Wallack
Pornorroleador en sequía
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Pongo la firma y termino.
Me recuesto sobre la silla del improvisado despacho de mi habitación mirando los últimos informes que he rellenado. Bajo la luz de un candil que titubea sus últimas palabras y todavía con la armadura puesta me levanto para ver algo que seguramente no vuelva a ver.
Separo el tabardo de mi armadura y lo miro unos instantes. El águila dorada que todos los veteranos llevábamos bordada en el tabardo y símbolo de la ciudad era un orgullo lucirla. Pero este en concreto, todavía más. Era el mismo águila que el Teniente Markus llevó. Sargento cuando todo ocurrió, Teniente de por vida para toda la IV compañía.
Aquél águila me miraba como tratando de decirme algo mientras la pequeña llama de la vela crepitaba mientras la cera se derretía dejando aún más marcas en la ya desgastada mesa. Me acerqué a mi tabardo, no sin antes coger un cuchillo, y arranqué el áquila del tabardo con toda la delicadeza que alguien como yo podría tener. Aún así, salió bien.
El águila todavía era capaz de levantar el vuelo si se lo proponía, pero esta vez debería esperar, todavía no era su turno.
Doblé el tabardo y saqué de bajo la cama, que la guardia me proporcionaba en el cuartel, una maleta bastante grande que estaba empapada en polvo. No solpé, pues aquello habría invadido la habitación haciendo más lúgubre y triste la escena. Lo abrí sin más.
Las visagras chirriaban mientras podía ver como algunas motas de polvo se deslizaban por el cuero de la maleta. Acerqué la vela con cuidado de no derramar cera y saqué todo lo que guardaba, conservado como recuerdos, con cariño.
Primero saqué el uniforme de recluta. Estaba tal cual me lo dieron el primer día, alguna costura desgastada, pero era mi uniforme de recluta. Despues estaba el uniforme de soldado, más usado y desgastado. Además había marcas de deshilos. Junto al galón de soldado primero estaba la identificación de Tempusita que arranqué al recibir un nuevo tabardo para llevar siempre encima. Bajo este estaba el tabardo de cabo, con su galón de cabo primero y a su vez la arrancada itenficiación, en esta ocasión de Capellán de Batalla.
Hoy tenía que hacer sitio al fondo. Además se encontraba la capa de cabo, y la espada honorífica de Sargento que me entregaron en su día y nunca había utilizado. Allí metí el tabardo de sargento, esta vez con las viejas cicatrices de un viejo águila que ya no volará más con la guardia.
Nunca he sido hombre de muchas palabras, pero tocaba despedirme de mis compañeros de la Guardia. Iba a abandonar el cuerpo para entrar en la Legión, no me resulta extraño, desde el primer momento siempre encajé más ahí que en la Guardia, pero fue Markus quién me hizo entrar en razón.
Ahora que ya no estaba, no había motivos para seguir engañándome.
El águila seguirá presente en mi nuevo tabardo, no sé como, pero así será. Cerré la maleta y la volví a colocar bajo la cama. Al incorporarme me vi en el espejo, pero no me reconocí.
Llegué a Amn con treinta y cuatro años pero ¿cuantos han pasado? creo que no más de treinta pero más de veinte seguro. No sé si es por Cárvegil, porque mi abuela tuviese sangre élfica, pero parecen cien años los que he pasado aquí. El tiempo pasa más lento en mi. Aunque tal vez fuese que estaba aburrido de mi vida.
Este cambio de aires iba a ser necesario. Me acerqué más al espejo y vi arrugas que antes no estaban ahí. Vi canas en mi pelo. Años atrás diría que se trata de polvo, de suciedad, pero ya no tiene sentido engañarse. He pensado hasta en retirarme pero ... puedo seguir blandiendo a Cárvegil, no tendría sentido.
Me retiraré cuando no pueda seguir luchando. Y eso ocurrirá cuando pierda la vida... o los brazos. Abandoné el cuartel y fui hacia los establos. Subí a lomos de Lábaro. Ya está mayor y él si que se tendrá que retirar pronto, por mucho que me pese. Fui hacia el bastión de acero, y allí, hasta el altar de Tempus donde el ya retirado Klaive solía hacer acto de presencia.
Subí la pequeña rampa para arrodillarme a los pies de la estatua. Me agaché y besé a Tempus, para después incorporarme apoyando mis manos desnudas en la base de la representación del dios de la guerra. Al hacerlo me miré las manos. Más arrugadas y desgastadas. Alcé la vista para ver toda la altura de Tempus y me aparté el pelo de la cara.
Sonreí mirando a la estatua y me di la vuelta para observar todo el bastión de la legión. Una lágrima se desprendió furtiva sin que lo esperase. Recorrió mi mejilla arrastrando parte de la suciedad que siempre llevo encima por mis descuidos. Los arrastró como recuerdos dejando a su paso un reguero limpio, un camino nuevo que quizás andaré en la legión.
