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Un diario estacional

Malaventura

Perro de Dan
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Finales del mes de Uktar.​
En los campos que rodean el templo de Chauntea en la encrucijada de Crimmor, una muchacha se sienta recibiendo los últimos rayos de sol, acompañada de una gallina que como el día, va cerrando sus ojos a un dulce sueño mientras la voz de la moza entona un melodioso canto.

Llegue a estas tierras pasada la celebración de La Buena Cosecha, y al igual que conforme avanzaba la estación, los árboles teñidos de fuego y ocres han ido desnudándose para vestir de manto nutriente la tierra; lentamente, acompasados por los vientos cada vez más intensos, la región se ha ido desnudando a mis ojos. Es poco lo que sé de Amn, una miaja lo que se me ha mostrado, pero ya puedo dar fe de lo que su nombre alienta: Intrigas; y de sus enormes diferencias entre la opulencia de la Gran ciudad, y la riqueza, a mis ojos, de las pequeñas aldeas, granjas y villas que para muchos no es sino poca cosa.

Al igual que la estación que ya se va terminando y trae una explosión de colores y tonalidades, las mismas encuentro entre las gentes de estas tierras y aquellos que aun no siendo de aquí, aquí se asientan. Los tonos verdes que acompañan a Zentakord, los vientos de Faolan, la risa de Josephine, las sorpresas de Heian o Alyssa, las barbas de Maese Dhorin, la amalgama de tonos de Talivia y tantos otros que voy conociendo. Una tonalidad sobre otra, pintando mis días en una paleta de buenos corazones que voy descubriendo y que me quedan por descubrir.

—¿Y qué hay de la faena?, casi escucho a mi abuela cuando me increpaba de pequeña mis horas sobre los campos, con la caricia del sol acunando sueños. Casi me parece verla en el ribazo, con su hoz alzada al cielo, la oigo, en el quehacer del día a día en el templo. Serán tierras distintas, pero tierra son y faena tengo. Es momento de almacenar, de preparar los campos que recibirán la siembra de otoño y dejar reposar aquellos de siembra primaveral, tiempo de prepararse para las primeras nieves. No serán los Campos Dorados, pero mis pies ya rozan su tierra y si con ello puedo traer la bendición de la Gran Madre, que así sea.

—Gran Madre, deja que repose un poco más en este atardecer que preludia, pese a su luz, la llegada de la parte oscura del año. Otro ciclo, otra estación —bien lo sé— pero hoy, alarga, Madre, el crepúsculo mientras mis oraciones acompañan el vuelo de las hojas.



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Malaventura

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En los campos de La Cuna de Chauntea, en Crimmor, una muchacha se asegura que la tierra esté bien preparada para la siembra otoñal. Antes de partir en viaje en su contínuo peregrinar hacía La Ciudad Granero y preparar a su burra Paniza para el viaje, se la puede escuchar entonando una conocida canción popular entre el campesinado que reza así:


Termina el verano, el otoño comienza,
La luz se marcha, la oscuridad incrementa,
El sol y la luna en este día
comparten igual tiempo de medianoche a mediodía.

Frío trae el aire de la mañana,
de un sorbo tomamos calor de la sidra de manzana.

La segunda cosecha ya está guardada,
de las semillas cultivadas, la recompensa tomada.
Mientras el día en noche se torna,
la tradición de La cosecha se retoma.
​
 

Malaventura

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Antes del crepúsculo ​

Una joven novicia descansa sobre un viejo murete a las afueras de los campos de Púrskul. Parece adormecida en la última hora de luz del atardecer que, como la mitad del año que inicia, preludia la oscuridad. Acaricia suavemente a su ya envejecida gallina Águeda quien como ella, está siendo testigo de la dureza de estas tierras que llaman Amn.

