Zethan
</c> de Minikanyas
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La historia de como Zentakord se volvio un pastor de animales es un tanto extraña. Originario de una aldea situada en las Montañas de la Espada, al norte de Aguas Profundas, ya desde niño mostró un gran interés y amor por los animales que moraban tanto dentro como fuera de la granja que gestionaba su familia y que proveía de alimento a la gran urbe.
Hijo de dos granjeros y el mayor de los 3 hijos, cuidaba de sus hermanas pequeñas y ayudaba en lo que podía especialmente a su padre, al cual ayudaba en las tareas del campo desde que tuvo uso de razón.
Sin embargo, un día a la edad de 8 inviernos, hubo un asalto de orcos a la pequeña aldea en la que él y los suyos moraban. Se pensaban que las montañas eran seguras dado que eran parte de la fuente de alimentos de la gran urbe de Aguas Profundas y estos de vez en cuando enviaban protección para asegurarse de que estas fuesen seguras. Sin embargo, esta no fue la ocasión.
En el momento que hubo el asalto, Zentakord estaba en los campos de trigo ayudando a apilar el trigo que su padre estaba segando con su vieja guadaña. De repente se oyeron todo de gritos guturales desde el interior del bosque que rodeaban las tierras de cultivo y un par de orcos saltaron desde la sombra de los matorrales a su padre. Lo único y último que su padre le dijo fue que corriese a esconderse y que no dejase de correr ni mirase atrás antes de que fuese destrozado por las hachas orcas y estos mirasen directamente al niño con sus ojos rojos y brillantes.
Esto aterró al niño que corrió y corrió, metiéndose se lleno en el bosque aledaño a los campos pero contrario a donde habían salido esos dos orcos y no dejó de correr, huyendo de puro terror de los orcos que habían asaltado a su padre.
Tanto corrió que no se dio cuenta hasta unas horas más tarde, cuando ya empezaba a anochecer, que se había adentrado mucho en el bosque y que se había perdido. Tenía miedo de pedir ayuda a gritos dado que eso podría atraer a los orcos que posiblemente aún no estaban persiguiendo, así que tras tanto rato corriendo y asustado, se sentó sobre el tocón de un árbol y empezó a llorar desconsoladamente.
De repente, escuchó unas ramas moverse y su voz se calló en seco mientras miraba en dirección al ruido y temblaba como una hoja. De los matorrales salió un anciano encorvado, con un cayado que parecía un retorcido tronco en miniatura y el cual vestía unas vestimentas verdes y marrones hechas con cuerpo y pieles de animales que habían visto mejores momentos hacía ya unos cuantos años. El anciano se acercó con voz tranquila al niño mientras le pedía que se tranquilizara, ya que él no iba a hacerle daño alguno, a lo que Zentakord simplemente respondió con nuevas lágrimas y gimoteos.
El anciano, dejó que el niño se tranquilizase un poco y le indicó que llevaba un rato observándolo desde los matorrales y le preguntó qué hacía tan en el interior del bosque. Zentakord le respondió que unos orcos habían asaltado a su padre y mientras le había ordenado que huyese, le dieron muerte. También le explicó de donde era originario y que tenía una madre y unas hermanas aún en esa aldea.
Ante eso, al anciano simplemente asintió en silencio y le indicó que iría a buscarle algo de comer y de beber para que recuperase las fuerzas y que esta noche la pasarían en ese mismo claro, para que a la mañana siguiente, guiaría al niño a las cercanías de su aldea y lo dejaría ahí.
Se fue del claro y al cabo de un rato apareció con un bol de madera lleno de bayas de varios tipos en una mano y con otro bol lleno de agua fresca en la otra. El anciano le empezó a explicar alguna que otra historia antigua relacionada con el bosque en el que estaban mientras que Zentakord bebía y comía con avidez, ya que desde esa mañana no había comido nada ese día. Al cabo de un rato, cuando empezaba a ser casi imposible de ver debido al inicio de la noche, el anciano limpió el suelo con el pie y con ayuda de su cayado para poder así hacer un pequeño fuego que apenas hacía humo que iluminase y los calentase. Fue ahí cuando Zentakord empezó a pesarle los ojos y se quedó profundamente dormido sobre un lecho de hojas, fruto del cansancio acumulado del día.
