Oberon
Aventurero que viajó solo y sigue vivo
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Teodoro siempre habia sido un hombre devoto y tranquilo. Desde niño, en el hospicio de San Annur, le inculcaron los valores de la paciencia, el respeto, la conciencia y la disciplina. Como el resto de niños, para compensar su crianza ayudaban a las hermanas con los quehaceres del hospicio. No es que le gustara fregar de rodillas durante horas o limpiarle el culo a los enfermos, pero siempre supo que debia retribuir por lo dado.
Cuando ya no lo soportaba más, tanta miseria, se marchó del hospicio decidiendo que ya habia pagado su deuda. Vagabundeó unos meses hasta que se hizo aprendiz de panadero en Athkatla, se casó con la hija del mismo y durante muchos años fue un hombre feliz con su familia y su pequeño negocio, otro amniano más entre muchos que acudia a las festividades waukinas y no se metia en problemas. Su mayor alegria eran su mujer y su hija, no es que fueran especialmente hermosas pero Teodoro las adoraba. Por desgracia Aglonfila era una mujer enfermiza, y a pesar de los ruegos y donativos a Waukin e Ilmater de su esposo no tardó en morir. Teodoro debia ocuparse ahora solo de su hija y se entregó a ella en cuerpo y alma.
La pequeña Teofila se hizo mayor y conocio a un chiquillo. Era un niño de la calle, criado en el hospicio como Teodoro, y no le gustó desde el principio. Su hija era de su propiedad, ese chiquillo no iba a llegar y a apartarlo de enmedio como hizo él con su suegro. Habia trabajado muchos años para que la panaderia prosperara bajo su control. Padre e hija no tardaron en pelearse, pese a propinarle varias palizas la joven no entraba en razón, hasta que finalmente Teofila se fugó de casa con su novio.
El panadero acudió a la guardia para denunciar la desaparición, pero solo encontró soldados vagos más dispuestos a beber que hacer su trabajo. Teodoro montó en cólera. Le habian robado a su hija, lo que más queria en este mundo y no iba a permitirlo, ese chiquillo pagaria caro haberse cruzado en su camino y haber engañado a su pequeña. Cerró la panaderia y gastó sus ahorros en rastrear y encontrar a su niña, finalmente dio con ella en una casa a las afueras de Nashkell. Viajó hasta la villa y encontró la casa que le habian indicado.
Teodoro sintió una gran satisfacción al ver la cara de horror de su hija al abrir la puerta. Eso estaba bien, si ya no le tubiera miedo la habria perdido... Pero aun le temia, y con razón. El panadero agarró a su hija del cuello y la estampó contra la pared más próxima, dándole una buena paliza. Ella le habia obligado a castigarla, la odiaba por hacerle eso. Cuando se calmó, se dio cuenta de que Teofila no se movia del suelo. Se agachó para tomarle el pulso... ¿Estaba muerta? No tenia pulso... Pero no podia estar muerta, era ella la que le habia abandonado. Lo mejor seria marcharse y dejar que viviera su vida, después de todo él era un buen padre. Si ese degenerado acababa matandola él se lo habia advertido.
Ya llevaba varias leguas de camino a Athkatla cuando decidió dar la vuelta. Ese chiquillo era muy listo, ¿Y si mataba a su hija y luego lo acusaba a él? ¿Iba a permitir semejante humillación final? Apenas le quedaba nada, no tenia dinero, habia perdido a su hija y su negocio... Sin embargo sentia un gran odio por ese chico. Aun no podia volver a Athkatla, quedaba un cabo suelto que atar.
Tras dar media vuelta y recorrer de nuevo el camino hasta la casa abandonada, encontró al chiquillo llorando sobre el cuerpo de su hija. ¿Ya la habia matado? Un odio enconado le encogió el corazón y le hizo saltar sobre su enemigo. Ambos hombres se enzarzaron en una pelea en el suelo, finalmente Teodoro deseó con todas sus fuerzas hacerle sentir a su rival todo el dolor que él habia sentido, y de sus manos brotó un poder oscuro que abrió varias heridas en su presunto yerno. Aprovechando que el chiquillo se retorcia de dolor en el suelo, Teodoro cogió su cabeza y la golpeó contra el mismo una vez, dos, siete, quince... Tardó varios minutos en volver a tomar conciencia de si mismo.
La satisfacción, el poder, la culpa y el autoengaño se entremezclaban en la confusa mente de Teodoro mientras miraba a su alrededor. Lo habia perdido todo... Pero algo nuevo habia nacido en su interior. El odio que sentia no se habia disipado, sino alimentado con todo lo ocurrido. Ahora mismo el odio era lo que lo mantenia con vida y le daba fuerza. Tambien sentia cierto alivio... No pudo más que dar las gracias a ese poder que habia conectado con su alma de forma tan profunda.
