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Un diario viejo

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**El rasgar de la pluma rompía el silencio frío del despacho. Una figura envuelta en sombras escribía con lentitud en un libro con las hojas en blanco. No se oía el respirar, ni siquiera el latir de un corazón. El único sonido allí presente era la pluma rasgando el papel, escribiendo en un diario la historia que algún día tu encontrarás y leerás.**

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DÍAS PREVIOS - LA OSADÍA DE LA VEJEZ.
'' No me pregunten por mi juventud. No hay historias que contar, ni recuerdos dignos de ser preservados. Dejemos que el pasado se deshaga en el viento como cenizas de un fuego extinto, pues lo que importa es el ahora, y el ahora ya está muerto.''

A las afueras de Puerta de Baldur, más allá de los caminos empedrados y el bullicio del comercio, en un rincón de espesos bosques y colinas escarpadas, vivía yo, Thar Avagian. Para algunos, un excéntrico ermitaño; para otros, un sabio de la micología. Con mis túnicas gastadas y mi báculo de madera nudosa, muchos me confundían con un druida, pero nadie conocía mi verdadero propósito.
Los granjeros y comerciantes llegaban a mi cabaña en busca de remedios. Nunca pedí oro; solo frutos, comidas, pieles o historias a cambio. Mi conocimiento sobre setas y raíces era profundo. Mis infusiones sanaban fiebres, aliviaban dolores y, en ocasiones muy excepcionales, restauraban aquello que la muerte intentaba arrebatar. Pero pocos entendían lo que realmente hacía, y aún menos se atrevían a preguntar.

La vejez me volvió osado y con ello mis actos lo hicieron también. Comenzaron poco a poco: un mercader que no volvió, un niño perdido entre callejones. Con el tiempo, fueron más. Viajeros, comerciantes, incluso ciudadanos de renombre. La ciudad entró en pánico y la guardia reforzó sus patrullas, aunque sin éxito. No quedaban rastros, ni testigos, ni lucha alguna.
Fue solo cuestión de tiempo antes de que alguien notara el patrón. Un grupo de investigadores revisó los antecedentes de los desaparecidos y descubrió que todos, en algún momento, habían venido a mí. Algunos por remedios, otros en busca de consejo. Los rumores se extendieron, y los soldados comenzaron a susurrar mi nombre con desconfianza. Algunos decían que era solo un viejo sabio, pero otros, más supersticiosos y arcanofobos, me llamaron nigromante. No podían estar más cerca de la verdad.

Entonces, una noche fría y oscura, oí el crujir de ramas y el murmullo de voces acercándose. La guardia había venido por mí. Antorchas iluminaban la espesura, y sus espadas relucían con la promesa de justicia.

No me gusta esto, capitán —oí el "susurro" de uno de los guardias—. Algo en este bosque me hace sentir observado.

Cierra la boca —replicó uno de los soldados—. Si sigues temblando como una hoja, mejor quédate atrás.

Silencio. —replicó esta vez la voz reconocible del capitán— Sea lo que sea lo que está pasando aquí, lo averiguaremos. Manteneos juntos y preparados para cualquier cosa.

Los oí rodear mi cabaña. Un golpe seco derribó la puerta y entraron. Desde mi rincón en la penumbra, observé cómo sus ojos recorrían la estancia: estantes repletos de frascos y raíces, pergaminos extendidos sobre la mesa, el aire impregnado del aroma de hierbas y... muerte. Pero no me vieron hasta que yo quise.

Di un paso adelante, dejando que la luz mortecina de las antorchas iluminara mi rostro.
El capitán, con la espada en alto, no perdió tiempo.

¿Dónde están los desaparecidos, anciano? —exigió.

Ah, cuán ciegos estaban. Incliné la cabeza y alcé mi báculo. Un murmullo gutural escapó de mis labios, palabras antiguas, olvidadas por los hombres comunes que odiaban o desprestigiaban la magia.
La cabaña tembl´´o. La madera crujió. Desde la trastienda, desde los rincones oscuros, desde la misma tierra bajo sus pies, mis obras comenzaron a moverse. Ojos vacíos y piel cenicienta emergieron de las sombras. Hombres y mujeres, vestidos con los mismos harapos que llevaban el día que vinieron a mí. Su carne exudaba el hedor de la muerte, pero sus cuerpos aún respondían a mi llamado.

No desaparecieron… —susurré—. Simplemente regresaron.

