TheSusoGUN
Adorador del Gordo
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- 16/7/21
- Mensajes
- 150
Nombre: Kan Siversk
Raza: Humano Condathano
Físico: Kan es un humano que, cuando se muestra al mundo, resulta bastante llamativo. Uno de los rasgos más llamativos de su aspecto es su altura, la cual en cifras podría encuadrarse en torno al metro noventa. Su cabellera no es excesivamente larga, pues le da justa para recogerla en una diminuta cola de un castaño tan oscuro que podría recordar a la noche. En contraste, sus ojos son de un resplandeciente color verde, y son tan penetrantes que te atrapan con una simple mirada fugaz. Su respingona nariz en cambio no destaca demasiado, ya que tiene un tamaño medio y una forma bastante común. El hombre posee unos labios finos, tan finos como su labia. En cuanto a sus cejas, se las podría definir como finas y no exageradamente pobladas. Para finalizar con el rostro, su mandíbula es cuadrada y marcada, tanto que uno podría perderse en sus ángulos. Y es que aunque su rostro es llamativo, también lo es su aspecto físico, dotado de una complexión fuerte y bien definida. El hombre está de bastante buen ver, la verdad, si tienes la fortuna de verlo alguna vez sin su yelmo y sus vestiduras (buena suerte intentándolo).
Pasado y familia:
Tres generaciones atrás, los antepasados del hombre al que hoy se conoce como Kan decidieron asentarse en unas nuevas tierras, más concretamente en un pequeño pueblo localizado en La Vereda, un pueblo cuyo nombre se encuentra hoy en día en el olvido. Estas hermosas tierras se localizaban en una pequeña pradera situada en la ladera de las montañas de la Aguja del Dragón. Un paisaje pintoresco, como de cuento podría decirse. En todo lo ancho de estas tierras de La Vereda, siempre han habitado, por lo general, seres humanos de diversas etnias y creencias, aunque ello no implica que no hubiese seres de otras razas también. De hecho, en el propio pueblo habitaban distintas razas, cabe destacar que en un grupo inferior en número en comparación con la cantidad de humanos que allí se encontraban.
Una de las ventajas del pequeño pueblecito era que no se trataba un lugar demasiado concurrido. Sus visitantes no iban más allá de pequeños grupos de personas pasajeras o de reducidas caravanas comerciantes. Nuestro Kan se crió en el campo con sus padres, cuyos nombres eran Stivork Siversk (padre) y Kahra Mazruk (madre). Stivork pertenecía a la tercera generación de los humanos condathanos errantes que se instalaran en el lugar años atrás, mientras que Kahra era una viajera mercante que, una vez llegó al pueblo, su encanto natural (o el encanto de Stivork, quién sabe) la instó a quedarse. La vida llevó a ambos a juntarse, y, en aquel pintoresco lugar, hicieron su vida, más concretamente en una humilde casa de campo situada en la zona más externa a la ladera. Allí, en aquel lugar tan tranquilo y pacífico, nunca tuvieron preocupación alguna por guerras o creencias; sus vidas eran tranquilas. Cabe destacar que, a pesar de que la localización del pueblo fuese tan óptima para la tranquilidad, las tierras que lo rodeaban no lo eran tanto, puesto que en La Vereda, en general, no resultaban excesivamente pacíficas y calmadas.
Cuando Kan nació, sus padres gozaron de tal dicha con gran felicidad. El pequeño tuvo una óptima infancia temprana, de la cual no tiene muchos recuerdos en la actualidad. A partir de los 5 años aproximadamente, sus padres comenzaron a educarlo de forma más concienzuda, siempre desde principios que ellos consideraban fundamentales como lo eran la rectitud, el orden y el trabajo duro. Vivir en un lugar tan aislado del resto del mundo nunca supuso un obstáculo para lograr entender el funcionamiento de éste. Kan conocía sobre las distintas deidades, razas y reinos que existían más allá de aquellas pequeñas y limitadas tierras en las que él se crió, ya que en el pueblo, como se dijo antes, existían más razas aparte de la de los humanos. Estas otras razas, a pesar de ser limitadas, contaban con una rica diversidad cultural. Además, los viajeros que paraban por allí a descansar siempre tenían curiosas historias que narrar y con las que Kan se maravillaba y aprendía. El trato con dichos viajeros ayudó a Kan a aprender a desarrollar y emplear un don hasta entonces desconocido tanto por él como por sus progenitores: la labia, el don del habla, algo que le sería muy útil en un futuro.