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—Madre, señora de luz, señora de todo, dame fuerzas que quié me lo iba a decir, me van mermando faena tras faena. Se acerca un invierno oscuro, bien lo sé, más oscuro que aquellos días en Campos Dorados cuando las cosechas sufrían alguna plaga y mermaban el sustento de los nuestros y de tos los que de ellos dependían. Aun entonces, nuestro ánimo era fuerte, recio, con las raíces de la tierra bien arraigadas y el conocimiento de las que antes han seguido mi senda de que el ciclo seguirá su curso, que el brote saldrá en la primavera, que el cereal se preñará a finales de está. Es posible que sea demasiao joven, pero Madre, bien sabes que esta tierra es oscura, no en su luz que baña los arroyuelos, que dibuja los perfiles de las montañas en lontananza, tampoco en el dorado de sus campos y el verde de sus praderas, ahí los corazones mansos como el buen cordero brillan, no, Gran Madre, la oscuridad está en eso que llaman poder, luchas entre unos y otros que algunos creen son por buena causa y acaban convirtiendo a personas de bien en brazos armados. Me entristezco Madre, y bien sabes que eso en mí es algo extraño, pero no pue evitar ver como tu fe es ignorada por tos aquellos que no sean humildes labriegos y muchos pasan por la puerta del templo, sin siquiera preguntar o entrar a compartir viandas y chanzas.
Nadie paece darse cuenta que no hay más poder que el ciclo de las estaciones y que en su empeño, solo están sumando pa que ese ciclo se detenga. Dame fuerzas Madre, pues aquí hay que moler duros granos y la faena me va a llevar tiempo.

La muchacha termina sus oraciones, coge a Águeda en brazos y se dirige a prepararse para emprender viaje con el corazón algo más templado.
 

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Equinoccio de primavera​
19 de Khes​

Una muchacha camina con pasos suaves entre los primeros brotes que asoman sobre los restos níveos, aquellos que ya son más bien recuerdo de la parte oscura del año. Las nieves bajan por los cauces raudas, estruendosas, con la viveza de la juventud y los almendros despuntan tímidos en algarabía de pétalos que se abren con los primeros rayos de sol. El petirrojo acompaña sus andares, tan jugueton como ellos, danza entre sus cabellos trenzados y las primeras prímulas hechas ramillete que Tess lleva entre sus manos.

Se detienen bajo el ramaje de un viejo cedro centenario de agujas perennes y protectoras. Depositando en una de las oquedades de su tronco el ramito de prímulas que trae como ofrenda mientras el petirrojo salta de rama en rama curioso ante los quehaceres de la Chaunteana quien, hacendosa, extrae cuidadosamente algunas de las resinas ya viejas; aquellas que han cumplido su función curativa en el árbol y unas pocas ramitas de aguja con los que trabajará muy pronto.


—Agujas pa los malos sueños, resina pa los buenos. Recibe esta ofrenda de los primeros signos de la primavera que hoy, en el día del equinoccio asoma; pa que llenen con la plenitud de la Gran Madre los días que ya alargan. Deja que me siente a tu lao, que te observe y aprenda y así pua dejar algo de conocimiento en los herbarios del templo. ¿No te importa, verdá?

La muchacha se sienta junto al cedro y el petirrojo aletea compitiendo con la leve brisa que ya anuncia la primavera: suave, fresca y jovial y con ella recuerdos de una niña allá en Campos Dorados el mismo día del equinoccio. La niña ha crecido, sí, pero conserva el mismo espíritu e ilusión por las pequeñas cosas de la vida, aquello invisible a muchos ojos y que en realidad, es lo único que importa.

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La Siega​
​
Entre estival y la solana​


Caía la tarde con la fogosidad del mes de la siega, agarrándose a las espigas que de tan preñadas, ni siquiera bailaban a la suave brisa del estío.
El campo era un enjambre, plagado de voces que cantaban a la faena. Puede que para levantar el ánimo, puede que para ofrendar a la diosa; esperando con ello que ésta les trajese una buena cosecha.

En medio de esa algarabía, una joven cantaba con ellos mientras el zig zag de la guadaña creaba compases entre las espigas:



Haz que crezcan rosas silvestres de mis manos,
que llenen de via este sinsabor,
que el almendro permanezca en flor y bañe de pétalos una tarde de amor.

Gran Madre te canto en este atardecer, con tu brisa de gracia y tu inmenso querer.

