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Tres anillos.

Leaf

Enano con acento ruso
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I. Ocaso.

-Te dije tres, Ronín, tres. No cuatro, ni dos, ni cinco ni diecisiete. Tres trenzas.

-Sí, mamá. Lo siento. -Ronín suspiró y empezó a repeinarse la barba de nuevo mientras su madre pegaba vigorosos manotazos a la capa.

-Esta capa tiene polvo, maldita sea. Que pensará tu padre si... -calló de repente, emitió un sonoro sollozo y dio manotazos más enérgicos a la prenda de ropa.

Se hizo el silencio. Últimamente había mucho de ello en casa. Como si de un gran reino abandonado se tratara, la muerte de Padre había convertido los humildes pasillos de Piedralarga en salones vacíos de luz y vida, en recuerdos. En un Reino Enano moribundo.

Ronín acabó con su barba, de un rojo ígneo y lustroso, colocando cuidadosamente los anillos en las puntas. Cada uno de ellos, forjado en plata, dejaba caer una cadena de la que pendía un pequeño ónice tallado, el rango de Padre en la Iglesia. Era el deber y el privilegio del hijo mayor guardar los Anillos hasta que otro talhund de Dumazhoin reclamara el derecho a cuidarlos. Y para ello podían pasar décadas.

-A ver, gírate -Madre le dio la vuelta de un empellón alisándole con unos últimos manotazos los hombros. Su traje, en púrpura y rosa (colores de su familia) lucíría bien a ojos de la pequeña comunidad enana. Eran telas buenas, fieltro y pana, gruesas y suaves, confeccionadas con esmero. Era un regalo de la Casa Tangram, patrones de su familia en Iriebor, al conocer la muerte de un socio tan importante como Khorin Lanzadepiedra. Si tal regalo tenía algún significado oculto dentro de la compleja política de casas comerciales de Iriebor, a Ronín se le escapa. No hacía tanto que vivía allí y prefería mantenerse distanciado de tales intrigas mientras no afectaran al comercio de su propia familia.

Madre sonrió débilmente.

-Estás muy guapo, hijo.

Ronín sonrió un poco también, y se abrazaron.

El silencio de la casa se rompió en mil pedazos, un millar de lágrimas demasiado tiempo retenidas.
 

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Enano con acento ruso
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II. Telaraña.

La puerta se abrió con un crujido, dejando entrar el frío aire de la mañana. Junto a él, un enano embozado en ropas de viaje se sacudió la lluvia como un perro mojado.

-Por las pelotas de Moradin, cómo odio viajar con este tiempo.

Nadie contestó. Para variar, el silencio acompañaba al enano desde hacía unos meses, como si intentara decirle algo. Pero claro, entender algo dicho por el silencio era una ardua tarea para un enano como Ronín.

Se quitó la capa y la tendió en una silla, junto al fuego que afortunadamente ardía ya en la posada, sentándose al lado y colocando, de paso, los pies desnudos lo más cerca posible del fuego. El sonido de sus pesadas botas al caer si alertó a Tera, quien apareció por la puerta de la cocina con un cuchillo en una mano y una patata a medio pelar en la otra.

-Buenos dias, maese Lanzadepiedra... por decir algo. -dijo mirando por la ventana de cristales tintados.

-Buenos dias, Tera. -suspiró profundamente- ¿Me traes una jarra de cerveza, pequeña? Calientala un poco al fuego, si puedes.

Mientras la mujer volvía a la cocina, Ronín se hundió en sus pensamientos, acariciándose una trenza de la barba. Los negocios no iban demasiado bien desde la muerte de Padre. La Casa Tangram, a quien los Lanzadepiedra proveían de plata desde hacía más de treinta años, había utilizado la muerte de su dirigente como excusa para dar por terminado el contrato mercantil y negociar uno nuevo. Y las condiciones no eran, precisamente, inmejorables. En Iriebor se decía que nuevos proveedores, mantenidos en secreto, estaban superando la oferta de la familia de Ronín a los Tangram, y que sólo se les mantenía a éstos en nómina por el respeto que se profesaba a Padre en vida dentro de la Casa. Pero al morir éste, se decía que pronto se prescindiría de sus servicios. Al parecer, el nuevo contrato era un primer paso necesario para que la reputación de los mercaderes tangramitas no se viera dañada. Si era cierto o no, Ronín lo ignoraba, pero la verdad era que tanto el precio como la cantidad de plata solicitada había decrecido mucho en el último año.

