Lodriel
Pornorroleador en sequía
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A Ururui Uluiruil le quedan seis horas de vida.
El agua clara y fresca del riachuelo se llena de una bilis rojiza mientras el elfo vomita. Por tercera vez, su cuerpo se niega a aceptar las bayas que ha comido. Con los ojos vidriosos contempla su rostro mientras el curso del río, el curso del tiempo, limpia de suciedades su reflejo. El pelo trenzado se mece suavemente, mojado, en un vaivén tranquilo ajeno a su sufrimiento, cayéndo sobre el agua y queriendo ser arrastrado con la corriente. Sus brazos, cobrizos y duros como la corteza de un árbol, tiemblan un poco por el esfuerzo apoyados en una tierra que parece odiarle.
Sus ojos plateados lloran, su mente recuerda, su corazón late lento.
Lo drogaron y llevaron a algún lugar, a ningún lugar. Una extensión profunda y antigua con robles, hojas secas y un otoño permanente. Ururui no conocía ese bosque, el olor no le decía nada, los sonidos le eran extraños. Cuando despertó, y hasta que murió, ignoró donde estaba o cómo escapar.
Fueron tres los Centinelas que asumieron su Juicio Final. Vestidos de verde y marrón, con los rostros cubiertos por máscaras de madera. Anónimos, indistinguibles, ajenos como los árboles del bosque. Tal vez eran el bosque.
«Inocente»
Con voz tranquila se declaró tal. Sin tener unos ojos a los que guiar los suyos de manera limpia, ocultos como estaban bajo las máscaras, miró al azul, al verde, al otoño.
«Los delitos confesados son graves, más no podemos asumir la condena de tales actos. A la Naturaleza dañaste, y ante la Naturaleza responderás» dijo uno, o los tres, o ninguno. «Será el bosque quien te destruya o salve, será el agua quién limpie tus pecados o te ahogue con su furia absoluta e imparcial, serán los dioses de lo Vivo quienes digan si has hecho bastante daño o si fuiste una víctima de la naturaleza de los mortales. Sea.»
Se fundieron, se convirtieron en hoja seca y olor dulzón, o permanecieron cerca, o nunca estuvieron allí. Ururui no lo sabía. Pero se quedó sólo. Sólo ante el roble y la luna, sólo ante el ciervo y el búho. Sólo ante el Lobo y la Pantera. Sólo, como siempre había estado.
A Ururui Uluiruil le quedan cinco horas de vida.
No ha comido nada desde hace mucho, o más propiamente, nada le ha alimentado. Las raíces le dañan como veneno y fuego, las bayas que siempre utilizó se niegan a permanecer en su cuerpo. La caza parece sentir su presencia antes de que siquiera pueda sacar el arco. Abatido y triste, contempla los árboles enormes que lo rodean, su hostilidad palpable, sus cortezas que parecen arrugadas en una mueca de odio.
Por primera vez, se siente ajeno al bosque. No parece su sitio, no parece su lugar de nacimiento. La armadura le pesa y pica, sus botas se han agritado entre piedras y agua estancada. Tiene frío a ratos y un enorme calor después, y el aire es denso en sus pulmones y ha de expulsarlo a golpes cortos y rápidos.
El bosque, la Naturaleza, el Cosmos, todo lo Vivo y Sensible, lo está matando.
A Ururui Uiluiruil le quedan cuatro horas de vida.
Inútilmente llama a sus compañeros, a sus hermanos, Urdurun y Ulfu'ur. No están cerca, y no volverá a verlos. Inútilmente clama a Fenmarel, observa sus estrellas, que gravitan sobre él frías y distantes. Su llama está apagada, ya no siente el cálido abrazo de su presencia en el corazón.
Cae de rodillas, cansado y sucio. El rumor de unas botas le hace levantar la mirada un poco. Entre lágrimas, ve la sombra de alguien, una figura a pocos metros de él. Kithywen, su Kith, su amor, lo mira desde lo alto con el desdén y la burla que sólo las pesadillas otorgan.
