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Un elfo en Tierras Humanas

Juan

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Llegada a Athkatla

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El fin de algo, siempre es el comienzo de otra cosa.


El momento había llegado. Aunque con cariño siempre lo recordaría, ese ya no era el hogar en el que me acogieron y cuidaron cuando me encontré solo, demasiado años habían pasado y ahora eran los hijos, de los hijos, de los hijos de los tomaron el papel de mis padres quienes regentaban el “Circo Itinerante de los Montacarpas”, donde trabajé durante casi siglo y medio.

Tras una rápida pero emotiva despedida, tomé mi arco de madera de pino con el que tantos números circenses había realizado y me alejé de los que consideraba mi familia. La sensación era extraña, pues por primera vez estaba solo desde aquel suceso. Tenía libertad para caminar hacia donde quisiera, sin un camino establecido, sin una norma que seguir, pero también sin nadie que cuidara mis espaldas, curase mis heridas o secara mis lágrimas cuando la añoranza y la soledad explotaban en mi pecho.

Gracias a mi destreza con el arco, perfeccionada con el paso de los años a través de mis números en el circo, no me faltó un bocado que echarme a la boca que , aunque no fuera la carne el alimento que más de agradase, me permitía continuar un día más caminando y explorando las vastas sendas de Amn, hasta que un día lo decidí.

Siempre habíamos ido de aldea en aldea ofreciendo nuestros espectáculos, en ocasiones cerca de ciudades importantes como Crimmor o Purskul, donde contratamos al bueno de Horam el semiorco, cansado de trabajar la tierra, pero jamás nos habíamos acercado a la capital, pues los impuestos que pedían para establecernos y realizar nuestro repertorio era demasiado alto. Así que si, sería la ciudad de Athkatla donde iría, la llamada Ciudad de la Moneda, donde los adoquines de sus calles están hechos de oro, donde el comercio fluye durante el día y la noche, lugar en el que cualquiera con algo que aportar y ganas de trabajar puede hacerse un hueco, y yo debía mucho a esta nación, a Amn, a la que desde hacía años consideraba como propia.

Terror es lo que seguro se reflejó en mi mirada cuando, al llegar a las afueras de la ciudad, donde descansaban los campamentos de los aventureros, encontré un pequeño tumulto donde una mujer aseguraba que habían arrancado brutalmente las orejas a un elfo, no por un delito, si no por algo que intentaban instaurar bajo el nombre de “El impuesto de la oreja”, impuesto que según quienes lo intentaban ensalzar debíamos pagar los elfos por estar en ciudades humanas, según pude entender.

Asustado por lo acontecido marché hacia el bosque, intentando ocultarme en un lugar donde sabía desenvolverme hasta saber cómo actuar. Maldije mi suerte en multitud de ocasiones, hasta que un hálito de esperanza me azotó en la mente al encontrar a dos elfas en aquel bosque. Era muy diferentes la una de la otra, pero ambas parecían tremendamente sabias y seguras, las primeras figuras élficas con las que tendría contacto desde que perdí a mis padres. Sin dudarlo, con el ansia y pavor que mi cuerpo irradiaba, me acerqué a ellas en busca de comprensión y el conocimiento necesario para abordar la situación. Ellas me tranquilizaron en primera instancia, presentándose como la sacerdotisa Anith y Minenyar, a la que apodaban “La Guardiana”. Yo usé el nombre por el que se me había conocido durante décadas atrás en el circo, con mi apodo artístico: Juan “el Flechas”.

Rápidamente busqué consuelo en ellas, contándole lo acontecido, buscando una explicación que calmara el miedo que me había hecho sentir lo que había presenciado, pero nunca llego, en su lugar obtuve repulsa, insultos por parte de la sacerdotisa. Sin embargo la Guardiana, la cual poseía la misma luna en la mirada que mi difunta madre, aunque se mostraba más comprensiva a mis palabras y temores, no hacía nada por calmar la furia que mi presencia allí parecía desatar en la sacerdotisa, terminando por ser expulsado.

La huida me pareció la más correcta de las opciones, gastando las pocas monedas que poseía en una caravana que me llevaría lejos, hacia la ciudad de Imnescar, en la cual había podido escuchar se buscaban manos para trabajar y defender la frontera de las asquerosas bestias.
 

Juan

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Llegada a la Frontera


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La Disciplina como herramienta para alcanzar el éxito.


Allí me encontré, tras un largo viaje, ante la impresionante Fortaleza de la Cicatriz. Banderas y estandartes ondeaban bajo el tono carmesí del cielo al atardecer, haciendo que mi boca se abriera mostrando mi asombro mientras muchos eran los que me miraban con extrañeza al cruzar esos campos. Campos plagados de carpas rojas, donde en algunas zonas había grupos entrenándose con estafermos, luchando cuerpo a cuerpo o haciendo flexiones, pero todos esforzándose al máximo en sus acciones, como los auténticos guerreros que eran, haciendo gala a lo que muchos decían, que en la División de la Cicatriz eran los más duros. Cuando pude salir de mi asombro por tan tenaz comportamiento, me agradó ver a unos cuantos practicar con arcos y ballestas hacia unas dianas y estafermos en movimiento, pues comprendí que allí podría encontrar mi lugar.

Rápidamente, como si mi presencia allí fuera más que notoria, un hombre desaliñado y con su uniforme algo descuidado se acercó llamando mi atención. No era otro que el conocido y capaz Cabo Ashnard el cual, aunque sin mucha esperanza en mi petición de alistarme en el Ejercito Fronterizo, aceptó.

Duras fueron las semanas siguientes, los entrenamientos agotadores, debiendo aprender a blandir armas que jamás había portado y recorriendo los interminables montes que la frontera ofrecía. Los demás reclutas y soldados me miraban con burla, pues mi pequeño tamaño a su lado y la deplorable forma física en la que me encontraba, hacían imposible que soportara en ocasiones las pruebas, cayendo en alguna que otra ocasión desmayado del esfuerzo que realizaba.

Aun así el Cabo Ashnard, el encargado de mi instrucción, me instaba a repetir y repetir, buscando inculcar una disciplina en mi persona que, aunque él no parecía poseer, despertaba en mi pecho un ansia por superarme que jamás había sentido. Poco a poco mi cuerpo se fue acostumbrando, ya no me dejaban atrás en la carrera, si no que centraban su mirada y esfuerzos en que no les rebasase, procuraban hacer más flexiones para que no les alcanzase, ahora me veían como un rival a tener en cuenta. Pero no fue hasta que conseguí blandir con cierto éxito las principales armas que me permitieron usar el arco, y en ese preciso momento, cuando demostré la precisión y destrozos que se podían realizar con arco y flechas, mis compañeros me aceptaron como uno más.

