Sam
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Sombra de los Páramos
Relatos de Ayrin de Rashemen
Profanaste mi hogar, cazaste a los míos sin darles tregua y ahora pretendes someter mi esencia a ti. ¿Qué esperas conseguir con esto, Cazadora? ¿Qué sacarás de esta espiral sin sentido de caza y matanza? Yo te lo diré, una por generación, cada una de las que vengan detrás de ti serán poseídas por la ira de mi espíritu caído, una por generación traerán la desgracia a sus iguales y el tormento a los suyos, una por generación seréis malditas con el deseo implacable de la caza que huella tu espíritu. ¡Y escúchame, Cazadora! No habrá clemencia, no habrá piedad, no habrá final a vuestra cacería, porque os deleitaréis con la sangre de los vuestros como un néctar del que nunca jamás podréis liberaros. Escúchame, Cazadora, y sufre mi maldición.
Aquel hombre se había quedado en medio de las sombras del Impío, aturdido por el viaje a manos del pastor de árboles. Ahora ya no estaba el ent, se había ido, y estaba solo en medio de aquel bosque desconocido para él. Se sentía satisfecho por el trabajo cumplido, tenía la conciencia tranquila de que la tan ansiada muerte caería sobre él muy pronto. Sabía que esa demente vendría por ella, aullando, haciendo zozobrar el bosque a su paso, sabía que la oiría llegar y se sentó a esperar. El viento soplaba tenue entre los pinos, jugaba con las hojas de los arces que apenas habían podido conciliar el sueño de medianoche, alguna bestia nocturna rugía desde algún lugar de las profundidades del bosque. Pero no pasó nada, solo el familiar coro de sonidos nocturnos que no lograban calmarle, cerró los ojos y la vio. Veía aquella mujer clamando al cielo, haciendo cruzar sus armas haciendo rechinar el desagradable quejido del metal, recordó esa mirada tan cargada de odio e ira que a pesar de toda su férrea determinación le hizo sentir miedo. Pero estaba preparado, se había concienciado de su final y nada en este mundo lograría arrebatarle el placer de una muerte tranquila.
Pasaron dos horas. El hombre no percibía movimiento, se sentía verdaderamente solo. Los árboles ya no le cantaban, los animales le trataban como un desconocido y el viento ya no le traía noticias de ningún lugar. Fue tomando conciencia de que iba a morir solo, una sensación que jamás había tenido antes. Aquel hombre se puso en pie, intentó de orientarse, pero la noche se había conjurado para que no pudiera dar más de dos pasos sin tropezarse. El Impío es un anfitrión traicionero, abraza a los forasteros, pero rara vez les permite volver a salir. Aquel hombre no conocía el Impío, sus costumbres y siguió adelante creyendo que aquel bosque era uno más. No era así, en absoluto.
Fue de repente, como el batir de unas alas, que puso en alerta a ese hombre. Se volvió nervioso hacia las ramas, le pareció ver algo, una sombra oscura agazapada sobre una rama, el hombre forzó la vista. No pudo ver más que dos ojos dorados, tan brillantes que parecían haber sido creados por fuerzas sobrenaturales. El hombre sonrió desafiante.
—Al final apareces, Ayrin. Eres demasiado predecible.
La silueta se movió en respuesta, solo la cabeza, girándola en un genuino movimiento felino. Una escalofriante risa surgió de sus labios, el hombre conservó la calma.
—¿Ayrin? —rió de nuevo—. Me temo que hoy no estará con nosotros, solo en espíritu.
El hombre arrugó la frente, dio un inconsciente paso atrás cuando la mujer se puso en pie sobre la rama.
—¿A qué estás jugando, Ayrin? —gruñó el hombre.
—¿Jugar? Yo siempre juego, Gylem. Pero Ayrin no nos acompañará. Yo soy su relevo esta noche. Tu anfitriona. Ni siquiera mereces que te de conversación. ¿Te creías un monstruo? Perdóname que dude —volvió a reír con histeria, bajito—. Tú, engendro, no tienes ni la más remota idea de lo que es un monstruo.
A cada palabra de aquella mujer acompañaban pequeñas risas agudas y graves, era una incontinencia demencial que tornaba inquietante aquella mujer. No podía ser la misma, no es Ayrin. Es otra persona. Pero es su voz. ¿Cómo es? Sabía que era brutal, visceral, pero... ¿Qué está ocurriendo? La voz de la rashemí se incrustó en la mente Gylem.