Con un rugido antinatural, mis creaciones se lanzaron sobre los soldados. El acero chocó contra carne podrida, y los gritos de la guardia llenaron el aire. Me quedé quieto, observando con calma, mientras la desesperación se apoderaba de ellos. Uno a uno, fueron cayendo, arrastrados al suelo por las mismas personas que vinieron a buscar.

La noche se tragó sus voces.

Así fue como huí de Puerta de Baldur. Dejé atrás mi cabaña, mi trabajo, y los cadáveres de aquellos que intentaron detenerme. Me adenrtré en los bosques, siguiendo caminos ocultos entre la maleza, evitando patrullas y ojos curiosos. Mi destino no estaba en esas tierras.
Fue así como comencé mi huida hacia el sur, hasta llegar a Athkatla, la Ciudad del Oro. Allí, entre mercaderes codiciosos y nobles corruptos, encontraría un nuevo propósito... y nuevas oportunidades para mi arte.

Y entonces, escuché los rumores de lo que allí podía encontrar...
**Y así el silencio volvió a reinar en la habitación. La figura de túnica vieja, raída y negra dejó de escribir. Dejó la pluma sobre el tintero con lentitud. Dejó las hojas de su diario abierto, para que se secasen y con un destello de color rojizo bajo su capucha, la figura quedó petrificada durante horas, sumida en sus pensamientos y cavilaciones **
 
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**Una figura de túnica larga abría las viejas puertas de un estudio iluminado de unas pocas velas mortecinas. Con paso silencioso, se sentó en su silla de madera oscura frente a su escritorio. De algún lado de su túnica, sacó un viejo libro en la que solo las primeras páginas parecían escritas. El sonido del rasguño de la pluma contra el papel volvió a inundar nuevamente el estudio silencioso.**

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DÍAS PREVIOS (II) - MI LLEGADA.
'' Y si me preguntan por mi dios, él está muerto también, no es relevante en esta historia.''

Atrás quedaron los días en Puerta de Baldur: los ecos de la guardia pereciendo bajo el peso de mis creaciones, los gritos sofocados por la noche...
Mi viaje a Athkatla fue un calvario que solo la magia me permitió soportar. El bosque no tuvo piedad conmigo. Cada día era una lucha contra el hambre, el frío y las bestias que acechaban en la oscuridad. Mis conjuros me permitieron atrapar presas, conjurar fuego y engañar a los depredadores con ilusiones. Pero la fatiga se acumulaba y en más de una ocasión estuve al borde de la muerte.

De vez en cuando, me veía obligado a detenerme en aldeas apartadas para reponer fuerzas. Nunca permanecía demasiado tiempo, pues temía que los rumores de Puerta de Baldur llegasen hasta allí y alguien me reconociera. Me bastaba con un techo por una noche, un poco de comida caliente, un buen vino especiado y la oportunidad de escuchar lo que las gentes del lugar murmuraban en la seguridad de sus tabernas.
En una de esas estancias breves, escuché rumores en susurros entre los habitantes. Se decía que en Athkatla o en sus alrededores operaban nigromantes, ocultos en las sombras, practicando su magia prohibida lejos de las miradas de los templos y las autoridades. No eran más que historias de taberna, o eso decían algunos. Pero yo sabía que en cada historia hay un grano de verdad. Y si existían tales practicantes, debían tener conocimientos que me serían útiles.

Sobreviví al viaje.
Athkatla se alzaba ante mí como un titán de piedra y oro. La Ciudad del Comercio, un lugar de riquezas y traiciones, donde los hombres valían tanto como su peso en monedas.
Fue en una de sus bulliciosas plazas donde encontré mi primer contacto: una compañía de mercaderes que se dedicaba a vender desde especias hasta artefactos de dudosa procedencia.

Allí conocí a Bashar, un bardo de lengua afilada y melodías embriagadoras, siempre rodeado de mujeres embelesadas por su música; y a Lupus, un mago cuya sabiduría contrastaba con su insaciable curiosidad. Su rostro estaba marcado por grandes ojeras y un cansancio constante, evidencia de sus noches en vela, pues rara vez dormía lo suficiente, siempre inmerso en libros y fabricaciones de pergaminos y varitas.
También conocí a Avid Ben Lavi, el maestro de ambos. Un hombre de lengua afilada, cuya presencia imponía un aura de misterio constante. Sus palabras siempre estaban cargadas de odio y malicia. Parecía saber mucho más de lo que decía, y su influencia sobre Bashar y Lupus era innegable y absoluta.