Tras esa furtiva lágrima vino otra. Aunque esta la vi venir. Cada vez que terminas un ciclo, una fase de tu vida, toca recordar. Pero esta vez la lágrima no recorrió ni la mitad de mi carrillo. No la dejé. No soy un hombre que viva de los recuerdos ni del pasado. Si así lo fuera no viviría. Todavía recuerdo a Markus cuando dijo que no le importaba quién había sido, le daba igual si antes de entrar en la guardia había matado o asesinado, le daba igual, le importaba lo que iba a ser, aquel pensamiento, aquella idea, que yo también compartía me unió mucho a ese hombre, tan serio y de tan pocas palabras, pero tan expresivo al mismo tiempo, que tanto respeté, respeto y respetaré.
Recordé todas las veces que casi perdí la vida. Aunque todaviá recuerdo la única vez que realmente morí. Solo fueron unos minutos hasta que el Teniente Viktor me resucitó como si de un sacerdote se tratase, pero me viene a mi mente al mirarme las manos, como aquellos minutos fueron años, pues mis músculos al despertar estaban entumecidos, mi orgullo desaparecido y mi honor vencido.
Pero hoy era día de levantar la cabeza. De mirar para delante y olvidar el pasado. Pues poco importa el camino andado si no la senda que tienes delante. Y tenía una que iba a durar mucho, mucho tiempo. Así que después de ponerme sentimental volví hacia el cuartel, tenía que descansar. Solo me quedaban unos días como miembro de la Guardia hasta que Cuadrigaros enviase el informe. Unos pocos días. Algunos, los más veteranos, podían hasta sentir pena de mi marcha, la mayoría no me conocía, no tenía un nombre muy hecho a pesar de haber pasado casi la mitad de mi vida sirviendo a Amn y a la Guardia.
No nací en Athkatla, ni si quiera en Amn aunque la mayoría de mis cicatrices digan lo contrario, nací en Cormyr, en el Bosque Rey, pero uno no es de donde nace, es del lugar por el que está dispuesto a morir. Y aunque suene raro en mi, mirando hacia atrás, moriría por Amn y por un puñado de gente. Hasta por gente que no conozco. Y estoy seguro de que ese día llegará, más tarde o más temprano, tendré que retirarme, derrotado en batalla, enterrado y olvidado. Pero seguiré vivo, mi cuerpo se fundirá con la tierra y formaré parte del campo de batalla, seré parte de más guerras que nunca, y los enemigos caerán sobre mi. El día en el que sea vencido y pierda la vida pasaré a presenciar las más eternas guerras que jamás imagine. Pero todavía queda mucho para ello, lo tengo claro, me queda mucho por hacer.
Hoy me despido de la guardia. Mañana me saludarán en la legión. Una vela se apaga y oscurece mi habitación. Termino una batalla. Pero empiezo otra.
Me recuesto sobre la silla del improvisado despacho de mi habitación mirando los últimos informes que he rellenado. Bajo la luz de un candil que titubea sus últimas palabras y todavía con la armadura puesta me levanto para ver algo que seguramente no vuelva a ver.
Separo el tabardo de mi armadura y lo miro unos instantes. El águila dorada que todos los veteranos llevábamos bordada en el tabardo y símbolo de la ciudad era un orgullo lucirla. Pero este en concreto, todavía más. Era el mismo águila que el Teniente Markus llevó. Sargento cuando todo ocurrió, Teniente de por vida para toda la IV compañía.
Aquél águila me miraba como tratando de decirme algo mientras la pequeña llama de la vela crepitaba mientras la cera se derretía dejando aún más marcas en la ya desgastada mesa. Me acerqué a mi tabardo, no sin antes coger un cuchillo, y arranqué el áquila del tabardo con toda la delicadeza que alguien como yo podría tener. Aún así, salió bien.
El águila todavía era capaz de levantar el vuelo si se lo proponía, pero esta vez debería esperar, todavía no era su turno.
Doblé el tabardo y saqué de bajo la cama, que la guardia me proporcionaba en el cuartel, una maleta bastante grande que estaba empapada en polvo. No solpé, pues aquello habría invadido la habitación haciendo más lúgubre y triste la escena. Lo abrí sin más.
Las visagras chirriaban mientras podía ver como algunas motas de polvo se deslizaban por el cuero de la maleta. Acerqué la vela con cuidado de no derramar cera y saqué todo lo que guardaba, conservado como recuerdos, con cariño.
Primero saqué el uniforme de recluta. Estaba tal cual me lo dieron el primer día, alguna costura desgastada, pero era mi uniforme de recluta. Despues estaba el uniforme de soldado, más usado y desgastado. Además había marcas de deshilos. Junto al galón de soldado primero estaba la identificación de Tempusita que arranqué al recibir un nuevo tabardo para llevar siempre encima. Bajo este estaba el tabardo de cabo, con su galón de cabo primero y a su vez la arrancada itenficiación, en esta ocasión de Capellán de Batalla.
Hoy tenía que hacer sitio al fondo. Además se encontraba la capa de cabo, y la espada honorífica de Sargento que me entregaron en su día y nunca había utilizado. Allí metí el tabardo de sargento, esta vez con las viejas cicatrices de un viejo águila que ya no volará más con la guardia.
