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Un tambor de guerra

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Si hay algo que he aprendido viajando lejos de Kazad Gromdal es que el mundo exterior huele raro… demasiado alto, demasiado delgado y, sobre todo, demasiado humano.

Conocí a Thorbeck en los Llanos de Athkatla, a las puertas de la llamada “ciudad de la moneda” de Amn. Un nombre muy bonito para un lugar donde, si no vigilas tu bolsa, te venden hasta tu propia sombra… y te cobran intereses.

Yo estaba afinando mi “instrumento” —es decir, golpeando mi hacha contra el escudo para comprobar la resonancia— cuando lo vi acercarse. Recto como una lanza, barba espesa como un juramento antiguo y esa mirada que no pregunta… juzga. Alzó sus cejas, más de lo que su frente permitía.

Eres el camarada del que me han hablado.—me dijo.

Es posible, mi nombre es Tognar Tamborbrillante, hijo de Tegner–

No sonrió demasiado. Pero decidió no marcharse. Eso, en un enano, ya es media amistad.

Caminamos juntos hacia Athkatla, esa ciudad de “patas largas”, como la llamó él. Y ahí fue cuando Thorbeck empezó a hablar… no mucho, pero lo justo.

No te fíes de esa ciudad —gruñó— Los humanos no luchan como nosotros. Sonrisas por delante… puñales por detrás.

Asentí, pues escuchar es parte del aprendizaje de los enanos.

Se detuvo. Me miró de arriba abajo.

Esto no es Kazad. Aquí hay intrigas, traiciones… acuerdos que cambian con el viento.
Entonces habrá que soplar más fuerte —respondí—. O golpear más duro.

Creo que en ese momento decidió que merecía la pena.

Fue idea suya ir al cementerio.

Si quieres hacer ruido, nada me honraría más que golpear cráneos al son de tu “tambor”—dijo— además, allí habrá quien te escuche.

Y vaya si lo hubo. Apenas cruzamos sus puertas, los insepultos comenzaron a levantarse como clientes sin pagar en una taberna. Huesos, carne podrida y ojos vacíos… pero con ganas de pelea.

Thorbeck avanzó primero. Yo le seguí marcando el ritmo. CLANG. CLANG. CLANG.
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¡ESO ES, BARBAESPESA! —grité— ¡QUE HOY INVITAN LOS MUERTOS!

Él luchaba con precisión. Cada golpe medido, cada paso firme. Yo… yo hacía que el combate tuviera alma. Que cada embestida sonara como un tambor de guerra.

No golpees por golpear —me corrigió en mitad del caos— Golpea con propósito, alza el escudo, protégete, que solo se vean tus ojos y apártalo en cada acometida.

¡Mi propósito es que se queden en el suelo! —le respondí mientras asentía con respeto, partiendo un cráneo al compás.

Y así, entre enseñanza y carcajadas, nos entendimos.

En un breve respiro, apoyados contra una tumba que ya no cumplía su función, le dije lo que pocos saben.

Algún día seré Burgomaestre de Kazad.

Me miró largo rato. —Es un gran honor ser burgomaestre

Gruñó. —aunque aún no estás listo, pero lo estarás—. Entonces asintió.

Cuando llegue el momento, te llevaré de vuelta a Kazad. Harás tu juramento ante los dioses.

Eso… eso no era cualquier promesa. Antes de separarnos, me habló de otro.

Un gnomo, Baldrock.
—Sobrevivió conmigo cuando todo se vino abajo —dijo, con un tono más grave—. Es… de fiar.

Luego frunció el ceño.

—Pero no le digas que lo aprecio.

Solté una carcajada.

Descuida. Ese secreto vale más que toda Athkatla junta.

Se inclinó ligeramente hacia mí.

Si lo ves, dile que Thorbeck Barbaespesa te envía. Te ayudará.

Palabras de enano. Palabras que pesan. Cuando el último de los muertos dejó de moverse, nos quedamos allí, entre silencio y huesos rotos.

Vivos. Nos agarramos del antebrazo, como manda la tradición.

Nos soltamos. Brindamos. Porque nacimos para morir… sí. Pero los enanos decidimos cómo. Con un hacha en la mano. Una cerveza en la otra. Y, si los dioses son sabios… Con un buen compañero de batalla a tu lado.
 

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