A primera hora del alba, el anciano despertó al niño para indicarle que debían de iniciar la vuelta a la aldea, por lo que tras un nuevo y corto desayuno de bayas nuevamente, se pusieron en marcha. Durante el camino, el anciano le iba explicando como los distintos árboles que conformaban el bosque creaban un buen ecosistema para la fauna que moraba en él, aunque a Zentakord no le interesaba nada de eso y sólo estaba preocupado por su familia y su aldea natal.
Pasaron las horas y sobre el mediodía, llegaron a la linde del bosque. Allí ambos vieron que se apreciaba la presencia y el olor de humo, por lo que ambos salieron del bosque. Zentakord estaba nervioso y mirando por todos lados, mientras que el anciano parecía bastante tranquilo aunque en su rostro se podía apreciar que se temía lo peor para los que moraban en la aldea.
Caminaron hasta el lugar y se encontraron que la aldea había sido asaltada y arrasada el día anterior y que posiblemente los dos orcos que asaltaron a Zentakord y a su padre fueran parte de una horda orca mucho mayor. Ante tamaña destrucción el joven entró en shock y en anciano sólo pudo que consolarlo lo mejor que pudo. El anciano se llevó al muchacho fuera de la ciudad y cuando estuvo suficientemente alejado, musitó una pequeña plegaria y el terreno en el que se asentaba la aldea empezó a volverse más pantanoso, tragándose poro a poco los cuerpos de los muertos, todo ante la mirada llorosa y en completo silencio del niño. Para cuando hubo acabado el efecto del hechizo, no quedaba ningún cuerpo a la vista ya que todos fueron tragados por la tierra. Quedaron solamente en pie las ruinas humeantes de la antigua aldea.
El anciano le explicó que era lo único que podía hacer por los muertos en ese momento, devolverlos a la tierra para que completasen el círculo de la vida y que sus cuerpos sirviesen para que nuevas plantas y posteriormente animales vivieran gracias a ellos. Poco pareció afectar esas palabras tranquilizadoras al niño, que seguía todavía en estado de shock.
Sabiendo que el niño en ese estado no sería capaz de sobrevivir a todo ello, se lo llevó con él al interior del bosque donde lo cuidó hasta que se recuperó del shock. Al no tener a donde ir el niño preguntó al anciano si podría quedarse con él y enseñarle todo lo que él sabía, ya que recordaba perfectamente como dio sepultura a los antiguos miembros de la aldea en la que había nacido y entendió que de alguna forma, sus familiares y amigos siempre vivirían de algún modo mientras la vida continuase en el lugar. El anciano aunque no pareció gustarle la idea en un principio finalmente aceptó, explicándole a Zentakord que él era un guía de la naturaleza y que lo que vio fue gracias a las plegarias que cada día realizaba el druida a Padre roble, así que si quería aprender a seguir ese mismo, Zentakord debería iniciarse en el camino del druida también.
Y así fue. Pasaron los años y Zentakord pasó de ser un niño, a ser un joven y al final ser un adulto con alguna que otra cana. Los primeros años el druida le estuvo enseñando el camino del druida a Zentakord y conforme este crecía iba y venía con cada vez menos frecuencia. Durante sus ausencias, Zentakord había estado guardando el bosque donde ahora moraba y cuidó las antiguas ruinas de su aldea que con el tiempo fueron recuperadas por la naturaleza. Tuvo algunos encuentros con bandidos que querían ocupar esas tierras por lo que gracias a ellos de vez en cuando tenían alguna noticia del mundo exterior. Llegó un momento en el que el anciano le indicó que ya estaba preparado para poder buscar su lugar en el mundo y ayudar a cuidar el equilibrio natural, así que le indicó que se dirigiese a Amn, siguiendo la costa hacia el sur, donde parecía que cada vez había un mayor desequilibrio y se oían noticias de plagas, alzados y demás calamidades.