«Nos traicionaste, Ururui» -ya nunca más será lobito- «A las Lágrimas, a todo tu Pueblo. A mí. Reiré sobre tu cadáver y bailare cada noche hasta el fin de los tiempos sobre tu alma. No eres nada. Un amargo recuerdo, una traición, una mentira envuelta en inocencia» Kith coje el arco de roble que un día le regaló, lo aleja de él, y con amor y ternura lo rompe en pedazos contra una roca.
«Te enseñé el camino a la Joya del Weldath» Silmëwen se yergue ante él, envuelta en telas y luz dorada, lejana, inalcanzable. «Puse mi corazón en tus mentiras, te creí hasta el último momento. Tú me lo pagaste con la sangre, con zarpas. Nada hay en este lado para tí, nunca más» Con la suavidad de una madre le saca del cuello su collar de orejas drow, sus trofeos junto a ella y sus hermanos, y lo lanza, lejos. No más cumplidos para el traidor.
Uno a uno, todos los elfos a quién consideró hermanos le rodean, le lanzan sus verdades y su ira. Encogido, Ururui se rompe cada vez más, se deshace, se convierte en polvo y nada, en dolor y sentimiento de culpa.
A Ururui Uluiruil le quedan tres horas de vida.
El silencio.
Los elfos se han ido, el salvaje levanta un poco la cabeza del suelo dónde ha deseado permanecer para siempre, y ve que está solo. El hambre que ya no siente, la sed que ya no siente, le van causando una tortura que dura ya días. Ha oscurecido, o quizá el es incapaz de ver cómo antes.
(Quisiera quedarse inmóvil,
ni arrastrarse quisiera,
ser estatua y olvido
y paz eterna.)
La nana.
Su madre cantaba lo que ahora oye. Recuerda un sueño, una pesadilla. Se bañaban en Larroyo, al crepúsculo del verano, con el agua clara y suave todavía por el sol recién acostado. El sueño que al despertar se convirtió en el día que lo cambió todo. La pantera negra y roja, limpiando sus garras sobre el cuerpo de su familia. Aquella nana que le cantaban, y que asimiló al día del ataque, al día de la Caza en la que masacraron a sus padres, a su hermana, a toda su vida.
Quizá su madre ha vuelto del Abismo o del dolor del pasado a darle un último abrazo. Ella le reconfortará, le mecerá la cabeza suavemente mientras le acaricia el pelo y le deja llorar por el niño elfo que murió junto a ellos por dentro aquel verano... Se levanta a trompicones, con esfuerzo y debilidad, y camina hacia la canción, buscando una redención que nunca estubo escrito que tuviera.
A Ururui Uluiruil le quedan dos horas de vida.
Como un autómata, camina lento. Los ojos vacíos, el alma destrozada, la mente huída hacia la nada reconfortante. Está ya loco, pero aún no lo sabe.
Hay un fuego cerca, y la nana quizá se oye más fuerte, aunque más lenta. Bailan y cantan, entre aullidos. Ururui se acerca, se adentra en los recuerdos de su memoria fragmentada y envenenada. Es La Noche.
Ahí están, desnudos, cubiertos de sangre y excrementos de animal, celebrando la muerte. Los cuerpos de su familia, diseminados alrededor, han servido ya como vestido, como pintura, como recipientes de su ira y credos, como tierra infértil donde descargar su semilla, violados, vejados, burlados.
Los Cazadores se pasan entre empujones a un niño que mira todo con los ojos convertidos en dos enormes monedas de plata, acuosos, inocentes. Le han dibujado símbolos con sangre, con su sangre, con la sangre fresca y nueva, y ahora muerta, de su hermana, de su padre y de su madre.
Ururui, el Ururui adulto, contempla ajeno y vacío la escena, y ni siquiera se sorprende cuando uno de ellos deja de bailar y lo mira directamente. Arwyld le sonríe, luego ríe a carcajadas, y varios años después y varios años antes le hará e hizo una persona desgraciada, una marioneta, un cadáver.
