Eyla
Receta de Noctis
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El incansable viento del norte del Taan aúlla contra las paredes de la yurta. La tienda del Khan es la más grande de todo el campamento y está dividida en varias estancias. Una de ellas es usada por el Khan y sus mujeres para guardar las armas de la familia, y también es donde a veces duerme Suyin. La niña se traslada allí en pleno sueño porque sus hermanos menores hacen mucho ruido cuando duermen, y los más pequeños incluso lloran.
En plena noche, cuando toda la tribu Ganzor está durmiendo, Suyin abre sus ojos negros y rasgados. ¿Qué es lo que la ha despertado?, se pregunta. No ha podido ser el viento, pues todos los tuiganos están acostumbrados al constante ulular del yermo. ¿Entonces? La niña, que solo tiene diez años, agudiza el oído. Al cabo de unos instantes escucha un gemido ahogado… como una inspiración contenida. Todo su cuerpo se pone en tensión, alerta, pues en esas notas no reconoce nada más que no sea peligro mayúsculo. Intenta ignorar el miedo que empieza a apoderarse de su cuerpo, pero pierde la batalla cuando un grito desgarrador cruza el aire. Ha sido una de sus madres.
Pese a su pronta edad, Suyin no se paraliza: coge su espada en un gesto rápido, pero justo en el instante en el que desenvaina, la cortina que separa su estancia del resto de la yurta se descorre. Entran a través de ella tres hombres. Son amigos de su padre, tres de sus hombres más cercanos, tan respetados en la tribu Ganzor como lo es Xaoyin Khan.
— La primogénita— dice uno, levantando la barbilla hacia Suyin.
— No heredará el liderazgo como quería Xaoyin.
El hombre que está más cercano a la niña alza su espada y, pese a la oscuridad, Suyin logra distinguir la sangre goteando del filo. Más gritos, esta vez de sus hermanos, resuenan en sus oídos como el eco de una pesadilla lejana. El instinto y esos pocos años de entrenamiento en el combate, que persiguen el objetivo de convertirla en una gran guerrera, bastan para que alce su espada y cargue contra el hombre. Pero la realidad es que el oficial mide el doble que ella y pesa cuatro veces más. Sin ninguna dificultad para el golpe de Suyin y solo con el bloqueo la tira al suelo. Los tres hombres se ríen con inhumanidad.
— No pasa nada, Suyin. Pasará rápido— dice el que la ha tirado al suelo, con un tono falsamente dulce y compasivo.
El hombre eleva de nuevo su espada sin dar tiempo a que la niña se levante. En el suelo, Suyin solo puede lanzar un mudo y desesperado ruego a los espíritus para que la ayuden.
Y los espíritus la escuchan.
La tela que hay a su izquierda se desgarra en un crujido grave y entre ella y los tres hombres, dándole la espalda, se posiciona una figura de gran envergadura. No es necesario para Suyin verle el rostro: reconocería a su mentor entre un millón de hombres. Yu’Kao, grande y fuerte, arremete contra los tres hombres asiendo su espada con ambas manos. Atraviesa al primero tan fugazmente que los otros dos no tienen tiempo de darse cuenta de lo que ha ocurrido. Cuando el segundo alza su espada, Yu’Kao solo necesita tres estocadas para acabar con él. Tumba al tercero de un puñetazo y, cuando yace inconsciente en el suelo, le corta la garganta. Ni siquiera se agita su respiración, pero no pierde un instante: se gira y levanta a Suyin del suelo.
— Tienes que salir y ensillar a dos caballos, nos marchamos— dice rápidamente, en un tono mucho más severo que habitualmente, empujando a Suyin hacia una pequeña salida que hay al otro extremo de la yurta.
— Pero…— empieza la niña—. Mi padre y mis…
— No puedes hacer nada por ellos, ¡están todos muertos! ¡Vamos!
Suyin abre mucho los ojos y el terror nubla su vista. No es capaz de ver a los dos hombres que han salido de la estancia donde duermen sus hermanos y donde ella debería haber estado también, pero por suerte Yu’Kao mantiene la cabeza fría.
— ¡CORRE!— le grita, mientras se lanza hacia los dos hombres.
Sin ser consciente de lo que hace, Suyin sale de la yurta por esa puerta secundaria. El aire huele a quemado y el cielo se está tiñendo de naranja. Se dirige hacia donde se hallan los caballos y ensilla el primero que ve, que es el de su madre. No muy lejos escucha los gritos y los llantos de varios miembros de su tribu. La ceniza cae sobre sus hombros y su pelo negro. Le tiemblan las manos y es incapaz de escuchar los pasos que se aproximan a sus espaldas.
— Aquí estás, pequeña Ganzorig— susurra una voz. El veneno gotea de cada palabra.
