Labaro
Enano con acento ruso
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Me llamo T’sai Harad, nací en el seno de una familia en algún lugar de las tierras de Tezhir, debo decir en algún lugar pues no se donde reside realmente mi linaje, pero eso ya poco importa. Hace muchos años que desconozco de cual es mi lugar en este mundo. No se realmente quien soy y mucho menos puedo saber a donde voy. Ya desde muy joven me di cuenta que no era del todo como los demás, mi piel siempre mas blanca que la del resto y mi pelo blanco como la leche de vaca… si, es lo que parece, soy alvino de nacimiento. Como todos sabemos siempre hay ovejas negras en las familias, pues a mi me ha tocado ser la blanca.
Cuando nací no recibí el nombre de T’sai Harad, si no el de Nelson Cashran, perteneciente a algún linaje que se supone noble de las tierras de Tezhir. Ahora mismo eso carece de importancia, no puedo guiarme por lo que he sido si no por lo que puedo llegar a ser. EL nombre de T’Sai Harad se me otorgó en un monasterio pequeño, situado en las fronteras de Amn. A menudo me pregunto como pude acabar ahí, pues bien, mi maestro me lo contó todo con pelos y señales. Realmente me gustaría contaros una historia épica, en la que mis padres debieron dejarme en el monasterio para salvarme de las garras de un dragón o algo peor, pues no, no es así, aunque a veces lo preferiría. La verdad, la pura verdad es que mis padres decidieron deshacerse de mi por mi aspecto…, ¿Quién puede querer a un joven muchacho alvino que siempre será el hazme reir de todos los que le miren?, esta claro que nadie…, o mejor dicho, nadie que pertenezca a la nobleza y anteponga el que dirán por encima de sus propios hijos. Debido a lo ya contado, mis “padres” me dejaron en las puertas del monasterio, justo en ese momento mi maestro, Zs’eili Harad abrió la puerta al oír un ruido que se asemejaba al llanto desconsolado de un bebe cercano a los dos meses de edad. Al encontrarme allí alzo la mirada al infinito, viendo como un carruaje se alejaba a paso ligero a tierras de Tezhir. ¿Cómo supo mi nombre?, fácil, lo intuyo después de verlo escrito en las prendas de ropa que portaba ese bebe, ¿Cómo supo el apellido?, aun mas sencillo, el sello en miniatura con el escudo familiar se encontraba en mi dedo índice.
Con estos datos es muy fácil pensar que a los pocos años ya habría encontrado a mis padres, pues no, jamás quise volver a buscarlos, el monasterio me dio todo lo que pude anhelar. Unos buenos maestros que me enseñaron todo lo que necesité siempre, unos buenos compañeros tanto de juego como de entrenamiento, y un mentor responsable que al hacerse cargo de mí, me doto de un apellido y un nombre digno de portar. De donde yo vengo, la existencia de los dioses no se niega, pero nuestras creencias se mueven mas por la existencia de espíritus a los que denominamos espíritu guía. De esta forma, el nombre que se nos otorga sale de la mezcla del nombre de cual será nuestro espíritu guía y el apellido de nuestro mentor, de ahí que el mio fuese T’sai (espíritu guía) y Harad (mentor). Esto crea una línea de sucesión directa en los menesteres del monasterio.
