abisail
Restos de un PJ de Aharadad
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//Gracias a Mekhare, Ender, Ayrin, Nizz, Aldarion y DM Nevan por esta larga y preciosa escena que he intentado escribir lo mejor que he podido :?
Había matado al ermitaño sólo por ver la reacción de Aldarion. La vida del viejo valía tan poco que no merecía ni el gesto de desfundar los velves para tomarla, pero el semifelino se había preocupado por él cuando ella dijo de visitarlo. Ningún siervo mestizo da ordenes a Nercarien, a una hembra de la casa Inu'brae. Y eso era la criatura Aldarion: un siervo del Gran Rojo, pero siervo a fin de cuentas. Habían viajado juntos toda la noche anterior y lo había observado. Era un guerrero capaz. Se movía por los bosques sin hacer apenas ruido y golpeaba con sus garras y espadas con letalidad. La valía de un críado habla de su señor y en ese sentido la drow se hacía una idea del poder de la sierpe que la esperaba. Faltaba por comprobar la sumisión a su amo. Matar al anciano fue la prueba.
En la choza se hizo el silencio. Nercarien permanecía de pie con los velves ensangrentados observando a Aldarion. La sangre manaba del cadáver formando un pequeño charco sobre la mesa.
- Vamonos. Ya he acabado aquí.
Aldarion tensó la mandibula y erizó su cabello. Las negras marcas de tigre traslucieron por un momento en su piel con claridad, pero no hizo nada. Nercarien sonrió bajo su yelmo y enfundó sus armas. Salieron de la choza. El rostro del mestizo para entonces ya no delataba nada de crispación, pero su mirada felina le pareció a Nercarien de un ambar más intenso.
Pronto abandonaron las ondulantes colinas aproximándose a un terreno más abrupto. El terreno suave dejó paso a unas enorme moles de roca atravesadas por un paso estrecho. Abanzaban ocultos y sigilosos en la oscuridad, atentos a cualquier sonido extraño. Para Nercarien eran la mayoría, pese a sus varias salidas al mundo brillante. En aquel angosto paso sintió algo de tranquilidad. Verse rodeada de roca como en la Infraoscuridad la reconfortó. Parecía darle un sentido a la marcha, avanzando en una dirección clara a través de aquella enorme herida en la piedra. Los lugares abiertos de la superficie le producían cierta desazón. Sendero adelante vieron unos enormes seres. Parecían deogroloks pero de cabeza más pequeñas y menos pelo. Miraban en su dirección sin verlos con ojillos estúpidos. Aldarion se aproximó a ellos oculto entre las sombras y rocas, fue tras él. Observó como desnfundaba sus espadas con la vista clavada en los gigantes. No habían cruzado palabra desde hacia horas, desde que salieron de la cabaña del viejo. Nercarien supo que aquellas moles de carne en mitad del paso iban a sufrir toda la frustración del mestizo. Iban a recibir todos los golpes que no había tenido el valor de lanzarle a ella. Antes de que fueran conscientes de lo que pasaba dos estaban agonizando en el suelo y el tercero se unió pronto a ellos cuando la drow le atravesó los riñones de abajo a arriba. Tras los bramidos de dolor y el estruendo de los cuerpos cayendo al suelo el silencio. Ambos permanecieron unos instantes atentos a los dos lados del paso, pero nada se oyó ni se movió.
Abandonaron la senda principal para intorducirse por una vereda, apenas un hueco, entre las paredes de piedra. Siguieron por ella, Aldarion siempre delante seguido por la drow a una distancia prudente. El relieve se fue amansando hasta que el desfiladero dejó paso a colinas. Al pie de la primera un grupo estaba acampado. Un semielfo encapuchado estaba de pie armado con un arco, a su lado una delgada humana de pelo negro tambien encapuchada estaba acuclillada al lado de otra hembra humana que tendida en el suelo parecía dormitar. Al otro lado una figura de negro sostenía una bola de cristal en su mano, por su complexión Nercarien vio que era un elfo. Demasiada gente para el gusto de Nercarien.
