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Susurros del Bosque: Relatos de Norah la Druida.

Finnereg

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Norah y Bicho

Norah caminaba con paso ligero por el sendero de hierba fresca, sintiendo la energía del bosque fluir a su alrededor, se encontraba dando su caminata matutina, con la alegría que le caracterizaba haciendo de vigilante del Alandor.

Era junto a sus compañeros del Circulo Druídico, custodia de las tierras junto al río, en los páramos. Esta era un región rica en flora y fauna, donde el equilibrio natural debía ser cuidadosamente mantenido. Con cada paso, sus pies descalzos sentían la caricia de la hierba fresca, y sus sentidos se deleitaban con el canto de los pájaros y el susurro del viento entre los árboles. A veces le gustaba colgarse las botas al hombro, para sentirse más cerca de la Madre y notar toda su energía a través de sus pies descalzos. Esa mañana el destino tenia algo reservado para ella.

Mientras exploraba los márgenes del río, Norah escuchó un ruido inusual. No era el sonido normal de la naturaleza; era algo amenazante, como el crujido de ramas rotas bajo el peso de algo grande y pesado. Intrigada y un poco asustada, decidió acercarse con cautela.

Al llegar al origen del ruido, Norah se encontró cara a cara con un enorme jabalí. Sus colmillos brillaban a la luz del sol y sus ojos oscuros la observaban con una intensidad que la hizo detenerse en seco y tragar saliva. Sin embargo, algo en la mirada del jabalí la tranquilizó. No había hostilidad en sus ojos, solo una calma profunda y un curioso interés. Pero no dio tiempo a más, de pronto un rugido espeluznante rompió la paz del bosque, y un orco explorador emergió de entre los arbustos, aprovechando el descuido de la joven y creyéndola indefensa. De su garganta salieron palabras ininteligibles y al decirlas reía y sus babas caían mirándola con evidente lascivia.

La joven sintió latir su corazón con fuerza pero no tuvo tiempo a reaccionar, el jabalí sin vacilar, se interpuso entre ella y el orco, gruñendo con una ferocidad que Norah no había visto antes jamás en un animal. La batalla que siguió fue rápida pero intensa. El jabalí, moviéndose con agilidad sorprendente para su tamaño, logró abatir al orco, que finalmente retrocedió y desapareció en el bosque malherido. Norah, aún conmocionada por el incidente, se acercó al jabalí y le susurró palabras de gratitud.

A partir de ese día, Norah y el jabalí se hicieron inseparables. Descubrió que él no era un jabalí ordinario. Sus ojos reflejaban una sabiduría ancestral y una bondad inusual en un ser de su apariencia y con el tiempo comprendió la razón de esto. Decidieron unir fuerzas juntos para proteger y mantener el equilibrio en las tierras del río Alandor.


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Finnereg

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Canción de sugerencia.

Norah caminaba descalza por la orilla de la playa, con los dedos de los pies hundiéndose en la arena húmeda. El cielo comenzaba a teñirse de colores cálidos, mientras el sol, en su descenso, lanzaba destellos dorados sobre las olas. Su mirada estaba perdida en el horizonte, donde el azul del mar se fundía con el cielo en un abrazo distante y eterno, como el que ella anhelaba dar a Aric.

Habían sido felices, caminando juntos por la playa, riendo al compás del viento y soñando en voz alta. Pero ambos sabían que el mar nunca se queda quieto, que siempre llama a sus hijos de vuelta a su inmensidad, y Aric era uno de esos hijos. Las islas lo reclamaban, ese rincón de mundo rodeado por el océano, donde podía ser quien era en esencia. Volver al hogar no fue tan bueno como ellos pensaban y la distancia cada vez más profunda.

En esa última despedida, las palabras habían sido pocas, pero los ojos lo decían todo. “Tú y yo, somos agua y tierra”, había dicho Aric, bromeando, con esa sonrisa traviesa que tanto amaba. Pero Norah, con un nudo en la garganta, sabía que significaba eso. No habría tragedia, pero sí una separación inevitable.

Ahora, mientras el viento le despeinaba el cabello y las olas susurraban sus secretos antiguos, Norah se dejó llevar por el recuerdo de su rostro. Hasta añoraba a aquel pulpo maloliente. Habían jurado que se amarían siempre, pero también entendían que, para amarse, necesitaban seguir caminos distintos.

Se acuclilló en la arena húmeda, dejando que una pequeña ola le tocara los pies, como si el mar, el reflejo de su recuerdo, estuviera tratando de alcanzarla. Cerró los ojos y dejó que las últimas palabras le golpearan una vez más el corazón.

Una lágrima se deslizó por su mejilla, pero no era de tristeza. Sabía que él estaba donde pertenecía, y ella también. Porque, aunque la tierra y el mar se separaran, las olas siempre regresarían a besar la orilla.