Ellos fueron mis guías en aquella urbe despiadada. Me enseñaron las rutas comerciales, los callejones donde los hombres desaparecían y los mercados donde todo tenía un precio. A cambio, trabajé con ellos. Mi conocimiento mágico resultó ser una ventaja, pues con pequeños trucos y encantamientos podía atraer clientes, proteger mercancías valiosas y fabricar varitas y pergaminos que se vendían a buen precio. La vida en Athkatla no era fácil, pero supe adaptarme.

Sin embargo, mi propósito y mis intereses nunca fueron el comercio.

Una tarde, mientras recorría la ciudad en busca de ingredientes raros, algo en mi interior despertó. Un susurro, un impulso oscuro, una llamada que no podía ignorar. Mi mirada se posó en una de las colinas al este de la ciudad. Un lugar envuelto en sombras y silencio: el cementerio.

El aire se volvió pesado a medida que me adentraba en aquel paraje de lápidas torcidas y mausoleos olvidados. Entre los escombros de una tumba abierta, mis ojos encontraron algo que no debía estar allí: un libro antiguo, sus páginas ennegrecidas por el tiempo y la humedad. Lo tomé con manos temblorosas y sentí cómo una energía desconocida recorría mi piel. Sus palabras hablaban de un sendero oculto, de pasadizos bajo la ciudad, de secretos que solo unos pocos estaban destinados a conocer.

Siguiendo las indicaciones del libro, descendí por un pasaje oculto entre los mausoleos y las lápidas hasta encontrarme en un lugar que la mayoría temería pisar. Una cripta vasta y profunda, iluminada apenas por antorchas agonizantes. Y allí, en medio de la penumbra, una figura encapuchada me esperaba.

Su voz era un susurro afónico, un eco en la oscuridad, un sonido cargado de odio y maldad.

Has escuchado el llamado —dijo con una voz gargajosa—. Pocos tienen el valor de responder.

Mi corazón latía con fuerza, pero no era miedo lo que sentía, sino emoción.

Busco conocimiento —respondí—. Y no me detendré ante nada para obtenerlo.

El encapuchado inclinó la cabeza levemente.

Entonces has venido al lugar correcto. Aquí hallarás lo que deseas… y más.

No hubo necesidad de más palabras. Sabía que mi camino apenas comenzaba.
Así fue como de las Cenizas resurgí...

**La figura de pronto se detuvo. Volvió a paralizarse y un destello rojo que brillaba desde el interior su capucha se apagó. Dejando a la figura quieta como una estatua y el estudio nuevamente en un silencio sepulcral.**
 
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**La figura de túnica larga volví a cruzar las viejas puertas de su estudio iluminado de unas pocas velas mortecinas. Se sentó en su silla de madera oscura frente a su escritorio. El sonido del rasguño de la pluma contra el papel volvió a inundar nuevamente el estudio silencioso.**

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PRIMER DÍA - CENIZA
''Cuando una plaga se desata en los bosques, los animales nacen débiles y los árboles mueren lentamente: hazlo arder. De las cenizas, siempre saldrá un bosque lleno de árboles más fuertes."

La Torre Negra no se alzaba en el cielo, sino que yacía oculta bajo un túmulo antiguo. Desde fuera, solo parecía una colina olvidada, pero en su interior latía un poder insondable. No había caminos que llevaran a ella, solo los que poseían el ansia de conocimiento prohibido podían encontrarla. Y yo lo poseía.

Cuando fui aceptado, me pidieron que eligiera un nombre por el cual sería conocido dentro de la cábala. No respondí de inmediato. No porque no tuviera ideas, sino porque aún no había encontrado la palabra adecuada. Decidí esperar, hasta que el nombre correcto surgiera de la verdad de mi propia historia.

Los pasillos y caminos eran angostos y sofocante. Cruces retorcidas y runas cubrían los muros, susurros ininteligibles flotaban en el aire. Cada paso era un pacto con lo desconocido. Había guardianes, sus rostros ocultos tras yelmos de los que emergían brillos rojos, como brasas encendidas en la oscuridad. Inmóviles, me observaban en silencio, evaluando si era digno. Lo era.

Mi primer encargo fue claro: descubrir la verdad tras el pacto de ciertos aventureros y la razón por la cual un diablo había desatado su ira sobre Crimmor. Para ello, debía sonsacar información de los aventureros que aún deambulaban por tabernas y ciudades. Me convertí en un anciano afable y curioso, con la sonrisa de quien ha visto demasiado pero aún disfruta de una buena conversación. Con preguntas inofensivas y palabras bien elegidas, dejé que las lenguas se soltaran.