Haz que crezca, haz que crezca,
la via, la via, igual dalta que la espiguilla.
​

Canto popular de Campos Dorados.​

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Recuerdos de la Cosecha​


Tras la ventana de la pequeña herboristería de Púrskul, una muchacha asoma su rostro al abrigo de los fuegos y el caldero. Observa la caída de los primeros copos de nieve, los árboles que danzan su ofrenda a la tierra desnudándose para volver a ella. Un engañapastores última su acicalamiento antes de emprender el viaje hacía tierras más cálidas. Desde allí, el camino que bordea el pequeño refugio de la sacerdotisa trae pocos visitantes estos días, el trasiego de caravanas ha quedado reducido y los cánticos de los labriegos en los campos que hace poco inundaban el aire de voces alegres, se guarda ahora con celo a las noches junto al hogar.

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—Gran Madre, qué pué contarte que no puas ver con esos luceritos que ties pa enamorar el alma. ¿Recuerdas qué hace na to eran carretas cargando lo cosechao? Estoy satisfecha con la faena, y no me refiero a la realizá con estas manos que ya empiezan a engalanarse de heridas, sino a aquella faena que sin parecerlo, acaba haciendo que la semilla brote recia y sana. Bien sabes que las oraciones de la cosecha siempre las hemos celebraó entre hermanos y hermanas de fe, y que lue celebramos amas con la Gran Cosecha, pero deste año, con el trabajo de muchas almas buenas que en estas tierras, —pese a lo que pua parecer—, me he encontrao, quisimos hacer de ese día algo que compartir y recordar, algo más grande que llevase no solo la palabra sino tamién la acción y la esperanza. ¿Recuerdas?


"Lo que hoy aquí celebramos es má que una ofrenda a la Gran Madre, es un recordatorio de que no importa la dureza de los días, la faena bien hecha tie siempre su recompensa. Muchos somos los que a pesar de quien nos quie amargar las almendras, no nos acobardamos facilmente, y es que, la via es el sentio. La via es un ciclo con su luz y oscuridá. Lo que se les olvida a esos raposos, es que pa la oscurida, ya hay muchas manos que encienden la lumbre; y deso festejamos hoy, de los resultaos de las cosas bie hechas, y de las ganas de vivir. Así que amigos, celebremos y brindemos por un nuevo ciclo de abundancia. Qué la Gran Madre inunde los corazones y quié sabe, si d'aqui a un tiempo, tengamos que celebra algún oficio. Chauntea no se opondrá a un poquer de desenfreno. Por los años fértiles y las buas cosechas en tos los sentios."

Tess. Gran Cosecha del año 1496 C.V. Púrskul​


—Y es que estoy convencia que por mucha oscuridá que haya en destas tierras, la primavera siempre s’abre paso, y es en ese paso, con cuidao, con rasmia y sin dejar de observar el crecimiento de los frutos ande tenemos que echar una mano pero bien echá; qué como la yaya me dijo hace mucho tiempo allá en Campos Dorados: “Si quieres que el rosal crezca sano y fuerte, debes podarlo con delicadeza, nunca segarlo con la guadaña” Cree que tu me entiendes, contigo no tengo que guardar los sentimientos. Y en eso estamos, Gran Madre, en quitar las malas yerbas pa que el árbol crezca.


La muchacha sigue la vista del engañapastores cuando este eleva el vuelo perdiéndose en las corrientes que le llevan hacía tierras más cálidas. Con una sonrisa, sabiendo que ese pequeño pájaro volverá un poco antes del Verdor, se entrega a la faena que va a ocupar la mayor parte de su tiempo invernal; entre grandes herbarios y el humo incesante del caldero.


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Inicios de primavera
Entre los meses de Khes y Tarshak
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Una muchacha camina por las afueras de Púrskul en dirección a las tierras de cultivo. Se detiene junto al cauce del Esmel dando los buenos días a las mujeres que han acudido a lavar la ropa, bromean y chismorrean a partes iguales y entre la cháchara, Tess piensa que el Verdor casi ha llegado y que este año se dejará llevar junto a sus hermanas y hermanos de fe en la celebración de la fertilidad donde una jornada de desenfreno y excesos ayudará a la tierra. Sonríe a las mujeres y bendice su jornada despidiéndose, y en su andar, con la celebración ya en su sesera, recuerda la tonadilla que se cantaba en Campos Dorados para estas fechas:

De como conquistar a una moza.

