Scandinavian
Discípulo comegemas
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Preludio: 1. Alba.
La tenue luz del invierno en Athkatla tocaba con dulzura la delicada madera de roble en una habitación de niño. Era un cuarto amplio con ornamentación propia para una persona que recién entraba en la adolescencia y daba sus primeros pasos a convertirse en un hombre. Los juguetes pasaban a ser libros, y los colores vívidos se transformaban en una opacidad que demostraba la sobriedad del cambio.
En medio de la habitación se podía apreciar un chico de cabellos negros y una tierna mirada estar sentado en la habitación, ocupado leyendo distintos libros referentes a la actual legislación amniana, acompañado de una mujer que permanecía callada supervisando al chico, sus ropas eran propias de una sirvienta y sus rasgos le delataban como alguien de Mulhorand. El menor estaba tan concentrado en la lectura que siquiera escuchó a uno de sus padres al momento de irrumpir en el lugar.
-¡Soldado Andersen, de pie! Un hombre alto en sus veintes de cabello rubio, ojos verdes, y unos delicados rasgos que le hacían más parecido al género femenino que al masculino irrumpía en la habitación. Llevaba el uniforme típico de la guardia de Athkatla, además de una espada bastarda amarrada a su cinto junto a un escudo colgado a su espalda. La criada que estaba en la habitación se retiró con una amable sonrisa, mientras desaparecía de la escena.
El chico se giró en su escritorio y cruzó su mirada con la del otro joven hombre. Una tierna sonrisa se dibujó de lado a lado en su infantil rostro cuando vio a aquel hombre. Corrió a abrazarle, mientras el mayor le levantaba con un solo brazo y le entregaba un beso en sus cabellos.
Del otro lado del umbral de la puerta entró otro hombre, probablemente a fines de sus veintes, con un cabello corto de color ónice y una mirada penetrante, vistiendo el uniforme clásico de los jueces de Athkatla, no había que observar mucho para darse cuenta de la similitud entre el chico y aquel hombre. Sonrió al ver a los dos y de manera cálida pasó su mano diestra por la cadera del hombre rubio, mientras le revolvía los cabellos al menor, el cual reía ante el tacto.
Y así es como se había criado el chico, en un ambiente lleno de amor, preocupación, así como apego a la ley y el deber. La fe hacia Helm era un aspecto que sus dos padres profesaban, por lo que desde que era un niño aquel hecho se sentó en su cabeza como una verdad inamovible. La vida de una persona nacida en la baja nobleza era apacible y sin necesidad alguna.
La tenue luz del invierno en Athkatla tocaba con dulzura la delicada madera de roble en una habitación de niño. Era un cuarto amplio con ornamentación propia para una persona que recién entraba en la adolescencia y daba sus primeros pasos a convertirse en un hombre. Los juguetes pasaban a ser libros, y los colores vívidos se transformaban en una opacidad que demostraba la sobriedad del cambio.
En medio de la habitación se podía apreciar un chico de cabellos negros y una tierna mirada estar sentado en la habitación, ocupado leyendo distintos libros referentes a la actual legislación amniana, acompañado de una mujer que permanecía callada supervisando al chico, sus ropas eran propias de una sirvienta y sus rasgos le delataban como alguien de Mulhorand. El menor estaba tan concentrado en la lectura que siquiera escuchó a uno de sus padres al momento de irrumpir en el lugar.
-¡Soldado Andersen, de pie! Un hombre alto en sus veintes de cabello rubio, ojos verdes, y unos delicados rasgos que le hacían más parecido al género femenino que al masculino irrumpía en la habitación. Llevaba el uniforme típico de la guardia de Athkatla, además de una espada bastarda amarrada a su cinto junto a un escudo colgado a su espalda. La criada que estaba en la habitación se retiró con una amable sonrisa, mientras desaparecía de la escena.
El chico se giró en su escritorio y cruzó su mirada con la del otro joven hombre. Una tierna sonrisa se dibujó de lado a lado en su infantil rostro cuando vio a aquel hombre. Corrió a abrazarle, mientras el mayor le levantaba con un solo brazo y le entregaba un beso en sus cabellos.
Del otro lado del umbral de la puerta entró otro hombre, probablemente a fines de sus veintes, con un cabello corto de color ónice y una mirada penetrante, vistiendo el uniforme clásico de los jueces de Athkatla, no había que observar mucho para darse cuenta de la similitud entre el chico y aquel hombre. Sonrió al ver a los dos y de manera cálida pasó su mano diestra por la cadera del hombre rubio, mientras le revolvía los cabellos al menor, el cual reía ante el tacto.
Y así es como se había criado el chico, en un ambiente lleno de amor, preocupación, así como apego a la ley y el deber. La fe hacia Helm era un aspecto que sus dos padres profesaban, por lo que desde que era un niño aquel hecho se sentó en su cabeza como una verdad inamovible. La vida de una persona nacida en la baja nobleza era apacible y sin necesidad alguna.