Las historias hablaban de un grupo de aventureros que, en su codicia, tomaron unas espadas malditas. No pronunciaron palabras ni firmaron pergaminos; al empuñarlas, sellaron su destino. Sin saberlo, iniciaron un juego mortal donde eran meras piezas y el diablo, el verdadero jugador. Con cada batalla, con cada gota de sangre derramada, el pacto se fortalecía. Y cuando intentaron huir, el infierno se desató sobre Crimmor.

El fuego consumió parte de la ciudad y la bestia reclamó vidas inocentes. Pero cuando busqué justicia, cuando señalé a los culpables, la gente de Amn los defendió. Lloraron a sus muertos y aun así protegieron a los asesinos. Fue entonces cuando comprendí. Amn no merecía mi compasión ni mi ayuda. Defendieron a los culpables y condenaron a quienes solo buscaban la verdad. Desde ese día, mi desprecio por ellos se arraigó en lo más profundo de mi ser, creciendo como una semilla negra que jamás dejaría de florecer.

Y entonces, supe cuál sería mi nombre. "Ceniza". No como un símbolo de destrucción, sino como un augurio:
"De las cenizas siempre renace un árbol más fuerte."

Offtopic :
Relato creado en relación a mi primer rol que tuve con mi personaje (y en general como usuario):
 
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**El que en algún momento fue Ceniza, andaba con cierta lentitud por los pasillos de la torre. Su túnica se arrastraba con cierta elegancia y su capa se movía haciendo florituras que engrandecían el porte de la figura encapuchada. Sin llegar a tocar el pomo, las puertas de su despacho se abrieron y las velas comenzaron a titilar con luz mortecina.
Su libro viejo esperaba sobre el escritorio y alzando su zurda, comenzó a escribir**

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TIEMPO DESPUÉS - SOMBRA Y SANGRE
''[...] Los primeros pasos de este proceso suelen ser los más dolorosos. La carne viva rechaza lo muerto, pero con el uso adecuado de la energía negativa, el rechazo se convierte en aceptación. La magia negra convierte lo inerte en parte del propio cuerpo del nigromante. M.N. - Cap.III"

Meses pasaron desde que adopté el nombre de Ceniza. Y durante esos meses, serví con devoción a mi nuevo maestro, conocido por todos en la Torre Negra como Lord Oscuro (O Padre Oscuro).

Mi labor fue constante y silenciosa. Me designaron como supervisor del osario, un vasto salón de piedra y hueso en las entrañas de la torre, donde se almacenaban los restos de incontables generaciones y los componentes prohibidos que hacían funcionar los rituales de la cábala. Pasé semanas ordenando calaveras clasificadas por raza, huesos de manos marcados con runas, y corazones secos encerrados en cristal.

Allí, entre la muerte, aprendí más de lo que cualquier tomo podría enseñar. La muerte susurra secretos a quienes saben escuchar.
Fue entonces, tras un largo período de servicio, que Lord Oscuro me convocó. Su voz era un eco que retumbaba en la sala y estaba desprovista de tonalidad, era ronca, ausente de armonía y gargajosa.

—"Ceniza. Ha llegado el momento de que sirvas a la Torre de otra forma."

Me reveló la existencia de un espectro ancestral, un ente que había sido visto en el cementerio de Athkatla unos días atrás. La Torre Negra quería hacer un ritual y vincularlo a su voluntad. A aquella sombra se le denominó: "El señor de las sombras".

La invocación se llevó a cabo en las criptas de Athkatla con los miembros del círculo de Shangalar, Miruh, clérigos de algunos dioses olvidados, vástagos aliados a la torre y yo.
La preparación fue extensa: se esparcieron sellos, se trazaron círculos de sangre negra, se alzaron velas cuyas llamas ardían al revés y, durante veinticuatro horas exactas, el coro de nuestras voces entonó cantos que hacían retumbar el corazón de la tierra.
Entonces, la energía negativa llenó cada rincón de las criptas. El aire se volvió denso, como si el mundo mismo contuviera el aliento. Del centro del círculo emergió una sombra que no proyectaba forma, pero cuya presencia era innegable. Una figura sin carne ni rostro, solo ojos como brasas apagadas y una voz que se sentía dentro del cráneo. Él no era la sombra que esperabamos, pero era un heraldo de su señor.

Durante un tenso intercambio, el heraldo examinó nuestras intenciones. No hablaba con palabras, sino con pensamientos y emociones. Cuando fue mi turno de hablar, me miró. O al menos eso creí. En ese instante, fui arrastrado a una vision que no puedo recordar con claridad. Solo quedaron impresos el miedo y el terror mas absolutos. Un vacío imposible de describir. Un abismo que aún hoy, cuando cierro los ojos, amenaza con arrastrarme de nuevo.

