Caesseth
8º Nombre extraño de Onyxia
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«Siempre me pregunté, si había sido Talona quien me había condenado. Si había sido Ilmater, quien me había olvidado. Pero los Dioses, hace mucho que me han abandonado. Yo soy la Bestia, a la que adoro —y mis ojos están llenos de moscas.
Durante mucho tiempo deseé ser sanado, salvado. Eventualmente, simplemente supliqué por que alguien o algo, pusiera fin a mi miseria. Ahora, conozco mi propósito, la razón por la que sus alimañas se hospedan bajo mi piel. Yo soy la Bestia, a la que adoro —y mi cólera está llena de mentiras.
Soy débil, demasiado débil. Algún día, quizás, estaré preparado para convertirme el Heraldo de las Moscas.»
Durante mucho tiempo deseé ser sanado, salvado. Eventualmente, simplemente supliqué por que alguien o algo, pusiera fin a mi miseria. Ahora, conozco mi propósito, la razón por la que sus alimañas se hospedan bajo mi piel. Yo soy la Bestia, a la que adoro —y mi cólera está llena de mentiras.
Soy débil, demasiado débil. Algún día, quizás, estaré preparado para convertirme el Heraldo de las Moscas.»
Si algo convierte en justa a Talona, es que su rencor no hace distinción monetaria; su abrazo, siempre llega a donde debe de llegar, sin importarle el poder y la influencia de aquellos que caen ante su danza. Cuando los pañuelos de su señor comenzaron a mancharse de brotes carmesí, cuando sus uñas empezaron a desprenderse y su piel a retorcerse, no conocía el perro rabioso que aquella putrefacción también latía en su interior. Esposa e hija, ni si quiera pudieron perpetrar su plan de abandonar a aquel hombre cruel, cuando las pústulas reventaron sobre sus camisones. La enfermedad, no tardó en cobrarse la vida de una —y sus súplicas por el pago de un sanador, no fueron escuchadas por el magnánimo semmar cuando la vida de la otra pendía de un hilo.
No recordaba ahora, si quiera, las noches que había pasado en aquellos callejones repletos de heces —en aquellas esquinas oscuras, que nadie deseaba observar. Suplicaba, a los Dioses que jamás respetó, que le permitieran morirse para poder reunirse con aquella familia cuyos rostros no podía olvidar. Imploraba, con manos temblorosas, piedad a Talona para poder vengarse de aquellos que habían ensuciado su honor. Y, cuando nadie parecía escuchar sus lamentos, una mano ornamentada con grabados dorados —envuelta en telas, negras y azules— llegaba a su hombro. Un rostro, cubierto de piercings centelleantes que brillaban casi tanto como la calva que lo coronaba, le dedicaba entonces una tímida sentencia.
«Con suficiente penitencia y gracia, incluso el más desafortunado puede redimirse a sí mismo.»
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