Meses pasaron, lucía con orgullo el uniforme que tanto me había costado conseguir, sintiéndome en casa. Por fin, en esos muros de piedra que decoraban el llano que precedía a los picos de los Dientecillos, había encontrado mi lugar y la forma de devolver a Amn todo lo que había hecho por mí.

Pero siempre había miradas de recelo hacia el elfo que portaba un uniforme de un ejército humano . . .
 

Juan

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Encuentro con sus raíces


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Para abordar el futuro debes afrontar el pasado.



Los meses pasaban rápidos en la frontera, custodiar que los orcos no sobrepasasen la línea era un trabajo solitario y tedioso, pero la soledad no me asustaba. Días y dekanas podían pasar en una de las patrullas, donde necesariamente tuve que aprender a buscar alimento y refugio mientras seguía los pasos de aquellos a los que debía aniquilar. Con la única compañía de mi arco y de Paco, mi caballo, bajo el ardiente sol, cubierto por un manto de estrellas o contemplando esos ardientes atardeceres que se daban entre las montañas de los Dientecillos, me sentía libre y valorado, haciendo una gran labor.

Lamentablemente cuando volvía a los caminos, a las proximidades de las ciudades, una oleada de miradas y malos comentarios hacían mella en mí. Los humanos veían con desconfianza que un elfo fuera quién velara por su seguridad, así como los elfos que podía encontrar con recelo y desprecio me miraban, incluso alguno se atrevía a decirme que como me atrevía a portar un uniforme humano en lugar de estar velando por “El Pueblo”.

Después de un intenso día de trabajo, mientras descansaba bajo la sombra fresca del Gran Roble de Imnescar, un veterano elfo se me acercó. Él no tenía esa mirada crítica, sino un afable tono con el que se dirigió a mí, curioso, intrigado, por conocer mi historia y como había llegado a este punto. Sus palabras, cargadas de sabiduría, me explicaron la importancia de ponerme en paz con mi pasado, pues logró discernir entre mis palabras cuando le narraba los sucesos algo que ni yo mismo había sido capaz de comprender: rencor hacia los míos por haberme abandonado y hacerme sentir despreciado.

Esa noche no pude ensoñar, pensando que hacer, como afrontar estos sentimientos que las palabras de aquel elfo habían despertado en mí, hasta que finalmente tome la decisión, encontraría el camino a Suldanesselar y me pondría en paz con mi pasado. No fue difícil conseguir un permiso, puesto que hacía tres veces más turnos que el soldado medio, vigilar la frontera día y noche no era del agrado de la mayoría, así que tras apertrecharme subí a lomos de Paco y tomé camino a Tethyr.

El bosque me parecía tan cambiado, tan extraño, al fin y al cabo había pasado más de un siglo desde la última vez que pasé por allí, no recordaba el camino ni era capaz de encontrarlo. No sé cuánto tiempo estuve deambulando por aquellos frondosos bosques, no era capaz de encontrar rastro alguno que no fuera de algún orco que se había aventurado a una zona donde no debería estar, siendo eliminado para que sus restos alimentaran al bosque. Caminaba y caminaba, sin atreverme a marcar los árboles para trazar un camino, sin poder ver la posición del sol o de las estrellas para guiarme debido a la espesura de las copas, que formaban un techo natural sobre mi cabeza, aunque me sentía observado en todo momento, observado y cuestionado, hasta que una flecha con una nota se clavó a mi paso. No pude ver de donde llegó, pero la nota era una clara advertencia de que si continuaba, podría tener problemas. Iba por buen camino. Continué firme por la senda, y tras un par de días logré llegar a las puertas del Reino Élfico, donde había un pequeño grupo esperándome con cara de pocos amigos.

Los colores y formas de mis ropas, humanas, le hacían desconfiar aunque mi aspecto fuera como el suyo. Les hacía sentir recelo y al mismo tiempo empatía, una difícil paradoja que, tras explicarles el motivo de mi estancia allí en una torpe lengua élfica que no recordaba la última vez que la había usado, me permitieron el paso.

Había olvidado la belleza, la atmósfera de tranquilidad y sosiego que allí se respiraba, pareciera que el tiempo en ese lugar corriera de otro modo pensé, mientras caminaba por los caminos dispuestos entre los árboles hasta que el corazón me dio un vuelco cuando lo vi, en una de las casas, el símbolo de mi familia, eso jamás lo olvidaría. Abrí la puerta, dudoso crucé el umbral y allí pude encontrarla, una longeva elfa de pelo oscuro y ojos plateados, como los que mi madre había heredado, que me miraba con una medida sorpresa mientras lágrimas comenzaban a recorrer su mejilla, recordándome a pesar de lo cambiado que estaba. Dejó sobre una delicada mesa el arco que estaba tallando con la maestría que sólo los más avezados elfos sabrían hacer, y extendió sus brazos hacia mí, buscando que llenase el hueco que hacía tantos años atrás había quedado vacío. No tardé en llegar al destino que había estado buscando, fundiéndonos en un cálido abrazo en el que nuestras ropas se mojaron de las saladas lágrimas del otro.

Horas, puede que días se sucedieran mientras conversábamos, contándonos lo acontecido en todos estos años en la vida de uno y otro, explicándome como nos lloraron y dejaron ir manteniendo nuestro recuerdo, pues le informaron que no hubo supervivientes cuando nos atacaron y ningún cuerpo pudieron rescatar. Por fin comprendía que no fui abandonado, no fui olvidado, y el dolor que yo sentí era proporcional al suyo, pues aquel día también perdió a su familia. Al igual que comprendí su dolor y actuar, ella entendió la deuda y sentimientos que tenía por Amn, bendiciendo mi partida hacia las tierras humanas no sin antes hacerme un regalo, mi olvidado nombre, Ewan, el cual volvería a tomar en respeto a la memoria de mi familia.

Las sabias palabras de aquel elfo bajo el Gran roble habían hecho que mi pecho latiera diferente, veía ahora todo más claro, podría cumplir mejor mi labor y el pueblo élfico tendría mi ayuda cuando así lo precisase pues, aunque soy amniano, no rehuso de mi pasado.
 
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Juan

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Desde la frontera a la Capital


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Quizás todos venimos en diferentes barcos, pero ahora todos estamos en el mismo bote.



Largo fue el camino de vuelta, así como largas las reflexiones que pude hacer en la soledad de mis pasos, con la única compañía de mi inseparable caballo.

Al final de duodécimo día de viaje, como si fuera la primera vez que llegué allí, me quedé maravillado con la puesta del sol, bañando el cielo de un color rojo intenso que hacía contraste con los oscuros muros de la Fortaleza de la Cicatriz. Los grillos comenzaban su serenata nocturna mientras las luciérnagas perdían la timidez a medida que la luz escaseaba, saliendo a bailar al compás.