Cuando desperté, el pacto estaba hecho. El señor de las sombras serviría temporalmente a la Torre. Y yo, aunque vivo, ya no era del todo el mismo.

Tras las negociaciones, una marca apareció en nuestras espaldas: un sello negro ardiente, como si una garra oscura nos hubiese dejado su firma. Todos lo recibimos, menos a Padre Oscuro. A él, no se le marcó la carne, sino los huesos. Bajo su túnica, el blanco de su esqueleto se tornó negro como la obsidiana, como si la misma sombra lo hubiese reclamado por completo.

Tras la invocación, se celebró una reunión en los salones inferiores de la Torre. Allí, se decidió que el señor de las sombras sería enviado contra el templo de Lathander, situado en el cementerio de Athkatla. Días después, Padre Oscuro, Miruh, yo mismo y otros nigromantes ascendimos desde la misma torre hasta la ciudad, invocamos de nuevo a la sombra dentro del cementerio de Athkatla y desatamos su poder sobre el templo. Fue arrasado. Paladines cayeron uno tras otro ante la entidad, sus rezos ahogados por el eco de la oscuridad.
Mientras tanto, los vampiros, que debían distraer a la guardia de la ciudad para cubrir nuestra operación, nos traicionaron. En lugar de desviar la atención, se esfumaron, dejando que las fuerzas armadas de Athkatla se acercaran más de lo debido. Apenas logramos huir.

Aquella traición nos reveló que nuestros enemigos no solo estaban fuera de la Torre, sino también dentro del propio círculo de aliados.

Offtopic :
Relato creado en base a la trama "Sombras en la capital" de la antigua Runa Retorcida llevada por DM Schnoz.
 
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**El libro estaba abierto. Abierto por la misma página desde hace ya muchas dekhanas. Cada vez que el hombre ataviado con su túnica larga negra se sentaba a escribir, se quedaba durante horas sin saber como hacerlo, hasta que el día llegó por fin y comenzó a escribir de nuevo.**

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EL INICIO DEL FIN - EL DÍA QUE TODO CAMBIÓ
''[...] la muerte no es el final, sino el comienzo de la verdadera transformación. M.N. - Cap.III"

Nunca olvidaré —o tal vez, ya lo he hecho de forma paradójica— la noche en que todo cambió para mi.

El espejo empañado siempre estuvo allí, o al menos desde que comencé mi aventura dentro de la Torre. Oculto entre las cámaras prohibídas, un objeto sin dueño, cubierto de niebla interior que ninguna mano, ni magia pudo jamás disipar. Lo mirábamos y él nos miraba de vuelta, aunque jamás reflejó nada más que su propio y espeso vacío.

Fue durante una de nuestras reuniones, bajo la mirada de mi maestro Lord Oscuro y el imperturbable Sombrío, que decidimos invocar a aquello que dormía en su interior. Una entidad que se hacía llamar "El Duque". Un hombre tan viejo como las piedras que sostienen los infiernos. El Duque proimetió mostrarnos el camino hacia unas cuevas de Imnescar, donde unos fanáticos de sangre guardaban un artefacto mágico de gran poder. Estos cultistas adoraban y ofrecían su sangre a una Marilith, una criatura de seis brazos y espadas y una mente demente, que en el viaje había tomado a Miruh, una de los nuestros, como prenda para obligarnos a destruir al Duque por una vieja guerra entre Diablos y Demonios.

Mentiras. Siempre son mentiras.

Sabíamos que si queríamos enfrentarnos a la Marilith, necesitaríamos algo más que nuestro poder, así que Lord Oscuro, Sombrío y yo aceptamos el pacto que el Duque nos ofreció para destruir al Demonio.
Para sellarlo, debíamos entregar un recuerdo. No uno cualquiera. Algo que fuera nuestro faro en la tormenta.

Mientras que ellos entregaron migajas —Una vieja canción, el aroma de una noche estrellada... — yo di lo único que me ataba a quien alguna vez fui.

Entregue a mi hermano. Su nombre, su rostro, su voz. Todo se desvaneció en cuanto mi sangre tocó la mano de aquel diablo. Fue como arrancarme una parte del alma. Como si de pronto algo en mi pecho quedara hueco, pero sin poder recordar qué ocupaba ese lugar antes. Y entonces lo supe: había cruzado una línea de la que ya no hay regreso.