Con el paso de los años, Kan fue aprendiendo y desenvolviéndose mucho. La vida en el campo que llevaba y el cómo lo criaron le hicieron desarrollar numerosas habilidades, sobre todo físicas. Además, en la etapa de su adolescencia, diversos tipos de criaturas y barbaros comenzaron a acercarse poco a poco al pueblo e incluso comenzaron a realizar ataques periódicos a éste, los cuales se fueron volviendo más habituales con el tiempo. Debido a ello, Kan se vio obligado a adiestrarse en el uso de la espada y el escudo.
Tras años de batallas contra los atacantes, Kan se habituó al combate. Resultó ser uno de los más arduos defensores de su pueblo, pero ninguna lucha habida hasta entonces le resultaría tan devastadora como la que tuvo lugar a los veintiséis años del hombre. Ese año, en un día normal, considerando normalidad el hecho de luchar numerosas veces semanalmente contra diversos tipos de criaturas o barbaros, un grupo de banitas con disfraces de tormitas realizaron un fuerte asalto al pequeño pueblo. La única misión de éstos era conseguir difamar a las personas seguidoras de Torm. Aquel día resultó un día nefasto en la vida de Kan y la del pueblo. Los hombres disfrazados desataron un enorme caos, uno tan devastador que la mayoría de los habitantes del pueblecito resultaron muertos. Los pocos supervivientes que hubo tomaron la decisión de huir todo lo lejos que sus vidas y sus energías le permitiesen. Aquel día, tras el enorme caos, todo resultó en cenizas y sangre.
Kan despertó entre los escombros de lo que en su día había sido aquel lugar tan pacífico y tranquilo. Tras levantarse y revisar sus heridas, comenzó una búsqueda intensiva entre los escombros y los cuerpos que entre éstos se encontraban, pero, tras lo que para él resultaron eternas horas de búsqueda, no encontró nada mas allá de un escudo y un medallón. Ambos tenían una simbología bastante particular: un guantelete derecho alzado con la palma hacia el frente, el símbolo de Torm, el patrón de los paladines.
El hombre se vio embargado en un sentimiento de confusión bastante fuerte. Él siempre escuchó las historias que los viajeros contaban sobre esta deidad, historias que relataban sobre grandes héroes y paladines cuya función era buscar el bien y proteger a todo ser inocente. De golpe, la confusión se convirtió en desesperación. De un momento a otro, vio su vida derrumbada, destruida por completo. Se quedó un rato en shock, pensativo. No supo si el tiempo que estuvo así fueron minutos u horas pero, tras meditarlo muy pesadamente, dedujo que solamente había un camino claro: la venganza. Quería acabar con quienes fuesen que les había arrebatado a sus amigos, su familia y su hogar. Así pues, reunió un palo y un trapo grande y metió en él todo lo que pudo y consideró útil para su viaje, el cual no sabía si le llevaría días, semanas o meses. Se cargó a la espalda el escudo de los supuestos asesinos y guardó dentro de su puño el medallón que portaba el mismo emblema. Una vez tuvo todo, decidió partir, dejando atrás los restos de lo que hasta entonces había sido su vida.
Tras varios días de camino incesante sin rumbo fijo en los cuales solamente hico paradas breves para beber y alimentarse, avistó a lo lejos una ciudad. Tuvo suerte, ya que el alimento que llevaba encima no le duraría un día más. Así pues, partió con rumbo a la ciudad desconocida.
