Mor
Minsorrano sin caminos
- Registrado
- 15/2/22
- Mensajes
- 120
Humanos, libres y en grilletes, bestias y trasgóides de distintos tamaños recorrían el ajetreado puerto de la ciudad de Murann, chocando unos con otros, chillidos, gruñidos y gritos combatían por superar el ruido del sonoro oleaje que rompía contra las rocas y embarcaciones ancladas. Entre todo el caos, una estática figura, cual estatua.
Había llegado al reino de los gigantes una mujer, que no era ni hombre ni bestia, fácilmente reconocible entre la multitud, portando una armadura de metal oscurecido que parecía un desafío hacia los propios gigantes, con marcada simbología que referencia a los dragones y entonando su lengua abiertamente, sin embargo, la enigmática profeta rechazó cualquier confrontación, mostrando sumisión hacia el Imperio y proclamando que su presencia en el lugar no tenía otro motivo que para servir al Murkull y que el poder de los antiguos dragones era lo que les brindaba junto a su humilde consejo.
Ahora, solo restaba aguardar y servir, pues su profecía necesitaba de un elegido y con ella anunciaba la unión de los eternos rivales y la consecuente destrucción de todos sus enemigos.
Había llegado al reino de los gigantes una mujer, que no era ni hombre ni bestia, fácilmente reconocible entre la multitud, portando una armadura de metal oscurecido que parecía un desafío hacia los propios gigantes, con marcada simbología que referencia a los dragones y entonando su lengua abiertamente, sin embargo, la enigmática profeta rechazó cualquier confrontación, mostrando sumisión hacia el Imperio y proclamando que su presencia en el lugar no tenía otro motivo que para servir al Murkull y que el poder de los antiguos dragones era lo que les brindaba junto a su humilde consejo.
Ahora, solo restaba aguardar y servir, pues su profecía necesitaba de un elegido y con ella anunciaba la unión de los eternos rivales y la consecuente destrucción de todos sus enemigos.