Tras enterrar a su hija y yerno bajo la nieve, Teodoro volvió a su ciudad natal. Tenia una larga tarea por delante...
Cuando ya no lo soportaba más, tanta miseria, se marchó del hospicio decidiendo que ya habia pagado su deuda. Vagabundeó unos meses hasta que se hizo aprendiz de panadero en Athkatla, se casó con la hija del mismo y durante muchos años fue un hombre feliz con su familia y su pequeño negocio, otro amniano más entre muchos que acudia a las festividades waukinas y no se metia en problemas. Su mayor alegria eran su mujer y su hija, no es que fueran especialmente hermosas pero Teodoro las adoraba. Por desgracia Aglonfila era una mujer enfermiza, y a pesar de los ruegos y donativos a Waukin e Ilmater de su esposo no tardó en morir. Teodoro debia ocuparse ahora solo de su hija y se entregó a ella en cuerpo y alma.
La pequeña Teofila se hizo mayor y conocio a un chiquillo. Era un niño de la calle, criado en el hospicio como Teodoro, y no le gustó desde el principio. Su hija era de su propiedad, ese chiquillo no iba a llegar y a apartarlo de enmedio como hizo él con su suegro. Habia trabajado muchos años para que la panaderia prosperara bajo su control. Padre e hija no tardaron en pelearse, pese a propinarle varias palizas la joven no entraba en razón, hasta que finalmente Teofila se fugó de casa con su novio.
El panadero acudió a la guardia para denunciar la desaparición, pero solo encontró soldados vagos más dispuestos a beber que hacer su trabajo. Teodoro montó en cólera. Le habian robado a su hija, lo que más queria en este mundo y no iba a permitirlo, ese chiquillo pagaria caro haberse cruzado en su camino y haber engañado a su pequeña. Cerró la panaderia y gastó sus ahorros en rastrear y encontrar a su niña, finalmente dio con ella en una casa a las afueras de Nashkell. Viajó hasta la villa y encontró la casa que le habian indicado.
Teodoro sintió una gran satisfacción al ver la cara de horror de su hija al abrir la puerta. Eso estaba bien, si ya no le tubiera miedo la habria perdido... Pero aun le temia, y con razón. El panadero agarró a su hija del cuello y la estampó contra la pared más próxima, dándole una buena paliza. Ella le habia obligado a castigarla, la odiaba por hacerle eso. Cuando se calmó, se dio cuenta de que Teofila no se movia del suelo. Se agachó para tomarle el pulso... ¿Estaba muerta? No tenia pulso... Pero no podia estar muerta, era ella la que le habia abandonado. Lo mejor seria marcharse y dejar que viviera su vida, después de todo él era un buen padre. Si ese degenerado acababa matandola él se lo habia advertido.
Ya llevaba varias leguas de camino a Athkatla cuando decidió dar la vuelta. Ese chiquillo era muy listo, ¿Y si mataba a su hija y luego lo acusaba a él? ¿Iba a permitir semejante humillación final? Apenas le quedaba nada, no tenia dinero, habia perdido a su hija y su negocio... Sin embargo sentia un gran odio por ese chico. Aun no podia volver a Athkatla, quedaba un cabo suelto que atar.
Tras dar media vuelta y recorrer de nuevo el camino hasta la casa abandonada, encontró al chiquillo llorando sobre el cuerpo de su hija. ¿Ya la habia matado? Un odio enconado le encogió el corazón y le hizo saltar sobre su enemigo. Ambos hombres se enzarzaron en una pelea en el suelo, finalmente Teodoro deseó con todas sus fuerzas hacerle sentir a su rival todo el dolor que él habia sentido, y de sus manos brotó un poder oscuro que abrió varias heridas en su presunto yerno. Aprovechando que el chiquillo se retorcia de dolor en el suelo, Teodoro cogió su cabeza y la golpeó contra el mismo una vez, dos, siete, quince... Tardó varios minutos en volver a tomar conciencia de si mismo.
La satisfacción, el poder, la culpa y el autoengaño se entremezclaban en la confusa mente de Teodoro mientras miraba a su alrededor. Lo habia perdido todo... Pero algo nuevo habia nacido en su interior. El odio que sentia no se habia disipado, sino alimentado con todo lo ocurrido. Ahora mismo el odio era lo que lo mantenia con vida y le daba fuerza. Tambien sentia cierto alivio... No pudo más que dar las gracias a ese poder que habia conectado con su alma de forma tan profunda.
Tras enterrar a su hija y yerno bajo la nieve, Teodoro volvió a su ciudad natal. Tenia una larga tarea por delante...