Ya entrada la noche, la serenidad del campamento se vio levemente perturbada. La puerta de uno de los carros se abrió con un suave y quejumbroso chirrido, dejando entrever una figura menuda y delgada. La silueta se detuvo frente al majestuoso grifo que dormitaba en el improvisado cobertizo y acarició con ternura el cuello de la bestia en un gesto afectuoso.
Lentamente, la figura avanzó entre los carros del campamento, envolviéndose en el familiar aroma que lo impregnaba: la mezcla de leña quemada de algunas fogatas, el vino, los animales, las exóticas especias de las comidas y el olor a hierba y arboleda característico de los claros donde solían establecerse temporalmente los campamentos. En cada paso, se percibía un aire de calma, una quietud que parecía detener el tiempo en un campamento que siempre rebosa vida.
Gradualmente, la silueta de Cass se desvaneció entre las sombras del campamento, adentrándose en la arboleda situada al oeste. Avanzó cautelosamente hasta llegar a un pequeño estanque, donde la tenue luz de Selúne en cuarto menguante y un cielo despejado y estrellado proporcionaban un ambiente de misterio y tranquilidad. El joven gur buscó un lugar para sentarse junto al estanque y, afortunadamente, encontró un cubo de metal y una banqueta, probablemente utilizados por alguna mujer del clan para lavar la ropa. Cass se acomodó en el taburete con movimientos pausados e inspiró profundamente, intentando relajarse.
Desde su regreso de Nashkel, era frecuente que Cass percibiera sombras amenazantes acechándole por el rabillo del ojo. A menudo, incluso cuando no había sombras presentes, las veía y le costaba mucho convencerse de que no eran reales y no representaban un peligro. El ambiente enigmático y sereno del estanque, bajo el cielo estrellado, parecía ser el refugio perfecto para enfrentar sus temores y encontrar algo de paz bajo la luz de una Selúne en cuarto menguante.
El zíngaro comenzó a desvestirse con delicadeza, dejando a un lado su desgastada bufanda roja con numerosos retazos de otros colores, que le identificaban como un miembro importante de un clan. Después, procedió a desabotonar la capucha y, al llegar a la coraza de cuero tachonado, Cass no pudo evitar emitir un par de quejidos, resultado de los golpes recibidos en la última batalla; al igual que en la vida, todo parecía doler más una vez asentado. Finalmente, se quitó las vendas del brazo derecho, y aunque la luz del sol no era necesaria, podía leer algunos de los nombres escritos en ellas. Desnudo de cintura para arriba, el gur buscó en uno de sus bolsillos una piedra de luz que le había obsequiado Aryan. La sonrisa que le provocó aquel bonito gesto del guerrero, que sin razón alguna se preocupaba por alguien como él, fue un pequeño alivio.
Al activar la piedra, ésta comenzó a brillar en un tono azulado, iluminando a Cass con su resplandor. En ese momento, fue él quien pareció brillar, gracias al efecto mágico y reconfortante de aquel regalo. El ambiente sereno y enigmático se vio realzado por la cálida luz, ofreciendo un refugio ideal para enfrentar sus miedos y encontrar algo de paz en la noche.
Ahora que Cass resplandecía gracias a la acción de la piedra, pudo verse reflejado en el estanque. La figura que el agua le devolvía provocó que el gur mostrara una mueca de desagrado. Los ojos verde oliva del gitano seguían siendo los mismos, sus expresivas cejas negras estaban alli, solo que ahora eran de un color blanco apenas distinguible de su piel, dando la sensación de no estar allí y provocando cierta inexpresivdad en el rostro del gur. Aunque sus facciones continuaban siendo las de siempre, con su nariz gruesa y achatada como la de un luchador y la mandíbula recta y filosa, el nuevo color de piel blanco como la luna hacía que la jovial cara del gur pareciera la de un espectro, una burla de lo que era, un semblante inexpresivo y demacrado.
El gitano rompió la imagen que le devolvía el estanque sumergiendo sus manos en el agua y aprovechó para mojarse el cuerpo, limpiándose. Finalmente, empapó toda la zona de la cabeza y, acto seguido, sacó una navaja filosa para afeitar el pelo rubio que crecía en su ahora reluciente cabeza. Desde que el gur había adquirido esa nueva condición, intentaba raparse cada dos días. El pelo blanco era una última broma que no podía soportar, y prefería eliminarlo por completo antes que verlo.
Mientras deslizaba la cuchilla, el gur reflexionó sobre cómo había llegado allí, los sacrificios que habían tenido que hacer sus compañeros y él mismo. Los objetos entregados, los recuerdos que finalmente retornaron. Estos recuerdos le dolían, tal vez todo fuera en parte su culpa. Al fin y al cabo, él decidió golpear un cristal que no entendía, perteneciente a un ritual incomprensible para el, custodiado por cuatro enormes sombras cuya naturaleza no podía describir, en un plano cuyo nombre desconocía. Se sentía culpable por su insensatez, pero por más que repasaba mentalmente cómo habían llegado a ese punto, no veía una solución mejor.