¿Tanto tiempo había pasado? Muchos rostros nuevos había en el lugar, reclutas y soldados que aún estaban aprendiendo a como amarrar correctamente las correas de sus uniformes me miraban curiosos, como si el novato allí fuera yo, ¡ja! Pero por fin un rostro conocido, el ya Sargento Fran Morris, se dirigió a mí con su ruda pero fraternal voz.


- ¿Ya te has cansado de jugar con el elfos y vuelves con los hombres de verdad?

No pude evitar sonreir dándole la razón, pues echaba en falta de manera que no podía explicar el estar entre mis camaradas del Ejercito Fronterizo. Esos muros, los estafermos, los caminos cientos de veces recorridos, el estricto orden de la Teniente Helen, las sacadas de quicio que Wynne hacía sentir al sargento o la camaradería de Finn. Comprendí lo que realmente se siente al volver al hogar.

Se dieron buenos años y, aunque la rebelde soldado que combatía con dos pequeñas hachas decidió seguir su camino lejos de nosotros, los que nos mantuvimos defendiendo la frontera fuimos desafiados por multitud de peligros. Batallas como la que libramos contra los Licántropos de los Dientecillos, la de los Orcos de los Humedales o, quizá la más peligrosa y que supuso un antes y un después en las organizaciones de la ley y el orden de Amn, la de Gamori y sus diablos al servicio de Asmodeo. De todas ellas se podrían componer decenas de poemas e incluso novelar multitud de libros, donde las nuevas generaciones encontrarían una gran fuente de conocimiento, pero éramos hombres de armas, no escribas.

Tras la batalla contra Gamori y sus diablos, la cual diezmó considerablemente las filas tanto del Ejercito Fronterizo como de la División de la moneda, desde el Ilustre Consejo de los Seis decidieron fusionar ambas divisiones, creando la que desde ahora se llamaría la División Occidental, teniendo como objetivo luchar todos bajo un mismo estandarte y ocuparnos de todo el territorio de manera más ordenada, clara y eficaz.

Este cambio no gustó a muchos de las dos divisiones. Unos veían a los Guardias de la Moneda como enclenques corruptos y acomodados, mientras que éstos miraban a los soldados de la Cicatriz como a salvajes sin modales y muy presuntuosos que, sumado a la bula arcana y la imposibilidad de que lanzadores de conjuros se pudieran militalizar, supuso que el número activos de la nueva División Occidental fueran muy bajo entre bajas y expulsiones.

Prácticamente volví a encontrarme solo, mis camaradas marcharon. Helen y Fran decidieron dejar la vida militar y dedicarse a otros menesteres, mientras que Finn desapareció sin dejar rastro. En su lugar un cabo, el cabo Svart, y unos compañeros de lo más curiosos, Jamgön el oscuro y Azhur el encantador de perros, pero no había tiempo que perder, había que demostrar mi valía una vez más ante esos desconocidos que miraban con recelo mi naturaleza élfica. Nuevamente en la capital Amniana, de la cual había salido huyendo, ahora sería donde más tiempo pasaría. Las dinámicas eran muy diferentes a lo que estaba acostumbrado en la frontera, los “líos de ciudad” muy confusos y el poder que allí tenían las habladurías era enorme, por no hablar de los problemas con las cofradías y de los indisciplinados compañeros.

Por desgracia para muchos, estalló un conflicto en Nashkel, nuevamente eran asediados por muertos vivientes, pero en esta ocasión parecía ser algo tremendamente serio. La División de la Nube junto a los aventureros y mercenarios no eran suficiente para contener el paso del enemigo, así que fuimos enviados al frente. En cierto modo me alivió volver a las batallas, me asqueaba la ciudad y sentía como la ira se apoderaba cada vez más de mi interior, la batalla con Gamori me había cambiado más de lo que me atrevía a reconocer, pero pronto mi alivio se tornó en pesar. Incauto de mí, no había sido capaz de comprender donde me estaba metiendo hasta que allí me encontré . . . .
 

Juan

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El Heraldo de la Mañana


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Para la mayoría de los hombres la guerra es el fin de la soledad. Para mi es la soledad infinita.


Puedo escuchar el ruido de los aventureros, soldados y ciudadanos ir y venir, he de abrir los ojos, maldita sea, no quiero hacerlo. Vamos Ewan, un día más en el frente, ¡coraje!

Sabía que vería esto, la tela del campamento improvisado siendo azotada por el viento, pero al menos he podido descansar, sin esas atroces visiones en mi mente que no me permitían ensoñar.

Es hora de comenzar con la ronda, esos soldados necesitan que les diga que hacer, esos ciudadanos merecen sentirse seguros y los aventureros, ellos necesitan un orden y organización para no mandar toda la contienda al traste en sus ansias de gloria, aunque todo hay que decirlo, algunos de ellos lo están haciendo muy bien, y sin su ayuda, esto sería imposible de afrontar.

*Se toma su arco, coloca su capucha, y sale de la tienda*

Este aire helado, siempre nieve, siempre frío a pesar de que la pira de cadáveres es cada día más grande. Espero que no hayan echado ahí a ningún enano, después de todo lo que me dijo Irla sobre sus caídos, no tengo ganas de recibir quejas o denuncias.

Es increíble como la gente aguanta, sobrevive y se adapta a toda circunstancia, sobre todos los niños. Juegan a patear una piedra de los escombros del muro, entre guardias y ciudadanos intentando ser fuertes por ellos estando rotos por dentro, bendita ingenuidad. Merecen ser salvados, merecen que los proteja y mi alma dejó de pertenecerme por conseguir el poder necesario para hacerlo. Dicen que todo esto es por un príncipe demoníaco, espero que el colaborar a su destrucción me congracie con él, y me otorgue más poder para cumplir mis metas.

Poco a poco vamos ganando terreno, alguna vez se le deben terminar las hordas muertos que lanzan sobre nosotros, sólo espero que sea antes de que a nosotros se nos gasten los recursos. Necesitamos dar un golpe, pasar a la acción, dejar de resistir sus ataques para ser nosotros quienes se abalanzan sobre el enemigo, detesto reconocerlo, pero ese maldito enano tiene parte de razón.

Un día más en el frente, un día más que no sé como acabará, sólo sé que si muero defendiendo este país que tanto me ha dado junto a mi familia, las Fuerzas Armadas, todo habrá valido la pena.


- Vamos Paco, hoy serás una vez más mi compañero de patrulla.
*Toma las riendas de su caballo, subiendo a su lomo grácilmente*

Paco, tú eres mi fiel corcel, mi más profundo engaño. Cada vez que mueres de viejo te sustituyo por uno lo más parecido posible y le nombro igual. Es mi trampa para intentar escapar de esta soledad que me asola, se acentúa en este triste entorno de nieve, sangre y huesos rotos. No me queda un amigo, todo ellos acaban muriendo o quizá marchándose a formar una familia, tener hijos y nietos, ¿por qué tanta pasión en ese hecho? No logro entenderlo, renunciar a la libertad que tenemos, sin responsabilidades, por estar en una casa con una mujer envejeciendo a esperar la muerte. Hay quienes dicen que lo importante no es cuanto tiempo, si no qué tan bien has vivido, y yo respondo cuanto más tiempo tienes más cosas puedes vivir, ¿no? Lo único constante, lo único que no cambia, lo único que no me abandona, son los colores de mi uniforme y estandarte, mi única real compañía en este mundo en el que en ocasiones siento que no tengo un lugar.