Cuando llegó y vislumbró a la primera persona que veía en muchos días, se dirigió hacia ésta y le preguntó en qué ciudad se encontraban, a lo que dicha persona respondió "Alcázar Zhentil". Una vez supo donde estaba, comenzó a buscar asilo. No le costó mucho. En cuanto tuvo un asilo y comida, sopesó la idea de quedarse en la ciudad.
Se encontraba en una taberna con su poco equipaje apoyado a sus pies cuando un grupo de tres personas se acercó a él preguntándole por el escudo que Kan portaba. Sus miradas le resultaron un tanto oscuras y amenazantes. Acto seguido, Kan comenzó a contarles la historia de cómo y por qué llegó a la ciudad y por qué portaba el escudo. Les enseñó también el medallón. Los tres sujetos se miraron entre sí y se apartaron durante un momento para hablar. Kan se quedó bastante confuso. ¿Acaso sabrían esos hombres algo sobre lo sucedido en su pueblo o sobre los sujetos portadores de tan característica simbología? Al poco tiempo, los tres sujetos se acercaron de nuevo a él y le ofrecieron ayuda en la búsqueda de las personas responsables de tan enorme tragedia, pero a cambio Kan tendría que instruirse en la fe de Bane. Kan se lo pensó un minuto. No tenía nada además de aquel dichoso escudo y aquel horrible medallón. Sopesó sus posibilidades y, acto seguido, aceptó el trato.
El hombre pasó meses en esa nueva ciudad instruyéndose con numerosas personas de altos y bajos cargos dentro de dicha fe. Al principio le resultó un tanto abrumador, pero poco a poco fue haciéndose al grupo y avanzando cada vez más rápido. Tras esos meses de instrucción, los altos cargos del grupo que se encontraba en la ciudad encomendaron a Kan trasladarse a una nueva ciudad: Amn. Allí debería ayudar a los seguidores que se encontraban en el lugar y, a su vez, en ese lugar podría obtener más respuestas sobre lo sucedido en aquel día tan fatídico. Sin pensárselo dos veces, Kan puso rumbo a Amn.
Raza: Humano Condathano
Físico: Kan es un humano que, cuando se muestra al mundo, resulta bastante llamativo. Uno de los rasgos más llamativos de su aspecto es su altura, la cual en cifras podría encuadrarse en torno al metro noventa. Su cabellera no es excesivamente larga, pues le da justa para recogerla en una diminuta cola de un castaño tan oscuro que podría recordar a la noche. En contraste, sus ojos son de un resplandeciente color verde, y son tan penetrantes que te atrapan con una simple mirada fugaz. Su respingona nariz en cambio no destaca demasiado, ya que tiene un tamaño medio y una forma bastante común. El hombre posee unos labios finos, tan finos como su labia. En cuanto a sus cejas, se las podría definir como finas y no exageradamente pobladas. Para finalizar con el rostro, su mandíbula es cuadrada y marcada, tanto que uno podría perderse en sus ángulos. Y es que aunque su rostro es llamativo, también lo es su aspecto físico, dotado de una complexión fuerte y bien definida. El hombre está de bastante buen ver, la verdad, si tienes la fortuna de verlo alguna vez sin su yelmo y sus vestiduras (buena suerte intentándolo).
Pasado y familia:
Tres generaciones atrás, los antepasados del hombre al que hoy se conoce como Kan decidieron asentarse en unas nuevas tierras, más concretamente en un pequeño pueblo localizado en La Vereda, un pueblo cuyo nombre se encuentra hoy en día en el olvido. Estas hermosas tierras se localizaban en una pequeña pradera situada en la ladera de las montañas de la Aguja del Dragón. Un paisaje pintoresco, como de cuento podría decirse. En todo lo ancho de estas tierras de La Vereda, siempre han habitado, por lo general, seres humanos de diversas etnias y creencias, aunque ello no implica que no hubiese seres de otras razas también. De hecho, en el propio pueblo habitaban distintas razas, cabe destacar que en un grupo inferior en número en comparación con la cantidad de humanos que allí se encontraban.
