pasado algún tiempo con el elfo, ayudándole en sus estudios para mejorar su capacidad como hechicero, además de haber tenido ya un encuentro con un dragón verde, me dije que metido ya estaba. Sólo pensar en el aroma y el recuerdo de la aventura se me ponían lo nervios en el estómago. Las ganas de usar mis habilidades en batalla, el compenetrarme con las habilidades de mis compañeros... aventura. No me podía negar. Guardé el trozo de raíz que yacía en mi mano como sabiendo que quedaría relegada a un segundo plano y recogí mis mochilas del suelo, saqué el arco de roble que siempre me acompañaba y nos pusimos en marcha.
Íbamos caminando por una llanura, era de noche y los lugares donde esconderse no eran muchos... follaje, ramas, algún arbusto, pero nada que nos sirviese o al menos en mi caso, que tengo una capacidad casi nula para ese tipo de cosas. Aikanasar con su vista de semi-dragón localizó un ave a lo lejos. Se movía rápido, demasiado para según que tipo de ave. Su alerta y el temblor de mis piernas fueron uno. ¡Un dragón verde! Non cubrimos como pudimos, como ya dije, el panorama no ayudaba demasiado a ocultar los bultos que éramos para esa llanura. Pero dentro de lo poco, conseguimos evitar lo peor. El dragón verde se aproximaba a nuestra situación y pareció reparar en algo, pues frenó su carrera y quedó planeando por encima de nuestras cabezas. Se debía sentir bastante seguro de lo que había encontrado, pues lanzó un par de conjuros que llegaron a Claunys, pero éste, con tesón incomensurable ni se immutó. Debió pensar que se había equivocado, pues el dragón continuó su ronda, dió media vuelta y marchó. Siguiendo con la vista el batir de alas de la béstia nos fijamos en el horizonte y vislumbramos una fogata que antes, con la tranquilidad de un viaje nocturno, no habíamos visto. Sil, con unas grandes dotes de sigilio, se ofreció para explorar el terreno como batidora. Partió hacia la zona del fuego y nosotros permanecimos tumbados y alertas. Yo entumecido por la fría noche y los nervios tensos como cuerdas de laúd no podía dejar de pensar en que no sucediese nada de lo que nos tuviésemos que lamentar. Demasiado rápido me uní a este grupo de viajeros aventureros, pensé.
Pasaban los minutos, eternos y lentos como pueden llegar a ser ellos solos. Yo no veía ningún movieminteo en la lejanía. Los nervios estaban ganando la batalla y sugerí acercarnos un poco. Aika y Claunys coincidieron en que debíamos esperar, pero no llego a entender como están tan templados... se lo dará el camino. Cuando estaba pensando que o venía o rebentaba de nervios vislumbré un movimiento fino al fondo. Agudicé la vista y... Sil apareció sana, salva, en silencio y con noticias.
Un campamento de orcos. Había oído como habían cargado a una carabana de trasgos para llevar un "regalo" al brujo de la falla. Todos coincidimos que debíamos atajar ese "regalo", nada bueno podía salir de ese tipo de alianza y no sabíamos a que se referían con lo de ese regalo. Decidimos movernos para seguir la pista a los trasgos. Aika y yo usamos el conjuro de Invisibilidad con nuestros compañeros, quizás no seríamos muy sigilosos, pero sin vernos lo tendrían más dificil, y fácil no se lo íbamos a poner. Con la invisibilidad puesta y con el máximo sigilio del que fuimos capaces nos cruzamos con dos grupos de vigilantes orcos que hacían rondas de reconocimiento, como hacemos los guardias de Athkatla por la ciudad. Salimos airosos, nadie escuchó ni un murmullo, ni una pisada, ni una branca, pero no afinaron bien el oído, pues de haberlo hecho hubiesen escuchado a un elfo con la respiración tan agitada como para despertar a un dragón de su letargo milenario.
Seguíamos buena pista, pero tarde. Los trasgos nos llevaban un día de camino, sería imposible atraparlos. Claunys se ofreció a pedirle al bosque su ayuda. Yo había oído hablar de ese tipo de comunicación entre druidas y naturaleza, pero nunca tan de cerca. Me dí cuenta entonces de los grandes poderes de que disponía Claunys. Empezó una letanía tocando a un árbol, parecía que se cominicaban, que hablaban. Nosotros esperábamos y escudriñábamos el lugar en busca de posibles amenazas directas a la concentración de nuestro compañero. Pero nada se dió, por el momento.
