Kellky
Lágrima de mago nerfeado
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El silencio del hospicio se veía roto por el raspar de una pluma de ganso sobre el pergamino rugoso. Sentado en un banquillo de madera, manteniendo su calma, Freolaff dictaba sus memorias en voz baja mientras una de las piadosas hermanas del hospicio, con paciencia y una sonrisa, le ayudaba a ordenar las palabras que a él le costaba soltar; palabras que se le atascaban en la garganta.
Hermana, por favor...- musitó el pelinegro, clavando sus ojos azules en la tinta fresca antes de reanudar la escritura.
Ha pasado un buen tiempo desde que llegué a Amn, unas tierras que me han dado grandes lecciones de vida. Había arribado simplemente para ofrecer mis servicios como un sanador más... pero, a medida que avanzaban los días, más y más problemas se sumaban y con ello se multiplicaban mis labores. En mitad de este caminar he conocido a muchas personas que me tendieron su mano, impulsándome a crecer, y gracias a ello he podido entender una gran verdad: estando solo, nunca se llega a ningún lado.
Es por eso que decidí abrirme; abrir mi fuero interno a todas esas personas que ahora mismo constituyen mi día a día. Unas se quedaron, algunas quizás las vuelva a ver en los senderos, otras quizás no, pero la esperanza es lo último que alguien como yo debe perder.
He vivido tanto en tan poco tiempo que siento que, a veces, la intensidad de los acontecimientos me termina abrumando; pero al escuchar las palabras de aquellos que son cercanos a mí, encuentro la fuerza necesaria para aligerar el peso que yo mismo, sin querer, me impongo sobre los hombros.
Soy un hombre que, casi desde que aprendió a caminar, fue formado en un estricto aislamiento marcial; acostumbrado al frío de las montañas y a las viejas creencias de que el dolor y el deber se deben cargar en absoluto silencio, con la espalda recta y sin emitir queja alguna. Sin embargo, de alguna manera, Amn me obligó a derribar mis propios muros. Me enseñó que la verdadera fuerza de un caballero no reside en la rigidez de una armadura, si no en la valentía de estirar la mano y permitir que otra persona te sostenga cuando el porvenir se vuelva oscuro.
Mis hermanos de la orden, mi señora Roxanne, Liam y sus locos viajes el Padre Cars que Ilmater me guarde de que las hermanas le cuenten..., Loreliel el espíritu sabio del bosque, Garret quien siempre me da un tirón para que me vuelva a centrar... .son muchos los que he conocido a lo largo de este sendero. Un camino que, ciertamente, no estaba completo hasta que esa pequeña pero brillante estrella apareció en mi camino. Pero una que estuvo a punto de quebrarse por el peso de la adivinación y los hilos del destino, pero....
Olaff hizo una pausa larga, carraspeando al recordar aquella noche bajo el árbol en las costas del sur donde a pesar de haber tantas estrellas el solo se había fijado en una sola. La hermana detenía la pluma en el aire, mirándole de reojo con una complicidad discreta.
El pelinegro tragó saliva antes de dictar la ultima sentencia.
¿Por qué dejar que algo o alguien dicte nuestro viaje, si nosotros mismos tenemos un gran lienzo en blanco para dibujar en él nuestro propio camino?.
La hermana del hospicio sopló suavemente sobre el papel para secar el punto final, guardando el pergamino con una inclinación respetuosa hacia el joven.
-Mi querido Olaff- diría la hermana en un tono bajo, rompiendo la solemnidad- recordad que aquí tenemos ojos y oídos en cada puerta, ventana y pared.-
El caballero no pudo evitar atragantarse violentamente con la taza de té al escuchar la advertencia de la monja, parpadeando desarmado de la pura vergüenza, mientras esta se limitaba a ofrecerle una sonrisa cálida y divertida antes de retirarse.
Cuando la hermana desapareció tras cerrar la puerta, el hospicio volvió a quedar en silencio. Olaff se limpió el rostro despacio, dejando la taza sobre el banquillo. Se acomodó las telas que cubrían sus hombros, exhaló un suspiro hondo y salió al exterior con la calma que le suele caracterizar. Pero el lienzo ya no estaba en blanco; el mapa de su viaje ya lo estaban dibujando juntos, línea a línea, con los dedos entrelazados.