Cuando volvimos a las cuevas, El Duque emergió de su prisión de vidrio , su forma diabólica derramando un manto de oscuridad en aquel lugar infecto. Combatimos a la Marilith, y con su ayuda la encerramos en el artefacto mágico que se nos ofreció. Miruh fuee liberada, pero no hubo celebración. No para mi.

Desde aquella noche, algo en mí cambió. La sombra que siempre había llevado dentro creció, extendiendo sus garras en los rincones de mi menteo. Mi magia se volvió ma´s cruel, mi voluntad más sombría. He intentado recordar su rostro. Solo una sombra me responde. He buscado su nombre en lso pliegues de mi memoria, pero todo está sellado tras una puerta sin cerradura.

El precio... ¿Fue justo? Intento no hacerme esa pregunta para no enloquecer del todo.

Pero en la quietud de la noche, cuando el viento sopla como un lamento y las Bestias de Murann están silenciadas por el velo del sueño puedo sentirlo. Una ausencia aún más dolorosa que mil heridas... Más dolorosa incluso de cuando sentía la vida correr por mis venas. Y cada día, la oscuridad en mí se alimenta de ese vacío, vacío del que ya tengo como a un buen compañero.

Tal vez, algún día busque de nuevo aquel espejo.

O tal vez, ya no quede nada en mí que quiera hacerlo.​

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Relato creado en base a la trama "La respuesta del espejo" de la antigua Runa Retorcida llevada por DM Prismo

 
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**Los pasos eran lentos y silenciosos, solo la puerta vieja hizo ruido al abrirse. Mortuus entró a la habitación y pasó sus falangosos dedos acariciando la estantería empolvada que había a su izquierda. Llegó a su asiento y se sentó. No por estar cansado, hacía muchos años que ya no sentía esas cosas, sino por la comodidad que entregaba las sillas para escribir. Abrió su viejo diario y con una pluma comenzó a rasgar de nuevo el papiro**

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LA BARONÍA
''El arte de la nigromancia avanza mediante el desarrollo de técnicas cada vez más refinadas para forzar la permanencia del alma en la carne.M.N. - Cap.IV"

Nunca llegué a considerar la lichificación como una ambición nacida de la vanidad. Muchos creen que quien persigue este camino teme a la muerte, pero esa conclusión únicamente demuestra que jamás ha comprendido la naturaleza de la existencia. La muerte es una limitación impuesta por un cuerpo incapaz de sostener el conocimiento indefinidamente. Durante años, dediqué mi vida a perfeccionar ese cuerpo mediante injertos, sustituciones y modificaciones que me llevaron a convertirme en un Maestro de la Muerte a todos los efectos. Cada nuevo experimento ampliaba mis capacidades, pero también aceleraba una corrupción inevitable. Llegó un momento en el que la carne dejó de responder como debía, mis órganos se sostenían por pura voluntad mágica y los tejidos comenzaban a rechazar incluso las mejoras que yo mismo había implantado. Había alanzado el límite absoluto de la biología.

Si deseaba seguir avanzando en mis estudios tendría que abandonar definitivamente aquello que me había servido de recipiente toda mi vida.

La decisión de trascender fue el resultado de décadas de estudios. Muchos libros describían el proceso con una precisión completamente deficiente, incluso aquellos sacados de la gente de mi propia religión. Había detalles que solo podían aprenderse de quienes ya habían recorrido ese sendero. Por supuesto, no estaría escribiendo esto si todos esos detalles no hubiesen sido resueltos por mi.
Antes de llegar al gran ritual, debía preparar el veneno que habría de matar mi cuerpo mientras mantenía mi alma el tiempo suficiente para completar la transmigración. La elaboración de aquella mezcla exigía componentes difíciles de obtener. La colaboración de mi buena amiga, la vampiresa cuya maestría rivaliza con la de cualquier alquimista vivo o muerto, aceptó entregarme parte de su propia sangre. La sangre de un ser que había trascendido la muerte pasaría a formar parte del veneno destinado a liberarme definitivamente de la vida ¿No suena poético? A ella se le unieron el resto de ingredientes los cuales reservaré en lo más profundo de mi mente expandida y no describiré en este libro.