 

Finnereg

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El bosque amanecía bajo una bruma ligera cuando el grupo compuesto por miembros del Enclave Esmeralda y de los Custodios del Búho y la Zarza Espinosa, avanzaba en silencio, hacia las profundidades.
La comitiva estaba dirigida por Radix, montado en su gran oso, vigilante y gruñendo a cada señal de peligro, listo para lanzarse a defender en cualquier momento. Le seguían de cerca Lux y Boti, inseparables y rodeados de animales, como siempre se movían en manada.

Norah caminaba atenta a los murmullos del bosque y las sombras que se deslizaban entre los árboles, mientras su compañero Zentakord observaba con ojos despiertos cada rincón del sendero, buscando la presencia de pequeños animales que pudieran servirles de aliados. Ambos sabían que la misión era peligrosa. En algún punto oculto entre la espesura yacía el campamento orco, que representaba una amenaza tanto para el bosque como para sus habitantes. Cerraba la comitiva Halatir, arco en mano, y Loreliel, la Loba Blanca, dispuestos a reaccionar en cuestión de segundos.

Después de horas de caminata, cuando el cielo se teñía de los primeros destellos dorados de la madrugada, una espiral de humo oscuro comenzó a elevarse a lo lejos. Con cuidado, el grupo se desvió del sendero, ocultándose entre matorrales y árboles frondosos, evaluando la distancia y el riesgo. Desde su escondite, Norah y Zentakord intercambiaron una mirada de complicidad; ambos sabían que sus dones eran clave para llevar a cabo la misión.

Cada miembro del grupo comenzó a usar sus habilidades para conectar con el entorno. La lythari Loreliel se fundió en el suelo, sus sentidos extendiéndose como raíces por la tierra. La cantora de árboles Lux se sintonizó con las raíces del bosque, escuchando los murmullos de la vida oculta bajo la superficie. Halatir, el explorador, susurró una plegaria a Solonor, y su visión se elevó como la de un ave, revelándole detalles del campamento desde las alturas.

Zentakord observó la escena con serenidad, y con una sonrisa leve, colocó unas nueces, semillas y bayas en la palma de su mano, atrayendo la atención de un grupo de ardillas curiosas que se deslizaban por las ramas cercanas. Con una mezcla de paciencia y encanto, Zentakord se inclinó hacia las ardillas, susurrándoles palabras en un idioma antiguo que solo las criaturas del bosque podían entender. Les ofreció la comida y, con un toque de magia, dotó a las pequeñas criaturas de una inteligencia temporal que les permitiría comprender y cumplir una misión: acercarse al campamento y observar los movimientos de los orcos. Las ardillas aceptaron alimentarse y, con ojos brillantes y una nueva chispa de comprensión, corrieron hacia el campamento entre las ramas y los arbustos, ágiles y silenciosas.

Mientras Zentakord realizaba su magia con las ardillas, Norah cerró los ojos y extendió su espíritu, llamando a un cernícalo que sobrevolaba la zona. Cuando el ave descendió, se posó en su mano enguantada, la cual ofrecía un buen trozo de carne roja fresca. Nora se unió un instante con la mirada del ave mientras éste se alimentaba, sintiendo el latido del corazón del cernícalo como si fuera el suyo propio. La druida susurró suavemente acercando su rostro al animal y su espíritu se unió al del cernícalo. Al abrir los ojos nuevamente, ya no veía desde su cuerpo, sino a través de los ojos del ave. Desde las alturas, pudo ver con claridad el interior del campamento: los orcos se movían en pequeños grupos, vigilantes y armados, rodeados por barricadas y armas se agolpaban en el suelo mientras las pulían y preparaban.

Transmitió a Zentakord lo que observaba desde la perspectiva aérea, mientras su compañero aguardaba el regreso de las ardillas.

Poco después, las pequeñas criaturas volvieron, reuniéndose alrededor de Zentakord y transmitiéndole sus descubrimientos a través de gestos y sonidos. Zentakord asintió, agradecido, y acarició suavemente la cabeza de una de las ardillas, devolviéndole una pizca de magia antes de dejarlas libres.

Con los datos recabados, Norah y Zentakord hicieron una señal a sus compañeros. La misión había sido un éxito: el bosque había compartido sus secretos con ellos y ahora contaban con la información necesaria para tomar decisiones sobre el campamento orco, e informar al resto de los defensores del bosque.

Mientras se retiraban sigilosamente, Norah observó a Zentakord y le sonrió. Sabía que, gracias a su habilidad de conectar con los animales del bosque, habían conseguido una ventaja valiosa. Zentakord le devolvió la sonrisa, satisfecho de saber que el equilibrio del bosque siempre estaría protegido mientras uno de los dos estuviera en pie.

Con pasos ligeros y el eco de susurros entre las ramas el grupo regresó a tierras seguras, gracias a la pericia de Radix en la exploración y combate, y a la destreza de Halatir con el arco.

Todos eran conscientes de que esta sería solo la primera de muchas batallas por venir, para la defensa del Alandor.

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