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Tognar Tamborbrillante

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AL SON QUE MARCAN EL
HACHA Y TAMBOR

Me llamo Tognar, hijo de Tegner, nieto de Talin… y si preguntas por ahí, te dirán que también soy el único enano capaz de ganar una pelea… ¡y luego ponerle banda sonora!​
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Nací bajo las montañas de Kazad Gromdal, donde el hierro canta, la piedra respira y los enanos… bueno, los enanos gritamos mucho antes de hacer nada. Allí aprendí pronto dos cosas: que el honor es más duro que el adamantio… y que si no sujetas bien tu jarra, alguien te la vacía.

Mi padre, Tegner, era de esos enanos que no sonríen ni cuando ganan. Un muro con barba, vaya. Él me enseñó lo importante:

“Muchacho, el hacha no es para lucirse, es para partir cráneos.”

Y yo asentía… mientras intentaba levantar un hacha que pesaba más que yo.

Mis primeros entrenamientos fueron… cómo decirlo… educativos.

Una vez intenté hacer un giro “elegante” con el hacha. Acabé girando yo… y el hacha siguió su propio camino. Casi derribo a tres reclutas y una cabra. Mi padre solo dijo:

“Bien. Has aprendido lo que NO hay que hacer.”

Así era el cariño en mi casa. Pero no todo era hacha y sudor. Mi madre… ah, mi madre tenía otro don. Ella no rompía huesos, rompía silencios. Cantaba como si los dioses enanos, Moradin, Clangeddin y toda la santa barba del panteón, la escucharan directamente.

Y algo de eso se me pegó. Al principio nadie lo notó. Yo golpeaba cosas… como todos los niños enanos. Pero mientras otros daban golpes sin sentido, yo… marcaba ritmo. Tum, tac, tum-tum, TAC.

Una vez, en pleno entrenamiento, empecé a golpear mi escudo con los martillos siguiendo un compás. Sin darme cuenta, los demás empezaron a coordinarse conmigo.

Mi padre lo vio. Frunció el ceño. Y eso, en él, era como un aplauso.

“Otra vez, muchacho.”

Y lo hice. Más fuerte. Más claro. Más… mío.

Pronto cambié el tambor por lo que tenía a mano, mi escudo. Y las baquetas… bueno, ¿quién necesita baquetas teniendo dos martillos o un hacha enana? Así nació mi estilo. Nada de delicadezas élficas ¡puaj!. Aquí se toca golpeando como si el enemigo fuera el instrumento… o el instrumento el enemigo.

Y entonces ocurrió algo curioso. En batalla, cuando el ritmo subía, mis compañeros luchaban mejor. Más rápidos. Más valientes. Más… enanos. Como si cada golpe despertara algo antiguo en sus venas. Magia, decían algunos. Yo digo que es buen gusto musical.

Mi padre empezó a entrenarme distinto. Ya no solo me enseñaba a matar orcos, que, por cierto, siempre fue mi pasatiempo favorito desde crío, sino a hacerlo… con estilo.

“Si vas a aplastar un orco, haz que suene bien al caer” decía. Y yo obedecía.

Desde pequeño también tuve otras prioridades como beber cerveza (aunque me la aguaran), jugar (aunque acabara en pelea), y gritar “¡brbrbrbr vamos a abrir la caja de las galletas y aquí recibirá hasta el príncipe!” antes de lanzarme contra cualquier cosa verde que respirara.

En Kazad Gromdal aprendí lo que significa ser parte de algo más grande. “Somos una cota de mallas”, dicen. Yo siempre pensé, sí… pero alguna cota necesita ritmo. Y ahí entro yo.

Hoy soy lo que algunos llaman una especie de “cantor de guerra”. Otros dicen “ese enano ruidoso con barriga”. Yo prefiero Tamborilero de guerra.

He unido el brazo firme de mi padre con el alma ruidosa de mi madre. Y cuando golpeo mi escudo, cuando mis martillos cantan, cuando el hacha marca el compás

…los enanos avanzan.
…los enemigos tiemblan.
…y la batalla suena como debe sonar.

Como una buena canción, ruidosa, violenta… y con cerveza al final.

Porque si no hay cerveza después… ¿para qué demonios hemos luchado?
 
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