—¿Dudando? Sí, duda. ¿Has hecho lo correcto? ¿Sí? ¿No? ¡Demasiado tarde! Eres mi presa y no saldrás vivo de aquí —la sonrisa macabra de la mujer se dibujó al claro de la luna que se atrevió a asomar entre los árboles. Era un rostro desencajado, malévolo, y esa mirada ambarina como la de un demonio. La respiración de Gylem se volvió nerviosa.
—No tengo miedo a la muerte. Me torturaste y no me doblegaste. No vas a lograr nada ahora. Eres patética —se ríe, pensó Gylem, se ríe mientras me escucha, ¿Me está escuchando? ¡Está loca!
La rashemí se encorvó delante de Gylem, acercándose sin dejar de reír, como si todo fuera una magna comedía y ella la única espectadora.
—Hijo. Llevo matando desde mucho antes que nacieras. Reconozco el miedo cuando lo veo, reconozco el pavor cuando surge. Tú no eres distinto, Gylem. Solo hace falta.. presionar..
La sonrisa de la mujer se volvió demente, todo ocurrió muy deprisa. Un destello de un arma que no había visto cercenó el meñique y el anular de su diestra, el joven soltó un alarido y la mujer rió al unísono. Sin dejarle tiempo a reaccionar, recogió el meñique del suelo despreciando el otro dedo.
—¡Abre la puta boca! —rugió la mujer, no tuvo que hacer mucho esfuerzo, a Gylem se le estaban saliendo los ojos de las órbitas sin saber como reaccionar. Sin fin, sin objetivo, solo. Había cumplido, le habían dicho que tras eso vendría la muerte. ¿Por qué no llega? ¿Qué es esto?
La rashemí metió el meñique en la boca del hombre, le obligó a masticar su propio dedo mientras no dejaba de mirarle y reír.
—¿Te gusta tu propio sabor, Gylem? Tienes que deleitarte, porque esta noche me comeré tu CORAZÓN —la mujer le propinó una patada en el estómago, el hombre cayó al suelo, un mal gesto le partió el tobillo, gritó aun más escupiendo su dedo a medio masticar y vomitó. La oyó acercarse, se arrodilló a su lado y le cogió del pelo.
—Escúchame, Gylem. Porque solo te lo diré una vez. Has hecho daño a alguien muy especial para Ayrin. Te has atrevido a provocar el pecado capital para ella y para mi. ¿Te crees un monstruo, verdad? Te diré lo que es un monstruo, tú lo hiciste por miedo y yo hago esto porque lo disfruto. ¿Entiendes la diferencia, Gylem? ¿La ves ahora? Te daré una hora para huir de este lugar, vencido ese tiempo iré tras de ti. Te cazaré, te torturaré de formas que ni imaginas, me comeré tu corazón mientras aun respiras y cuando todo eso acabe este bosque tendrá una nueva alma pena. ¿Crees que lo que podía hacerte esa bruja de tu Senescala era peor? Yo llevo más de mil quinientos años cazando seres como tú. ¡Corre! —lo empujó hacia delante, el hombre cayó de morros contra una piedra, un par de dientes se le partieron —. ¡Corre Gylem! ¡Recuerda! ¡Esta Capa es una de las infinitas del Abismo! ¡Y yo soy la Señora de la Capa del Abismo! ¿Comprendes ahora, niño? ¡Eres mío!
Fue irracional, quería salir de esa locura. Sabía que no podía, que nada lo iba a salvar de ella, pero en las briznas de la paranoia creciente Gylem podía atisbar la esperanza de llegar al final de ese bosque. Pero el bosque parecía negarle la salida, le confundía, le atrapaba mientras oía la risa histérica de la mujer acuchillando las sombras. Aquella risa se había apoderado de todo, se había alojado en su mente como un gusano que le iba sorbiendo el cerebro sin merced. No debía ser así, aullaba en pensamientos el druida renegado, no debía ser así. Me prometieron que moriría, que todo acabaría, pero no va a acabar. Estoy solo, nadie vendrá a darme la muerte prometida. Me quedaré aquí dentro, para siempre, para siempre.
—¡El Abismo quiere tu almaaaaaaa!
Viene a por mi, la oigo, tengo miedo. No puedo moverme, pero he de hacerlo. Un poco más, lejos de esa cosa, lejos de ese monstruo. Lejos. Muy lejos.