Cuando las sombras intentaron llevarse a Aramitz y Tada, el gur se negó al sacrificio de sus amigos. Habían llegado juntos y prefería desatar un pequeño infierno sobre las sombras y morir, antes que permitir que alguien inocente pagara por los pecados ajenos. Así que, sin argucias en la mente, hizo lo otro que sabía hacer además de crear planes disparatados: golpear primero, golpear rápido y golpear fuerte. Golpear incluso sin su lanza, usando la que le dieron por participar en una guerra ajena, una lanza que ni siquiera era tal, sino algo ligeramente más pequeño. Claro, tampoco podía esperar mucho más de los elfos de Amn.
Los golpes quizás no fueron demasiado efectivos, pero parecieron insuflar determinación al grupo. La escena distaba mucho de ser una batalla épica como las que se cuentan en Amn. Desde la distancia, debió parecer nueve insectos peleando contra gigantes. Faolan disparaba las pocas flechas que le quedaban tras defender Nashkel de los gritos de las banshees, apenas logrando dañar a las enormes sombras. Selhana apenas podía alzar su voz para infundir valor a sus aliados. Erven Nailo buscaba entre sus varitas algo con lo que apoyar a sus compañeros o dañar a las sombras, mientras Misog, el mago de lo aberrante, gastaba las últimas cargas de sus varitas de tromba menor de proyectiles, intentando dañar a las criaturas.
Y en el frente... En el frente, Aramitz soportaba las embestidas de las bestias, luchando como un felino endemoniado. Esquivaba y cortaba sin descanso, aunque el daño parecía mínimo. Tada resistió con su escudo a las sombras hasta que sus fuerzas se agotaron, siendo, como siempre, un baluarte para los suyos. La Ha'Valen ejemplificaba la situación: una mujer, alejada de las disputas y los juegos de dioses y héroes, en pie, con el arma en alto, dispuesta a hacer lo necesario para ganar por sus propios medios. Por último, Selise insuflaba energía positiva a quienes estaban a punto de desfallecer, permitiéndoles seguir luchando aunque la lógica dictara que debieran caer rendidos al suelo.
Y la batalla se prolongó hasta que, poco a poco, las sombras cayeron, no por una fuerza heroica de los presentes, sino por algo tan sencillo como el tesón y plantarle gónadas. Por negarse a caer mientras el enemigo estuviera en pie.
La oscuridad finalmente retrocedió ante la luz de su coraje. Los últimos vestigios de las sombras se disiparon como el humo, dejando a los luchadores exhaustos pero victoriosos. Habían enfrentado lo desconocido y lo aterrador, y juntos habían prevalecido.
Con las sombras derrotadas, solo quedaba el cristal. Sin magia para intentar disiparlo nuevamente y con la ciudad de Nashkel sitiada por Kallan y sus hordas, el gur recordó la imagen de Ross, ese enorme escudo de gigante corazón, conteniendo a Kallan mientras llegaban los refuerzos. También recordó a Acala, quedándose para ayudar a sus amigos a defender la ciudad, pero en especial defender a una familia que trascendía la sangre o la raza. Entonces, el gur tomó una decisión: si el cristal debía romperse, lo haría sin perder un solo segundo. Así que se adelantó y golpeó con la lanza corta, provocando que el cristal se quebrara y desencadenara una enorme explosión.
A partir de ese momento, todo en su cabeza se volvió confuso. Recordaba huir del plano en desmoronamiento, con una enorme sombra persiguiéndolos. Recordaba llegar a Nashkel y poco más.
Recordaba la ciudad devastada, los llantos y los vítores, los abrazos y las lágrimas, y pensar: "Van a repartir muchas medallas hoy". Recordaba el primer gesto efusivo de una fregona hacia un príncipe, y abrazar a sus seres queridos, quedando exhausto sobre Aramitz sin fuerzas para levantarse.
Pero entonces, si todo había terminado bien, si todo era como tantas otras hazañas heroicas que surgían en estas tierras, ¿por qué él y sus amigos seguían pagando un alto precio? ¿Por qué siempre Tymora tenía preparada una última broma y el destino exigía un último pago? El gur sabía que fue un error golpear ese cristal, pero algo en su interior afloraba; quizás era un pensamiento mezquino, pero no podía evitar sentir que los errores de otros se saldaban de manera diferente a los suyos.
El gur miraba ahora su reflejo en el agua, su gesto agriado y casi desesperado. Finalmente, tras unos segundos, alcanzó a decir en voz alta:
- Hijo de puta... Qué calvo estás.
Y sonrió, sonrió comprendiendo (otra vez) que el mundo no siempre era justo, que muchas veces hacer lo correcto significaba tragar paladas de estiércol. Que daba igual ser un héroe con mil medallas o un bufón con amor por los disfraces y el exhibicionismo. Lo que de verdad importa es hacer lo correcto, como bien dice Sulion, y hacer lo correcto no es sinónimo de ser recompensado. Puede que él y su entorno siempre paguen caras las victorias, pero seguirán pagándolas si es lo que toca. Y mientras tanto, buscarán un remedio para este nuevo problema, porque si había algo en lo que el gur era mejor que en pelear, era en crear planes estúpidos; quizás alguno llegaría a funcionar. El gitano miró una última vez a su reflejo, esta vez con semblante sonriente, y se dijo:
- Derrota tras derrota, hasta la derrota final.