Claunys consiguió captar el espíritu del bosque y comulgar con él. El bosque le respondió que haría lo posible por restrasar el camino de los trasgos, la naturaleza no se lo pondría fácil al comboy de criaturas. Ese retraso nos haría ganar tiempo para atraparlas, pero no parecía que nos diese mucho margen, nos teníamos que poner en marcha. Antes de que nos movíesemos oímos ruidos a lo lejos y Sil detectó huellas de lobo, o más bien de hombre-lobo. Los licántropos se habían adueñado de la zona y no parecían muy contentos de encontrarnos en su territorio. Estábamos a punto de empezar la lucha cuando Claunys gritó: "-¡¿Confiáis en mi?!" La respuesta fue directa y en consenso, nos apremió a que le tocaramos, que nos uniéramos a él físicamente. El estaba con los ojos cerrados y la cabeza gacha, entonando un canto al bosque, a la naturaleza, al árbol que tocaba con una mano. Los licántropos se acercaban rápidos y feroces, el margen de tiempo era escaso y teníamos que darle tiempo a Claunys para que acabase su conjuro. El primero de los hombres-lobo llegó a escena y logró arrancar un arañazo del hombro de Claunys, pero Sil y Aikanasar, atentos a toda la escena, taponaron el acceso al druida, este podría continuar con su letanía y su simbiosis con el bosque. Aparecían mas béstias por detrás de la primera y, cuando parecía que se nos hechaban enciama y que debíamos romper el contacto con Claunys para defender nuestras vidas... simplemente... desaparecimos. Lo que hubiese dado por ver la cara de los monstruos cuando se avalanzaron contra el suelo y el duro árbol.
Aparecimos en otro lugar del bosque y, como pronto pudimos comprobar, muy cerca del campamento trasgo. La suerte nos sonreía. Decidimos escondernos entre los árboles y arbustos, esperando y planificando una contra que, seguro, no esperarían... pero alguien no oyó la decisión.
Sil lanzó una flecha a uno de los trasgos más adelantados a nuestra posición. Dió en el blanco, sí, pero alertó a todo el grupo... la batalla no podía demorar. Las bestias se lanzaron como suicidas a un precipicio, sin miedo y armados, rábia en su mirada y sangre en sus ojos. Como todo, en la batalla, la confusión, la sangre y el miedo se mezclaban para dejar mal gusto de boca. Apoyé a Sil con mi arco de roble, y tumbé a uno de los trasgos. Pero venían de cabeza y yo estaba en primera línea. Los magos no solemos estar en primera línea y mis compañeros ya tomaron posiciones más aventajadas. Conseguí zafarme por detrás de Sil a la vez que rebuscaba en memoria y en mis saquillos de componentes. Dí un salto de costado, para caer de lado y antes de caer ya salían flechas de fuego de mis manos. Incendiario es un conjuro que calcula el núemro de enemigos en un radio determinado y lanza una flecha flamigera por cada uno de ellos. El daño que el sortilegio causó en las filas enemigas permitió a mis compañeros rematar la faena con facilidad, pero, los que no cayeron se lanzaron de cabeza contra el mago del grupo, yo. No acostumbrado a soportar golpes, el cansancio del camino y la defensa baja por haber lanzado el hechizo hizo que me golpeasen con dureza jamás soportada por mi. Me mareé, todo daba vueltas y yo caía y caía. Ya no sentí nada. Vacío que se me escapaba, dolor que huía de mi. Frio.
Abrí los ojos y, desconcertado, reconocí a Claunys. Estaba aplicándome unos vendajes y unos cataplasmas. Aikanasar se asomaba por el hombro de este y sonreía... me dijo: "-La próxima vez ten más cuidado, me acabas de costar 10000 piezas de oro..." Y seguía sonriendo. Me recosté contra el árbol cercano. Y descansé... aunque no mucho. Estaba totalmente recuperado, pero el daño emocional tardaría en curarse. El grito de sorpresa de Sil, al levantar una manta de lo que parecían ser las alforjas de un caballo me despertó de mi sueño en vida. Me acerqué al asombrado grupo y lo ví. El "regalo".
