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Un paso atrás, dos adelante.

Vinter

Vampiro buceador de lagos
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— Eres grande. Y torpe. Y un bruto. -Esas palabras resonaban constantemente en la cabeza de Eothain, cada vez que agarraba la alabarda. — Pero eres fuerte. Aprovéchate de eso y de la potencia de tu propio peso. Eso te ayudará a coger inercia y controlar tu arma.

Esas palabras, repetidas una infinidad de veces por el viejo, resonaban en la cabeza del rubio Ffolk cada vez que entraba en combate. Era un bruto. Era fuerte, pero era lento. Era torpe, se chocaba con todo. Pero lo compensaba con pura masa. Fuerza, y técnica. Sus dos grandes puntos fuertes, junto a una mente viva.

Esas palabras resonaron en su mente cada vez que un nuevo golpe le impactaba en la arena de Caravasar. Lo que había empezado como tan solo un entrenamiento más, después de dekhanas de meditación y preparación espiritual y física en el dique de Imnescar, se había transformado en un amargo recordatorio de lo mucho que le faltaba para poder tan siquiera llegar al listón que él se había marcado, y su clan con él. Las espadas chocaban con su armadura. Las hojas sacaban sangre, y él se mantenía impávido ante el dolor. Rígido, duro como un vigilante, y aun así contraatacaba. Se sobreponía a las laceraciones y los hematomas, a los cortes, con toda la valentía que le permitía su mente. Se había estado preparando durante años, solo para encontrarse con un muro en el que se estampaba una y otra vez.

Se suponía que el Ki era la conjunción de mente, alma y cuerpo. Y que tanto él como su abuelo entre otros tantos luchadores habían aprendido a canalizar, y comulgar con él a través de la técnica cuasi perfecta de sus armas al blandirlas. Cada uno de sus golpes estaba optimizado. No malgastaba movimientos… Y aun con todo, eran predecibles. Demasiado fáciles de esquivar. Un combatiente experimentado como la esgrimista que tenía en frente, usando un arma que para colmo de males ni siquiera estaba habituada a usar, le estaba dando un repaso. Era consciente de la pericia muy superior de Erin, pero el cúmulo de fracasos y frustraciones, en la arena y en combates anteriores se le estaba haciendo una mochila demasiado pesada. Era un guerrero simple contra muchos que tenían infinitos más recursos, y cada vez se hacía más dolorosamente obvio que se estaba quedando atrás.

Por muy bien que hablasen de él, por muy bien que las palabras de los demás resonaban sobre su persona en la arena, el guerrero no era capaz de verse reflejado en aquellas palabras. ¿Cómo podía hacerlo, sin sentar ejemplo? Sus pensamientos eran casi peores que los golpes que estaba recibiendo y las laceraciones que le surcaban los antebrazos y las piernas.

— Y no tienes tiempo para remediarlo. -Esas últimas palabras resonaron en su cabeza cuando el último golpe le impactó en la cara, tirándole al suelo de la arena. Se quedó tirado mirando al cielo en un silencio largo, intentando comprender qué era lo que estaba yendo mal. Por qué sus golpes eran inútiles, si su técnica supuestamente era buena.

— Sigo siendo torpe. -Dijo, tirado en la arena. Parecía hablar con su contrincante, pero en realidad, era una afirmación al aire. Sus palabras se volvieron tan duras y reales en su mente, cuando Erin pronunció.

— Sí, sigues siéndolo. Debes moverte mejor. -Dijo la espadachina. Él no discutió nada, excepto por lo que era obvio.

— Soy enorme, y llevo veinte kilos de metal encima. Que me mueva a la velocidad que lo hago, es de por sí mismo un milagro. -Pero no dijo mucho más, mirando el arma que él portaba. La mujer repuso entonces.