«Vaya, elfito... ¿dónde está tu gran Lobo ahora? Creíste matarme en aquella cabaña inmunda para dar justicia y perdón a tu alma... te lo dije, Ururui. No puedes escapar. Es el ciclo debido, y ahora, ha acabado»
Más allá del círculo de fuego y sangre, un lobo plateado lo observa. Y hace lo más terrible, lo más dañino, lo que acaba por destrozar al pobre elfo. Sus ojos se tornan indiferentes, bosteza, le da la espalda y desaparece entre los árboles. Para siempre.
Nadie oye el grito de Ururui, el desgarro, nadie escucha su alma saliendo a trompicones, rota, o quizá lo oyen todos en algún lugar de su corazón. Todos los muertos, los animales, cada aliento y cada lágrima, todo lo que ha nacido y nacerá. Pero nadie responde...
A Ururui Uluiruil le queda una hora de vida.
Se arranca la armadura, ofrece su cuerpo desnudo al dolor, para llegar hasta él. Con sus propias manos, con las garras que han destrozado gargantas y ofrecido sangre a dioses indiferentes, se arranca el pelo, mechones de trenzas, de piedras y cordura caen en la tierra. Se araña la cara, el pecho, se rompe los dedos, se muerde y mastica.
Sus ojos son dos alfileres vacíos, no hay bastantes puñales ni dolor ni muerte suficiente. Se hunden hasta el cerebro con piedras afiladas tanteadas con los dedos, su lengua cae hacia atrás, rota en pedazos, su corazón pugna por salir del pecho ayudado por las costillas rotas, por sus brazos, por su fuerza.
Una pantera ruje cerca, un lobo aúlla, el cielo y el infierno, la naturaleza entera, lo rodean, condenando con su mirada fría lo que queda del elfo. Él, entre jadeos, se lesiona, se mutila. Quiere desaparecer.
La pantera salta junto a él con fuerza y flexibilidad felina, habla con la profunda voz de un Mal divino. De sus fauces gotea sangre como saliva anticipando el festín.
«Está hecho.»
Abre la boca y el rugido se mezcla con la risa, con las lágrimas.
Un chasquido.
Nada.
El agua clara y fresca del riachuelo se llena de una bilis rojiza mientras el elfo vomita. Por tercera vez, su cuerpo se niega a aceptar las bayas que ha comido. Con los ojos vidriosos contempla su rostro mientras el curso del río, el curso del tiempo, limpia de suciedades su reflejo. El pelo trenzado se mece suavemente, mojado, en un vaivén tranquilo ajeno a su sufrimiento, cayéndo sobre el agua y queriendo ser arrastrado con la corriente. Sus brazos, cobrizos y duros como la corteza de un árbol, tiemblan un poco por el esfuerzo apoyados en una tierra que parece odiarle.
Sus ojos plateados lloran, su mente recuerda, su corazón late lento.
Lo drogaron y llevaron a algún lugar, a ningún lugar. Una extensión profunda y antigua con robles, hojas secas y un otoño permanente. Ururui no conocía ese bosque, el olor no le decía nada, los sonidos le eran extraños. Cuando despertó, y hasta que murió, ignoró donde estaba o cómo escapar.
Fueron tres los Centinelas que asumieron su Juicio Final. Vestidos de verde y marrón, con los rostros cubiertos por máscaras de madera. Anónimos, indistinguibles, ajenos como los árboles del bosque. Tal vez eran el bosque.
«Inocente»
Con voz tranquila se declaró tal. Sin tener unos ojos a los que guiar los suyos de manera limpia, ocultos como estaban bajo las máscaras, miró al azul, al verde, al otoño.
«Los delitos confesados son graves, más no podemos asumir la condena de tales actos. A la Naturaleza dañaste, y ante la Naturaleza responderás» dijo uno, o los tres, o ninguno. «Será el bosque quien te destruya o salve, será el agua quién limpie tus pecados o te ahogue con su furia absoluta e imparcial, serán los dioses de lo Vivo quienes digan si has hecho bastante daño o si fuiste una víctima de la naturaleza de los mortales. Sea.»