Un imponente Pegaso relinchaba con ojos llenos de sabiduría en la esplanada donde habían acampado los trasgos. El regalo para el brujo era ¡un pegaso! Increíble. El elfo hechicero se adelantó un poco. Murmuraba tartamudeando algo inteligible. Decía que recordaba, que conocía al pegaso... que él debía llevarlo como regalo al brujo... Nos quedamos de una pieza. ¿Estábamos ayudando al enemigo?
Claunys habló con el Pegaso. La mística criatura le dijo que había tenido que salvar una vez al elfo para devolverle el favor que éste le hizo una vez. El elfo salvó la vida al Pegaso y este le devolvió el favor liberándolo de los dragones. El elfo empezó a recordar.
Llanuras, patrullas de orcos, dragones verdes... sigilio. Regalos fantásticos para criaturas malvadas, muerte. Vida y esperanza nos esperaban en esos caminos, infestados de maldad y de bellos bosques. El camino continuaba, hacia Beregost, a Puerta de Baldur... Candelero quizás... Parece que esta vez hemos salidos airosos de la situación y que hemos ganado la batalla, pero el camino se plantea largo y tortuoso. Sin duda, con compañeros como los que tengo, esto no puede llegar a mal puerto.
El pegaso, regalo equivocado para el brujo...
Melmoth Ribeon
Salí a recoger plantas... una pequeña costumbre que cogí cuando llegué a Amn. Mi tiempo entre la escuela de magia y la guardia no me dejaba mucho espacio para la herbología, así que aprovechaba cualquier momento, por corto que fuese, para entretenerme recogiendo y seleccionando plantas para pociones y componentes de conjuros y sortilegios.
Me hallaba enfrascado en la observación de un matorral, no muy cuantiosos en esas llanuras, cuando vi pasar a un grupo de personajes. No quería ni levantar la cabeza, pero la curiosidad es una de las desgracias de los estudiosos del Arte. Levanté la mirada y reconocí a un grupo de conocidos: Claunys, el subdirector de la Arcanum Scholla Aikanasar, mi amigo el elfo hechicero con amnesia y una mujer. A ésta última no la reconocí, pero los saludos y las presentaciones no tardaron en darse, su nombre Silmewën de Lotar... denotaba cierta procedencia artistocrática.
Hablando de todo un poco me hicieron partícipe de sus planes. Se dirigían a Beregost, siguiendo ocultos por el bosque y evitando los caminos, por la ya conocida manía de los dragones por el desbalido elfo hechicero. Habían tenido ya algunos encontronazos con orcos y preferían salir de ese tipo de encuentros para no llamar la atención... y para no perder a ninguno de sus acompañantes. Entonces Aikanasar me preguntó si no me molestaría poner mis conjuros al servicio de su causa. Como yo había pasado algún tiempo con el elfo, ayudándole en sus estudios para mejorar su capacidad como hechicero, además de haber tenido ya un encuentro con un dragón verde, me dije que metido ya estaba. Sólo pensar en el aroma y el recuerdo de la aventura se me ponían lo nervios en el estómago. Las ganas de usar mis habilidades en batalla, el compenetrarme con las habilidades de mis compañeros... aventura. No me podía negar. Guardé el trozo de raíz que yacía en mi mano como sabiendo que quedaría relegada a un segundo plano y recogí mis mochilas del suelo, saqué el arco de roble que siempre me acompañaba y nos pusimos en marcha.