Nunca he sido hombre de muchas palabras, pero tocaba despedirme de mis compañeros de la Guardia. Iba a abandonar el cuerpo para entrar en la Legión, no me resulta extraño, desde el primer momento siempre encajé más ahí que en la Guardia, pero fue Markus quién me hizo entrar en razón.
Ahora que ya no estaba, no había motivos para seguir engañándome.
El águila seguirá presente en mi nuevo tabardo, no sé como, pero así será. Cerré la maleta y la volví a colocar bajo la cama. Al incorporarme me vi en el espejo, pero no me reconocí.
Llegué a Amn con treinta y cuatro años pero ¿cuantos han pasado? creo que no más de treinta pero más de veinte seguro. No sé si es por Cárvegil, porque mi abuela tuviese sangre élfica, pero parecen cien años los que he pasado aquí. El tiempo pasa más lento en mi. Aunque tal vez fuese que estaba aburrido de mi vida.
Este cambio de aires iba a ser necesario. Me acerqué más al espejo y vi arrugas que antes no estaban ahí. Vi canas en mi pelo. Años atrás diría que se trata de polvo, de suciedad, pero ya no tiene sentido engañarse. He pensado hasta en retirarme pero ... puedo seguir blandiendo a Cárvegil, no tendría sentido.
Me retiraré cuando no pueda seguir luchando. Y eso ocurrirá cuando pierda la vida... o los brazos. Abandoné el cuartel y fui hacia los establos. Subí a lomos de Lábaro. Ya está mayor y él si que se tendrá que retirar pronto, por mucho que me pese. Fui hacia el bastión de acero, y allí, hasta el altar de Tempus donde el ya retirado Klaive solía hacer acto de presencia.
Subí la pequeña rampa para arrodillarme a los pies de la estatua. Me agaché y besé a Tempus, para después incorporarme apoyando mis manos desnudas en la base de la representación del dios de la guerra. Al hacerlo me miré las manos. Más arrugadas y desgastadas. Alcé la vista para ver toda la altura de Tempus y me aparté el pelo de la cara.
Sonreí mirando a la estatua y me di la vuelta para observar todo el bastión de la legión. Una lágrima se desprendió furtiva sin que lo esperase. Recorrió mi mejilla arrastrando parte de la suciedad que siempre llevo encima por mis descuidos. Los arrastró como recuerdos dejando a su paso un reguero limpio, un camino nuevo que quizás andaré en la legión.
Tras esa furtiva lágrima vino otra. Aunque esta la vi venir. Cada vez que terminas un ciclo, una fase de tu vida, toca recordar. Pero esta vez la lágrima no recorrió ni la mitad de mi carrillo. No la dejé. No soy un hombre que viva de los recuerdos ni del pasado. Si así lo fuera no viviría. Todavía recuerdo a Markus cuando dijo que no le importaba quién había sido, le daba igual si antes de entrar en la guardia había matado o asesinado, le daba igual, le importaba lo que iba a ser, aquel pensamiento, aquella idea, que yo también compartía me unió mucho a ese hombre, tan serio y de tan pocas palabras, pero tan expresivo al mismo tiempo, que tanto respeté, respeto y respetaré.
Recordé todas las veces que casi perdí la vida. Aunque todaviá recuerdo la única vez que realmente morí. Solo fueron unos minutos hasta que el Teniente Viktor me resucitó como si de un sacerdote se tratase, pero me viene a mi mente al mirarme las manos, como aquellos minutos fueron años, pues mis músculos al despertar estaban entumecidos, mi orgullo desaparecido y mi honor vencido.
Pero hoy era día de levantar la cabeza. De mirar para delante y olvidar el pasado. Pues poco importa el camino andado si no la senda que tienes delante. Y tenía una que iba a durar mucho, mucho tiempo. Así que después de ponerme sentimental volví hacia el cuartel, tenía que descansar. Solo me quedaban unos días como miembro de la Guardia hasta que Cuadrigaros enviase el informe. Unos pocos días. Algunos, los más veteranos, podían hasta sentir pena de mi marcha, la mayoría no me conocía, no tenía un nombre muy hecho a pesar de haber pasado casi la mitad de mi vida sirviendo a Amn y a la Guardia.
No nací en Athkatla, ni si quiera en Amn aunque la mayoría de mis cicatrices digan lo contrario, nací en Cormyr, en el Bosque Rey, pero uno no es de donde nace, es del lugar por el que está dispuesto a morir. Y aunque suene raro en mi, mirando hacia atrás, moriría por Amn y por un puñado de gente. Hasta por gente que no conozco. Y estoy seguro de que ese día llegará, más tarde o más temprano, tendré que retirarme, derrotado en batalla, enterrado y olvidado. Pero seguiré vivo, mi cuerpo se fundirá con la tierra y formaré parte del campo de batalla, seré parte de más guerras que nunca, y los enemigos caerán sobre mi. El día en el que sea vencido y pierda la vida pasaré a presenciar las más eternas guerras que jamás imagine. Pero todavía queda mucho para ello, lo tengo claro, me queda mucho por hacer.
Hoy me despido de la guardia. Mañana me saludarán en la legión. Una vela se apaga y oscurece mi habitación. Termino una batalla. Pero empiezo otra.