Ultralodeo
Elfo que no discute
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**El rasgar de la pluma rompía el silencio frío del despacho. Una figura envuelta en sombras escribía con lentitud en un libro con las hojas en blanco. No se oía el respirar, ni siquiera el latir de un corazón. El único sonido allí presente era la pluma rasgando el papel, escribiendo en un diario la historia que algún día tu encontrarás y leerás.**
DÍAS PREVIOS - LA OSADÍA DE LA VEJEZ.
'' No me pregunten por mi juventud. No hay historias que contar, ni recuerdos dignos de ser preservados. Dejemos que el pasado se deshaga en el viento como cenizas de un fuego extinto, pues lo que importa es el ahora, y el ahora ya está muerto.''
DÍAS PREVIOS - LA OSADÍA DE LA VEJEZ.
'' No me pregunten por mi juventud. No hay historias que contar, ni recuerdos dignos de ser preservados. Dejemos que el pasado se deshaga en el viento como cenizas de un fuego extinto, pues lo que importa es el ahora, y el ahora ya está muerto.''
A las afueras de Puerta de Baldur, más allá de los caminos empedrados y el bullicio del comercio, en un rincón de espesos bosques y colinas escarpadas, vivía yo, Thar Avagian. Para algunos, un excéntrico ermitaño; para otros, un sabio de la micología. Con mis túnicas gastadas y mi báculo de madera nudosa, muchos me confundían con un druida, pero nadie conocía mi verdadero propósito.
Los granjeros y comerciantes llegaban a mi cabaña en busca de remedios. Nunca pedí oro; solo frutos, comidas, pieles o historias a cambio. Mi conocimiento sobre setas y raíces era profundo. Mis infusiones sanaban fiebres, aliviaban dolores y, en ocasiones muy excepcionales, restauraban aquello que la muerte intentaba arrebatar. Pero pocos entendían lo que realmente hacía, y aún menos se atrevían a preguntar.
La vejez me volvió osado y con ello mis actos lo hicieron también. Comenzaron poco a poco: un mercader que no volvió, un niño perdido entre callejones. Con el tiempo, fueron más. Viajeros, comerciantes, incluso ciudadanos de renombre. La ciudad entró en pánico y la guardia reforzó sus patrullas, aunque sin éxito. No quedaban rastros, ni testigos, ni lucha alguna.
Fue solo cuestión de tiempo antes de que alguien notara el patrón. Un grupo de investigadores revisó los antecedentes de los desaparecidos y descubrió que todos, en algún momento, habían venido a mí. Algunos por remedios, otros en busca de consejo. Los rumores se extendieron, y los soldados comenzaron a susurrar mi nombre con desconfianza. Algunos decían que era solo un viejo sabio, pero otros, más supersticiosos y arcanofobos, me llamaron nigromante. No podían estar más cerca de la verdad.
Entonces, una noche fría y oscura, oí el crujir de ramas y el murmullo de voces acercándose. La guardia había venido por mí. Antorchas iluminaban la espesura, y sus espadas relucían con la promesa de justicia.
—No me gusta esto, capitán —oí el "susurro" de uno de los guardias—. Algo en este bosque me hace sentir observado.
—Cierra la boca —replicó uno de los soldados—. Si sigues temblando como una hoja, mejor quédate atrás.
—Silencio. —replicó esta vez la voz reconocible del capitán— Sea lo que sea lo que está pasando aquí, lo averiguaremos. Manteneos juntos y preparados para cualquier cosa.
Los oí rodear mi cabaña. Un golpe seco derribó la puerta y entraron. Desde mi rincón en la penumbra, observé cómo sus ojos recorrían la estancia: estantes repletos de frascos y raíces, pergaminos extendidos sobre la mesa, el aire impregnado del aroma de hierbas y... muerte. Pero no me vieron hasta que yo quise.
Di un paso adelante, dejando que la luz mortecina de las antorchas iluminara mi rostro.
El capitán, con la espada en alto, no perdió tiempo.
—¿Dónde están los desaparecidos, anciano? —exigió.
Ah, cuán ciegos estaban. Incliné la cabeza y alcé mi báculo. Un murmullo gutural escapó de mis labios, palabras antiguas, olvidadas por los hombres comunes que odiaban o desprestigiaban la magia.
La cabaña tembl´´o. La madera crujió. Desde la trastienda, desde los rincones oscuros, desde la misma tierra bajo sus pies, mis obras comenzaron a moverse. Ojos vacíos y piel cenicienta emergieron de las sombras. Hombres y mujeres, vestidos con los mismos harapos que llevaban el día que vinieron a mí. Su carne exudaba el hedor de la muerte, pero sus cuerpos aún respondían a mi llamado.
—No desaparecieron… —susurré—. Simplemente regresaron.
Con un rugido antinatural, mis creaciones se lanzaron sobre los soldados. El acero chocó contra carne podrida, y los gritos de la guardia llenaron el aire. Me quedé quieto, observando con calma, mientras la desesperación se apoderaba de ellos. Uno a uno, fueron cayendo, arrastrados al suelo por las mismas personas que vinieron a buscar.
La noche se tragó sus voces.