— Puede ser. Puedo enseñarte mi estilo, pero no será fácil. - Pero eso no serviría. — Igual puedes aplicar algo para usar esa… Cosa. -Se refirió a su arma. Eothain miró su alabarda, con los labios sellados. Llevaba un tiempo ya sin sentirse a gusto con ese arma. Tenía que admitirlo. Era una verdad que odiaba con toda su alma, pero era la verdad que llevaba tiempo sospechándose. Era un arma inusual de ver, y con un estilo de combate muy concreto. Había aprendido a usarla, y se había consagrado a ella, pero, ¿para qué? El estilo del clan Blaydd no estaba hecho para armas tan pesadas, en especial su abuelo.

Ellos usaban lanzas, espadas y picas cortas. ¿Por qué había escogido él algo tan pesado como una alabarda? ¿Se creía mejor que ellos? ¿O era esa estupidez de su parte ruathym hablando, pensando que un arma más grande equivalía a un mejor combatir? Probablemente era algo que venía por ambas partes, y le preocupaba. Ese arma se estaba convirtiendo en un lastre, igual que la armadura que portaba. Eran demasiado pesadas. Por mucho, muchísimo exceso.

— Quizás necesite un cambio de enfoque. -Dijo entonces, mordiéndose el pulgar. Le dolía todo. Notaba que le sangraban los muslos, y las juntas de la armadura, en varios puntos. Pero no repuso mucho más dolor que el de su ego herido, mientras los objetos de regeneración hacían su trabajo y evitaban que se desangrase. Quizás le hacía falta eso. Una forma de hacer sus ataques impredecibles y rápidos, como Garth. Le faltaba la destreza y la habilidad, pero podía conseguirlo. O al menos, eso creía.

No volvió a pisar la arena esa noche. Solamente se limitó a observar a los demás. Sin darse cuenta, se había retraído a sus quince años de nuevo, examinando el estilo de lucha de los demás, para poder entonces aplicar el suyo propio. Tenía que empezar a volver a tomar nota de todo. Porque todo cuanto había aprendido, se basaba en subsanar sus propias faltas, en lugar de alimentar lo que le hacía un buen guerrero. ¿Falta de movilidad? Armadura, en lugar de entrenamiento. ¿Arma lenta? Golpear más fuerte, aunque fuera una estupidez.

De vuelta en la cascada, y habiendo hablado con Zilvra durante horas, como había estado siendo costumbre habitual en las últimas dekhanas, el joven rubio se había dado cuenta de una cosa. Le pesaba demasiado el legado. El pasado le estaba lastrando en exceso. Ella misma se lo había dicho unos días atrás. Y sin embargo, él estaba intentando encontrar todavía una respuesta, en un mar de dudas que una Saga le había inculcado a lo largo de una tortuosa tormenta eterna.

Y es que aunque Zilvra había hecho lo imposible por animarle, y ofrecerle sus mejores y más dulces palabras, lecciones y punto de vista, e incluso había conseguido que él se comprometiera a intentar verse un poco más a cómo otros hablaban de él… Había algo que le fallaba.

Se había convertido en el eslabón más débil en una batalla. Le elogiaban su capacidad estratégica. Cómo movía a la gente para trabajar en condiciones. Pero él no era un general. Era un guerrero.

No podía permitirlo. Tenía que aprenderlo todo de nuevo. Debía abandonar aquello que él se estaba negando a dejar ir. Sus armas, su armadura. Tenía que volver a re-entrenar todo aquello que una vez le había hecho sentirse con una identidad propia, pese a que aquello ahora fuera la mayor estupidez pensable.

Subió a la cascada, al siguiente amanecer. Y entonces, clavó sus gujas en la tierra del montítulo del Imnes. Aquellas armas le estaban lastrando. Tenía que dar un paso atrás para volver a seguir caminando, y retomar su camino. El Ki podría volver a ser entrenado, en su tiempo y forma adecuados.

Igual que él tendría que buscar métodos para subsanar sus propias faltas.

— Soy grande, y torpe. -Dijo, mirando las armas, ahora reposando clavadas bajo la cascada. — Pero encontraré la forma de dejar de ser torpe.
 

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