Se fundieron, se convirtieron en hoja seca y olor dulzón, o permanecieron cerca, o nunca estuvieron allí. Ururui no lo sabía. Pero se quedó sólo. Sólo ante el roble y la luna, sólo ante el ciervo y el búho. Sólo ante el Lobo y la Pantera. Sólo, como siempre había estado.
A Ururui Uluiruil le quedan cinco horas de vida.
No ha comido nada desde hace mucho, o más propiamente, nada le ha alimentado. Las raíces le dañan como veneno y fuego, las bayas que siempre utilizó se niegan a permanecer en su cuerpo. La caza parece sentir su presencia antes de que siquiera pueda sacar el arco. Abatido y triste, contempla los árboles enormes que lo rodean, su hostilidad palpable, sus cortezas que parecen arrugadas en una mueca de odio.
Por primera vez, se siente ajeno al bosque. No parece su sitio, no parece su lugar de nacimiento. La armadura le pesa y pica, sus botas se han agritado entre piedras y agua estancada. Tiene frío a ratos y un enorme calor después, y el aire es denso en sus pulmones y ha de expulsarlo a golpes cortos y rápidos.
El bosque, la Naturaleza, el Cosmos, todo lo Vivo y Sensible, lo está matando.
A Ururui Uiluiruil le quedan cuatro horas de vida.
Inútilmente llama a sus compañeros, a sus hermanos, Urdurun y Ulfu'ur. No están cerca, y no volverá a verlos. Inútilmente clama a Fenmarel, observa sus estrellas, que gravitan sobre él frías y distantes. Su llama está apagada, ya no siente el cálido abrazo de su presencia en el corazón.
Cae de rodillas, cansado y sucio. El rumor de unas botas le hace levantar la mirada un poco. Entre lágrimas, ve la sombra de alguien, una figura a pocos metros de él. Kithywen, su Kith, su amor, lo mira desde lo alto con el desdén y la burla que sólo las pesadillas otorgan.
«Nos traicionaste, Ururui» -ya nunca más será lobito- «A las Lágrimas, a todo tu Pueblo. A mí. Reiré sobre tu cadáver y bailare cada noche hasta el fin de los tiempos sobre tu alma. No eres nada. Un amargo recuerdo, una traición, una mentira envuelta en inocencia» Kith coje el arco de roble que un día le regaló, lo aleja de él, y con amor y ternura lo rompe en pedazos contra una roca.
«Te enseñé el camino a la Joya del Weldath» Silmëwen se yergue ante él, envuelta en telas y luz dorada, lejana, inalcanzable. «Puse mi corazón en tus mentiras, te creí hasta el último momento. Tú me lo pagaste con la sangre, con zarpas. Nada hay en este lado para tí, nunca más» Con la suavidad de una madre le saca del cuello su collar de orejas drow, sus trofeos junto a ella y sus hermanos, y lo lanza, lejos. No más cumplidos para el traidor.
Uno a uno, todos los elfos a quién consideró hermanos le rodean, le lanzan sus verdades y su ira. Encogido, Ururui se rompe cada vez más, se deshace, se convierte en polvo y nada, en dolor y sentimiento de culpa.
A Ururui Uluiruil le quedan tres horas de vida.
El silencio.
Los elfos se han ido, el salvaje levanta un poco la cabeza del suelo dónde ha deseado permanecer para siempre, y ve que está solo. El hambre que ya no siente, la sed que ya no siente, le van causando una tortura que dura ya días. Ha oscurecido, o quizá el es incapaz de ver cómo antes.
(Quisiera quedarse inmóvil,
ni arrastrarse quisiera,
ser estatua y olvido
y paz eterna.)
La nana.
Su madre cantaba lo que ahora oye. Recuerda un sueño, una pesadilla. Se bañaban en Larroyo, al crepúsculo del verano, con el agua clara y suave todavía por el sol recién acostado. El sueño que al despertar se convirtió en el día que lo cambió todo. La pantera negra y roja, limpiando sus garras sobre el cuerpo de su familia. Aquella nana que le cantaban, y que asimiló al día del ataque, al día de la Caza en la que masacraron a sus padres, a su hermana, a toda su vida.
