Alexander901
Donante voluntario de sangre
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Su vista no era capaz de ver el final de aquel verde prado. Un par de personajillos correteaban y jugaban por él, un niño y una niña. El chico era rubio y de unos cinco o seis años y la chica pelirroja de unos tres, claros de piel ambos. Alegres y joviales corrían sobre la fina hierba descalzos. Una valla de color dorada recorría el prado cuán largo era, limitando las fronteras de aquel hermoso lugar, de esperanza y fertilidad, de vida y de juventud. El cielo azul se presentaba cada mañana, despejado, sin nubes. El sol brillaba radiante desde el este hasta el oeste, mostrándole su máximo esplendor a los habitantes del lugar. Había una pequeña casita de campo en el centro de ese lugar de armonía y serenidad, el lecho donde convivía una pareja en amor eterno y puro junto a sus dos pequeños.
Y a pocos metros estaba él, mirando a sus niños y con un brazo en la cintura de su esposa, disfrutando del día. Sonreía, ella también lo hacía. Se regalaban besos el uno al otro, con la suavidad y ternura que se mantenía desde el primer día. Sus labios se fusionaban en un apasionado beso que conllevaba a un abrazo intencionado de ambos. Recorrían el rostro del otro con agradables caricias, mientras volvían la vista a sus niños y sonreían de nuevo, esa sonrisa que sólo se encontraba en las familias más felices. Él habría llegado a la treintena de años hace relativamente poco, en cambio su esposa era un par de años más joven.
Al mediodía entraban en la casita para comer. Un amigo de la familia traía frutas frescas cada mañana poco después de hacer el sol su primera aparición en el día. Tras su hogar, había unas pequeñas mesetas en las que se sentaban cada día a ver el atardecer, de espaldas a la casa. Brillante como siempre, el sol desaparecía por el oeste bajando por los prados. Tal como venía, se iba. A la familia le encantaba observar ese bello paisaje, todos juntos, como si fuera un pasatiempos, aunque para la pareja simbolizara en verdad lo eterno de su amor. Enlazados en un mismo sino que recorrerían, ambos, agarrados de las manos, seguros el uno del otro y de sí mismos.
Como cada noche, ella se retiraba un poco antes para acostar a los niños, mientras él observaba unos minutos más el anochecer y su hermoso manto de estrellas desplegado en el cielo. La joven volvía junto a su marido un rato después, y se abrazaba a él, y él a ella. Conversaban con voz suave, esa voz tan dulce con la que hablan un par de enamorados cuando se encuentra solos, el uno con el otro, sin nada que pueda molestarles y con una ardiente luna que velaba por ellos. Podrían tirarse una o incluso dos horas allí, conversando, diciéndose cuánto se querían y admiraban, demostrándose el amor que tenían el uno del otro en completa confianza.
Y horas después un nuevo día comenzaba. Los gallos anunciaban el alba una vez más. El amigo de las frutas hacía su aparición. Charlaban alegres y rato después se marchaba hasta su casa, que vivía unas parcelas más allá.
El joven salía hacia un bosque cercano, en busca de leña para la chimenea, mientras su esposa hacía las tareas del hogar y cuidaba de los dos pequeños, que se dedicaban a aprender a leer y escribir con la ayuda de su madre. Los alrededores de la casa quedaban silenciosos, sólo se escuchaba a los muchachos hablar y a la mujer tararear una vieja canción. De mientras, él seguía su recogida por el bosque.
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Era una mañana fría y los vientos azotaban los ropajes del joven, que los aferraba contra él como podía sin soltar la leña. El aire traía suaves susurros desde la lejanía, no tan distintos a los de los otros días, aunque sí trajo uno nuevo.
- Vuelve, mi amor. Vuelve...
Frunció el ceño extrañado sin entender muy bien.
- Vuelve, mi amor. Vuelve...
La voz se repitió hasta una tercera vez, hasta que él soltó los leños y comenzó a correr como alma que lleva el diablo, pensándose lo peor. Las voces recorrían su cabeza una vez más. Esta vez eran gritos de dolor, de sufrimiento, de angustia. Aceleró cuanto pudo su carrera hasta llegar al linde del bosque y desde allí pudo observar el nuevo paisaje, que quién sabe si alguien fue el culpable o fue un capricho del destino como tantos otros. Los verdes prados ya no estaban y en su lugar había tierras naranjas, estériles, muertas. Las llamas sucumbían la fina hierba que tantos felices momentos le había traído. El sol no iluminaba como todos los días. Las nubes de color cobrizo cubrían el cielo como las llamas tapaban lo que antes era un hermoso paisaje.
Y a lo lejos vio aquello que temía. Su casa estaba en llamas también y no se veía a nadie por los alrededores. Todo era silencio, excepto el crepitar de las llamas y la jadeante respiración del joven, que se acercó corriendo hasta su hogar, o lo que quedaba de él. Se paró frente a la puerta. Las llamas cubrían toda la casa y era imposible intentar entrar. Cayó al suelo de rodillas mientras cubría sus ojos y frente con las manos. Y gritó, gritó tan fuerte como pudo.
- ¡ ATRAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAAM !
- ¡ ATRAM !
Acercó rápidamente la mano y lanzó la espada hacia la pared, clavándola hipsofacta. Estaba completamente empapado en sudor. Sus músculos en tensión y sus venas se marcaban por todo su cuerpo. Un hombre se acercó y desclavó la espada, ofreciéndosela después.
- Tranquilízate, amigo.
Cogió la espada con enfado y sin decir palabra alguna. El tipo se alejó hasta su cama y él se dio la vuelta, agarrando aún el arma. Sus ojos no volvieron a cerrarse hasta después de varias horas, su mente no se lo permitía...