- Espero que esto no sea una trampa, criatura Aldarion - dijo en élfico.
Estaba claro que no lo era. Si hubieran pretendido una emboscada contra ella habían tenido ocasiones mejores tanto en lugar como en momento, pero sabía que la sola mención de esa posibilidad irritaría al mestizo.
- No. No lo es, puedes estar tranquila - las palabras fueron dichas en tono acerado, escondiendo a duras penas su ira, lo que complació a la drow.
Nercarien miró al semielfo del arco.
- Dile a ese que guarde el arco si no quiere que le corte las manos.
Aldarion le dijo unas palabras en el idioma de la superficie al otro mestizo que se colgó el arco. Lo ojos de los acampados estaban clavados en ella. Podía ver el odio en sus miradas. No era para menos, su presencia allí era la prueba de lo insignificante de sus existencias. Venía a tomar lo que una de ellos no eran capaz de retener, supuso que la que estaba postrada inconsciente ¡Patéticas criaturas! Aldarion hizo gesto para que ascendieran la colina, parecía que aquel era el lugar de encuentro. Subieron la suave pendiente a la vez que comenzaba a llover, pero antes de llegar a la cima Nercarien se detuvo. Se quitó sus ropas de sombras y su capa. Untó su cuerpo desnudo y sus cabellos blancos con aceite de Nur'linut y saco de la mochila un manto de ninfa en el que se envolvió. Al acabar estaba tan hermosa como una sacerdotisa el día de sus votos a la Reina Araña. Al llegar a la cima se veían unas ruinas a los pies de la colina que resplandecían en la noche. Aldarion gritó mientras que la humana de pelo negro depositaba a la otra en el suelo con delicadeza.
- ¡Fuego Eterno!
En la intensa lluvia se escuchó un bramar profundo, algunos relámpagos cayeron no muy lejos tensando a Nercarien. Una densa neblina se formó en lo profundo y una gran silueta se fue dibujando tras ella. Al principio solo se vislumbraba un vaho de fuego entre la niebla, pero al avanzar se mostró claramente ante el grupo en todo su poder. Fuego Eterno, una enorme sierpe roja. El mago elfo y Aldarion dieron un paso atrás, el semielfo se arrodilló y realizó una amplia reverencia. La humana morena se estremeció ante la presencia del dragón pero no se separó de la que yacía en el suelo. Nercarien se quedó paralizada unos instantes, no tanto de pánico como por la admiración ante tan sobrecogedora criatura. La sierpe observó a todos uno por uno a la vez que exalaba aire candente. Sus extraños ojos parecían poder ver la esencia misma del ser de cada uno.
- ¿Y bien? - su tono era profundo aunque aburrido.
- Hemos traído una candidata más apta -dijo el mago elfo a la vez que la señalaba con el dedo - Preséntate ante la sierpe, tú que serás la portadora.
- Ha venido por voluntad propia - indicó Aldarion.
El dragón clavó su mirada un instante en el arcano elfo. Desdeñoso y arrogante desvió su mirada hacia Nercarien mientras se reitaba la capucha y dejaba su larga melena blanca caer sobre su capa. Al mirarla el dragón entornó los ojos.
- Soy Nercarien de la casa de Inu'brae, decimotercera de la inmortal ciudad de Ust Natha y no temo albergar en mi vientre tu semilla... siempre que lleguemos a un acuerdo sobre el precio de mi sangre.
Poco se podía averiguar de la expresión del enorme reptil. Simplemente respiraba de manera pausada al tiempo que poco a poco, desciendió el lomo para observar con más detalle a la drow.
- Nercarien de Ust Natha... el acuerdo, será hablado con calma... y tiempo, pero ahora has de decidir, ... - el dragón miró a los demás a la vez que hablaba en un tono profundo - si vas a aceptar portar mi semilla.
La drow alzó la cabeza para ver el rostro del dragón. Estaba casi encima de ella y sus ojos centelleaban al observarla. La sierpe estaba interesada en ella.