Diligente, Tera trajo una jarra de arcilla lustrada por los años llena de un espumeante caldo negro, junto a una fuente de coles con patatas cocidas. Ronín dio cuenta del desayuno mientras el sol hacía un poco más llevadera la mañana amaneciendo entre las nubes. Pronto llegaría la caravana, algunas horas por detrás de él.

Tras la entrega podría volver a su casa en la Torre Faybnur y hablar con algunas personas. Iba siendo hora de mover ficha.
 

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Enano con acento ruso
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III. Gambito.

Ronin daba vueltas y más vueltas en su pequeña casa. Empezaba desde la puerta, de roble viejo y pulido, y seguía casi exactamente el mismo camino desde hacía una hora. Pasaba cerca de su escritorio, paraba, acariciaba la pequeña caja de caoba donde guardaba los anillos de Padre. Miraba por la ventana, abajo, muy abajo, tan abajo que le entraba vértigo. Se acercaba a la cama, pasaba por delante de la puerta que daba al resto de la casa, y vuelta a empezar.

Como sus pensamientos. Su Padre había muerto, su familia menguaba bajo la Maldición de Noctum. La Casa Tangram tenia un nuevo proveedor, un proveedor lo bastante discreto como para protegerse de que el enano supiera quien era. Le había costado algo de influencia, y mucho oro de la familia, intentar averiguar su procedencia. Su pequeña posición como proveedor de una casa menor no era mucho, y era menos desde hacía un tiempo. El contrato de exclusividad le impedía buscar otros compradores. Y si rompía el trato, su reputación caería en picado. No eran nadie, y a nadie importaban. Y menos, ahora, con padre muerto.

Y vuelta otra vez.

La puerta. Noctum. Los anillos que nadie reclamaría. Tangram. La ventana. Un soldado.

Un soldado subiendo por las escaleras de la torre Faybnur.

A Ronin se le aceleró el corazón. Se alisó la túnica y se mesó las trenzas, salió de su habitación hacia el salón y de ahí al recibidor de sus dependencias. Llegaba su información, por fin. Había sobornado, a traves de Finta Joyarota, a uno de los aduaneros de Almacenes. Sólo un vistazo al cargamento, nada más. Una runa, una marca, algo característico en los lingotes. Ronín haría el resto. Habian pasado dias, hasta que los hombres de Tangram trajeron una caravana a Iriebor. La entrega se hacía en otro sitio, al parecer, pues nunca nadie diferente a la guardia de la casa llegaba a la ciudad. El espionaje industrial era peligroso. Le habia costado oro, mucho oro. Demasiado. Pero ahora tendría algo.

Un rumor en el pasillo lo puso en alerta. Esperó, pero nadie llamó a la puerta, sino que un pequeño papel se deslizó por el quicio inferior. Después, nada.

Ronín estuvo unos minutos observando el papel, antes de cojerlo. Era un minúsculo retazo, algo arrancado de un pergamino de informe barato. Algo que podía pasar desapercibido. Algo sin importancia que, para él, contenía una de las cosas más importantes ahora mismo. Lo abrió.

Se sentó en silencio en el sillón, y su mirada se perdió en el cielo durante horas. Rompió el mensaje en minúsculos trocitos y dejó que el viento se los llevara, uno a uno, contemplando ausente su vuelo.

En el papel habían dibujado toscamente dos runas enanas, las que marcaba su propia familia, los Lanzadepiedra.
 

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