—¿Dónde está tu insolencia, Gylem? ¿Adónde fue? ¿Qué ocurre? ¿Sin un propósito te desmoronas? No eres tan duro como creía, humano.
Arrastrarme, no me verá, me haré el muerto. No, me esconderé tras ese árbol, es una humana, no me verá. ¿Por qué es humana, verdad? No puede ver en la oscuridad. No puede ver, ¿verdad?
—¿Dónde estás, Gyleeeeem? Huelo tu saaaaangreeee.
La voz viene de todos lados, no puedo contener mi voz.
—Oh dioses.. oh dioses.. oh dioses.. oh dioses...
—Los dioses te han abandonado —la voz de la mujer tronó a sus espaldas, Gylem se quedó helado—, y ahora han mandado a un demonio a cobrarse el alma corrupta de un traidor, un asesino, un violador, un engendro creado por el miedo, la envidia y la avaricia. Y yo soy ese demonio.
Durante las horas previas al amanecer los gritos de Gylem devoraron las risas locas de esa mujer. Un oído lo suficientemente fino hubiera oído el sonido de la carne cortarse o el de los huesos reventar. Cuando la agonía de Gylem se apagó, las risas también lo hicieron, y el bosque se sumió en el viciado silencio de la muerte para dar la bienvenida al amanecer. La rashemí estaba sobre los restos esparcidos de Gylem, embadurnada de rojo, el cual no hace falta describir de donde procedía.
—Podría acostumbrarme a esto, ¿sabes? Volver a cazar, volver a matar, volver a torturar, pero no nos dejarías, ¿verdad? No, ese tiempo pasó. Ahora el monstruo no eres tú, lo soy yo, pero me necesitas, Ayrin. Aun no lo sabes, pero me necesitas. ¿Cómo puedes rechazar la mitad de tu alma y no sufrir las consecuencias? Hoy hemos sido el monstruo de antaño, hemos revivido nuestra vieja gloria. ¿Pero sabes? Ni con todo eso es suficiente, volveremos a reprimir nuestros instintos, volveremos a caer en el sopor de lo que es correcto y me olvidarás. Pero ahora que eres incapaz de ser un monstruo, me necesitas más que nunca, ahora que tienes escrúpulos eres vulnerable. Y hasta que no aceptes las dos caras de la moneda y no su borde, estarás indefensa.
Relatos de Ayrin de Rashemen
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Profanaste mi hogar, cazaste a los míos sin darles tregua y ahora pretendes someter mi esencia a ti. ¿Qué esperas conseguir con esto, Cazadora? ¿Qué sacarás de esta espiral sin sentido de caza y matanza? Yo te lo diré, una por generación, cada una de las que vengan detrás de ti serán poseídas por la ira de mi espíritu caído, una por generación traerán la desgracia a sus iguales y el tormento a los suyos, una por generación seréis malditas con el deseo implacable de la caza que huella tu espíritu. ¡Y escúchame, Cazadora! No habrá clemencia, no habrá piedad, no habrá final a vuestra cacería, porque os deleitaréis con la sangre de los vuestros como un néctar del que nunca jamás podréis liberaros. Escúchame, Cazadora, y sufre mi maldición.
Aquel hombre se había quedado en medio de las sombras del Impío, aturdido por el viaje a manos del pastor de árboles. Ahora ya no estaba el ent, se había ido, y estaba solo en medio de aquel bosque desconocido para él. Se sentía satisfecho por el trabajo cumplido, tenía la conciencia tranquila de que la tan ansiada muerte caería sobre él muy pronto. Sabía que esa demente vendría por ella, aullando, haciendo zozobrar el bosque a su paso, sabía que la oiría llegar y se sentó a esperar. El viento soplaba tenue entre los pinos, jugaba con las hojas de los arces que apenas habían podido conciliar el sueño de medianoche, alguna bestia nocturna rugía desde algún lugar de las profundidades del bosque. Pero no pasó nada, solo el familiar coro de sonidos nocturnos que no lograban calmarle, cerró los ojos y la vio. Veía aquella mujer clamando al cielo, haciendo cruzar sus armas haciendo rechinar el desagradable quejido del metal, recordó esa mirada tan cargada de odio e ira que a pesar de toda su férrea determinación le hizo sentir miedo. Pero estaba preparado, se había concienciado de su final y nada en este mundo lograría arrebatarle el placer de una muerte tranquila.