Una de las ventajas del pequeño pueblecito era que no se trataba un lugar demasiado concurrido. Sus visitantes no iban más allá de pequeños grupos de personas pasajeras o de reducidas caravanas comerciantes. Nuestro Kan se crió en el campo con sus padres, cuyos nombres eran Stivork Siversk (padre) y Kahra Mazruk (madre). Stivork pertenecía a la tercera generación de los humanos condathanos errantes que se instalaran en el lugar años atrás, mientras que Kahra era una viajera mercante que, una vez llegó al pueblo, su encanto natural (o el encanto de Stivork, quién sabe) la instó a quedarse. La vida llevó a ambos a juntarse, y, en aquel pintoresco lugar, hicieron su vida, más concretamente en una humilde casa de campo situada en la zona más externa a la ladera. Allí, en aquel lugar tan tranquilo y pacífico, nunca tuvieron preocupación alguna por guerras o creencias; sus vidas eran tranquilas. Cabe destacar que, a pesar de que la localización del pueblo fuese tan óptima para la tranquilidad, las tierras que lo rodeaban no lo eran tanto, puesto que en La Vereda, en general, no resultaban excesivamente pacíficas y calmadas.
Cuando Kan nació, sus padres gozaron de tal dicha con gran felicidad. El pequeño tuvo una óptima infancia temprana, de la cual no tiene muchos recuerdos en la actualidad. A partir de los 5 años aproximadamente, sus padres comenzaron a educarlo de forma más concienzuda, siempre desde principios que ellos consideraban fundamentales como lo eran la rectitud, el orden y el trabajo duro. Vivir en un lugar tan aislado del resto del mundo nunca supuso un obstáculo para lograr entender el funcionamiento de éste. Kan conocía sobre las distintas deidades, razas y reinos que existían más allá de aquellas pequeñas y limitadas tierras en las que él se crió, ya que en el pueblo, como se dijo antes, existían más razas aparte de la de los humanos. Estas otras razas, a pesar de ser limitadas, contaban con una rica diversidad cultural. Además, los viajeros que paraban por allí a descansar siempre tenían curiosas historias que narrar y con las que Kan se maravillaba y aprendía. El trato con dichos viajeros ayudó a Kan a aprender a desarrollar y emplear un don hasta entonces desconocido tanto por él como por sus progenitores: la labia, el don del habla, algo que le sería muy útil en un futuro.
Con el paso de los años, Kan fue aprendiendo y desenvolviéndose mucho. La vida en el campo que llevaba y el cómo lo criaron le hicieron desarrollar numerosas habilidades, sobre todo físicas. Además, en la etapa de su adolescencia, diversos tipos de criaturas y barbaros comenzaron a acercarse poco a poco al pueblo e incluso comenzaron a realizar ataques periódicos a éste, los cuales se fueron volviendo más habituales con el tiempo. Debido a ello, Kan se vio obligado a adiestrarse en el uso de la espada y el escudo.
Tras años de batallas contra los atacantes, Kan se habituó al combate. Resultó ser uno de los más arduos defensores de su pueblo, pero ninguna lucha habida hasta entonces le resultaría tan devastadora como la que tuvo lugar a los veintiséis años del hombre. Ese año, en un día normal, considerando normalidad el hecho de luchar numerosas veces semanalmente contra diversos tipos de criaturas o barbaros, un grupo de banitas con disfraces de tormitas realizaron un fuerte asalto al pequeño pueblo. La única misión de éstos era conseguir difamar a las personas seguidoras de Torm. Aquel día resultó un día nefasto en la vida de Kan y la del pueblo. Los hombres disfrazados desataron un enorme caos, uno tan devastador que la mayoría de los habitantes del pueblecito resultaron muertos. Los pocos supervivientes que hubo tomaron la decisión de huir todo lo lejos que sus vidas y sus energías le permitiesen. Aquel día, tras el enorme caos, todo resultó en cenizas y sangre.