Íbamos caminando por una llanura, era de noche y los lugares donde esconderse no eran muchos... follaje, ramas, algún arbusto, pero nada que nos sirviese o al menos en mi caso, que tengo una capacidad casi nula para ese tipo de cosas. Aikanasar con su vista de semi-dragón localizó un ave a lo lejos. Se movía rápido, demasiado para según que tipo de ave. Su alerta y el temblor de mis piernas fueron uno. ¡Un dragón verde! Non cubrimos como pudimos, como ya dije, el panorama no ayudaba demasiado a ocultar los bultos que éramos para esa llanura. Pero dentro de lo poco, conseguimos evitar lo peor. El dragón verde se aproximaba a nuestra situación y pareció reparar en algo, pues frenó su carrera y quedó planeando por encima de nuestras cabezas. Se debía sentir bastante seguro de lo que había encontrado, pues lanzó un par de conjuros que llegaron a Claunys, pero éste, con tesón incomensurable ni se immutó. Debió pensar que se había equivocado, pues el dragón continuó su ronda, dió media vuelta y marchó. Siguiendo con la vista el batir de alas de la béstia nos fijamos en el horizonte y vislumbramos una fogata que antes, con la tranquilidad de un viaje nocturno, no habíamos visto. Sil, con unas grandes dotes de sigilio, se ofreció para explorar el terreno como batidora. Partió hacia la zona del fuego y nosotros permanecimos tumbados y alertas. Yo entumecido por la fría noche y los nervios tensos como cuerdas de laúd no podía dejar de pensar en que no sucediese nada de lo que nos tuviésemos que lamentar. Demasiado rápido me uní a este grupo de viajeros aventureros, pensé.
Pasaban los minutos, eternos y lentos como pueden llegar a ser ellos solos. Yo no veía ningún movieminteo en la lejanía. Los nervios estaban ganando la batalla y sugerí acercarnos un poco. Aika y Claunys coincidieron en que debíamos esperar, pero no llego a entender como están tan templados... se lo dará el camino. Cuando estaba pensando que o venía o rebentaba de nervios vislumbré un movimiento fino al fondo. Agudicé la vista y... Sil apareció sana, salva, en silencio y con noticias.
Un campamento de orcos. Había oído como habían cargado a una carabana de trasgos para llevar un "regalo" al brujo de la falla. Todos coincidimos que debíamos atajar ese "regalo", nada bueno podía salir de ese tipo de alianza y no sabíamos a que se referían con lo de ese regalo. Decidimos movernos para seguir la pista a los trasgos. Aika y yo usamos el conjuro de Invisibilidad con nuestros compañeros, quizás no seríamos muy sigilosos, pero sin vernos lo tendrían más dificil, y fácil no se lo íbamos a poner. Con la invisibilidad puesta y con el máximo sigilio del que fuimos capaces nos cruzamos con dos grupos de vigilantes orcos que hacían rondas de reconocimiento, como hacemos los guardias de Athkatla por la ciudad. Salimos airosos, nadie escuchó ni un murmullo, ni una pisada, ni una branca, pero no afinaron bien el oído, pues de haberlo hecho hubiesen escuchado a un elfo con la respiración tan agitada como para despertar a un dragón de su letargo milenario.
Seguíamos buena pista, pero tarde. Los trasgos nos llevaban un día de camino, sería imposible atraparlos. Claunys se ofreció a pedirle al bosque su ayuda. Yo había oído hablar de ese tipo de comunicación entre druidas y naturaleza, pero nunca tan de cerca. Me dí cuenta entonces de los grandes poderes de que disponía Claunys. Empezó una letanía tocando a un árbol, parecía que se cominicaban, que hablaban. Nosotros esperábamos y escudriñábamos el lugar en busca de posibles amenazas directas a la concentración de nuestro compañero. Pero nada se dió, por el momento.
Claunys consiguió captar el espíritu del bosque y comulgar con él. El bosque le respondió que haría lo posible por restrasar el camino de los trasgos, la naturaleza no se lo pondría fácil al comboy de criaturas. Ese retraso nos haría ganar tiempo para atraparlas, pero no parecía que nos diese mucho margen, nos teníamos que poner en marcha. Antes de que nos movíesemos oímos ruidos a lo lejos y Sil detectó huellas de lobo, o más bien de hombre-lobo. Los licántropos se habían adueñado de la zona y no parecían muy contentos de encontrarnos en su territorio. Estábamos a punto de empezar la lucha cuando Claunys gritó: "-¡¿Confiáis en mi?!" La respuesta fue directa y en consenso, nos apremió a que le tocaramos, que nos uniéramos a él físicamente. El estaba con los ojos cerrados y la cabeza gacha, entonando un canto al bosque, a la naturaleza, al árbol que tocaba con una mano. Los licántropos se acercaban rápidos y feroces, el margen de tiempo era escaso y teníamos que darle tiempo a Claunys para que acabase su conjuro. El primero de los hombres-lobo llegó a escena y logró arrancar un arañazo del hombro de Claunys, pero Sil y Aikanasar, atentos a toda la escena, taponaron el acceso al druida, este podría continuar con su letanía y su simbiosis con el bosque. Aparecían mas béstias por detrás de la primera y, cuando parecía que se nos hechaban enciama y que debíamos romper el contacto con Claunys para defender nuestras vidas... simplemente... desaparecimos. Lo que hubiese dado por ver la cara de los monstruos cuando se avalanzaron contra el suelo y el duro árbol.