- Acepto ahora y escucharás mis condiciones posteriormente. El vientre de una jabress es más digno para alojar tu semilla que el de una ramera humana. Tu sangre se mezclará con la de los ilythiir y tu estirpe reinará con la oscuridad y el fuego.
- Mi palabra de que te escucharé la tienes Nercarien Inu'brae - sus palabras salían a la vez que el vaho candente - Tal vez seas digna, pero me lo tienes que demostrar.
- Si lo deseas mataré a la humana aquí mismo. Que no se vanaglorie de haber portado tu estirpe dentro de ella.
Nercarien pronunció las palabras sin dudar. Era lo mejor que le podía ofrecer allí a Fuego Eterno. Todos se tensaron aún más si fuera posible y Aldarion habló utilizando un medido tono de respeto y firmeza.
- Si eso sucediera , Milenario, tendría que matar a tu nueva portadora aún si me cuesta mi vida y la de los míos.
Los ojos del dragón no se separaban de Nercarien.
- Si quisiera la muerte de alguno de estos, creo que ya lo habría hecho. Tu palabra y tu valía , no será necesario que la demuestres con... estos. Portarás mi semilla. Me demostrarás que eres merecedora y llegaremos a un acuerdo en el que tu casta y mi legado hallen mutuo beneficio.
- Así sea.
- Recuerda Milenario nuestro pacto. He bajado a las entrañas del mundo buscando a alguien digno de ti... Ahora libera a Mekhare de tu semilla e influjo.
Fuego Eterno giró ligeramente la cabeza y puso su mirada en Aldarion imponiendole silencio. El mestizo agachó la cabeza. Con un gesto de su garra roja la humana inconsciente comenzó a levitar bajo la lluvia. Una leve luz rojiza brillaba en su vientre mientras se aproximaba flotando a la drow. Con la otra garra hizo un gesto hacia Nercarien y el brillo rojizo de Mekhare poco a poco se volvió tenue hasta desaparecer. Acto seguido el negro vientre de Nercarien comenzó a brillar con una ligera luz rojiza que se intensificó hasta desvanecerse. Al cesar la magia Mekhare cayó al suelo.
- "Es la materialización del poder. Ni la yathtallar Yerna fue fecundada por una criatura tan poderosa." - pensaba sonriente mientras se acariciaba el abdomen aún caliente.
- Marcharos... por ahora.
- Vamonos - el mago elfo deseaba largarse cuanto antes.
- ¿Puedo recoger a Mekhare, Milenario?
- No - su tono era irónico -. Tengo algo de hambre y aún no he comido nada.
Nercarien permanecía al lado de la humana. Había recobrado el conocimiento pero seguía tendida en el suelo todavía débil. Sus facciones negras se arrugaron en un gesto de repugnancia al mirarla. Los ojos de la humana estaban tristes. Con un hilo de voz sólo pronunció una palabra mientras Aldarion la alzaba en volandas.
- Cuidalos.
El mago desapareció tras pronunciar unas palabras arcanas y el resto descendió con rapidez bajo la atenta vista de Fuego Eterno y de la drow.
- Hablaremos pronto, mi nueva portadora.
El dragón se giró sin esperar respuesta y se alejó de la colina.
EPÍLOGO
Pronto amanecería. Nercarien volvió a vestir sus ropas de sombras. Le esperaba un largo camino de regreso hasta la Infraoscuridad y tendría que buscar refugio para evitar la luz cegadora. Todavía notaba el calor. Era un extraña sensación de vida en su interior. Pensó que al regresar a Ust Natha sacrificaría a ocho humanos recien nacidos y mojaría su vientre con la sangre de sus corazones para que Lloth la bendijera con una hembra.
Fuego Eterno dijo que pronto se verían. Si no era así se quedaría con el fruto de sus entrañas. Aldarion y la portadora humana le habían dicho que eran dos crías. Dentro de ella solo sobreviviría una. La más fuerte mataría a la más débil. Siempre era así en las gestaciones de las drows. Puede que la criatura acabara siendo un peligroso regalo envenenado. Nercarien sonrió para sus adentros: siempre le habían gustado los regalos y el veneno.