Suyin se gira con horror al mismo tiempo que ve como la cabeza de otro hombre de su padre se separa de su cuerpo. El cadáver decapitado suelta la espada y se desploma; tras él aparece Yu’Kao. De nuevo, su mentor, el hombre que la ha instruido en historia, geografía, matemáticas, quién le ha enseñado a escribir… su guía espiritual, le ha vuelto a salvar la vida. De un salto, el hombre sube al caballo que Suyin ya ha ensillado y, cogiendo a la niña por el dorso de su camisa, la sube a pulso para sentarla delante de él. Espolea al caballo con el característico grito tuigano y la bestia sale galopando hacia la estepa a través de las yurtas que conforman el poblado de la tribu.
A sus espaldas, los gritos son cada vez más desgarradores y el sonido del entrechocar de las espadas resuena a cada instante. Oyen las flechas silbar sobre ellos y Yu’Kao cubre el pequeño cuerpo de Suyin con toda la envergadura del suyo. La niña intenta hacerse un ovillo entre los brazos del hombre y escucha como una, dos, tres flechas, se clavan en la espalda de Yu’Kao. Les persiguen, pero el hombre es un magnífico jinete.
Galopa hasta que dejan de oler a quemado, hasta que ya no oyen los gritos ni el acero, hasta que los caballos de sus perseguidores se agotan… y siguen galopando. Hasta que el cielo que les cubre pierde toda tonalidad naranja y vuelve a ser negro, hasta que la luna se vuelve su única luz, hasta que alcanzan el primer horizonte, hasta que el silencio les rodea y lo único que se oye son los resoplidos de Yu’Kao y las mudas lágrimas de Suyin.
El caballo, agotado, termina por frenar su carrera, pero su jinete le insta a seguir avanzando. El sol aparece en el horizonte y empieza a escalar por el cielo. La niña, agotada de tanto llorar, a veces resta en un estado de caimiento que cesa al cabo de poco tiempo, y entonces las lágrimas vuelven a rodar por la redonda y bronceada carita de la niña.
Al cabo de mucho tiempo, el sol empieza a declinar. Es entonces cuando Yu’Kao, aprovechando las últimas horas de sol, frena al caballo y desmonta. Se toma un tiempo para arrancarse las tres flechas que seguían clavadas en su ancha espalda y sanarse las heridas, pronunciando esa suave letanía que llama a los espíritus. Cuando termina, se dirige al caballo y coge a Suyin para bajarla, dejándola de pie en el suelo. Yu’Kao clava una rodilla frente a ella para colocarse a su altura.
— Suyin, no puedes dejar que te consuma el pesar.
— Pero… mis hermanos… mi padre…
Yu’Kao niega y hace un esfuerzo por seguir hablando:
— Los han asesinado, Suyin, a todos.
La niña alza el rostro:
— ¿Por qué?— solloza.
Yu’Kao retira un momento la mirada antes de verbalizar la explicación. La expresión de desesperación de su pupila, enmarcada por esas dos coletas que una de sus madres le hacía cada día y que ya no volverá a peinarla nunca, le llena de tristeza e ira.
— Tu padre— empieza, lentamente— tenía unas ideas que no agradaban a muchos hombres de la tribu. Cuando, hace diez años, Xaoyin y yo estuvimos viajando por occidente, aprendimos muchas cosas de distintas culturas, algunas increíblemente enriquecedoras. Más tarde, tu padre aplicó estos conocimientos en el liderazgo de la tribu Ganzor, haciéndola crecer más y más, volviéndola más fuerte. Pero algunos de sus métodos eran distintos a la tradición de los Tuigan, y eso hizo que se ganase enemigos en la tribu. Además, sus buenas relaciones con Yaïmmunahar tampoco gustaban a algunos amigos suyos… Hace algunas semanas que la situación era muy delicada y hoy… os querían matar a todos para asegurarse que el liderazgo de la tribu Ganzor pasaba a sus manos.
Suyin agacha la cabeza y vuelve a llorar otra vez. Cediendo a un impulso, Yu’Kao la acerca hacia sí y la aprieta contra su robusto pecho con fuerza. La niña empapa de lágrimas la armadura de Yu’Kao y, al cabo de un tiempo inestimable, parece quedarse sin lágrimas. El hombre la aparta un poco y pone una enorme mano en su mejilla.
— Llorando no les devolverás a la vida, Suyin. Ahora tienes que ser fuerte.
La niña sorbe por la nariz.
— ¿Y qué haremos, Yu’Kao?
— Nos iremos a occidente— dice, y tanto la respuesta como la rapidez con la que es expresada sorprenden a la niña—. Nos iremos a occidente como hicimos tu padre y yo hace diez años. Aprenderás cosas que aquí no habrías conocido y te formarás para ser una líder y una guerrera. Y cuando estés preparada volveremos al Taan y recuperarás lo que es tuyo por derecho. ¿De acuerdo, joven Khan?