Aparecimos en otro lugar del bosque y, como pronto pudimos comprobar, muy cerca del campamento trasgo. La suerte nos sonreía. Decidimos escondernos entre los árboles y arbustos, esperando y planificando una contra que, seguro, no esperarían... pero alguien no oyó la decisión.
Sil lanzó una flecha a uno de los trasgos más adelantados a nuestra posición. Dió en el blanco, sí, pero alertó a todo el grupo... la batalla no podía demorar. Las bestias se lanzaron como suicidas a un precipicio, sin miedo y armados, rábia en su mirada y sangre en sus ojos. Como todo, en la batalla, la confusión, la sangre y el miedo se mezclaban para dejar mal gusto de boca. Apoyé a Sil con mi arco de roble, y tumbé a uno de los trasgos. Pero venían de cabeza y yo estaba en primera línea. Los magos no solemos estar en primera línea y mis compañeros ya tomaron posiciones más aventajadas. Conseguí zafarme por detrás de Sil a la vez que rebuscaba en memoria y en mis saquillos de componentes. Dí un salto de costado, para caer de lado y antes de caer ya salían flechas de fuego de mis manos. Incendiario es un conjuro que calcula el núemro de enemigos en un radio determinado y lanza una flecha flamigera por cada uno de ellos. El daño que el sortilegio causó en las filas enemigas permitió a mis compañeros rematar la faena con facilidad, pero, los que no cayeron se lanzaron de cabeza contra el mago del grupo, yo. No acostumbrado a soportar golpes, el cansancio del camino y la defensa baja por haber lanzado el hechizo hizo que me golpeasen con dureza jamás soportada por mi. Me mareé, todo daba vueltas y yo caía y caía. Ya no sentí nada. Vacío que se me escapaba, dolor que huía de mi. Frio.
Abrí los ojos y, desconcertado, reconocí a Claunys. Estaba aplicándome unos vendajes y unos cataplasmas. Aikanasar se asomaba por el hombro de este y sonreía... me dijo: "-La próxima vez ten más cuidado, me acabas de costar 10000 piezas de oro..." Y seguía sonriendo. Me recosté contra el árbol cercano. Y descansé... aunque no mucho. Estaba totalmente recuperado, pero el daño emocional tardaría en curarse. El grito de sorpresa de Sil, al levantar una manta de lo que parecían ser las alforjas de un caballo me despertó de mi sueño en vida. Me acerqué al asombrado grupo y lo ví. El "regalo".
Un imponente Pegaso relinchaba con ojos llenos de sabiduría en la esplanada donde habían acampado los trasgos. El regalo para el brujo era ¡un pegaso! Increíble. El elfo hechicero se adelantó un poco. Murmuraba tartamudeando algo inteligible. Decía que recordaba, que conocía al pegaso... que él debía llevarlo como regalo al brujo... Nos quedamos de una pieza. ¿Estábamos ayudando al enemigo?
Claunys habló con el Pegaso. La mística criatura le dijo que había tenido que salvar una vez al elfo para devolverle el favor que éste le hizo una vez. El elfo salvó la vida al Pegaso y este le devolvió el favor liberándolo de los dragones. El elfo empezó a recordar.
Llanuras, patrullas de orcos, dragones verdes... sigilio. Regalos fantásticos para criaturas malvadas, muerte. Vida y esperanza nos esperaban en esos caminos, infestados de maldad y de bellos bosques. El camino continuaba, hacia Beregost, a Puerta de Baldur... Candelero quizás... Parece que esta vez hemos salidos airosos de la situación y que hemos ganado la batalla, pero el camino se plantea largo y tortuoso. Sin duda, con compañeros como los que tengo, esto no puede llegar a mal puerto.
El pegaso, regalo equivocado para el brujo...
Melmoth Ribeon