*Pasando los días entre discusiones sobre estrategias, algún que otro niño muerto, asaltos de muertos vivientes y derrumbes en la ciudad se iba ganando terreno, pero las rencillas y el pesar por los caído iba haciendo mella en los defensores*

Estúpidos, que sabrán ellos. Malditos aventureros que creen que saben más de guerra que la propia guerra. La decisiones hay que tomarlas, y los daños colaterales existen. ¿Qué iba yo a saber que habría críos en esa casa? ¡Me dijeron que había sido todo desalojado! Y de todos modos, ya era demasiado tarde, si no derrumbamos esas cosas sobre los destrozados muros de la ciudad, nos hubieran invadido las hordas de los muertos.

El fin justifica lo medios, esos niños tenían su destino sellado, ellos murieron pero la ciudad se salvó, y quién no lo entienda es su maldito problema, no el mío.

Ya hemos salvado este flanco, por fortuna, tenemos el frente abierto, con ese muerto montado al que llaman Caballero de la Muerte, caminamos hacia la que esperamos sea la última batalla, llenos de ira, rencor, odio y cansancio, pero con la determinación de librar finalmente el norte de esta plaga.

El enemigo no se hizo esperar, cargaron contra las barricadas, destrozándolas, pero encontrándose con nuestro ejercito preparado, una mezcla de hombres, elfos y enanos luchando juntos por un mismo fin. La vanguardia enemiga era poderosa, con una ingente cantidad de esqueletos a lomos de también esqueléticos corceles de guerra, mientras eran cubiertos por arqueros. Para desgracia para ellos, no eran tan hábiles con el arco como yo. Lo años de entrenamiento y dedicación a la técnica, el cuidado de las formas, el conocimiento de mis habilidades y de como incrementarlas con la idónea manufactura del arco para formar la pareja de baile perfecta, como si el uno sin el otro no tuviéramos sentido, hicieron posible que sus arqueros fueran diezmados rápidamente. De este modo puede dar cobertura a nuestros guerreros y vía libre a nuestros arcanos y sacerdotes para que, con sus conjuros y plegarias, iluminaran mágicamente el nocturno cielo arrancando de sus pútridos cuerpos la energía que les permitía moverse tras la muerte.

Entonces apareció él, comandando un elitista grupo de muertos vivientes en lo que parecía su último intento de abatir nuestras defensas. Tremendo fue el coraje que mostraron Jamgön y Azhur lanzándose al ataque en primera línea, pese a sus heridas, junto con un numeroso grupo de aliados. A duras penas podía cubrirles con mi arco, eran muchísimos y luchaban sin reservas ni cansancio, pero el calor de nuestro interior, intensificado en la batalla, era superior a toda la negatividad que expandían por la zona. Uno a uno fueron cayendo, hasta que sólo quedó ese Caballero de la Muerte, que si bien sus golpes eran atroces, la ferocidad con la que atacamos, dispuestos a morir, era muy superior.



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Finalmente, el cuerpo sin vida de aquel caballero cayó inerte en el suelo, lo que le permitía existir ya no moraba en su interior. El malestar que su sola presencia nos hacía a todos sentir desapareció y, como si de la extinción de un macabro hechizo se tratase, el cielo se abrió dejando caer la gratificante luz del astro rey sobre nosotros, permitiendo ver con todo detalle la desoladora imagen que era en ese momento el campo de batalla.

La guerra había terminado, habíamos vencido pues estábamos vivos, pero muchos habían quedado por el camino. Amistades se habían forjado en esta impía batalla, también rencores, pero de nada servía pues el tiempo se las llevaría. Se los llevará a todos, una vez más, menos a mí, que permaneceré aquí, sin conocer lo que es mantener a un amigo, sin conocer el amor y, ¿quién quiere vivir para siempre, sin amor?


 

Juan

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Estalla el conflicto en Kalathtyr

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No podemos convertirnos en lo que queremos permaneciendo en lo que somos

Aún con las heridas causadas por el eterno frío del norte recientes, y con poco más de tiempo para prepararse del que se necesita para comer un estofado e ir después a desaguar, debimos partir hacia el frente orco en el que se encontraba el cabo Lucyus. Doloridos pero con determinación nos pusimos al día de lo allí acontecido, tomando las posiciones asignadas para arremeter contra el enemigo que, aunque se hallaba acorralado en aquellos túneles, su resistencia había evitado que fuera vencido.

Una encarnizada lucha tuvo lugar en la que salimos vencedores, pero una última artimaña de esos malditos no la esperábamos, pues había creado un mecanismo que cuando se accionó al intentar salir del túnel lo derrumbó, costando la vida a algunos de nosotros. Heridos, dañados, exhaustos, pero una vez más victoriosos volvimos a los cuarteles de la capital amniana.

Un breve tiempo pasó entre multas y altercados menores en la ciudad, donde la monotonía de los muros me asfixiaba por días, haciéndome desear volver a aquellos tiempos en la frontera donde la libertad de estar perdido por las montañas durante decanas me llenaba el espíritu. Pero me necesitaban allí, debía cumplir mi deber, el cual era hacer lo que me ordenasen, y es que no podemos convertirnos en lo que queremos permaneciendo en lo que somos. Yo quería tener ser alguien, tener esa fuerza de cambiar algunas cosas, y no podría hacerlo si solamente me dedicaba a matar patéticos orcos que en sus fechorías cruzaran la frontera marcada. Entonces se hizo la llamada, un nuevo conflicto explotó en la ciudad fronteriza de Kalathtyr, no sabía los detalles ni los necesitaba, me necesitaban en mi ansiada frontera y por fin podría demostrar mis virtudes antaño adquiridas.

Ya no estaba bajo el mando del cabo Lucyus, sino de un tipo duro de pocas palabras llamado Tark. Era procedente de Nashkel, igual por eso tenía la sangre tan fría, pero me agradaba. Su trato respetuoso, ordenes claras y fuertes convicciones le hacían alguien del que seguro podría aprender.