Pasaron dos horas. El hombre no percibía movimiento, se sentía verdaderamente solo. Los árboles ya no le cantaban, los animales le trataban como un desconocido y el viento ya no le traía noticias de ningún lugar. Fue tomando conciencia de que iba a morir solo, una sensación que jamás había tenido antes. Aquel hombre se puso en pie, intentó de orientarse, pero la noche se había conjurado para que no pudiera dar más de dos pasos sin tropezarse. El Impío es un anfitrión traicionero, abraza a los forasteros, pero rara vez les permite volver a salir. Aquel hombre no conocía el Impío, sus costumbres y siguió adelante creyendo que aquel bosque era uno más. No era así, en absoluto.
Fue de repente, como el batir de unas alas, que puso en alerta a ese hombre. Se volvió nervioso hacia las ramas, le pareció ver algo, una sombra oscura agazapada sobre una rama, el hombre forzó la vista. No pudo ver más que dos ojos dorados, tan brillantes que parecían haber sido creados por fuerzas sobrenaturales. El hombre sonrió desafiante.
—Al final apareces, Ayrin. Eres demasiado predecible.
La silueta se movió en respuesta, solo la cabeza, girándola en un genuino movimiento felino. Una escalofriante risa surgió de sus labios, el hombre conservó la calma.
—¿Ayrin? —rió de nuevo—. Me temo que hoy no estará con nosotros, solo en espíritu.
El hombre arrugó la frente, dio un inconsciente paso atrás cuando la mujer se puso en pie sobre la rama.
—¿A qué estás jugando, Ayrin? —gruñó el hombre.
—¿Jugar? Yo siempre juego, Gylem. Pero Ayrin no nos acompañará. Yo soy su relevo esta noche. Tu anfitriona. Ni siquiera mereces que te de conversación. ¿Te creías un monstruo? Perdóname que dude —volvió a reír con histeria, bajito—. Tú, engendro, no tienes ni la más remota idea de lo que es un monstruo.
A cada palabra de aquella mujer acompañaban pequeñas risas agudas y graves, era una incontinencia demencial que tornaba inquietante aquella mujer. No podía ser la misma, no es Ayrin. Es otra persona. Pero es su voz. ¿Cómo es? Sabía que era brutal, visceral, pero... ¿Qué está ocurriendo? La voz de la rashemí se incrustó en la mente Gylem.
—¿Dudando? Sí, duda. ¿Has hecho lo correcto? ¿Sí? ¿No? ¡Demasiado tarde! Eres mi presa y no saldrás vivo de aquí —la sonrisa macabra de la mujer se dibujó al claro de la luna que se atrevió a asomar entre los árboles. Era un rostro desencajado, malévolo, y esa mirada ambarina como la de un demonio. La respiración de Gylem se volvió nerviosa.
—No tengo miedo a la muerte. Me torturaste y no me doblegaste. No vas a lograr nada ahora. Eres patética —se ríe, pensó Gylem, se ríe mientras me escucha, ¿Me está escuchando? ¡Está loca!
La rashemí se encorvó delante de Gylem, acercándose sin dejar de reír, como si todo fuera una magna comedía y ella la única espectadora.
—Hijo. Llevo matando desde mucho antes que nacieras. Reconozco el miedo cuando lo veo, reconozco el pavor cuando surge. Tú no eres distinto, Gylem. Solo hace falta.. presionar..
La sonrisa de la mujer se volvió demente, todo ocurrió muy deprisa. Un destello de un arma que no había visto cercenó el meñique y el anular de su diestra, el joven soltó un alarido y la mujer rió al unísono. Sin dejarle tiempo a reaccionar, recogió el meñique del suelo despreciando el otro dedo.
—¡Abre la puta boca! —rugió la mujer, no tuvo que hacer mucho esfuerzo, a Gylem se le estaban saliendo los ojos de las órbitas sin saber como reaccionar. Sin fin, sin objetivo, solo. Había cumplido, le habían dicho que tras eso vendría la muerte. ¿Por qué no llega? ¿Qué es esto?
La rashemí metió el meñique en la boca del hombre, le obligó a masticar su propio dedo mientras no dejaba de mirarle y reír.
—¿Te gusta tu propio sabor, Gylem? Tienes que deleitarte, porque esta noche me comeré tu CORAZÓN —la mujer le propinó una patada en el estómago, el hombre cayó al suelo, un mal gesto le partió el tobillo, gritó aun más escupiendo su dedo a medio masticar y vomitó. La oyó acercarse, se arrodilló a su lado y le cogió del pelo.