Así fue como en la última vez que Zentakord y el anciano se vieron, se encaminó hacía las tierras de la intriga a intentar ayudar a reestablecer el equilibrio natural.
Hijo de dos granjeros y el mayor de los 3 hijos, cuidaba de sus hermanas pequeñas y ayudaba en lo que podía especialmente a su padre, al cual ayudaba en las tareas del campo desde que tuvo uso de razón.
Sin embargo, un día a la edad de 8 inviernos, hubo un asalto de orcos a la pequeña aldea en la que él y los suyos moraban. Se pensaban que las montañas eran seguras dado que eran parte de la fuente de alimentos de la gran urbe de Aguas Profundas y estos de vez en cuando enviaban protección para asegurarse de que estas fuesen seguras. Sin embargo, esta no fue la ocasión.
En el momento que hubo el asalto, Zentakord estaba en los campos de trigo ayudando a apilar el trigo que su padre estaba segando con su vieja guadaña. De repente se oyeron todo de gritos guturales desde el interior del bosque que rodeaban las tierras de cultivo y un par de orcos saltaron desde la sombra de los matorrales a su padre. Lo único y último que su padre le dijo fue que corriese a esconderse y que no dejase de correr ni mirase atrás antes de que fuese destrozado por las hachas orcas y estos mirasen directamente al niño con sus ojos rojos y brillantes.
Esto aterró al niño que corrió y corrió, metiéndose se lleno en el bosque aledaño a los campos pero contrario a donde habían salido esos dos orcos y no dejó de correr, huyendo de puro terror de los orcos que habían asaltado a su padre.
Tanto corrió que no se dio cuenta hasta unas horas más tarde, cuando ya empezaba a anochecer, que se había adentrado mucho en el bosque y que se había perdido. Tenía miedo de pedir ayuda a gritos dado que eso podría atraer a los orcos que posiblemente aún no estaban persiguiendo, así que tras tanto rato corriendo y asustado, se sentó sobre el tocón de un árbol y empezó a llorar desconsoladamente.
De repente, escuchó unas ramas moverse y su voz se calló en seco mientras miraba en dirección al ruido y temblaba como una hoja. De los matorrales salió un anciano encorvado, con un cayado que parecía un retorcido tronco en miniatura y el cual vestía unas vestimentas verdes y marrones hechas con cuerpo y pieles de animales que habían visto mejores momentos hacía ya unos cuantos años. El anciano se acercó con voz tranquila al niño mientras le pedía que se tranquilizara, ya que él no iba a hacerle daño alguno, a lo que Zentakord simplemente respondió con nuevas lágrimas y gimoteos.
El anciano, dejó que el niño se tranquilizase un poco y le indicó que llevaba un rato observándolo desde los matorrales y le preguntó qué hacía tan en el interior del bosque. Zentakord le respondió que unos orcos habían asaltado a su padre y mientras le había ordenado que huyese, le dieron muerte. También le explicó de donde era originario y que tenía una madre y unas hermanas aún en esa aldea.
Ante eso, al anciano simplemente asintió en silencio y le indicó que iría a buscarle algo de comer y de beber para que recuperase las fuerzas y que esta noche la pasarían en ese mismo claro, para que a la mañana siguiente, guiaría al niño a las cercanías de su aldea y lo dejaría ahí.
Se fue del claro y al cabo de un rato apareció con un bol de madera lleno de bayas de varios tipos en una mano y con otro bol lleno de agua fresca en la otra. El anciano le empezó a explicar alguna que otra historia antigua relacionada con el bosque en el que estaban mientras que Zentakord bebía y comía con avidez, ya que desde esa mañana no había comido nada ese día. Al cabo de un rato, cuando empezaba a ser casi imposible de ver debido al inicio de la noche, el anciano limpió el suelo con el pie y con ayuda de su cayado para poder así hacer un pequeño fuego que apenas hacía humo que iluminase y los calentase. Fue ahí cuando Zentakord empezó a pesarle los ojos y se quedó profundamente dormido sobre un lecho de hojas, fruto del cansancio acumulado del día.