Así fue como huí de Puerta de Baldur. Dejé atrás mi cabaña, mi trabajo, y los cadáveres de aquellos que intentaron detenerme. Me adenrtré en los bosques, siguiendo caminos ocultos entre la maleza, evitando patrullas y ojos curiosos. Mi destino no estaba en esas tierras.
Fue así como comencé mi huida hacia el sur, hasta llegar a Athkatla, la Ciudad del Oro. Allí, entre mercaderes codiciosos y nobles corruptos, encontraría un nuevo propósito... y nuevas oportunidades para mi arte.
Y entonces, escuché los rumores de lo que allí podía encontrar...
**Y así el silencio volvió a reinar en la habitación. La figura de túnica vieja, raída y negra dejó de escribir. Dejó la pluma sobre el tintero con lentitud. Dejó las hojas de su diario abierto, para que se secasen y con un destello de color rojizo bajo su capucha, la figura quedó petrificada durante horas, sumida en sus pensamientos y cavilaciones **Los granjeros y comerciantes llegaban a mi cabaña en busca de remedios. Nunca pedí oro; solo frutos, comidas, pieles o historias a cambio. Mi conocimiento sobre setas y raíces era profundo. Mis infusiones sanaban fiebres, aliviaban dolores y, en ocasiones muy excepcionales, restauraban aquello que la muerte intentaba arrebatar. Pero pocos entendían lo que realmente hacía, y aún menos se atrevían a preguntar.
La vejez me volvió osado y con ello mis actos lo hicieron también. Comenzaron poco a poco: un mercader que no volvió, un niño perdido entre callejones. Con el tiempo, fueron más. Viajeros, comerciantes, incluso ciudadanos de renombre. La ciudad entró en pánico y la guardia reforzó sus patrullas, aunque sin éxito. No quedaban rastros, ni testigos, ni lucha alguna.
Fue solo cuestión de tiempo antes de que alguien notara el patrón. Un grupo de investigadores revisó los antecedentes de los desaparecidos y descubrió que todos, en algún momento, habían venido a mí. Algunos por remedios, otros en busca de consejo. Los rumores se extendieron, y los soldados comenzaron a susurrar mi nombre con desconfianza. Algunos decían que era solo un viejo sabio, pero otros, más supersticiosos y arcanofobos, me llamaron nigromante. No podían estar más cerca de la verdad.
Entonces, una noche fría y oscura, oí el crujir de ramas y el murmullo de voces acercándose. La guardia había venido por mí. Antorchas iluminaban la espesura, y sus espadas relucían con la promesa de justicia.
—No me gusta esto, capitán —oí el "susurro" de uno de los guardias—. Algo en este bosque me hace sentir observado.
—Cierra la boca —replicó uno de los soldados—. Si sigues temblando como una hoja, mejor quédate atrás.
—Silencio. —replicó esta vez la voz reconocible del capitán— Sea lo que sea lo que está pasando aquí, lo averiguaremos. Manteneos juntos y preparados para cualquier cosa.
Los oí rodear mi cabaña. Un golpe seco derribó la puerta y entraron. Desde mi rincón en la penumbra, observé cómo sus ojos recorrían la estancia: estantes repletos de frascos y raíces, pergaminos extendidos sobre la mesa, el aire impregnado del aroma de hierbas y... muerte. Pero no me vieron hasta que yo quise.
Di un paso adelante, dejando que la luz mortecina de las antorchas iluminara mi rostro.
El capitán, con la espada en alto, no perdió tiempo.
—¿Dónde están los desaparecidos, anciano? —exigió.
Ah, cuán ciegos estaban. Incliné la cabeza y alcé mi báculo. Un murmullo gutural escapó de mis labios, palabras antiguas, olvidadas por los hombres comunes que odiaban o desprestigiaban la magia.
La cabaña tembl´´o. La madera crujió. Desde la trastienda, desde los rincones oscuros, desde la misma tierra bajo sus pies, mis obras comenzaron a moverse. Ojos vacíos y piel cenicienta emergieron de las sombras. Hombres y mujeres, vestidos con los mismos harapos que llevaban el día que vinieron a mí. Su carne exudaba el hedor de la muerte, pero sus cuerpos aún respondían a mi llamado.
—No desaparecieron… —susurré—. Simplemente regresaron.
Con un rugido antinatural, mis creaciones se lanzaron sobre los soldados. El acero chocó contra carne podrida, y los gritos de la guardia llenaron el aire. Me quedé quieto, observando con calma, mientras la desesperación se apoderaba de ellos. Uno a uno, fueron cayendo, arrastrados al suelo por las mismas personas que vinieron a buscar.
La noche se tragó sus voces.
Así fue como huí de Puerta de Baldur. Dejé atrás mi cabaña, mi trabajo, y los cadáveres de aquellos que intentaron detenerme. Me adenrtré en los bosques, siguiendo caminos ocultos entre la maleza, evitando patrullas y ojos curiosos. Mi destino no estaba en esas tierras.
Fue así como comencé mi huida hacia el sur, hasta llegar a Athkatla, la Ciudad del Oro. Allí, entre mercaderes codiciosos y nobles corruptos, encontraría un nuevo propósito... y nuevas oportunidades para mi arte.
Y entonces, escuché los rumores de lo que allí podía encontrar...
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