Tada
Pitillo desechado de Talivia
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Prólogo: El cadete.
-Otra vez. -Dice el sargento-. Levántate.
El joven, casi sin fuerzas, logra ponerse en pie e intenta ponerse en posición, pero le fallan las
fuerzas y cae de rodillas.
-Lo siento. -Dice Tada mientras cae con todo el cuerpo sobre el terreno de entrenamiento-. Solo necesito un… un momen…
-Lleváoslo, no nos vale muerto. –Dice el sargento, decepcionado. –Que descanse, mañana veremos si demuestra lo que vale o lo mandamos de vuelta al agujero de donde salió.
Tada se despertó del dolor, demasiados golpes y magulladuras aún recientes.
Era de noche, y aunque estaba en la enfermería todo estaba tranquilo. No se escuchaban gritos ni sollozos, debía ser el único paciente. El único cadete en la enfermería.
Deprimido, buscó conforte en sus recuerdos. En su infancia, cuando todo era más fácil.
Recordó cuando jugaba con sus hermanos a que eran valientes caballeros. A pesar de ser el menor, era el más alto y corpulento. Aunque no por eso era el vencedor.
-Siempre en el suelo, hermanito. -Le decía Glorian. -No es tan difícil, te proteges con el escudo y atacas con la espada.
-Eso es, idiota, no es tan difícil. -Se burlaba Bartos.
De pronto Tada volvió al presente. -Claro, lo recuerdo. ¿Cómo se me había olvidado? ¿Será que no he querido desobedecer al sargento? -Se preguntó a si mismo. - ¿O es que realmente soy idiota?
-Cadete Tada, hoy es tu última oportunidad. -El sargento estaba serio, como nunca antes. – Demuestra que mereces entrar en el ejército de Darromar, o vuelve llorando a tu casa.
-Sargento, permiso para cambiar la postura de combate. -Preguntó Tada antes de, ni siquiera, coger el equipo.
- ¿Qué? -suspira- Como quieras.
La noche anterior Tada había recordado algo, que nunca había sido muy competente con su mano izquierda. Le faltaba coordinación. Así que se dirigió al estante y cogió solo la espada.
Volvió y se colocó en posición.
Pie izquierdo delante, un poco abierto hacia la izquierda. Pie derecho detrás, abierto. Sus manos, sostenían la espada. Ambas manos agarraban el mango. No era un mandoble, pero tenía suficiente espacio para poder cogerla con fuerza.
- Empecemos.
-Otra vez. -Dice el sargento-. Levántate.
El joven, casi sin fuerzas, logra ponerse en pie e intenta ponerse en posición, pero le fallan las
fuerzas y cae de rodillas.
-Lo siento. -Dice Tada mientras cae con todo el cuerpo sobre el terreno de entrenamiento-. Solo necesito un… un momen…
-Lleváoslo, no nos vale muerto. –Dice el sargento, decepcionado. –Que descanse, mañana veremos si demuestra lo que vale o lo mandamos de vuelta al agujero de donde salió.
Tada se despertó del dolor, demasiados golpes y magulladuras aún recientes.
Era de noche, y aunque estaba en la enfermería todo estaba tranquilo. No se escuchaban gritos ni sollozos, debía ser el único paciente. El único cadete en la enfermería.
Deprimido, buscó conforte en sus recuerdos. En su infancia, cuando todo era más fácil.
Recordó cuando jugaba con sus hermanos a que eran valientes caballeros. A pesar de ser el menor, era el más alto y corpulento. Aunque no por eso era el vencedor.
-Siempre en el suelo, hermanito. -Le decía Glorian. -No es tan difícil, te proteges con el escudo y atacas con la espada.
-Eso es, idiota, no es tan difícil. -Se burlaba Bartos.
De pronto Tada volvió al presente. -Claro, lo recuerdo. ¿Cómo se me había olvidado? ¿Será que no he querido desobedecer al sargento? -Se preguntó a si mismo. - ¿O es que realmente soy idiota?
-Cadete Tada, hoy es tu última oportunidad. -El sargento estaba serio, como nunca antes. – Demuestra que mereces entrar en el ejército de Darromar, o vuelve llorando a tu casa.
-Sargento, permiso para cambiar la postura de combate. -Preguntó Tada antes de, ni siquiera, coger el equipo.
- ¿Qué? -suspira- Como quieras.
La noche anterior Tada había recordado algo, que nunca había sido muy competente con su mano izquierda. Le faltaba coordinación. Así que se dirigió al estante y cogió solo la espada.
Volvió y se colocó en posición.
Pie izquierdo delante, un poco abierto hacia la izquierda. Pie derecho detrás, abierto. Sus manos, sostenían la espada. Ambas manos agarraban el mango. No era un mandoble, pero tenía suficiente espacio para poder cogerla con fuerza.
- Empecemos.