Había matado al ermitaño sólo por ver la reacción de Aldarion. La vida del viejo valía tan poco que no merecía ni el gesto de desfundar los velves para tomarla, pero el semifelino se había preocupado por él cuando ella dijo de visitarlo. Ningún siervo mestizo da ordenes a Nercarien, a una hembra de la casa Inu'brae. Y eso era la criatura Aldarion: un siervo del Gran Rojo, pero siervo a fin de cuentas. Habían viajado juntos toda la noche anterior y lo había observado. Era un guerrero capaz. Se movía por los bosques sin hacer apenas ruido y golpeaba con sus garras y espadas con letalidad. La valía de un críado habla de su señor y en ese sentido la drow se hacía una idea del poder de la sierpe que la esperaba. Faltaba por comprobar la sumisión a su amo. Matar al anciano fue la prueba.
En la choza se hizo el silencio. Nercarien permanecía de pie con los velves ensangrentados observando a Aldarion. La sangre manaba del cadáver formando un pequeño charco sobre la mesa.
- Vamonos. Ya he acabado aquí.
Aldarion tensó la mandibula y erizó su cabello. Las negras marcas de tigre traslucieron por un momento en su piel con claridad, pero no hizo nada. Nercarien sonrió bajo su yelmo y enfundó sus armas. Salieron de la choza. El rostro del mestizo para entonces ya no delataba nada de crispación, pero su mirada felina le pareció a Nercarien de un ambar más intenso.
Pronto abandonaron las ondulantes colinas aproximándose a un terreno más abrupto. El terreno suave dejó paso a unas enorme moles de roca atravesadas por un paso estrecho. Abanzaban ocultos y sigilosos en la oscuridad, atentos a cualquier sonido extraño. Para Nercarien eran la mayoría, pese a sus varias salidas al mundo brillante. En aquel angosto paso sintió algo de tranquilidad. Verse rodeada de roca como en la Infraoscuridad la reconfortó. Parecía darle un sentido a la marcha, avanzando en una dirección clara a través de aquella enorme herida en la piedra. Los lugares abiertos de la superficie le producían cierta desazón. Sendero adelante vieron unos enormes seres. Parecían deogroloks pero de cabeza más pequeñas y menos pelo. Miraban en su dirección sin verlos con ojillos estúpidos. Aldarion se aproximó a ellos oculto entre las sombras y rocas, fue tras él. Observó como desnfundaba sus espadas con la vista clavada en los gigantes. No habían cruzado palabra desde hacia horas, desde que salieron de la cabaña del viejo. Nercarien supo que aquellas moles de carne en mitad del paso iban a sufrir toda la frustración del mestizo. Iban a recibir todos los golpes que no había tenido el valor de lanzarle a ella. Antes de que fueran conscientes de lo que pasaba dos estaban agonizando en el suelo y el tercero se unió pronto a ellos cuando la drow le atravesó los riñones de abajo a arriba. Tras los bramidos de dolor y el estruendo de los cuerpos cayendo al suelo el silencio. Ambos permanecieron unos instantes atentos a los dos lados del paso, pero nada se oyó ni se movió.
Abandonaron la senda principal para intorducirse por una vereda, apenas un hueco, entre las paredes de piedra. Siguieron por ella, Aldarion siempre delante seguido por la drow a una distancia prudente. El relieve se fue amansando hasta que el desfiladero dejó paso a colinas. Al pie de la primera un grupo estaba acampado. Un semielfo encapuchado estaba de pie armado con un arco, a su lado una delgada humana de pelo negro tambien encapuchada estaba acuclillada al lado de otra hembra humana que tendida en el suelo parecía dormitar. Al otro lado una figura de negro sostenía una bola de cristal en su mano, por su complexión Nercarien vio que era un elfo. Demasiada gente para el gusto de Nercarien.
- Espero que esto no sea una trampa, criatura Aldarion - dijo en élfico.