Realmente, mi maestro pocas veces me ha llamado por el nombre que me concedió, si no mas bien por el pseudónimo que cariñosamente me puso cuando aún tenía tan solo ocho años. Este pseudónimo es “lobo blanco”. En una de las clases que se nos impartía, nos enseñaban de forma teórica el como debemos entrenar tanto el cuerpo y la mente, y como la comunión de ellas en un único ser hará de nosotros el ser perfecto. Tras unos minutos hablándonos de ello, el maestro al frente de la clase comenzó a decirnos que siempre que viajásemos juntos debíamos protegernos los unos a los otros, como hace una manada de lobos, nunca separándose, pues un ser en si mismo no es nada en comparación a un grupo bien avenido. Tras ello, nos dieron un tiempo de esparcimiento, unos minutos de reflexión y de juego en el patio del monasterio, con tan mala suerte que pude ver como mi maestro y tres mas estabas discutiendo acaloradamente con unos señores que realmente iban armados hasta los dientes. Haciendo acopio de mis habilidades de subterfugio me acerque, asegurándome que no me veían, y observando en todo momento lo que sucedía. Pasaron los minutos, unos incesantes minutos, cuando el deslizar del acero se clavo en mi oído como un alfiler en la piel, abrí los ojos como platos, no podía permitir que nadie saliese mal parado de allí, y creí que el factor sorpresa del que yo contaba nos ayudaría, y así fue. Salí corriendo gritando despavorido hacia aquel hombre armado, el cual se giro hacia mi lanzando un golpe descendente a una altura bastante superior a la mía, ya que aquel insensato esperaba a alguien de su altura. Tal golpe me rajo media cara, haciéndome caer al suelo de un solo impacto, cuan suerte la mía, solo me dio con la punta… tras mi caída varios maestros se abalanzaron sobre ese mequetrefe y le dieron su justo castigo.
Una voz resonó en la sala gritando, “T’sa Harad despierta”, tan solo oí mi nombre por un momento, abrí el ojo que quedaba intacto y pude ver la sangre en el suelo. Aviste a mi mentor, lo mire con mi ojo aun sano y solo con unas palabras le respondí “Somos una manada de lobos… ¿no es así?”, mi mentor no puedo evitar sonreir al ver que mi herida, pese a profunda, no me causaría mas que una fea y enrome cicatriz, y que pese a todo, no perdería mi ojo derecho, y con una leve sonrisa me dijo, “si que lo somos y tu eres nuestro lobo blanco”. Realmente no recuerdo todo a la perfección, pero con tantas veces que me lo han contado creo que es mas que suficiente para creer que lo recuerdo.
Tras todos mis años en el monasterio estaba claro que necesitaba salir. Mi mentor y maestro esta mayor, y no necesito mas de él para continuar mi camino, pero tampoco estoy preparado para iniciarme en entrenar a un nuevo joven. A mis diez y ocho años me enfrento a la dura tarea de vagar por el mundo solo, y terminar mi entrenamiento por mi cuenta, ¿Cuál será mi destino? No lo se, pues lo que me llevará al final, serán mis pasos no el camino.
Al salir del monasterio dos rumbos podía seguir, Tezhir o Amn, por razones mas que obvias escogí estas tierras, el pasado queda en el olvido para mí.
Soy T’sai Harad y vengo a labrar mi futuro por medio de mis pasos.
Cuando nací no recibí el nombre de T’sai Harad, si no el de Nelson Cashran, perteneciente a algún linaje que se supone noble de las tierras de Tezhir. Ahora mismo eso carece de importancia, no puedo guiarme por lo que he sido si no por lo que puedo llegar a ser. EL nombre de T’Sai Harad se me otorgó en un monasterio pequeño, situado en las fronteras de Amn. A menudo me pregunto como pude acabar ahí, pues bien, mi maestro me lo contó todo con pelos y señales. Realmente me gustaría contaros una historia épica, en la que mis padres debieron dejarme en el monasterio para salvarme de las garras de un dragón o algo peor, pues no, no es así, aunque a veces lo preferiría. La verdad, la pura verdad es que mis padres decidieron deshacerse de mi por mi aspecto…, ¿Quién puede querer a un joven muchacho alvino que siempre será el hazme reir de todos los que le miren?, esta claro que nadie…, o mejor dicho, nadie que pertenezca a la nobleza y anteponga el que dirán por encima de sus propios hijos. Debido a lo ya contado, mis “padres” me dejaron en las puertas del monasterio, justo en ese momento mi maestro, Zs’eili Harad abrió la puerta al oír un ruido que se asemejaba al llanto desconsolado de un bebe cercano a los dos meses de edad. Al encontrarme allí alzo la mirada al infinito, viendo como un carruaje se alejaba a paso ligero a tierras de Tezhir. ¿Cómo supo mi nombre?, fácil, lo intuyo después de verlo escrito en las prendas de ropa que portaba ese bebe, ¿Cómo supo el apellido?, aun mas sencillo, el sello en miniatura con el escudo familiar se encontraba en mi dedo índice.