Kan despertó entre los escombros de lo que en su día había sido aquel lugar tan pacífico y tranquilo. Tras levantarse y revisar sus heridas, comenzó una búsqueda intensiva entre los escombros y los cuerpos que entre éstos se encontraban, pero, tras lo que para él resultaron eternas horas de búsqueda, no encontró nada mas allá de un escudo y un medallón. Ambos tenían una simbología bastante particular: un guantelete derecho alzado con la palma hacia el frente, el símbolo de Torm, el patrón de los paladines.
El hombre se vio embargado en un sentimiento de confusión bastante fuerte. Él siempre escuchó las historias que los viajeros contaban sobre esta deidad, historias que relataban sobre grandes héroes y paladines cuya función era buscar el bien y proteger a todo ser inocente. De golpe, la confusión se convirtió en desesperación. De un momento a otro, vio su vida derrumbada, destruida por completo. Se quedó un rato en shock, pensativo. No supo si el tiempo que estuvo así fueron minutos u horas pero, tras meditarlo muy pesadamente, dedujo que solamente había un camino claro: la venganza. Quería acabar con quienes fuesen que les había arrebatado a sus amigos, su familia y su hogar. Así pues, reunió un palo y un trapo grande y metió en él todo lo que pudo y consideró útil para su viaje, el cual no sabía si le llevaría días, semanas o meses. Se cargó a la espalda el escudo de los supuestos asesinos y guardó dentro de su puño el medallón que portaba el mismo emblema. Una vez tuvo todo, decidió partir, dejando atrás los restos de lo que hasta entonces había sido su vida.
Tras varios días de camino incesante sin rumbo fijo en los cuales solamente hico paradas breves para beber y alimentarse, avistó a lo lejos una ciudad. Tuvo suerte, ya que el alimento que llevaba encima no le duraría un día más. Así pues, partió con rumbo a la ciudad desconocida.
Cuando llegó y vislumbró a la primera persona que veía en muchos días, se dirigió hacia ésta y le preguntó en qué ciudad se encontraban, a lo que dicha persona respondió "Alcázar Zhentil". Una vez supo donde estaba, comenzó a buscar asilo. No le costó mucho. En cuanto tuvo un asilo y comida, sopesó la idea de quedarse en la ciudad.
Se encontraba en una taberna con su poco equipaje apoyado a sus pies cuando un grupo de tres personas se acercó a él preguntándole por el escudo que Kan portaba. Sus miradas le resultaron un tanto oscuras y amenazantes. Acto seguido, Kan comenzó a contarles la historia de cómo y por qué llegó a la ciudad y por qué portaba el escudo. Les enseñó también el medallón. Los tres sujetos se miraron entre sí y se apartaron durante un momento para hablar. Kan se quedó bastante confuso. ¿Acaso sabrían esos hombres algo sobre lo sucedido en su pueblo o sobre los sujetos portadores de tan característica simbología? Al poco tiempo, los tres sujetos se acercaron de nuevo a él y le ofrecieron ayuda en la búsqueda de las personas responsables de tan enorme tragedia, pero a cambio Kan tendría que instruirse en la fe de Bane. Kan se lo pensó un minuto. No tenía nada además de aquel dichoso escudo y aquel horrible medallón. Sopesó sus posibilidades y, acto seguido, aceptó el trato.
El hombre pasó meses en esa nueva ciudad instruyéndose con numerosas personas de altos y bajos cargos dentro de dicha fe. Al principio le resultó un tanto abrumador, pero poco a poco fue haciéndose al grupo y avanzando cada vez más rápido. Tras esos meses de instrucción, los altos cargos del grupo que se encontraba en la ciudad encomendaron a Kan trasladarse a una nueva ciudad: Amn. Allí debería ayudar a los seguidores que se encontraban en el lugar y, a su vez, en ese lugar podría obtener más respuestas sobre lo sucedido en aquel día tan fatídico. Sin pensárselo dos veces, Kan puso rumbo a Amn.