Escoltas a caravanas para abastecernos, fortificación de puntos clave, patrullas nocturnas por las inmediaciones, defensa del punto fronterizo en la “tierra de nadie”, escaramuzas tácticas a los campamentos enemigos. Era una buena guerra de desgaste en la que cada bando posicionaba sus piezas en el tablero, tablero al cual dimos cientos de vueltas pensando estrategias que se acomodaran a los sucesos que iban ocurriendo, contando con las aptitudes de los aliados, días y noches pasé de guardia entre aquellas banderas rojas, haciendo que el enemigo se ocultara tras las lomas gracia a mi arco, y muchas de ellas disfrutando de la compañía de Ran la que más tarde descubriría como Lythana. Una dulce y cándida drow que rozaba mi alma con su simpatía y sonrisas afables, despertando la tensión en mí cuando con gracia se me acercaba y posaba su cabeza en mi hombro, pero no podía distraer mi atención de mi cometido, no podía fallar a mi nación, tenía mucho que demostrar y joder si lo haría.

La contienda se recrudecía, obtuvimos información sobre un puesto de avanzada que el enemigo estaba creando con intención de acabar con nuestra línea de suministros, en el escabroso e impío Desfiladero de la Muerte. Nuestros peores presagios se hicieron realidad, las bestias se habían aliado con muertos en vida, como hacía años que no se veía, atrincherándose a los pies de una monumental Torre negra, pero los mejores estrategas estaban de nuestro lado. En un inteligente movimiento de distraer su atención para ejecutar un ataque de pinza pudimos hacernos con su campamento, dando fin a muchos de los enemigos y haciéndonos con parte de sus barricadas para la defensa propia. Fue un golpe duro, aunque lejos de ser un golpe fatal, y pronto se rearmaron dando un golpe que no esperábamos, llevándose con ellos a la Teniente Valerie mientras atacábamos y destruíamos su puesto de avanzada, acabando con la vida de muchos de ellos y su oficial al mando.

El conflicto había llegado a su punto álgido, la guerra de guerrillas había terminado y el confrontamiento que decidiría nuestra vida no se hizo esperar. Una encarnizada lucha tuvo lugar en la que muchos murieron, en ambos bandos, pero la fuera y determinación de los aliados con Amn fue superior, obligando a la retirada de las fuerzas conjuntas de bestias y muertos viviente.

Y con esa victoria llegó el primero de mis ascensos, inesperado he de decir, pero que escribía el comienzo de mi verdadera carrera militar.
 

Juan

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*Abre nuevamente el viejo tomo donde va narrando sus aventuras y desdichas, pluma de kenku en mano, comienza una nueva entrada.*

La vida militar

Tras ese ascenso todo tomó una velocidad vertiginosa. Poco a poco empezaba a verme dentro de despachos en lugar de en los caminos, casi siempre haciendo informes y atendiendo a personalidades que el sargento Tark no tenía en gana hacer.

Una misiva llegó al cuartel, éramos convocados para las Maniobras de las Fuerzas Armadas que se celebrarían en Esphurta. Todas las divisiones irían para pugnar por ver cual era la más capaz, la División del Escudo, de la Nube y como no, la Occidental.

La misma ruta para llegar allí era la primera prueba. Largos días, interminables noches de guardia, y todo ello sin dejar pasar el deber del soldado.

Recuerdo aquel conflicto con la bruja que transformaba en animales a niños con cierta intriga. Nunca supimos como deshacer aquellos conjuros, ni con la muerte de quién lo provocó se revirtieron las transformaciones. Personas convertidas en animales, conviviendo a su vez con animales reales, todo tan extraño y turbio que es mejor no indagar mucho en esos pensamientos pero, ¿seguirá viva la gallina que se llevó la soldado Kaia?

Aunque donde si nos vimos realmente apurados fue con esos osos lechuza. No sé como nos vimos envueltos en un conflicto de dos tribus de osos lechuza, tremendas criaturas de una fuerza sin igual. La supervivencia nos hizo tener que elegir uno de los bandos y ayudarles para lograr la victoria. Puede que no todas las decisiones que tomamos en ese viaje fueran las más acertadas, ni quizá son simplemente buenas, pero tenían que hacerse y se hicieron.

Mas tarde que temprano llegamos a Esphurta, allí estaban ya todas las demás divisiones, éramos la última en llegar, cansados y sucios, pero con el ánimo intacto. Algunos cargos de la división del Escudo nos miraban por encima del hombro, pero aún no conocían de nuestra valía. Un día de descanso y a la mañana siguiente comenzaríamos.

Logré ensoñar unas horas, más que suficiente. Veía el resto del tiempo como mis compañeros dormían, tranquilos, frágiles. ¿Cómo pierden tanto tiempo los humanos durmiendo con lo corta que es su vida? Es algo que jamás comprenderé. Después cuando despierta todo lo quieren rápido, son impacientes, impulsivos, descuidados y obcecados aunque bueno, así soy yo para algunos elfos, acusándome de ellos por vivir con humanos.

Al día siguiente la misión: una gran tormenta había dejado incomunicado un campamento, exploradores habían salido y nada se sabía de ellos. Debíamos restablecer la comunicación y rescatar a todo aquel que viéramos en peligro.

Esta misión fue un completo caos, algunos de los integrantes que nos acompañaban gustaban de ponerse en peligro. ¿Querían que la misión fracasase? ¿Eran realmente unos ineptos? ¿Deseaban la muerte en servicio para el bien de sus viudas? Sea como fuere no lograba comprenderlos, sólo debía esforzarme al máximo para junto al sargento Tark, la soldado Kaia y el soldado Khalagan lograr el éxito de la misión, ¡y vaya si lo conseguimos! Logramos rescatar a los exploradores de un grupo de trolls y orcos, incluso a un miembro de la División del Escudo. Finalmente la División Occidental fue nombrada vencedora de las maniobras de Esphurta, pudiendo volver a casa cansados, algunos maltrechos, pero con la cabeza alta y el deber cumplido.

El día a día seguía pasando del mismo modo, casi monótono. Denuncias, comprobar licencias, con suerte algún asalto en los caminos o una denuncia por vampirismo en el distrito de la Tumba.

Repentinamente unas terribles tormentas comenzaron a sacudir la nación, troncos de árboles en los caminos retrasaban el paso de las caravanas, crecidas en los ríos por las torrenciales lluvias ponían en jaque a las villas fluviales, elementales de viento y de hielo azotaban el norte, teniendo que acudir en más de una ocasión en ayuda de la División de la Nube en Nashkel y de los tozudos enanos de Kazad Gromdal.

Durante ese tiempo en el que los comercios carecían de ciertos bienes, tuve que buscar un carpintero para que fabricara las flechas con las que cumplir mi deber. Finalmente encontré a una, Lady Taranthios se hacía llamar y aunque no tenía la más mínima pinta de carpintera los trabajos que me mostró como suyos eran sublimes. En busca de la madera necesaria por las inmediaciones de Purskul uno e los típicos temblores que acompañaban a las tormentas se pudo sentir. No pasó mucho tiempo cuando un enorme elemental de piedra y fuego apareció ante nosotros, atacándonos de inmediato.