Quiero ser el abono de tu huerto

el palico que sustenta la tomatera pa que crezca tiesa.

la hazadica pa quitarte las malas yerbas

y la corona de tus flores enredas en ella.

La pulga que salte por todos tus recovecos

hartándose de tu sangre melaza de manzana

el fardillo de heno de tu descanso

el matojo y la simiente

la simiente, la simiente.

​
La muchacha continúa su camino entonando la tonadilla a la que se han sumado las risas de las lavanderas. El aire trae las voces alegres, los trisares de las golondrinas que ya llegan y con ellas, el inequívoco sentir festivo de la primavera.

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Malaventura

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En la temporada de las flores​


Las tempranas lluvias que habían empezado a caer tras el verdor, danzando sobre aquellos brotes tiernos de la plantada de otoño, se envalentonaban ahora con la llegada del mes de Kyzhorn amenazando tormenta con sus nubes del color de la piedra.

Una alegre muchacha, con la vitalidad contagiada de la estación primaveral avanzada, subía hacia los pastos medios conversando animadamente con la ya vieja burra Paniza, la todavía más vieja gallina Águeda, que cloqueaba desde una de las alforjas de la burra y la Gran Madre, que seguro estaba ya cansada de escuchar a la muchacha si es que no hacía oídos sordos en la mayoría de sus chácharas. A Tess le gustaba contarle cúal había sido la primera de las flores primaverales en desperezarse, qué ave la saludaría antes al alzar su vuelo matutino, ¿sería la cigüeña o la golondrina? Era muy posible que aquel fervor por las apuestas que inundaba las tierras de Amn últimamente y en las que en definitiva ella se encontraba física y espiritualmente, se le hubiese pegado de alguna manera y a su modo a la humilde servidora de la Gran Madre. En esta ocasión, vislumbrando ya a los rebaños a lo lejos engalanando de blanco lanar los prados y con el dulce sonido de los cencerros traídos por el viento, el asunto a tratar era algo ciertamente peculiar. Asunto este que tenía las cuestiones de fe de la Chaunteana algo agitadas; nada que ver con una quiebra de fe, al contrario, su cuestión trascendental que le ocupaba la sesera no era otra cosa que preguntarse cómo de evolutivo podía ser un dogma. Los Dogmas de fe se habían transmitido, al menos en su caso, oralmente y desde tiempos ancestrales y sin embargo; la propia Diosa no era inmutable y en el fondo, las fes tampoco.

La muchacha elevó la mirada al acercarse al pequeño grupo que formaban los pastores y los perros que ya le salían al encuentro descendiendo por el serpenteante camino. Le pareció significativo que todos fuesen por el camino más corto, todos menos uno, que sin perder el paso del resto, se había desviado campo a través para reconducir a un par de terneros que se alejaban del rebaño. Llegaría igual, y en el camino, había ejercido bien su función, lo mismo podía sucederle a ese muchacho que clamaba por algo que hasta la fecha solo había sido logrado por mujer. La muchacha calmó a Paniza deteniendo su paso y alcanzando a ese pequeño perrillo que con el mismo objetivo se había diferenciado del resto. El asunto del muchacho tenía que ver con unicornios, pero algo tendría que ver, además de la fe, la disposición de tan brava criatura. Acarició al noble perrillo decidida a interesarse por la evolución de aquel asunto y a punto estuvo de caer al suelo por el ímpetu y algarabía del resto de canes.

— ¡Ieee! Dejarla quieta que la váis a tirar —alzaba el bastón uno de los pastores—.

— No se ha de preocupar señó Remigio, que si caigo no iré muy lejos, to lo más que acabe llena de cariñosas babas. Más me preocupa el cielo. —comentó a voz en grito dando zancadas para alejar a los perros de sus tobillos y llegando hasta el grupo de hombres y mujeres que descansaban junto a la paridera—. Se está poniendo de un color nada halagüeño por allí arriba.