Mientras el veneno era preparado dediqué todos mis esfuerzos a la construcción de la filacteria. Ningún objeto posee mayor importancia para un ser trascendido, pues deja de ser una simpe obra artesanal para onvertirse en el verdadero receptáculo de la existencia. En aquella tarea recibí la ayuda de un maestro liche, Lord Zevorash el omnisciente. Yo, recuperé su filactería que él había perdido y, lejos de limitarse a mostrar una simple gratitud, decidió corresponer enseñándome cuanto sabía acerca de la creación de un nuevo recipiente para el alma. Sus conocimientos resultaron muy útiles, bajo su supervisión grabé cada runa y cada sello con la precisión que exige un objeto destinado a contener una esencia inmortal.

Veinticuatro horas antes del ritual ingerí el preparado. Nunca antes había sentido que la muerte avanzara de una forma tan consciente por mi propio cuerpo. Cada minuto transcurrido parecía consumir lentamente mi vida mientras la fiebre deformaba mis pensamientos. Durante aquellas horas apenas distinguía la vigilia del sueño. Mi mente vagó por lugares imposibles de describir con exactitud, observando recuerdos que no sabía si pertenecían a mi pasado o a otras vidas que jamás existieron. Ignoro cuanto de aquello que soñé fueron delirios provocados por el veneno y cuánto pudo ser una consecuencia natural de un alma que comenzaba a desprenderse lentamente de su prisión material. Lo único que recuerdo con absoluta claridad es que jamás dudé. Cada instante de agonía, y cada alucinación confirmaban que el proceso avanzaba exactamente como debía.

Cuando llegó el momento señalado apenas conservaba las fuerzas necesaria para permanecer erguido. Lord Zevorash inició la canalización del inmenso poder arcano requerido para sostener el ritual mientras yo reunía las últimas reservas de concentración que mi mente aún era capaz de ofrecer. Toda una vida dedicada al estudio de la magia y la muerte convergió en aquel único instante. Pronuncié el hechizo con la convicción de quien conoce cada uno de sus principios y comprendí el momento exacto en el que mi alma comenzaba a abandonar un cuerpo incapaz ya de seguir albergándola. No tenía miedo, ni dolor, ni arrepentimiento. Únicamente sentí una claridad absoluta, como si todas las limitaciones de la existencia mortal desaparecieran al mismo tiempo. Mi cuerpo, privado ya de aquello que le otorgaba identidad, sucumbuó violentamente y estalló bajo la tensión de las energías liberadas durante el ritual. Mientras los restos de mi antigua carne quedaban dispersos sobre el suelo, mi consciencia permanecía intacta, aferrada ahora a la filacteria que había preparado con tanto esmero.

Lord Zevorash dio forma al último vestigio de mi antigua identidad. Tomo con ambas manos mi cráneo y lo trabajo cuidadosamente con un cincel y herramientas de precisión ,eliminando cualquier rasgo superflui hasta convertirlo en el rostro imperecedero que hoy poseo. Cuando terminó su labor depositó sobre mi testa la corona que desde entonces me acompaña y pronunció mi bautismo eterno: "¡HE AQUÍ, BARÓN MORTUUS, EL SEMPITERNO, SEÑOR EN LAS TIERRAS DE MUERTE!". Thar había dejado de existir como ser mortal.Comprendí que la inmortalidad no consiste en prolongar la vida, sino en trascenderla. Todo cuanto había estudiado, sacrificado y destruido durante mi existencia no había sido más que la preparación para aquel instante.​

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Relato creado en base a la trama de la lichificación de Thar. Llevado por DM Ahriman y DM Xiayu. <3
 
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**El sonido de unas pequeñas patas recorriendo el interior de su esqueleto acompañó los pasos de Mortuus por el oscuro pasillo. La vieja puerta cedió con un crujido cuando empujó con una de sus huesudas manos. Entró sin prisa y cerró tras de sí, dejando la habitación sumida nuevamente en el silencio.

Algunas arañas escaparon entre sus costillas y treparon lentamente por su columna mientras se acercaba a la mesa. Mortuus no hizo ademán alguno de apartarlas.
Se sentó frente al escritorio y contempló durante unos instantes el viejo diario. Sus falanges recorrieron la cubierta, deteniéndose sobre las marcas que los años habían dejado en ella. Finalmente lo abrió por una de sus páginas vacías. Tomó la pluma entre sus dedos y, mientras una pequeña araña descendía desde su mandíbula hasta su mano, comenzó a escribir.**


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EL ENJAMBRE
''Tras años de estudio de la energía negativa, de la anatomía de los cuerpos muertos y, sobre todo, de los vínculos que mantienen un alma unida a la materia, he llegado a una conclusión diferente: El alma no contiene la identidad, es únicamente uno de los componentes necesarios para conservarla..M.N.II."