Quizá su madre ha vuelto del Abismo o del dolor del pasado a darle un último abrazo. Ella le reconfortará, le mecerá la cabeza suavemente mientras le acaricia el pelo y le deja llorar por el niño elfo que murió junto a ellos por dentro aquel verano... Se levanta a trompicones, con esfuerzo y debilidad, y camina hacia la canción, buscando una redención que nunca estubo escrito que tuviera.
A Ururui Uluiruil le quedan dos horas de vida.
Como un autómata, camina lento. Los ojos vacíos, el alma destrozada, la mente huída hacia la nada reconfortante. Está ya loco, pero aún no lo sabe.
Hay un fuego cerca, y la nana quizá se oye más fuerte, aunque más lenta. Bailan y cantan, entre aullidos. Ururui se acerca, se adentra en los recuerdos de su memoria fragmentada y envenenada. Es La Noche.
Ahí están, desnudos, cubiertos de sangre y excrementos de animal, celebrando la muerte. Los cuerpos de su familia, diseminados alrededor, han servido ya como vestido, como pintura, como recipientes de su ira y credos, como tierra infértil donde descargar su semilla, violados, vejados, burlados.
Los Cazadores se pasan entre empujones a un niño que mira todo con los ojos convertidos en dos enormes monedas de plata, acuosos, inocentes. Le han dibujado símbolos con sangre, con su sangre, con la sangre fresca y nueva, y ahora muerta, de su hermana, de su padre y de su madre.
Ururui, el Ururui adulto, contempla ajeno y vacío la escena, y ni siquiera se sorprende cuando uno de ellos deja de bailar y lo mira directamente. Arwyld le sonríe, luego ríe a carcajadas, y varios años después y varios años antes le hará e hizo una persona desgraciada, una marioneta, un cadáver.
«Vaya, elfito... ¿dónde está tu gran Lobo ahora? Creíste matarme en aquella cabaña inmunda para dar justicia y perdón a tu alma... te lo dije, Ururui. No puedes escapar. Es el ciclo debido, y ahora, ha acabado»
Más allá del círculo de fuego y sangre, un lobo plateado lo observa. Y hace lo más terrible, lo más dañino, lo que acaba por destrozar al pobre elfo. Sus ojos se tornan indiferentes, bosteza, le da la espalda y desaparece entre los árboles. Para siempre.
Nadie oye el grito de Ururui, el desgarro, nadie escucha su alma saliendo a trompicones, rota, o quizá lo oyen todos en algún lugar de su corazón. Todos los muertos, los animales, cada aliento y cada lágrima, todo lo que ha nacido y nacerá. Pero nadie responde...
A Ururui Uluiruil le queda una hora de vida.
Se arranca la armadura, ofrece su cuerpo desnudo al dolor, para llegar hasta él. Con sus propias manos, con las garras que han destrozado gargantas y ofrecido sangre a dioses indiferentes, se arranca el pelo, mechones de trenzas, de piedras y cordura caen en la tierra. Se araña la cara, el pecho, se rompe los dedos, se muerde y mastica.
Sus ojos son dos alfileres vacíos, no hay bastantes puñales ni dolor ni muerte suficiente. Se hunden hasta el cerebro con piedras afiladas tanteadas con los dedos, su lengua cae hacia atrás, rota en pedazos, su corazón pugna por salir del pecho ayudado por las costillas rotas, por sus brazos, por su fuerza.
Una pantera ruje cerca, un lobo aúlla, el cielo y el infierno, la naturaleza entera, lo rodean, condenando con su mirada fría lo que queda del elfo. Él, entre jadeos, se lesiona, se mutila. Quiere desaparecer.
La pantera salta junto a él con fuerza y flexibilidad felina, habla con la profunda voz de un Mal divino. De sus fauces gotea sangre como saliva anticipando el festín.
«Está hecho.»
Abre la boca y el rugido se mezcla con la risa, con las lágrimas.
Un chasquido.
Nada.