— Vente pa acá, Tess, maja, mira. —Mientras uno de los mozos más jóvenes descargaba las alforjas de Paniza, incluida la gallina, el más veterano de los pastores acompañó a la muchacha hasta el asiento que proporcionaban unos buenos tocones de madera—. Te hemos guardao algo de leche fresca y las mejores vistas. —Tess se acomodó en el tocón agradeciendo el descanso ya que había hecho la mayor parte de la caminata a pie, pues Paniza tenía bastante con el peso que cargaba.

— ¿Váis a salir hoy? —Tess, aceptando la leche que le ofrecía el viejo pastor, no podía evitar preocuparse por la amenazante tormenta y el grupo que allí se disponía a subir a los pastos de montaña donde permanecerían durante los meses de verano. No había conmiseración alguna, si acaso una enorme ternura por aquella gente que estaba hecha de tierra y viento, de lluvía y raíces.

— Mira esa nube. —Remigio señalaba la masa algodonosa y cenicienta que cubría la zona alta de las montañas, allá dónde empezaban las colinas de los dientecillos—. ¿Ves ese pico que parece la oreja de una liebre?, Fíjate bien. —Tess observaba cómo se iba deshaciendo poco a poco y al hacerlo se aproximaba a otra nube rápidamente.

—El viento viene de estío. —Remigio asintió satisfecho y golpeando con el bastón a la Chaunteana señaló una piedra cercana—. Y ahora dime que ves en esa piedra. —Tess volvió a concentrarse—.
—¿Hm? está mojada. — Remigio volvió a asentir, lentamente, con una sonrisa dichosa en su rostro tiznado—. ¿y hace cuánto que no cae ni gota? — Remarcando su lección con otro bastonazo a la piedra— Una decana lo menos ¿no?. La piedra está húmeda, y está húmeda hacía el este. —La sonrisa de la Chaunteana compitió con la del buen pastor—. No temas, moza, que nos va a tronar de bien en unas horas pero mañana podremos subir nosotros pa arriba y tu volver a tus quehaceres pa abajo.

El resto de la jornada pasó tan rápido como las horas de luz en los meses oscuros del año. Se iniciaba otro ciclo para aquellos hombres y mujeres de la tierra y Tess quiso bendecirlos junto a sus animales, y en ello estaba, en mitad del prado orando a la Gran Madre cuando la tormenta como bien había pronosticado la sabiduría del campo se les echó encima con una lluvia sesgada y el retumbar de un cercano trueno. Haciendo pensar por un instante que Talos clamaba su momento. Nada amedrenta a los figurantes de aquellos prados, ni al rebaño con sus grupas al viento, ni a los pajarillos que abrían y cerraban sus colas sobre alguna rama manteniendo el equilibrio. Se puede llamar tesón, hay quién lo llamará terquedad, sea como fuere; la sacerdotisa terminó su cántico y las bendiciones fueron hechas, los pastores atizaron el fuego dentro de la pardina que había mantenido los troncos secos y allí, a refugio, asomaba la noche de lumbre y al calor de la misma, aquellas historias que no se escribían, aquellas que se contaban en ocasiones como aquella y que Tess retenía en su memoria sabiendo que aquellas leyendas que para muchos no eran más que un dechado de supersticiones, ocultaban un conocimiento ancestral custodiado durante generaciones por aquellas gentes humildes y su modo de ver la vida. Un saber que Tess, mujer de tierra y raíces, se había empeñado en custodiar.


Con la naturalidad desprendida y el arrullo del fuego, la noche atrajo al día con el susurró de voces de otros tiempos. Era hora de separarse hasta el otoño: unos hacía las montañas. Burra, gallina, quién sabe si la diosa, y Tess, con el corazón templado de dicha; de vuelta a la ciudad del grano.

—Hasta el otoño, maja.
—Hasta la Bua Cosecha y que la Gran Madre llene los días de abundancia.

