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SIRION EL ARQUERO FUGITIVO

sako

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Año 1300, a las puertas del inframundo frente a un poblado Drow aguarda un ejército de 200 elfos Lunares a la espera de la orden para asaltar el poblado. Entre ellos se encuentra Sirion el arquero: Hace calor, todavía no ha salido el sol, espero que esto empiece rápido. Creo que ayer me pase con el vino, siempre me harto de comer y beber antes de la batalla, ya es tradición celebrar mi última noche si es que voy a morir, es como dotarla de límites, me gusta pensar que no se queda inacabada, purifica mi conciencia y me ayuda a asumir la muerte. Incluso esta horrible resaca me hace sentir bien, siento que es el comienzo del final. Esta maldita cota de malla tiene agujeros por todas partes, entra la gélida brisa por ellos igual que entrará la flecha y la espada si me alcanza. Cada vez que corro me salen llagas en las axilas y se me irritan las tetillas. Delante de mí están los caballeros a pie o desmontados, no me agradan, son arrogantes, dicen que nosotros, los arqueros, sólo sabemos corretear y cacarear como las gallinas, cabrones, eso que llevan si que es una armadura, si el sol brilla fuerte es casi imposible distinguirles entre los destellos de luz, me gustaría verlos a ellos con mi mugrienta cota de malla. Caballeros desmontados! como se puede estar desmontado si nunca se ha estado montado, ni siquiera sé porqué les llaman caballeros, ¿donde está su caballo?, ¿por qué no nos llaman a nosotros arqueros desmontados? Una vez vi un batallón de arqueros a caballo, era todo un espectáculo, veían la batalla desde la lejanía, atacarles era inútil, se mantenían firmes, lejos del alcance de las flechas y cuando algún escuadrón de caballería trataba de darles caza, pagaban caro su importunio cayendo a pares bajo las flechas de los montados, era como luchar contra el viento.
30 caballeros arqueros montados sobre 30 corceles negros, Ese día murieron unos 500 Drows y ninguno era un arquero montado. Se fueron cabalgando a la Luna por la misma colina por la que aparecieron, creo que aquella noche ni un solo Drow mordió el polvo por mis flechas, estaba absorto mirando el halo de misterio y majestuosidad que les envolvía. Me pregunto qué habrá que hacer para ser un arquero a caballo… , eso si que es vida.

Parece que esto se mueve, ya están meneando el ariete …
 

sako

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Nadie entre esos sediciosos impide que llegue al portón, no nos han dado orden de disparar, no parece que haya nadie para recibirnos, me gusta disparar algún proyectil antes de entrar al asalto, así caliento un poco la muñeca, y el espíritu, pues en los momentos precedentes a la batalla ando un poco alterado, si me encuentro con el peligro de frente sin haber disparado la primera flecha, corro el riesgo de no acertar ni una, no se puede ser preciso con esta tensión… ni con esta jodida cota de malla. Siempre idéntico ritual, primero la infantería ligera, pobres diablos, son pura y dura carne de cañón, ellos dicen que luchan por la libertad, puede que antes eso fuese cierto, pero ahora la batalla les hace esclavos de nuevo, si libertad es dirigirse a una muerte segura, maldigo la libertad, libertad no significa servir de metralla, para eso están, desorganizan al enemigo, muriendo por decenas para que otros lleguen después y se lleven la gloria. Maldigo la gloria!!, Libertad es mi arco, son mis flechas, es ver la sangre desde la lejanía y tener la oportunidad de huir cuando la batalla está perdida, o incluso antes, por eso soy arquero.
 

sako

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Hasta aquí nada es nuevo, es nuestro turno. “Arqueros”- grita el general. Comenzamos la carrera, nosotros no aullamos, aunque nos gustaría, no podemos, nadie tiene que saber que estamos, Unos están para morir y nosotros sólo servimos con vida, dicen que somos una pieza clave en la estrategia, con nuestras flechas movemos al ejército enemigo en contra de su voluntad y eso es bueno para el bloque. Entramos corriendo y en silencio esquivamos la sangre y la batalla, giramos a la izquierda y seguimos corriendo en busca del lugar adecuado, demasiado pronto empieza a arderme la sobaquera. Una vez comprobadas las posibles salidas en caso de que la cosa se ponga fea, comenzamos la cacería. Tengo todo el cuerpo agitado, la batalla no parece sencilla, las primeras flechas que disparo apenas tienen fuerza y creo que he alcanzado a alguno de los míos, peor para mí, antes vendrán a por nosotros. Mierda! No he disparado ni tres flechas y el ejército enemigo nos descubre, 15 soldados enemigos se despegan de la matanza y se acercan hacia nosotros con todo el cuerpo bañado en sangre, el horror embarga mi fuerza, la última flecha que disparo se parte contra una roca cuatro metros más adelante. El miedo me vuelve a traicionar. Veo de reojo un arbusto, un posible refugio. Como si fuese una liebre huyendo de un carnicero, salto contra el matorral. Creo que he tenido suerte, los 15 enajenados pasan de largo y persiguen a mi batallón. El golpe me demuestra que estoy muy lejos de ser una liebre. Tengo toda la cara y los brazos magullados, la cota malla esta vez sí me libra de sufrir peores lesiones. Herido en batalla por un arbusto, suficiente motivo para echar a correr y no mirar atrás. Me gustaría reflexionar sobre lo ocurrido, pero no puedo, no es momento, ya no importa que suceda aquí dentro, debo huir. Asomo la cabeza y compruebo que sólo una masa de hombres ansiosos por matar me separa del portón por el que he entrado. Saco la daga que llevo en el cinturón, llevo otra en el botín, y corro ansioso esquivando la carnicería, cada vez veo más cerca la salvación, mi instinto me muestra una vía libre de muerte. Estoy llegando a la salida, soy el único que huye, las victimas se convierten en mi escudo. Ya veo el herbazal a través de la apertura. Vuelvo a vivir. Giro a mi derecha, ya estoy fuera, de frente, la caballería se incorpora a la batalla, reconozco al general, su caballo me pasa por encima y sin ser visto continúo mi camino.

Años y años vagando, arrepintiéndome y alegrándome por aquel suceso. Aún ahora me buscan por huir de la batalla y tras largos años escondiéndome, ya es hora de enfrentarme a los que me persiguen. Espero que Athkatla sea mi último escondite…
 

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