DM Faith
Llanero del brasero
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UNA LLUVIA DE ESTRELLAS
El cielo se desgarró.Se rasgó con una luz fría y afilada. Un tajo de plata que partió la bóveda nocturna en dos. Desde el horizonte, una columna fulgurante se elevó hacia el infinito, pura y mayestática. Por un instante, el mundo pareció detenerse, suspendido en el filo de aquella radiancia.
Duró un instante. Un parpadeo.
Después, la columna se deshizo en mil haces rutilantes.
Siete fragmentos de luz se dispararon en el firmamento, trazando sendas distintas a través de la noche. Se dispersaron y se perdieron en el horizonte de forma simétrica, desde un único punto central, donde antes había surgido la columna.
Pero cada uno era único, diferente.
Uno ardió con un fulgor ámbar y resplandeciente. Su estela iluminó las montañas con un brillo que recordó un amanecer.
Otro, era un carbúnculo rojo. Su fuego vibrante dejó un rastro ardiente antes de hundirse en los pantanos.
Un tercero rutilaba como si estuviese hecho de plata etérea. Descendió con la elegancia de una pluma hasta perderse en las aguas de un lago. Su reflejo tembloroso dibujó una estela irregular en el horizonte.
Un cuarto brilló en un verde esmeralda, vivo y vibrante, y cayó en la espesura del Bosque de Alandor con un estallido sordo, sacudiendo los árboles y enviando a las aves en un vuelo desesperado.
Más allá de las lindes de la floresta, un quinto fragmento, de un azul profundo, se hundió en las tierras bajas. Su estela osciló en el cielo como las olas de un mar embravecido.
El sexto era de una tonalidad morada crepuscular. Su rastro oscilante recordó el último resplandor del día antes del inevitable anochecer, perdiéndose más allá de los Dientecillos.
El séptimo... El séptimo era distinto a los demás. Era un núcleo oscuro y cambiante. Su luz mutaba entre el añil y el violeta y emitía un resplandor errático, como si dudase entre ser luz u sombra. Su estela se deshilachó en un millón de hebras antes de extinguirse en el horizonte.
Los haces siguieron bañando el cielo en una llovizna estelar. Pero poco a poco las estelas se difuminaron. Y eventualmente, la noche volvió a sumirse en un ceremonioso silencio.