Estaba claro que no lo era. Si hubieran pretendido una emboscada contra ella habían tenido ocasiones mejores tanto en lugar como en momento, pero sabía que la sola mención de esa posibilidad irritaría al mestizo.
- No. No lo es, puedes estar tranquila - las palabras fueron dichas en tono acerado, escondiendo a duras penas su ira, lo que complació a la drow.
Nercarien miró al semielfo del arco.
- Dile a ese que guarde el arco si no quiere que le corte las manos.
Aldarion le dijo unas palabras en el idioma de la superficie al otro mestizo que se colgó el arco. Lo ojos de los acampados estaban clavados en ella. Podía ver el odio en sus miradas. No era para menos, su presencia allí era la prueba de lo insignificante de sus existencias. Venía a tomar lo que una de ellos no eran capaz de retener, supuso que la que estaba postrada inconsciente ¡Patéticas criaturas! Aldarion hizo gesto para que ascendieran la colina, parecía que aquel era el lugar de encuentro. Subieron la suave pendiente a la vez que comenzaba a llover, pero antes de llegar a la cima Nercarien se detuvo. Se quitó sus ropas de sombras y su capa. Untó su cuerpo desnudo y sus cabellos blancos con aceite de Nur'linut y saco de la mochila un manto de ninfa en el que se envolvió. Al acabar estaba tan hermosa como una sacerdotisa el día de sus votos a la Reina Araña. Al llegar a la cima se veían unas ruinas a los pies de la colina que resplandecían en la noche. Aldarion gritó mientras que la humana de pelo negro depositaba a la otra en el suelo con delicadeza.
- ¡Fuego Eterno!
En la intensa lluvia se escuchó un bramar profundo, algunos relámpagos cayeron no muy lejos tensando a Nercarien. Una densa neblina se formó en lo profundo y una gran silueta se fue dibujando tras ella. Al principio solo se vislumbraba un vaho de fuego entre la niebla, pero al avanzar se mostró claramente ante el grupo en todo su poder. Fuego Eterno, una enorme sierpe roja. El mago elfo y Aldarion dieron un paso atrás, el semielfo se arrodilló y realizó una amplia reverencia. La humana morena se estremeció ante la presencia del dragón pero no se separó de la que yacía en el suelo. Nercarien se quedó paralizada unos instantes, no tanto de pánico como por la admiración ante tan sobrecogedora criatura. La sierpe observó a todos uno por uno a la vez que exalaba aire candente. Sus extraños ojos parecían poder ver la esencia misma del ser de cada uno.
- ¿Y bien? - su tono era profundo aunque aburrido.
- Hemos traído una candidata más apta -dijo el mago elfo a la vez que la señalaba con el dedo - Preséntate ante la sierpe, tú que serás la portadora.
- Ha venido por voluntad propia - indicó Aldarion.
El dragón clavó su mirada un instante en el arcano elfo. Desdeñoso y arrogante desvió su mirada hacia Nercarien mientras se reitaba la capucha y dejaba su larga melena blanca caer sobre su capa. Al mirarla el dragón entornó los ojos.
- Soy Nercarien de la casa de Inu'brae, decimotercera de la inmortal ciudad de Ust Natha y no temo albergar en mi vientre tu semilla... siempre que lleguemos a un acuerdo sobre el precio de mi sangre.
Poco se podía averiguar de la expresión del enorme reptil. Simplemente respiraba de manera pausada al tiempo que poco a poco, desciendió el lomo para observar con más detalle a la drow.
- Nercarien de Ust Natha... el acuerdo, será hablado con calma... y tiempo, pero ahora has de decidir, ... - el dragón miró a los demás a la vez que hablaba en un tono profundo - si vas a aceptar portar mi semilla.
La drow alzó la cabeza para ver el rostro del dragón. Estaba casi encima de ella y sus ojos centelleaban al observarla. La sierpe estaba interesada en ella.