No había tiempo para la sorpresa o las explicaciones, sólo para a duras penas reaccionar. Mis flechas nada le hacían, chocando con la dura roca recubierta de magma, tocaba usar el ingenio. Decidimos separarnos para dividir su atención, usando contra él el agua del lugar, y cualquier cosa en nuestras sacas que pudiera enfriar a esa criatura, pues pensamos que ese sería el modo de vencerlo. Tras varios intentos lo logramos, pero no cayó. Su magma se cristalizó, pero era frágil e comparación con la roca. Usando flechas de punta roma logré dañarlo lo suficiente como para que decidiera marcharse y con él, tal y como vinieron las tormentas se fueron, dejando una gran labor de reconstrucción por delante y una amistad forjada en la batalla.

¿Pero quién me iba a decir que se trataba de . . .
 

Juan

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Ella

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La peor soledad es la que se siente en compañía.

Muchos años han pasado. Para mí han sido breves, ligeros, pero he podido ver a gente que me importaba nacer y morir por su avanzada edad. Es mi maldición por ser un elfo en tierras humanas.

Desde que me alisté en el ejército no ha sido diferente, siendo testigo de como iniciaban y finalizaban su vida militar multitud de compañeros, para finalmente jubilarse, morir en combate o dejar las armas para formar una familia, mientras yo me seguía viendo como ese joven al que le queda mucho por aprender y recorrer.

Los humanos, con una vida tan volátil, tan breve, pero contrariamente a los de mi sangre, saben usarla con intensidad. Soy consciente de que en ocasiones soy casi desesperante para ellos, ya que aunque mi crianza ha sido entre humanos, mi herencia se hace patente a la hora de afrontar los problemas, tomar decisiones o simplemente elegir las palabras de una frase, casi tanto como a mí me resulta tratar con los “míos” que han tenido una crianza en la hermética sociedad élfica.

No encajo del todo en un mundo, ni en el otro.

Podría pensar que con el paso del tiempo me acostumbraría, quizá volcándome en el trabajo y en mis obligaciones, pero eso sólo me ha hecho más uraño, más frío más, distante. Tomo conciencia de que todos aquellos con los que me codeo morirán de viejos, como sus hijos, y los hijos de sus hijos, mientras yo aquí seguiré, siendo mirado de soslayo por gente que llegó mucho después de mí que que se irán mucho antes.

Mi alma está condenada, pero también rota.

Pensaba que estas cosas no sucedían, algo que siempre ha estado ahí, da un giro de tuerca y repentinamente cambia todo sin saber ni como ha sucedido. Y así me sucedió con ella.

Habíamos comenzado a tratar años antes, yo necesitaba flechas y ella me las conseguía. No tenía la apariencia, pero su maestría a la hora de tallar la madera era sublime. Pero un día, mientras estaba de servicio y era acosado, como otras tantas veces, por un elfo que veía a mal mi pertenencia a un ejercito humano, contra todo pronóstico la elfa más fría que había conocido, con la lengua afilada como una daga de adamantita y más venenosa que la más mortal araña de la infraoscuridad, salió en mi defensa.

Tan perplejo como ese elfo que me cuestionaba tras su intervención, me encontré junto a ella en una caravana hacia Nashkel al terminar mi servicio. No era el destino que más me agradaba, las batallas allí libradas me dejaron mella y sentir el frío en mis huesos no hacía otra cosa que recordarme las vidas que allí tuve que sacrificar para lograr defender con éxito la ciudad, pero ella no admitía un no por respuesta.

Con dos botellas en la mano de la mejor cosecha que Laura tenía en la despensa, marchamos hacia la habitación más cara que tenían disponible. Estaba desubicado, confuso, nervioso, pues era la primera vez que me veía en una tesitura semejante, pero la naturalidad de la elfa, vestida de negro y rojo carmesí, hacía que todo pareciera normal, tranquilo y correcto. De un brinco saltó a la cama, retiró sus botas con gran destreza y de un mordisco descorchó una de las botellas, ofreciéndome el primer trago.

Yo, dejándome llevar, dejé mi uniforme bien colocado sobre una de las sillas, retirando mis botas para dejarlas cerca de la chisporroteante chimenea para que se secaran de la humedad que la nieve había provocado, y me senté a su lado.

- Yo no bebo vino.

-
Hoy si.

Respondió pegándome la botella a la boca. Y bebí. Ella bebió. Se mordió el labio, dejando caer su sangre en la botella para mezclarse con el jugo fermentado de la vid. Volví a beber, notando los nuevos matices. ¿Me habría embrujado?¿Qué diantres hacía yo, un condecorado soldado de Amn en una cama de posada con una elfa que a todas luces parecía una loca? No tenía respuesta, pero tampoco quería marcharme. La sentía como a los rayos de sol que no se esperan entre una tormenta, como cuando encuentras un trozo de carne que se le ha colado al cocinero entre las patatas bravuconas, como cuando ves una pista que siempre había estado ahí pero la habías pasado por alto y con ella resuelves el caso. Debía ser un embrujo, seguro, pero no quería que terminase.

La botella se gastó, empezó la otra justo después de prender algo de tabaco liado. ¿También fuma? Retiró su capucha bajo mi petición, dejando caer a los lados de su cara una melena roja como la sangre, adornando dos esmeraldas que tenía por ojos y fijamente me miraban mientras mi respiración se entrecortaba. Sentía el calor de las llamas de la chimenea, el de su mirada divertida y provocadora que no lograba entender y el de mi interior, mientras veía sus delicados pies jugueteando con los flecos del mantón de rohé que cubría la cama sobre la que estábamos tumbados.

Me contó cosas, ella tenía aún más años que yo. Por primera vez encontré a alguien que sentía mi misma soledad, había experimentado mi misma pérdida, no le asustaban mis demonios, si no que le atraían.


-
No te conviene mezclarte con alguien como yo.

-
Tengo ya más de ciento ochenta años, se tomar mis propias decisiones.

Le respondía yo, intentando mostrar una seguridad que no tenía, mientras ella carcajeaba divertida y expulsaba humo de sus fosas nasales.

No sé en qué momento se acabo el vino, el tabaco y se extinguió el fuego de la chimenea, pues me acabé ensoñando, o quizá inconsciente, a su lado. Los tenues rayos del sol norteño atravesaron la ventana y me hicieron recobrar el sentido, pero ya no estaba. Dudé si había sido un sueño, pero antes de que pudiera reunir fuerzas para levantarme entró como un torrente de agua por la puerta, con una vitalidad asombrosa.

-¡Vamos elfito, tenemos madera que talar!