—Escúchame, Gylem. Porque solo te lo diré una vez. Has hecho daño a alguien muy especial para Ayrin. Te has atrevido a provocar el pecado capital para ella y para mi. ¿Te crees un monstruo, verdad? Te diré lo que es un monstruo, tú lo hiciste por miedo y yo hago esto porque lo disfruto. ¿Entiendes la diferencia, Gylem? ¿La ves ahora? Te daré una hora para huir de este lugar, vencido ese tiempo iré tras de ti. Te cazaré, te torturaré de formas que ni imaginas, me comeré tu corazón mientras aun respiras y cuando todo eso acabe este bosque tendrá una nueva alma pena. ¿Crees que lo que podía hacerte esa bruja de tu Senescala era peor? Yo llevo más de mil quinientos años cazando seres como tú. ¡Corre! —lo empujó hacia delante, el hombre cayó de morros contra una piedra, un par de dientes se le partieron —. ¡Corre Gylem! ¡Recuerda! ¡Esta Capa es una de las infinitas del Abismo! ¡Y yo soy la Señora de la Capa del Abismo! ¿Comprendes ahora, niño? ¡Eres mío!
Fue irracional, quería salir de esa locura. Sabía que no podía, que nada lo iba a salvar de ella, pero en las briznas de la paranoia creciente Gylem podía atisbar la esperanza de llegar al final de ese bosque. Pero el bosque parecía negarle la salida, le confundía, le atrapaba mientras oía la risa histérica de la mujer acuchillando las sombras. Aquella risa se había apoderado de todo, se había alojado en su mente como un gusano que le iba sorbiendo el cerebro sin merced. No debía ser así, aullaba en pensamientos el druida renegado, no debía ser así. Me prometieron que moriría, que todo acabaría, pero no va a acabar. Estoy solo, nadie vendrá a darme la muerte prometida. Me quedaré aquí dentro, para siempre, para siempre.
—¡El Abismo quiere tu almaaaaaaa!
Viene a por mi, la oigo, tengo miedo. No puedo moverme, pero he de hacerlo. Un poco más, lejos de esa cosa, lejos de ese monstruo. Lejos. Muy lejos.
—¿Dónde está tu insolencia, Gylem? ¿Adónde fue? ¿Qué ocurre? ¿Sin un propósito te desmoronas? No eres tan duro como creía, humano.
Arrastrarme, no me verá, me haré el muerto. No, me esconderé tras ese árbol, es una humana, no me verá. ¿Por qué es humana, verdad? No puede ver en la oscuridad. No puede ver, ¿verdad?
—¿Dónde estás, Gyleeeeem? Huelo tu saaaaangreeee.
La voz viene de todos lados, no puedo contener mi voz.
—Oh dioses.. oh dioses.. oh dioses.. oh dioses...
—Los dioses te han abandonado —la voz de la mujer tronó a sus espaldas, Gylem se quedó helado—, y ahora han mandado a un demonio a cobrarse el alma corrupta de un traidor, un asesino, un violador, un engendro creado por el miedo, la envidia y la avaricia. Y yo soy ese demonio.
Durante las horas previas al amanecer los gritos de Gylem devoraron las risas locas de esa mujer. Un oído lo suficientemente fino hubiera oído el sonido de la carne cortarse o el de los huesos reventar. Cuando la agonía de Gylem se apagó, las risas también lo hicieron, y el bosque se sumió en el viciado silencio de la muerte para dar la bienvenida al amanecer. La rashemí estaba sobre los restos esparcidos de Gylem, embadurnada de rojo, el cual no hace falta describir de donde procedía.
—Podría acostumbrarme a esto, ¿sabes? Volver a cazar, volver a matar, volver a torturar, pero no nos dejarías, ¿verdad? No, ese tiempo pasó. Ahora el monstruo no eres tú, lo soy yo, pero me necesitas, Ayrin. Aun no lo sabes, pero me necesitas. ¿Cómo puedes rechazar la mitad de tu alma y no sufrir las consecuencias? Hoy hemos sido el monstruo de antaño, hemos revivido nuestra vieja gloria. ¿Pero sabes? Ni con todo eso es suficiente, volveremos a reprimir nuestros instintos, volveremos a caer en el sopor de lo que es correcto y me olvidarás. Pero ahora que eres incapaz de ser un monstruo, me necesitas más que nunca, ahora que tienes escrúpulos eres vulnerable. Y hasta que no aceptes las dos caras de la moneda y no su borde, estarás indefensa.