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Vasilios Vitale

Caesseth

8º Nombre extraño de Onyxia
Registrado
8/7/19
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Edad
30
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«Siempre me pregunté, si había sido Talona quien me había condenado. Si había sido Ilmater, quien me había olvidado. Pero los Dioses, hace mucho que me han abandonado. Yo soy la Bestia, a la que adoro —y mis ojos están llenos de moscas.

Durante mucho tiempo deseé ser sanado, salvado. Eventualmente, simplemente supliqué por que alguien o algo, pusiera fin a mi miseria. Ahora, conozco mi propósito, la razón por la que sus alimañas se hospedan bajo mi piel. Yo soy la Bestia, a la que adoro —y mi cólera está llena de mentiras.

Soy débil, demasiado débil. Algún día, quizás, estaré preparado para convertirme el Heraldo de las Moscas.»​
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Alojado en las profundidades de los callejones de Athkatla, sepultado por pútridas vendas y emergentes pústulas, un mero mendigo sopesa el pasado perdido. Recuerda su hogar, Sembia, y el carácter agresivamente juvenil de sus políticas. Recuerda el enorme acero que portaba, en aquel entonces, tras su espalda —sin cansancio, sin roces, sin dolor. Recuerda a su familia, a su esposa y a su hija; la vida, que ya ni si quiera puede palpar. No olvida, evidentemente, cómo la corrupción de los semmar terminó por imbuir sus venas. Sus principios, poco a poco, se deterioraron. El amor de sus seres queridos, con la marcha de estos, terminó por extinguirse.

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En aquel entonces, sabía que servía a un señor de corazón marchito. Sin embargo, en aquel entonces, no era capaz de percatarse cómo el reflejo más oscuro de su señor, terminaba por imprimirse sobre su espíritu. Primero, fue la desconfianza a aquellos forasteros de tez oscura que acudían a su señor en búsqueda de negocios —de tratos, enrevesados, que bien sabía como terminarían. Después, fue la seguridad en sí mismo, convencido —con cada rodilla quebrada y cada dedo arrancado— de que él, y su herencia, eran superiores. Tanto le embriagó el poder de vivir a la sombra de aquel semmar, que ni si quiera se preocupó cuando su hija dejó de reconocerle como progenitor.

Si algo convierte en justa a Talona, es que su rencor no hace distinción monetaria; su abrazo, siempre llega a donde debe de llegar, sin importarle el poder y la influencia de aquellos que caen ante su danza. Cuando los pañuelos de su señor comenzaron a mancharse de brotes carmesí, cuando sus uñas empezaron a desprenderse y su piel a retorcerse, no conocía el perro rabioso que aquella putrefacción también latía en su interior. Esposa e hija, ni si quiera pudieron perpetrar su plan de abandonar a aquel hombre cruel, cuando las pústulas reventaron sobre sus camisones. La enfermedad, no tardó en cobrarse la vida de una —y sus súplicas por el pago de un sanador, no fueron escuchadas por el magnánimo semmar cuando la vida de la otra pendía de un hilo.

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El día que el amo de Vasilios murió, fue él y sólo él, acusado de haberle contagiado la misma condena que se había originado en una de aquellas tantas damas que habituaba a contratar el semmar. El día que este murió, su perro más fiel, se vió obligado a huir de Selgaunt con su prole envuelta en harapos. La luna que este murió, su perro más fiel, derramó lágrimas sobre el último aliento de su pequeña. Había caído entonces en desgracia, había caído en un fondo tan oscuro que jamás pudo vaticinar un protocolo óptimo para subsistir en aquel. Impía, vengativa y rencorosa, la Madre de todas las Plagas se negaba a poner un fin a su mísera existencia. Sufrió entonces en sus carnes, el dolor de la enfermedad y la humillación de la mendicidad.

No recordaba ahora, si quiera, las noches que había pasado en aquellos callejones repletos de heces —en aquellas esquinas oscuras, que nadie deseaba observar. Suplicaba, a los Dioses que jamás respetó, que le permitieran morirse para poder reunirse con aquella familia cuyos rostros no podía olvidar. Imploraba, con manos temblorosas, piedad a Talona para poder vengarse de aquellos que habían ensuciado su honor. Y, cuando nadie parecía escuchar sus lamentos, una mano ornamentada con grabados dorados —envuelta en telas, negras y azules— llegaba a su hombro. Un rostro, cubierto de piercings centelleantes que brillaban casi tanto como la calva que lo coronaba, le dedicaba entonces una tímida sentencia.

«Con suficiente penitencia y gracia, incluso el más desafortunado puede redimirse a sí mismo.»​

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