Sin lugar a dudas, si. Era ella, siempre lo había sido y siempre lo sería. Cada paso que había dado a lo largo de todos estos años, cada decisión, cada acción o inacción me habían conducido a ese momento, al momento en el que encontré la pista y todo cobró sentido. El dolor, la soledad, la oscuridad de nuestras almas nos había unido y no dejaría que nada ni nadie nos separase, pues nunca más estaría solo, a su lado.
 

Juan

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Caída de Imnescar

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Han pasado años, décadas, ligeros como un suspiro, apenas una temporada para mí, pero una vida entera para otros. Por la gracia de Tymora, a la que alguna vez elevé mis plegarias, la tengo a mi lado. He visto ciudades ser destruidas, reconstruídas y nuevamente llevadas al colapso. Pocos son los que recuerdan la batalla del Heraldo del Amanecer en Nashkel, menos aún la sufrida victoria en Kalathtyr y ni hablar del asedio de la Reina Liche a la antaño amniana Caravassar. La gran mayoría de los que libraron esas pugnas ya se encuentran con sus Dioses en el mejor de los casos, sin embargo, aquí estoy nuevamente, respirando el espeso ambiente antes de la lucha, escuchando el silencio tenso en el que hombres y mujeres se arman de valor mientras se preparan para lo inevitable, recordando por lo que luchan. Para muchos es su primera gran batalla, me miran escépticos.

¿Qué sabrá un elfo de guerras? ¡Sólo saben de bosques y flores!

Comentan algunos en baja voz obviando que llevo batallando antes de que sus padres hubieran nacido. He visto tanto que sus mentes no lo soportarían y, en ocasiones, las palabras de ese arcano engreído de Suldanesselar me vienen a la mente.


Sus mentes, frágiles y concebidas para la inmediatez, no son capaces de valorarte, no te merecen.

Pero debo mucho a este país, es mi nación, soy un elfo amniano y lo seré hasta la muerte. Alimentaré los infiernos con las almas de todo aquel que quiera romper el que es mi hogar, a todo aquel que quiera dañarla, pues mi alma ya está condenada pero haré lo necesario para salvar las de los míos.

Extrañas colaboraciones se han creado bajo el mandato de Colmillos Afilados, jamás pensaría que lucharía junto a los miembros de la cofradía de ladrones sombríos, con los que tanto tiempo he mantenido las distancias y un pulso constante, menos aún con los Magos Rojos, extranjeros que están volcando sus recursos en la defensa de Amn, contrariamente a quienes la debían defender, partiéndola en dos en una estúpida sublevación que han llevado al norte. Esta partición me ha dolido, pero sobre todo la de Alice. Confiaba en ella y se ha dejado embaucar, alzando las armas contra quienes una vez fuimos sus compañeros. Ni las peticiones por parte del Magistrado Williams, el Senescal Kerloch ni mías han hecho eco en su ego, negándose a unir fuerzas para combatir al verdadero enemigo, el que del sur amenaza.

Hemos preparado tanto como hemos podido, con el exilio de parte del ejercito y una Crimmor medio destruida por aquel extraño culto. Mercenarios contratados, huestes cedidas por la Venerable Dragona Azul, soldados fieles a Amn, arcanos Rojos y de la universidad mágica, caballeros ordenados, asesinos luchando por la causa, las fuerzas privadas de casas comerciales como la Galdrim y la dama del pantano cubriendo los cielos. Todo listos, juntos pero separados cubriendo dos frentes.

Teníamos información de que atacarían Kalathtyr, pero la experiencia dicta que desconfiemos del enemigo, preparando así ambas ciudades por igual. Necesitábamos alguien que comandase Imnescar. ¿Quién mejor que la caballero Fery? En una ciudad declarada como neutral ante el conflicto civil, la semiorco devota de la dama de cabellos rojos sería el puente perfecto, nadie dudaría de seguir sus órdenes y estaba preparada, al menos todo lo preparada que se podía estar para lo que acontecería.

Una terrible punzada me atraviesa la cabeza, es magia, la reconozco, uno de esos avisos. Nuestros peores presentimientos han sido ciertos, atacan Imnescar. Raudos como el viento los arcanos se teleportaron mágicamente a defender la ciudad, llevando consigo tantos efectivos como su magia permitía. Mi labor era la de llevar a las tropas lo más rápido posible hasta allí. Tardaríamos horas, casi un día de viaje por las sendas conocidas, tiempo más que suficiente para que un ataque a gran escala barriera la ciudad, y seguro que el enemigo contaba con ello. Años fueron los que pasé patrullando por esos riscos, miles las veces que caminé con fango hasta las rodillas por los Humedales, sabía por donde marchar para llegar antes de que el enemigo lo esperase.

Y así fue, en pleno asalto a la puerta principal de la ciudad asomamos las fuerzas desde por el oeste. Nos unimos a la pugna como el martillo de un herrero cae sobre el metal candente, elefantes de batalla, huestes de rojo y azul inundaron el campo de batalla, la dragona negra arremetió contra la sierpe verde que sobrevolaba la ciudad destrozándola con fiereza, la victoria era nuestra.

Pero entonces sucedió, un enorme diablo emergió de la nada, arremetiendo contra el portón que defendíamos y se había mantenido de una pieza pese a los enormes esfuerzos enemigos y su diabólico ariete. Poco pudimos hacer contra semejante criatura, que de un sólo golpe destrozó el portón haciéndonos morder el polvo, lanzándose después en vuelo contra la dama del pantano que victoriosa comenzaba a diezmar las huestes enemigas.

Polvo, astillas, gritos de guerra y fuego. Las piernas temblaban, en mi nublada visión podía ver a los enemigos correr hacia nosotros como si orejas de elfo fritas regalaran. Mis manos sangraban y nuevamente revivía la penuria más cruda de la guerra, la muerte. Fue entonces cuando una voz amiga y una mano me ayudaron a levantarme.

Vamos Ewan, que aún me debes ese wiskhy de cien años. ¡Arriba!

Maldita sea, vamos a llenar los infiernos de bestias.

Junto a Gelvalm una vez más me puse en pie, no sin dificultad, y entonces las escuché. Poco había tratado con ellas hasta ese momento, pero sus voces despertaron algo en mí, el coraje, el valor, la determinación que por un momento flaqueó llegó por diez veces aumentada. Astrid y Madeleine, las Eternas, las futuras endechas de Imnescar al grito de:

¡Por Imnescar, la ciudad que resiste!

Aberraciones llegaron al portón, enormes arañas demoníacas, orcos, ogros, jaurías de criaturas, pero como un sólido muro defendimos hasta que nuestra vista atravesaba el muro y nada había, lo habíamos conseguido. No tomaron el portón Sur.