Hermana, por favor...- musitó el pelinegro, clavando sus ojos azules en la tinta fresca antes de reanudar la escritura.
Ha pasado un buen tiempo desde que llegué a Amn, unas tierras que me han dado grandes lecciones de vida. Había arribado simplemente para ofrecer mis servicios como un sanador más... pero, a medida que avanzaban los días, más y más problemas se sumaban y con ello se multiplicaban mis labores. En mitad de este caminar he conocido a muchas personas que me tendieron su mano, impulsándome a crecer, y gracias a ello he podido entender una gran verdad: estando solo, nunca se llega a ningún lado.
Es por eso que decidí abrirme; abrir mi fuero interno a todas esas personas que ahora mismo constituyen mi día a día. Unas se quedaron, algunas quizás las vuelva a ver en los senderos, otras quizás no, pero la esperanza es lo último que alguien como yo debe perder.
He vivido tanto en tan poco tiempo que siento que, a veces, la intensidad de los acontecimientos me termina abrumando; pero al escuchar las palabras de aquellos que son cercanos a mí, encuentro la fuerza necesaria para aligerar el peso que yo mismo, sin querer, me impongo sobre los hombros.
Soy un hombre que, casi desde que aprendió a caminar, fue formado en un estricto aislamiento marcial; acostumbrado al frío de las montañas y a las viejas creencias de que el dolor y el deber se deben cargar en absoluto silencio, con la espalda recta y sin emitir queja alguna. Sin embargo, de alguna manera, Amn me obligó a derribar mis propios muros. Me enseñó que la verdadera fuerza de un caballero no reside en la rigidez de una armadura, si no en la valentía de estirar la mano y permitir que otra persona te sostenga cuando el porvenir se vuelva oscuro.
Mis hermanos de la orden, mi señora Roxanne, Liam y sus locos viajes el Padre Cars que Ilmater me guarde de que las hermanas le cuenten..., Loreliel el espíritu sabio del bosque, Garret quien siempre me da un tirón para que me vuelva a centrar... .son muchos los que he conocido a lo largo de este sendero. Un camino que, ciertamente, no estaba completo hasta que esa pequeña pero brillante estrella apareció en mi camino. Pero una que estuvo a punto de quebrarse por el peso de la adivinación y los hilos del destino, pero....
Olaff hizo una pausa larga, carraspeando al recordar aquella noche bajo el árbol en las costas del sur donde a pesar de haber tantas estrellas el solo se había fijado en una sola. La hermana detenía la pluma en el aire, mirándole de reojo con una complicidad discreta.
El pelinegro tragó saliva antes de dictar la ultima sentencia.
¿Por qué dejar que algo o alguien dicte nuestro viaje, si nosotros mismos tenemos un gran lienzo en blanco para dibujar en él nuestro propio camino?.
La hermana del hospicio sopló suavemente sobre el papel para secar el punto final, guardando el pergamino con una inclinación respetuosa hacia el joven.
-Mi querido Olaff- diría la hermana en un tono bajo, rompiendo la solemnidad- recordad que aquí tenemos ojos y oídos en cada puerta, ventana y pared.-
El caballero no pudo evitar atragantarse violentamente con la taza de té al escuchar la advertencia de la monja, parpadeando desarmado de la pura vergüenza, mientras esta se limitaba a ofrecerle una sonrisa cálida y divertida antes de retirarse.
Cuando la hermana desapareció tras cerrar la puerta, el hospicio volvió a quedar en silencio. Olaff se limpió el rostro despacio, dejando la taza sobre el banquillo. Se acomodó las telas que cubrían sus hombros, exhaló un suspiro hondo y salió al exterior con la calma que le suele caracterizar. Pero el lienzo ya no estaba en blanco; el mapa de su viaje ya lo estaban dibujando juntos, línea a línea, con los dedos entrelazados.
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