No recuerdo cuantas veces caí en un estado de inconsciencia, he intentado contarlas. Al principio creí que podría hacerlo con facilidad. Una caída, dos, tres ... Después dejé de llevar la cuenta. Quizá porque cada una de ellas comenzó a parecerse demasiado a la anterior, o quizás porque, para alguien que acababa de descubrir que la muerte ya no era un final, caer pierde la precisión que alguna vez tuvo.

Aquello ocurrió después de mi trascendencia, era un necio por aquel entonces. No en el sentido habitual de la palabra, había estudiado tantos años de mi vida y leído tantos tratados que otros magos ni si quiera se atreverían a abrir que llegué a confundir haber vencido a la muerte con haber dominado aquello que me había permitido vencerla.

La urdimbre no obedecía mis manos, no de la misma manera que en vida. Era como intentar contener un océano entre los dedos. Podía casi sentirla, invocarla, obligarla a responder durante unos instantes. Pero cada hechizo exigía un esfuerzo que alguien experimentado habría considerado vergonzoso. La magia se desbordaba, se retorcía y, en ocasiones, sencillamente escapaba de mi control.

Entonces, llegó el enjambre. No podría definirlo ni como ejercito, ni como bestia y casi ni como plaga. Era algo que avanzaba a paso lento, pero con fuerza contra el imperio. Las nubes de insectos oscurecían el cielo. El sonido de miles de patas sobre la madera, sobre la tierra, sobre los cadáveres, recuerdo las criaturas abalanzándose unas sobre otras para alcanzar primero la carne. Casi que podía sentir en mi estado, el hedor de aquel icor verdoso mezclándose con el humo.

Caí, caí muchas veces, cada derrota era distinta, pero todas terminaban igual. Mi cuerpo se quebraba y la energía negativa volvía a unir lentamente las partes de mis huesos. Mi magia no bastaba para contenerlos, la urdimbre se escapaba de mí cuando más la necesitaba y el enjambre seguía avanzando, nos comía terreno a paso lento, pero con eficacia.

Es humillante admitirlo ahora, pero durante aquellos primeros enfrentamientos llegué a temer que mi reciente condición no fuera suficiente. Había conseguido convertirme en aquello que otros magos únicamente podían estudiar en libros y sin embargo, unas criaturas inferiores a mí en inteligencia y propósito conseguían reducirme y casi destruirme.

Precisamente, caer y regresar, caer y regresar, caer y regresar fue lo que precisamente terminó cambiándome. Los vivos pueden permitirse el lujo de olvidar aquello que los aterrorizas, pero mi memoria ahora no pertenecía a la vida, sino a la expansión infinita de la muerte. Una memoria que permaneció intacta con cada caída, con cada sonido, con cada movimiento.

Al principio observaba a las arañas porque eran una parte más de aquel horror. Después empecé a estudiarlas. Su comportamiento y la forma en la que construían sus telas, la paciencia con la que aguardaban. Me fascinó. Después se convirtió en interés y después en una obsesión.

Las arañas comenzaron a aparecer a mi alrededor con una frecuencia que ya no considero accidental. Primero las dejaba vivir en los rincones de mis aposentos. Después las alimentaba y las observaba hasta que comencé a conservar a alguna de ellas y comprendí que no necesitaba conservarlas fuera de mí. Viven en mi, entre mis costillas, dentro de mi cráneo, bajo las placas de mi columna. Se deslizan entre mis huesos y construyen allí sus pequeñas moradas de seda. No puedo sentirlas caminar, pero las oigo tejer y caminar.

Aquella guerra me regaló una enseñanza. Las criaturas más poderosas pueden ser las que uno considera débiles. Hay que aprender de sus movimientos y hay que aprender de sus capacidades. Ya no volveré a cometer el mismo error, ahora no busco exterminar lo que una vez fue el enemigo directo del imperio, ahora busco comprenderlas. Fueron capaces de derrotarme cuando yo todavía creía que había aprendido a derrotar la muerte.

Las arañas me enseñaron algo que ahora guardo en mi mente todos los días. La muerte no es lo mismo que el dominio sobre ella. Y aunque ahora controle el poder con mejor presteza de la que lo hacía en vida, aún tengo mucho que aprender, el conocimiento nunca fue finito.​

Offtopic :
Relato creado en base a la trama de "El Enjambre" incluyendo las consecuencias permanentes obtenida por mi personaje. Gracias a DM Ahriman y DM Xiayu por aquellas escenas <3 https://foro.puertadebaldur.com/threads/muranndin-el-enjambre-esta-hambriento.120807/
 
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