A primera hora del alba, el anciano despertó al niño para indicarle que debían de iniciar la vuelta a la aldea, por lo que tras un nuevo y corto desayuno de bayas nuevamente, se pusieron en marcha. Durante el camino, el anciano le iba explicando como los distintos árboles que conformaban el bosque creaban un buen ecosistema para la fauna que moraba en él, aunque a Zentakord no le interesaba nada de eso y sólo estaba preocupado por su familia y su aldea natal.
Pasaron las horas y sobre el mediodía, llegaron a la linde del bosque. Allí ambos vieron que se apreciaba la presencia y el olor de humo, por lo que ambos salieron del bosque. Zentakord estaba nervioso y mirando por todos lados, mientras que el anciano parecía bastante tranquilo aunque en su rostro se podía apreciar que se temía lo peor para los que moraban en la aldea.
Caminaron hasta el lugar y se encontraron que la aldea había sido asaltada y arrasada el día anterior y que posiblemente los dos orcos que asaltaron a Zentakord y a su padre fueran parte de una horda orca mucho mayor. Ante tamaña destrucción el joven entró en shock y en anciano sólo pudo que consolarlo lo mejor que pudo. El anciano se llevó al muchacho fuera de la ciudad y cuando estuvo suficientemente alejado, musitó una pequeña plegaria y el terreno en el que se asentaba la aldea empezó a volverse más pantanoso, tragándose poro a poco los cuerpos de los muertos, todo ante la mirada llorosa y en completo silencio del niño. Para cuando hubo acabado el efecto del hechizo, no quedaba ningún cuerpo a la vista ya que todos fueron tragados por la tierra. Quedaron solamente en pie las ruinas humeantes de la antigua aldea.
El anciano le explicó que era lo único que podía hacer por los muertos en ese momento, devolverlos a la tierra para que completasen el círculo de la vida y que sus cuerpos sirviesen para que nuevas plantas y posteriormente animales vivieran gracias a ellos. Poco pareció afectar esas palabras tranquilizadoras al niño, que seguía todavía en estado de shock.
Sabiendo que el niño en ese estado no sería capaz de sobrevivir a todo ello, se lo llevó con él al interior del bosque donde lo cuidó hasta que se recuperó del shock. Al no tener a donde ir el niño preguntó al anciano si podría quedarse con él y enseñarle todo lo que él sabía, ya que recordaba perfectamente como dio sepultura a los antiguos miembros de la aldea en la que había nacido y entendió que de alguna forma, sus familiares y amigos siempre vivirían de algún modo mientras la vida continuase en el lugar. El anciano aunque no pareció gustarle la idea en un principio finalmente aceptó, explicándole a Zentakord que él era un guía de la naturaleza y que lo que vio fue gracias a las plegarias que cada día realizaba el druida a Padre roble, así que si quería aprender a seguir ese mismo, Zentakord debería iniciarse en el camino del druida también.
Y así fue. Pasaron los años y Zentakord pasó de ser un niño, a ser un joven y al final ser un adulto con alguna que otra cana. Los primeros años el druida le estuvo enseñando el camino del druida a Zentakord y conforme este crecía iba y venía con cada vez menos frecuencia. Durante sus ausencias, Zentakord había estado guardando el bosque donde ahora moraba y cuidó las antiguas ruinas de su aldea que con el tiempo fueron recuperadas por la naturaleza. Tuvo algunos encuentros con bandidos que querían ocupar esas tierras por lo que gracias a ellos de vez en cuando tenían alguna noticia del mundo exterior. Llegó un momento en el que el anciano le indicó que ya estaba preparado para poder buscar su lugar en el mundo y ayudar a cuidar el equilibrio natural, así que le indicó que se dirigiese a Amn, siguiendo la costa hacia el sur, donde parecía que cada vez había un mayor desequilibrio y se oían noticias de plagas, alzados y demás calamidades.
Así fue como en la última vez que Zentakord y el anciano se vieron, se encaminó hacía las tierras de la intriga a intentar ayudar a reestablecer el equilibrio natural.