Amarga victoria, pues el portón que debía haber sido defendido por los caballeros y sacerdotes de Hydcont junto a las fuerzas de la ciudad había caído. Un enorme coladero de criaturas no muertas y bestias era ese flanco, y no tardaron en tomar la ciudad. Luchamos hasta la extenuación, aniquilando a todo aquel que se cruzaba en nuestro camino, hasta que fuimos rodeados por todos los flancos. Habíamos sido derrotados, la Imnescar, la ciudad que resiste, había caído. El enemigo aprovechó con sutileza quirúrgica la separación de nuestros ejércitos por la rebelión que nos llevó a una guerra civil.

Su líder, una enorme criatura a la que llamaban Rey Brujo, se dirigió a mí. ¿Luchar hasta la muerte o huir con la vergüenza de la derrota? Estaba dispuesto a perdonar la vida de quienes con bravura había batallado, pero quienes se ocultaron serían tomados como esclavos. Pude ver de una pasada la gran cantidad de sentimientos de quienes me acompañaban: Congoja, rabia contenida, desesperación, decepción, desánimo, negación, aceptación y pena. Estaba perdido, me seguirían hasta el fin, pero no podía condenarles a una muerte para nada. La vergüenza me esperaba, pero tendríamos aliento para luchar un nuevo día, rescatar a los ciudadanos que se llevaron esclavos y la posibilidad de recuperar lo que nos había sido arrebatado. Asumí así la derrota, dejándonos el Brujo marchar en dirección contraria a aquellos que defendíamos, entre insultos, risas y vejaciones de las bestias enemigas, pero vivos.

Vivos para llorar, vivos para recomponernos, porque si no habíamos podido defender Imnescar, la vengaríamos.
 

Juan

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El sacrificio de Katia

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Nieva, hace frío, pero nada de eso importa. No sabría contar cuantas cicatrices y heridas a medio curar tiene mi cuerpo en este momento, pero he de mantenerme en pie. Mi galones dicen Teniente, una vez más, pero los que me siguen nunca dejaron de ver a su Capitán, y no les puedo fallar, ni a ellos, ni a ella, ni a Amn.

El fin de todo aseguran que se avecina, y no lo puedo permitir. No pueden desaparecer esos caminos recorridos tantas veces en tono gris, cuando por fin se han coloreado al disfrutarlos junto a ella, esa espléndida costa que antes sólo significaba trabajo y ahora, ahora sólo me vienen recuerdos que me hacen sonreír al pensar lo que allí aconteció bajo la atenta mirada de las estrellas, incluso la calma de la laguna entre los bosques, donde ensoñar a su lado resultó ser un de los mayores placeres que he conocido. No se puede acabar todo, no, no ahora que por fin empieza a tener sentido. Me ha pedido matrimonio, maldita sea, quiere tener hijos, pero yo estoy aún muy joven para eso y mi trabajo lo dificulta. Ella lo ve como una excusa, y puede que sea verdad sin que sea consciente de ello, lo deseo, pero cuando esté preparado, cuando el mundo esté listo, y por eso no se puede acabar.

Numerosas batallas nos han traído hasta aquí, extrañas alianzas con los que hicieron sucumbir Imnescar han sido necesarias para enfrentar a este mal de otro mundo. Hemos combatido en las cumbres, en las ciénagas, en la capital, hemos aniquilado dragones, muertos vivientes, antiguos enemigos bañados por una magia que no debería existir, incluso lo hemos derrotado a él, al que parecía inalcanzable, a quién arrebataba la vida a dragones con un sólo gesto para lanzar sus cuerpos contra nosotros. Primero fue su impía montura, y después él, aunque hubiera sido del todo imposible sin la ayuda de Katia, esa maga de la Arcanum Schola con sombrero de pico y ropajes oscuros. No sé, ni seguramente comprenda jamás, como pudo albergar en tan frágil cuerpo semejante poder.

En el momento justo convocó un torrente de energía que parecía inagotable e incontenible, saliendo de sus manos hacia aquel Caballero de la Muerte Imbatible. No podía defenderse, no podía más que intentar en vano aguantar la magia de la chica, falleciendo ambos. Un noble sacrificio para que otros pudieran lograr la victoria, pero desde el portal emergió un poder que nuevamente lo alzó, a él y a sus lacayos anteriormente derrotados.

Nuestra asombro sólo era comparable a la ira que sentíamos, pero por encima de todo ello estaba la esperanza. Katia nos había permitido ver que aquel que parecía invencible no lo era, lo que había caído una vez, podría volver a hacerlo. Podía escuchar la respiración agitada de mis compañeros de batalla, jadeaban, sangraban, no pensaban retroceder ni un paso pues habíamos ido allí a lograr la victoria o morir.

Puedo notar como cruje la madera de mi arco al apretarlo con fuerza, su cuerda, con un tono rojizo óxido debido a la sangre propia y ajena hacía ese característico sonido al ser tensada hasta su límite. Dos flechas en el arco. ¿Por qué dos flechas? Me han preguntado alguna vez. Y la respuesta es sencilla: hay el doble de posibilidades de acertar, incluso de poder abatir a dos enemigos a la vez. Estaba listo, estas saetas llevaban todo el peso de su corazón, pues habían sido creadas específicamente para mí. De impresionante artesanía y embrujadas con fuego arcano, iluminaban ténuemente a un grupo de dispares personalidades que sólo pensaban en una cosa: sobrevivir. Y entonces las solté.

Volaron raudo, dándole ese efecto que aprendí de fallar tiros en los bosques y ahora servía para no ensartar a mis compañeros, como un silbido mortal hallaron su objetivo, aquel que un día sirvió a Amn, después fue llamado traidor al marchar a Murann, y como dicen en las granjas de Purskul, al cerdo que es cerdo le gusta el fango, pues traicionó a todos poniéndose de lado del enemigo común, terminando por caer. Me lo pediste Tark, y he cumplido, sabes que siempre lo hago.

Gritos se desencadenaron, haces de magia, golpes de acero, chasquidos de huesos al romperse y el chapoteo de las vísceras al tocar suelo. La batalla era sangrienta, cruda, mortal, buscaba incesantemente el flanco desde donde poder tener el tiro más claro, cubriendo las espaldas a los valerosos guerreros que formaban la primera línea dentro de una caótica, ruidosa, pero ordenada pugna, hasta que repentinamente se hizo el silencio.

Miradas de incredulidad entre unos y otros, hasta que alguien grito:


¡Victoria!

Algunos repitieron exaustos, otros alzamos el brazo sin aliento para alzar la voz. Habíamos vencido, ¿pero a qué precio? La guerra es sinónimo de pérdida, pérdida con la que estaba ya familiarizado, pero es inevitable que sacrificios como el de Katia no te hagan una nueva muesca en el alma. Hizo lo que había que hacerse y por ello tendrá mi gratitud. Hemos salvado el último obstáculo antes de enfrentar al mal. Tenemos que sanar nuestras heridas y preparar la defensa del ritual que cerrará la brecha, sellando de nuevo a la Diosa Dragón en su prisión, pero algo me dice que aún no ha dicho su última palabra.
 
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