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Terruce Clark

Nythria

Enano con acento ruso
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25/5/14
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30
Élohim estaba destrozada. Acababa de dar a luz a su primera hija en un lugar inhóspito e indeterminado en mitad de cualquier parte. Estaba lejos de cualquier aliado, malherida y sin esperanza alguna de recibir ayuda. Su hija era una carga prescindible, pero por un motivo que no podía explicar (quizá, en el fondo, sí era más buena de lo que parecía...) se sentía incapaz de abandonarla. Quizá no quería morir sola, pues sus intentos por convertirse en una sacerdotisa poderosa y bendecida por la gracia de su dios habían fracasado, y con ellos se habían llevado todas sus amistades, todas sus posibilidades... todo. Todo por simple y pura ambición personal. Su cuerpo no aguantaría mucho más, y Cyric no parecía querer ayudarla en aquellos momentos.

Uno.

Dos.

Tres.

El sonido que produjeron las cuerdas de aquellos tres arcos al destensarse fue tal que hizo que varios de los cuervos que descansaban sobre algunas de las ramas de los árboles de circundantes saliesen espantados, graznando de forma desagradable. Tres flechas recorrieron en una perfecta línea recta la distancia que separaba a aquellos humanos de la elfa, que, temerosa, corría casi a ciegas. Todo lo que le importaba era mantener a su bebé con vida.

Gritó desesperadamente. En a penas un par de segundos las flechas la atravesaron, destrozando varias vértebras y provocándole la pérdida de un ojo. Pero daba igual; estaba muerta.

—Gracias al cielo. —Comentó uno de los hombres. —Por fin podremos descansar, al menos durante una temporada.
—¿Descansar? Ésta no era la única cyrita, ¿has perdido la cabeza? Quedan muchos más a los que aplastar como a insectos. —Comentó rápidamente la única mujer del grupo, claramente sorprendida.— Piensa en todos los demás. —Añadió, refiriéndose a todos sus compañeros que, en un momento u otro, perecieron realizando un bien común.

Cuando se dieron la vuelta, con intenciones de marcharse y dejar el cadáver de la mujer allí, escucharon un pequeño gemido que pronto se convirtió en un potente y alarmante llanto.

—¡Mirad! —Comentó el tercero apartando el cadáver de Élohim y dejando ver el cuerpo de un bebé que milagrosamente había sobrevivido a la violenta caída de su madre, con la cual debería haber muerto también, y que se limitaba a frotarse los ojos tratando de deshacerse de la sangre con la que se había empapado.
—Apesta a maldad. Dadle una muerte rápida y vayámonos. —Respondió el primero apartando la vista.
—¿No irás en serio, verdad, James? ¡No podemos abandonarlo! No tiene culpa de lo que haya hecho su madre, ¡podemos cambiar su destino! —Dijo la chica casi al instante.
—Es una elfa... ¿Conoces a algún elfo que quiera hacerse cargo de ella? Porque yo no. —Pero entonces comprendió que no podían cometer una brutalidad como aquella. Debían quedarse con la cría.

Al cabo de un par de días una humana de avanzada edad y de nombre extraño se presentó en la posada en la que el grupo había pasado la noche, accediendo a quedarse con la pequeña. Por lo visto los rumores corrían rápido en Amnagua...

Con el paso de los años la anciana enseñó a la chica (a la cual llamó "Terruce", como hizo previamente con su hijo, el cual murió a los pocos meses de nacer) todo lo que necesitaba para poder "sobrevivir" en la sociedad amniana (leer y escribir en varios idiomas), le habló de las diferentes deidades, y le explicó que, según lo narrado por el grupo que la "rescató de las garras de una terrible cyrita", había sido bendecida con la gracia de Tymora, pues sobrevivió a una caída prácticamente mortal. También le habló de la importancia de la preservación del conocimiento y la grandeza de Oghma, el Atador, el Padre del conocimiento, lo que la motivó a canalizar sus creencias hacia estos dos dioses.

Cuando se produjo el desenlace en la vida de la anciana Terruce se vio obligada a empezar una nueva vida con lo poco que la sabia aunque pobre anciana le había dejado, por lo que decidió lanzarse a la aventura, a ganarse la vida como una mujer de bien, ¿y qué mejor que la Ciudad de las Oportunidades para empezar?

—¿Cómo te llamas, chica? —Preguntó el tabernero antes de entregarle las llaves de una de sus habitaciones.
—Terruce. —Se limitó a contestar ella, con tono dulce.
—¿Terruce? Menudo nombre más raro... ¿Terruce qué más?

Y entonces se dio cuenta de que no tenía un apellido propio; no había heredado el de su madre biológica (la malvada cyrita) y tampoco el de su madre adoptiva (la sabia anciana). ¿Eso significaba que podría escoger su propio apellido?

—Clark. —Respondió tras unos segundos. —Sí, eso es, Clark. Terruce Clark, aventurera, honrada trovadora y futura comerciante.
 
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