- Acepto ahora y escucharás mis condiciones posteriormente. El vientre de una jabress es más digno para alojar tu semilla que el de una ramera humana. Tu sangre se mezclará con la de los ilythiir y tu estirpe reinará con la oscuridad y el fuego.
- Mi palabra de que te escucharé la tienes Nercarien Inu'brae - sus palabras salían a la vez que el vaho candente - Tal vez seas digna, pero me lo tienes que demostrar.
- Si lo deseas mataré a la humana aquí mismo. Que no se vanaglorie de haber portado tu estirpe dentro de ella.
Nercarien pronunció las palabras sin dudar. Era lo mejor que le podía ofrecer allí a Fuego Eterno. Todos se tensaron aún más si fuera posible y Aldarion habló utilizando un medido tono de respeto y firmeza.
- Si eso sucediera , Milenario, tendría que matar a tu nueva portadora aún si me cuesta mi vida y la de los míos.
Los ojos del dragón no se separaban de Nercarien.
- Si quisiera la muerte de alguno de estos, creo que ya lo habría hecho. Tu palabra y tu valía , no será necesario que la demuestres con... estos. Portarás mi semilla. Me demostrarás que eres merecedora y llegaremos a un acuerdo en el que tu casta y mi legado hallen mutuo beneficio.
- Así sea.
- Recuerda Milenario nuestro pacto. He bajado a las entrañas del mundo buscando a alguien digno de ti... Ahora libera a Mekhare de tu semilla e influjo.
Fuego Eterno giró ligeramente la cabeza y puso su mirada en Aldarion imponiendole silencio. El mestizo agachó la cabeza. Con un gesto de su garra roja la humana inconsciente comenzó a levitar bajo la lluvia. Una leve luz rojiza brillaba en su vientre mientras se aproximaba flotando a la drow. Con la otra garra hizo un gesto hacia Nercarien y el brillo rojizo de Mekhare poco a poco se volvió tenue hasta desaparecer. Acto seguido el negro vientre de Nercarien comenzó a brillar con una ligera luz rojiza que se intensificó hasta desvanecerse. Al cesar la magia Mekhare cayó al suelo.
- "Es la materialización del poder. Ni la yathtallar Yerna fue fecundada por una criatura tan poderosa." - pensaba sonriente mientras se acariciaba el abdomen aún caliente.
- Marcharos... por ahora.
- Vamonos - el mago elfo deseaba largarse cuanto antes.
- ¿Puedo recoger a Mekhare, Milenario?
- No - su tono era irónico -. Tengo algo de hambre y aún no he comido nada.
Nercarien permanecía al lado de la humana. Había recobrado el conocimiento pero seguía tendida en el suelo todavía débil. Sus facciones negras se arrugaron en un gesto de repugnancia al mirarla. Los ojos de la humana estaban tristes. Con un hilo de voz sólo pronunció una palabra mientras Aldarion la alzaba en volandas.
- Cuidalos.
El mago desapareció tras pronunciar unas palabras arcanas y el resto descendió con rapidez bajo la atenta vista de Fuego Eterno y de la drow.
- Hablaremos pronto, mi nueva portadora.
El dragón se giró sin esperar respuesta y se alejó de la colina.
EPÍLOGO
Pronto amanecería. Nercarien volvió a vestir sus ropas de sombras. Le esperaba un largo camino de regreso hasta la Infraoscuridad y tendría que buscar refugio para evitar la luz cegadora. Todavía notaba el calor. Era un extraña sensación de vida en su interior. Pensó que al regresar a Ust Natha sacrificaría a ocho humanos recien nacidos y mojaría su vientre con la sangre de sus corazones para que Lloth la bendijera con una hembra.
Fuego Eterno dijo que pronto se verían. Si no era así se quedaría con el fruto de sus entrañas. Aldarion y la portadora humana le habían dicho que eran dos crías. Dentro de ella solo sobreviviría una. La más fuerte mataría a la más débil. Siempre era así en las gestaciones de las drows. Puede que la criatura acabara siendo un peligroso regalo envenenado. Nercarien sonrió para sus adentros: siempre le habían gustado los regalos y el veneno.