Juan
Donante voluntario de sangre
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El fin de algo, siempre es el comienzo de otra cosa.
El momento había llegado. Aunque con cariño siempre lo recordaría, ese ya no era el hogar en el que me acogieron y cuidaron cuando me encontré solo, demasiado años habían pasado y ahora eran los hijos, de los hijos, de los hijos de los tomaron el papel de mis padres quienes regentaban el “Circo Itinerante de los Montacarpas”, donde trabajé durante casi siglo y medio.
Tras una rápida pero emotiva despedida, tomé mi arco de madera de pino con el que tantos números circenses había realizado y me alejé de los que consideraba mi familia. La sensación era extraña, pues por primera vez estaba solo desde aquel suceso. Tenía libertad para caminar hacia donde quisiera, sin un camino establecido, sin una norma que seguir, pero también sin nadie que cuidara mis espaldas, curase mis heridas o secara mis lágrimas cuando la añoranza y la soledad explotaban en mi pecho.
Gracias a mi destreza con el arco, perfeccionada con el paso de los años a través de mis números en el circo, no me faltó un bocado que echarme a la boca que , aunque no fuera la carne el alimento que más de agradase, me permitía continuar un día más caminando y explorando las vastas sendas de Amn, hasta que un día lo decidí.
Siempre habíamos ido de aldea en aldea ofreciendo nuestros espectáculos, en ocasiones cerca de ciudades importantes como Crimmor o Purskul, donde contratamos al bueno de Horam el semiorco, cansado de trabajar la tierra, pero jamás nos habíamos acercado a la capital, pues los impuestos que pedían para establecernos y realizar nuestro repertorio era demasiado alto. Así que si, sería la ciudad de Athkatla donde iría, la llamada Ciudad de la Moneda, donde los adoquines de sus calles están hechos de oro, donde el comercio fluye durante el día y la noche, lugar en el que cualquiera con algo que aportar y ganas de trabajar puede hacerse un hueco, y yo debía mucho a esta nación, a Amn, a la que desde hacía años consideraba como propia.
Terror es lo que seguro se reflejó en mi mirada cuando, al llegar a las afueras de la ciudad, donde descansaban los campamentos de los aventureros, encontré un pequeño tumulto donde una mujer aseguraba que habían arrancado brutalmente las orejas a un elfo, no por un delito, si no por algo que intentaban instaurar bajo el nombre de “El impuesto de la oreja”, impuesto que según quienes lo intentaban ensalzar debíamos pagar los elfos por estar en ciudades humanas, según pude entender.
Asustado por lo acontecido marché hacia el bosque, intentando ocultarme en un lugar donde sabía desenvolverme hasta saber cómo actuar. Maldije mi suerte en multitud de ocasiones, hasta que un hálito de esperanza me azotó en la mente al encontrar a dos elfas en aquel bosque. Era muy diferentes la una de la otra, pero ambas parecían tremendamente sabias y seguras, las primeras figuras élficas con las que tendría contacto desde que perdí a mis padres. Sin dudarlo, con el ansia y pavor que mi cuerpo irradiaba, me acerqué a ellas en busca de comprensión y el conocimiento necesario para abordar la situación. Ellas me tranquilizaron en primera instancia, presentándose como la sacerdotisa Anith y Minenyar, a la que apodaban “La Guardiana”. Yo usé el nombre por el que se me había conocido durante décadas atrás en el circo, con mi apodo artístico: Juan “el Flechas”.
Rápidamente busqué consuelo en ellas, contándole lo acontecido, buscando una explicación que calmara el miedo que me había hecho sentir lo que había presenciado, pero nunca llego, en su lugar obtuve repulsa, insultos por parte de la sacerdotisa. Sin embargo la Guardiana, la cual poseía la misma luna en la mirada que mi difunta madre, aunque se mostraba más comprensiva a mis palabras y temores, no hacía nada por calmar la furia que mi presencia allí parecía desatar en la sacerdotisa, terminando por ser expulsado.
La huida me pareció la más correcta de las opciones, gastando las pocas monedas que poseía en una caravana que me llevaría lejos, hacia la ciudad de Imnescar, en la cual había podido escuchar se buscaban manos para trabajar y defender la frontera de las asquerosas bestias.