La voz de Remigio se fue perdiendo junto a las risas, los cencerros y los ladridos. El sendero fue desdibujando a la Chaunteana colina abajo junto a una rejuvenecida Paniza que trotaba esta vez sabiéndose pronto en casa, y en los prados las flores que hacían honor al mes que desdibujándose también dejaría paso al nuevo ciclo de la vida.
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En el mes de Mazho, pleno invierno. A la mañana siguiente.​


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A la mañana siguiente de la inauguración del altar, las zonas rurales de Púrskul amanen con la comidilla del día; en este caso, la inauguración del altar a Chauntea. Algunos labriegos se dirigen a los campos con andares renqueantes, otros comentan y señalan al ver a los más jóvenes que seguramente no se han acostado. El ambiente festivo se siente en el aire frío que trae la mañana de invierno, que pese a ser suave en su transitar, puede que adormecido por la mano dulce de la Gran Madre, no deja de ser la época más cruda del año.

Como si la diosa hubiera detenido el tiempo la jornada anterior, así se sentía Tess al despertar. Era solamente posible que aquella bebida de endrinas le hubiera atontado la sesera, al menos no le había nublado el juicio del todo y recordar recordaba, ¡Vaya si recordaba!:

—¡Ay, Gran Madre! —Salió del granero donde por alguna extraña razón había decidido descansar pensando que ya indagaría sobre ello más tarde y poniéndose los ropajes rápidamente, el saquillo quizá más necesario aquella mañana que nunca, y la vara estrenada hacía no mucho, salió de allí como alma que lleva un baatezu.

Caminaba a grandes zancadas buscando al señó Anhol, recordaba como lo había visto dar brincos —¡A su edad!— entre los más jóvenes, a Don Benton siendo derrotado por la Reina del Verdor y la Dendravoz. Otra imagen venía a su sesera mientras corría con la sotana arremangada; un desvocado bardo pelirrojo que tenía la cara más colorida que su pelo y que amenazaba con abandonar en ese instante toda cordura. —¡Ay, que si me ha perdío la virtú! y con ella sus sueños y anhelos. —Sacudió la trenza enérgicamente espantando la mosca zumbona en forma de pensamiento. Lo importante era localizar al señó Anhol.

Por fin, el corrillo de mujeres nonagenarias puso cordura al asunto y calmó los ánimos de la Chaunteana, al decirle que lo habían visto marchar a altas horas de la noche y aunque un poco achacoso, de muy buen ánimo.

Detuvo su carrera y ya en su andar sosegado llegó hasta el altar que lucía engalanado de las ofrendas que unos y otros habían ido dejando durante la celebración. Se sento y colocó en su regazo aquellas marionetas de La Eterna Melodía recordando a su vez esas otras ofrendas. Ofrendas que oralmente pasarían de boca en boca, como era el caso de la obra de teatro en honor a la Gran Madre que habían interpretado las bardas, llevando el saber popular, la memoria y el recuerdo a otras generaciones que Tess esperaba estuvieran por venir. De sus labios salía una tonadilla, la misma que había entonado el señó Siul y que no lograba recordar del todo, pues irremediablemente se mezclaba con aquellas que entonaban a viva voz Talivia y Suravar y había hecho perder la cordura a más de uno. —Y es que, —pensaba Tess—, que la vía está pa vivirla, y el sentir no es de otra cosa que sentir, con el alma, el corazón y las entrañas.
—Y hablando de entrañas. ¿Cómo he acabao yo durmiendo en el granero?


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Recuerdos de primavera​

Como un estornino al atardecer revoloteaban mis faldas entre los brotes chicos de los trigales. Se empeñaban, con cada paso de tierra desnuda, en hacer volar las blancas y algodonosas semillas del diente de león y venía a mi memoria aquella vieja leyenda que contaban en Campos Dorados los primeros días de primavera:​


Cuando veas las blancas semillas volar
róndame los campos, niña,
que a quién ronda, le han de rondar.

Y entre ronda y vuelo decían los ancestros que,
si sus blancos dientes se enredan en tu pelo
a la vez en otro pelo se han de enredar.

Róndame los campos, niña,
Cuando el murmullo del viento oigas susurrar.

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