En la temporada de las flores
Las tempranas lluvias que habían empezado a caer tras el verdor, danzando sobre aquellos brotes tiernos de la plantada de otoño, se envalentonaban ahora con la llegada del mes de Kyzhorn amenazando tormenta con sus nubes del color de la piedra.
Una alegre muchacha, con la vitalidad contagiada de la estación primaveral avanzada, subía hacia los pastos medios conversando animadamente con la ya vieja burra Paniza, la todavía más vieja gallina Águeda, que cloqueaba desde una de las alforjas de la burra y la Gran Madre, que seguro estaba ya cansada de escuchar a la muchacha si es que no hacía oídos sordos en la mayoría de sus chácharas. A Tess le gustaba contarle cúal había sido la primera de las flores primaverales en desperezarse, qué ave la saludaría antes al alzar su vuelo matutino, ¿sería la cigüeña o la golondrina? Era muy posible que aquel fervor por las apuestas que inundaba las tierras de Amn últimamente y en las que en definitiva ella se encontraba física y espiritualmente, se le hubiese pegado de alguna manera y a su modo a la humilde servidora de la Gran Madre. En esta ocasión, vislumbrando ya a los rebaños a lo lejos engalanando de blanco lanar los prados y con el dulce sonido de los cencerros traídos por el viento, el asunto a tratar era algo ciertamente peculiar. Asunto este que tenía las cuestiones de fe de la Chaunteana algo agitadas; nada que ver con una quiebra de fe, al contrario, su cuestión trascendental que le ocupaba la sesera no era otra cosa que preguntarse cómo de evolutivo podía ser un dogma. Los Dogmas de fe se habían transmitido, al menos en su caso, oralmente y desde tiempos ancestrales y sin embargo; la propia Diosa no era inmutable y en el fondo, las fes tampoco.
La muchacha elevó la mirada al acercarse al pequeño grupo que formaban los pastores y los perros que ya le salían al encuentro descendiendo por el serpenteante camino. Le pareció significativo que todos fuesen por el camino más corto, todos menos uno, que sin perder el paso del resto, se había desviado campo a través para reconducir a un par de terneros que se alejaban del rebaño. Llegaría igual, y en el camino, había ejercido bien su función, lo mismo podía sucederle a ese muchacho que clamaba por algo que hasta la fecha solo había sido logrado por mujer. La muchacha calmó a Paniza deteniendo su paso y alcanzando a ese pequeño perrillo que con el mismo objetivo se había diferenciado del resto. El asunto del muchacho tenía que ver con unicornios, pero algo tendría que ver, además de la fe, la disposición de tan brava criatura. Acarició al noble perrillo decidida a interesarse por la evolución de aquel asunto y a punto estuvo de caer al suelo por el ímpetu y algarabía del resto de canes.
— ¡Ieee! Dejarla quieta que la váis a tirar —alzaba el bastón uno de los pastores—.
— No se ha de preocupar señó Remigio, que si caigo no iré muy lejos, to lo más que acabe llena de cariñosas babas. Más me preocupa el cielo. —comentó a voz en grito dando zancadas para alejar a los perros de sus tobillos y llegando hasta el grupo de hombres y mujeres que descansaban junto a la paridera—. Se está poniendo de un color nada halagüeño por allí arriba.
— Vente pa acá, Tess, maja, mira. —Mientras uno de los mozos más jóvenes descargaba las alforjas de Paniza, incluida la gallina, el más veterano de los pastores acompañó a la muchacha hasta el asiento que proporcionaban unos buenos tocones de madera—. Te hemos guardao algo de leche fresca y las mejores vistas. —Tess se acomodó en el tocón agradeciendo el descanso ya que había hecho la mayor parte de la caminata a pie, pues Paniza tenía bastante con el peso que cargaba.
— ¿Váis a salir hoy? —Tess, aceptando la leche que le ofrecía el viejo pastor, no podía evitar preocuparse por la amenazante tormenta y el grupo que allí se disponía a subir a los pastos de montaña donde permanecerían durante los meses de verano. No había conmiseración alguna, si acaso una enorme ternura por aquella gente que estaba hecha de tierra y viento, de lluvía y raíces.
— Mira esa nube. —Remigio señalaba la masa algodonosa y cenicienta que cubría la zona alta de las montañas, allá dónde empezaban las colinas de los dientecillos—. ¿Ves ese pico que parece la oreja de una liebre?, Fíjate bien. —Tess observaba cómo se iba deshaciendo poco a poco y al hacerlo se aproximaba a otra nube rápidamente.
—El viento viene de estío. —Remigio asintió satisfecho y golpeando con el bastón a la Chaunteana señaló una piedra cercana—. Y ahora dime que ves en esa piedra. —Tess volvió a concentrarse—.
—¿Hm? está mojada. — Remigio volvió a asentir, lentamente, con una sonrisa dichosa en su rostro tiznado—. ¿y hace cuánto que no cae ni gota? — Remarcando su lección con otro bastonazo a la piedra— Una decana lo menos ¿no?. La piedra está húmeda, y está húmeda hacía el este. —La sonrisa de la Chaunteana compitió con la del buen pastor—. No temas, moza, que nos va a tronar de bien en unas horas pero mañana podremos subir nosotros pa arriba y tu volver a tus quehaceres pa abajo.
El resto de la jornada pasó tan rápido como las horas de luz en los meses oscuros del año. Se iniciaba otro ciclo para aquellos hombres y mujeres de la tierra y Tess quiso bendecirlos junto a sus animales, y en ello estaba, en mitad del prado orando a la Gran Madre cuando la tormenta como bien había pronosticado la sabiduría del campo se les echó encima con una lluvia sesgada y el retumbar de un cercano trueno. Haciendo pensar por un instante que Talos clamaba su momento. Nada amedrenta a los figurantes de aquellos prados, ni al rebaño con sus grupas al viento, ni a los pajarillos que abrían y cerraban sus colas sobre alguna rama manteniendo el equilibrio. Se puede llamar tesón, hay quién lo llamará terquedad, sea como fuere; la sacerdotisa terminó su cántico y las bendiciones fueron hechas, los pastores atizaron el fuego dentro de la pardina que había mantenido los troncos secos y allí, a refugio, asomaba la noche de lumbre y al calor de la misma, aquellas historias que no se escribían, aquellas que se contaban en ocasiones como aquella y que Tess retenía en su memoria sabiendo que aquellas leyendas que para muchos no eran más que un dechado de supersticiones, ocultaban un conocimiento ancestral custodiado durante generaciones por aquellas gentes humildes y su modo de ver la vida. Un saber que Tess, mujer de tierra y raíces, se había empeñado en custodiar.
Con la naturalidad desprendida y el arrullo del fuego, la noche atrajo al día con el susurró de voces de otros tiempos. Era hora de separarse hasta el otoño: unos hacía las montañas. Burra, gallina, quién sabe si la diosa, y Tess, con el corazón templado de dicha; de vuelta a la ciudad del grano.
—Hasta el otoño, maja.
—Hasta la Bua Cosecha y que la Gran Madre llene los días de abundancia.
La voz de Remigio se fue perdiendo junto a las risas, los cencerros y los ladridos. El sendero fue desdibujando a la Chaunteana colina abajo junto a una rejuvenecida Paniza que trotaba esta vez sabiéndose pronto en casa, y en los prados las flores que hacían honor al mes que desdibujándose también dejaría paso al nuevo ciclo de la vida.