La niña se seca las lágrimas con el dorso de la mano y mira a su mentor con tanta decisión que el hombre se sorprende.
— Sí Yu’Kao— asiente.
En plena noche, cuando toda la tribu Ganzor está durmiendo, Suyin abre sus ojos negros y rasgados. ¿Qué es lo que la ha despertado?, se pregunta. No ha podido ser el viento, pues todos los tuiganos están acostumbrados al constante ulular del yermo. ¿Entonces? La niña, que solo tiene diez años, agudiza el oído. Al cabo de unos instantes escucha un gemido ahogado… como una inspiración contenida. Todo su cuerpo se pone en tensión, alerta, pues en esas notas no reconoce nada más que no sea peligro mayúsculo. Intenta ignorar el miedo que empieza a apoderarse de su cuerpo, pero pierde la batalla cuando un grito desgarrador cruza el aire. Ha sido una de sus madres.
Pese a su pronta edad, Suyin no se paraliza: coge su espada en un gesto rápido, pero justo en el instante en el que desenvaina, la cortina que separa su estancia del resto de la yurta se descorre. Entran a través de ella tres hombres. Son amigos de su padre, tres de sus hombres más cercanos, tan respetados en la tribu Ganzor como lo es Xaoyin Khan.
— La primogénita— dice uno, levantando la barbilla hacia Suyin.
— No heredará el liderazgo como quería Xaoyin.
El hombre que está más cercano a la niña alza su espada y, pese a la oscuridad, Suyin logra distinguir la sangre goteando del filo. Más gritos, esta vez de sus hermanos, resuenan en sus oídos como el eco de una pesadilla lejana. El instinto y esos pocos años de entrenamiento en el combate, que persiguen el objetivo de convertirla en una gran guerrera, bastan para que alce su espada y cargue contra el hombre. Pero la realidad es que el oficial mide el doble que ella y pesa cuatro veces más. Sin ninguna dificultad para el golpe de Suyin y solo con el bloqueo la tira al suelo. Los tres hombres se ríen con inhumanidad.
— No pasa nada, Suyin. Pasará rápido— dice el que la ha tirado al suelo, con un tono falsamente dulce y compasivo.
El hombre eleva de nuevo su espada sin dar tiempo a que la niña se levante. En el suelo, Suyin solo puede lanzar un mudo y desesperado ruego a los espíritus para que la ayuden.
Y los espíritus la escuchan.
La tela que hay a su izquierda se desgarra en un crujido grave y entre ella y los tres hombres, dándole la espalda, se posiciona una figura de gran envergadura. No es necesario para Suyin verle el rostro: reconocería a su mentor entre un millón de hombres. Yu’Kao, grande y fuerte, arremete contra los tres hombres asiendo su espada con ambas manos. Atraviesa al primero tan fugazmente que los otros dos no tienen tiempo de darse cuenta de lo que ha ocurrido. Cuando el segundo alza su espada, Yu’Kao solo necesita tres estocadas para acabar con él. Tumba al tercero de un puñetazo y, cuando yace inconsciente en el suelo, le corta la garganta. Ni siquiera se agita su respiración, pero no pierde un instante: se gira y levanta a Suyin del suelo.
— Tienes que salir y ensillar a dos caballos, nos marchamos— dice rápidamente, en un tono mucho más severo que habitualmente, empujando a Suyin hacia una pequeña salida que hay al otro extremo de la yurta.
— Pero…— empieza la niña—. Mi padre y mis…
— No puedes hacer nada por ellos, ¡están todos muertos! ¡Vamos!
Suyin abre mucho los ojos y el terror nubla su vista. No es capaz de ver a los dos hombres que han salido de la estancia donde duermen sus hermanos y donde ella debería haber estado también, pero por suerte Yu’Kao mantiene la cabeza fría.
— ¡CORRE!— le grita, mientras se lanza hacia los dos hombres.
Sin ser consciente de lo que hace, Suyin sale de la yurta por esa puerta secundaria. El aire huele a quemado y el cielo se está tiñendo de naranja. Se dirige hacia donde se hallan los caballos y ensilla el primero que ve, que es el de su madre. No muy lejos escucha los gritos y los llantos de varios miembros de su tribu. La ceniza cae sobre sus hombros y su pelo negro. Le tiemblan las manos y es incapaz de escuchar los pasos que se aproximan a sus espaldas.
— Aquí estás, pequeña Ganzorig— susurra una voz. El veneno gotea de cada palabra.