Con estos datos es muy fácil pensar que a los pocos años ya habría encontrado a mis padres, pues no, jamás quise volver a buscarlos, el monasterio me dio todo lo que pude anhelar. Unos buenos maestros que me enseñaron todo lo que necesité siempre, unos buenos compañeros tanto de juego como de entrenamiento, y un mentor responsable que al hacerse cargo de mí, me doto de un apellido y un nombre digno de portar. De donde yo vengo, la existencia de los dioses no se niega, pero nuestras creencias se mueven mas por la existencia de espíritus a los que denominamos espíritu guía. De esta forma, el nombre que se nos otorga sale de la mezcla del nombre de cual será nuestro espíritu guía y el apellido de nuestro mentor, de ahí que el mio fuese T’sai (espíritu guía) y Harad (mentor). Esto crea una línea de sucesión directa en los menesteres del monasterio.
Realmente, mi maestro pocas veces me ha llamado por el nombre que me concedió, si no mas bien por el pseudónimo que cariñosamente me puso cuando aún tenía tan solo ocho años. Este pseudónimo es “lobo blanco”. En una de las clases que se nos impartía, nos enseñaban de forma teórica el como debemos entrenar tanto el cuerpo y la mente, y como la comunión de ellas en un único ser hará de nosotros el ser perfecto. Tras unos minutos hablándonos de ello, el maestro al frente de la clase comenzó a decirnos que siempre que viajásemos juntos debíamos protegernos los unos a los otros, como hace una manada de lobos, nunca separándose, pues un ser en si mismo no es nada en comparación a un grupo bien avenido. Tras ello, nos dieron un tiempo de esparcimiento, unos minutos de reflexión y de juego en el patio del monasterio, con tan mala suerte que pude ver como mi maestro y tres mas estabas discutiendo acaloradamente con unos señores que realmente iban armados hasta los dientes. Haciendo acopio de mis habilidades de subterfugio me acerque, asegurándome que no me veían, y observando en todo momento lo que sucedía. Pasaron los minutos, unos incesantes minutos, cuando el deslizar del acero se clavo en mi oído como un alfiler en la piel, abrí los ojos como platos, no podía permitir que nadie saliese mal parado de allí, y creí que el factor sorpresa del que yo contaba nos ayudaría, y así fue. Salí corriendo gritando despavorido hacia aquel hombre armado, el cual se giro hacia mi lanzando un golpe descendente a una altura bastante superior a la mía, ya que aquel insensato esperaba a alguien de su altura. Tal golpe me rajo media cara, haciéndome caer al suelo de un solo impacto, cuan suerte la mía, solo me dio con la punta… tras mi caída varios maestros se abalanzaron sobre ese mequetrefe y le dieron su justo castigo.
Una voz resonó en la sala gritando, “T’sa Harad despierta”, tan solo oí mi nombre por un momento, abrí el ojo que quedaba intacto y pude ver la sangre en el suelo. Aviste a mi mentor, lo mire con mi ojo aun sano y solo con unas palabras le respondí “Somos una manada de lobos… ¿no es así?”, mi mentor no puedo evitar sonreir al ver que mi herida, pese a profunda, no me causaría mas que una fea y enrome cicatriz, y que pese a todo, no perdería mi ojo derecho, y con una leve sonrisa me dijo, “si que lo somos y tu eres nuestro lobo blanco”. Realmente no recuerdo todo a la perfección, pero con tantas veces que me lo han contado creo que es mas que suficiente para creer que lo recuerdo.
Tras todos mis años en el monasterio estaba claro que necesitaba salir. Mi mentor y maestro esta mayor, y no necesito mas de él para continuar mi camino, pero tampoco estoy preparado para iniciarme en entrenar a un nuevo joven. A mis diez y ocho años me enfrento a la dura tarea de vagar por el mundo solo, y terminar mi entrenamiento por mi cuenta, ¿Cuál será mi destino? No lo se, pues lo que me llevará al final, serán mis pasos no el camino.
Al salir del monasterio dos rumbos podía seguir, Tezhir o Amn, por razones mas que obvias escogí estas tierras, el pasado queda en el olvido para mí.
Soy T’sai Harad y vengo a labrar mi futuro por medio de mis pasos.