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Uriel

AssasinPenguin

Pipa perdida de Duzdin
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Uriel, Gabriel y Ezequiel avanzaban con cautela, habían escuchado los rumores de que algo maligno se ocultaba en aquellos túneles mohosos y solitarios. Muerte, esa era la palabra. Uriel aún se preguntaba si fue buena idea traer consigo a sus dos aprendices, Gabriel y Ezequiel, con él. Eran fuertes, justos, y seguramente en un futuro dignos de ser un maestre como él, pero el hedor que emanaba de la cueva era horrible; y lo que sus ojos miraron también. Estaba todo lleno de cuerpos y sangre. Sangre de inocentes.

Su hermano Edward le había prevenido sobre aquella misión. Matar a un vampiro nunca es sencillo, pero había entrenado como a sus hijos a Gabriel y a Ezequiel. Aunque aún fueran sus pajes, confiaba en ellos, como ellos lo hacían en él. Edward, al igual que Uriel, era un Sacerdote fiel a Torm. Ambos habían sido criados bajo una vida de sacrificios, a corta edad ya habían tenido que descubrir la influencia del mal entre sus hermanos. Las dudas, las preguntas. Siempre se habían tenido el uno al otro, desde que perdieron a sus padres.

Sin embargo nada sucedió como habría cabido esperar. La cueva estaba habitada por poderosos vampiros de una ciudadela levantada sobre las mismas entrañas de la tierra, allí Uriel debió tomar una decisión que cambiaría para siempre su vida. Sacrificarse para que sus aprendices pudieran regresar a salvo de tan peligrosa misión. Luchó con uñas y dientes para que las impías criaturas no los alcanzaran, y lo logró. Pero a costa de un gran precio, herido de muerte y agonizante, las criaturas lo tomaron y lo transformaron en lo que más odiaba, en lo que siempre luchó por erradicar. Lo convirtieron en una ser de la noche, un vástago.

El tiempo pasó y la corrupción se fue apoderando de él, muchas de sus emociones chocaban constantemente. Estas se tornaron en una lucha por lo que alguna vez fue y lo que ahora era. Se odiaba a sí mismo con todo su ser, pero también sentía un gozo y un placer como nunca antes había sentido. Aunque en el fondo sentía la llamada del vacío, no podía comprender lo que era realmente. Los vampiros de Emnekhul le habían acogido, le enseñaron los lugares y reglas que él debía conocer. Pero el destino que le esperaba sería más cruel de lo que hubiera imaginado, gracias a una invitación que llegó a sus manos por parte de un sacerdote de Kanchelsis.

Era de noche y la lluvia era fuerte. Había algo que él debía ver, algo que le cambiaría para siempre. La visión de Gabriel y Ezequiel tendidos en el suelo, habían sido asesinados. Su hermano Edward los había enviado en su busca, tiempo más tarde descubrió que ocurrió después de que hubieran sido nombrados maestres. Habían dado su vida, para nada. Lejos, y solos, desamparados por el dios al que una vez siguió. De eso servía luchar por la luz.

Tomó los cuerpos de sus antiguos aprendices, con la extraña necesidad de querer llorar, y bebió de su sangre. Abandonó por completo su antigua vida. Todo, excepto su nombre. Había abierto los ojos, había aceptado la venganza, el odio, la muerte. Había aceptado que la sangre se consigue con más sangre. Entonces gritó, gritó a Torm, gritó a la nada, por haberle fallado, por abandonar a sus amigos, por abandonarlo a él a una muerte sin propósito. Eran todos unos mentirosos. Uriel prometió que su lanza caería sobre todos los seres vivos. para que sintieran lo mismo que él. Dolor.

Así fue cómo aceptó a Maastracht. Así fue cómo abrazó su fe, y se convirtió en su voz.



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