Suyin se gira con horror al mismo tiempo que ve como la cabeza de otro hombre de su padre se separa de su cuerpo. El cadáver decapitado suelta la espada y se desploma; tras él aparece Yu’Kao. De nuevo, su mentor, el hombre que la ha instruido en historia, geografía, matemáticas, quién le ha enseñado a escribir… su guía espiritual, le ha vuelto a salvar la vida. De un salto, el hombre sube al caballo que Suyin ya ha ensillado y, cogiendo a la niña por el dorso de su camisa, la sube a pulso para sentarla delante de él. Espolea al caballo con el característico grito tuigano y la bestia sale galopando hacia la estepa a través de las yurtas que conforman el poblado de la tribu.
A sus espaldas, los gritos son cada vez más desgarradores y el sonido del entrechocar de las espadas resuena a cada instante. Oyen las flechas silbar sobre ellos y Yu’Kao cubre el pequeño cuerpo de Suyin con toda la envergadura del suyo. La niña intenta hacerse un ovillo entre los brazos del hombre y escucha como una, dos, tres flechas, se clavan en la espalda de Yu’Kao. Les persiguen, pero el hombre es un magnífico jinete.
Galopa hasta que dejan de oler a quemado, hasta que ya no oyen los gritos ni el acero, hasta que los caballos de sus perseguidores se agotan… y siguen galopando. Hasta que el cielo que les cubre pierde toda tonalidad naranja y vuelve a ser negro, hasta que la luna se vuelve su única luz, hasta que alcanzan el primer horizonte, hasta que el silencio les rodea y lo único que se oye son los resoplidos de Yu’Kao y las mudas lágrimas de Suyin.
El caballo, agotado, termina por frenar su carrera, pero su jinete le insta a seguir avanzando. El sol aparece en el horizonte y empieza a escalar por el cielo. La niña, agotada de tanto llorar, a veces resta en un estado de caimiento que cesa al cabo de poco tiempo, y entonces las lágrimas vuelven a rodar por la redonda y bronceada carita de la niña.
Al cabo de mucho tiempo, el sol empieza a declinar. Es entonces cuando Yu’Kao, aprovechando las últimas horas de sol, frena al caballo y desmonta. Se toma un tiempo para arrancarse las tres flechas que seguían clavadas en su ancha espalda y sanarse las heridas, pronunciando esa suave letanía que llama a los espíritus. Cuando termina, se dirige al caballo y coge a Suyin para bajarla, dejándola de pie en el suelo. Yu’Kao clava una rodilla frente a ella para colocarse a su altura.
— Suyin, no puedes dejar que te consuma el pesar.
— Pero… mis hermanos… mi padre…
Yu’Kao niega y hace un esfuerzo por seguir hablando:
— Los han asesinado, Suyin, a todos.
La niña alza el rostro:
— ¿Por qué?— solloza.
Yu’Kao retira un momento la mirada antes de verbalizar la explicación. La expresión de desesperación de su pupila, enmarcada por esas dos coletas que una de sus madres le hacía cada día y que ya no volverá a peinarla nunca, le llena de tristeza e ira.
— Tu padre— empieza, lentamente— tenía unas ideas que no agradaban a muchos hombres de la tribu. Cuando, hace diez años, Xaoyin y yo estuvimos viajando por occidente, aprendimos muchas cosas de distintas culturas, algunas increíblemente enriquecedoras. Más tarde, tu padre aplicó estos conocimientos en el liderazgo de la tribu Ganzor, haciéndola crecer más y más, volviéndola más fuerte. Pero algunos de sus métodos eran distintos a la tradición de los Tuigan, y eso hizo que se ganase enemigos en la tribu. Además, sus buenas relaciones con Yaïmmunahar tampoco gustaban a algunos amigos suyos… Hace algunas semanas que la situación era muy delicada y hoy… os querían matar a todos para asegurarse que el liderazgo de la tribu Ganzor pasaba a sus manos.
Suyin agacha la cabeza y vuelve a llorar otra vez. Cediendo a un impulso, Yu’Kao la acerca hacia sí y la aprieta contra su robusto pecho con fuerza. La niña empapa de lágrimas la armadura de Yu’Kao y, al cabo de un tiempo inestimable, parece quedarse sin lágrimas. El hombre la aparta un poco y pone una enorme mano en su mejilla.
— Llorando no les devolverás a la vida, Suyin. Ahora tienes que ser fuerte.
La niña sorbe por la nariz.
— ¿Y qué haremos, Yu’Kao?
— Nos iremos a occidente— dice, y tanto la respuesta como la rapidez con la que es expresada sorprenden a la niña—. Nos iremos a occidente como hicimos tu padre y yo hace diez años. Aprenderás cosas que aquí no habrías conocido y te formarás para ser una líder y una guerrera. Y cuando estés preparada volveremos al Taan y recuperarás lo que es tuyo por derecho. ¿De acuerdo, joven Khan?
La niña se seca las lágrimas con el dorso de la mano y mira a su mentor con tanta decisión que el hombre se sorprende.
— Sí Yu’Kao— asiente.