Entre los altos muros del Coliseo de Agujas de Oro, la pareja se había unido a la multitud para presenciar la gran exhibición del gremio de artesanos. En el centro del anfiteatro, un ingeniero del gremio mostraba su más reciente creación: un artefacto que se había usado durante la guerra para derribar a un dragón rojo.
Fue entonces cuando Arenel, con una mirada traviesa y una sonrisa apenas contenida, tomó del brazo a Vésper. —Ven conmigo —susurró, y sin esperar respuesta, lo condujo fuera de la galería principal, hasta la arena abierta donde el polvo dorado se mezclaba con la brisa templada.
Allí, entre los ecos del bullicio distante, Arenel desenvainó sus espadas.
—Enséñame —dijo—. Quien mejor que tu para hacerlo.
El acero cantó al desnudarse de su vaina. Entre risas y destellos de acero, los dos comenzaron su improvisado duelo. El sonido de las espadas resonaba como campanas de guerra suavizadas por la camaradería. Pronto, algunos aventureros que pasaban se detuvieron a mirar. Las monedas tintinearon, las apuestas volaron entre bromas y carcajadas.
Pero el tiempo se escurrió como arena entre los dedos, y la multitud terminó por dispersarse, atraída nuevamente por el bullicio del coliseo y los prodigios mecánicos del gremio. La arena quedó en silencio. Arenel respiraba con esfuerzo, el sudor brillando como perlas sobre su frente.
Vésper sonrió con ternura y, con un gesto cuidado, envolvió su brazo con una venda.
—Nada mal para una primera lección —dijo, sus ojos brillando con una mezcla de orgullo y promesa—. La próxima vez, quizás logres desarmarme.
Ella rió suavemente, y por un momento, bajo las agujas de oro que coronaban el coliseo, parecieron dos héroes olvidados en el preludio de una leyenda aún por escribirse.
El joven Vésper había hecho una promesa: mostrarle a Arenel una playa secreta, un rincón escondido entre los riscos cercanos a las Agujas de Oro donde el mar se extendía como un manto de zafiro bajo el cielo vespertino. Aquella tarde, con el sol tiñendo las torres doradas del coliseo y el eco lejano de la feria disipándose, decidieron cumplirla.
Dejaron atrás la arena del anfiteatro y sus ecos de acero cuando se cruzaron con el ingeniero, que acababa de terminar la presentación de su artefacto de guerra. El hombre los detuvo con una sonrisa, deseoso de compartir su noticia: había sido nombrado Maestro del Gremio de Artesanos.
Vésper y Arenel lo felicitaron con entusiasmo, y pronto el resto de conocidos comenzó a salir del coliseo. En cuestión de minutos, se formó un pequeño corrillo alrededor del nuevo maestro para ofrecerle sus felicitaciones.
Entre el gentío y las risas, cuando nadie los miraba, la pareja se dedicó una mirada cómplice. Sin llamar la atención, se alejaron del grupo y continuaron su camino hacia la playa.
El aire se volvió más fresco al acercarse al mar. Las olas rompían con suavidad en la orilla, y el cielo se teñía de tonos dorados y púrpura al caer la tarde. Allí, entre el murmullo del agua y el vaivén de la brisa, se sentaron a conversar. Hablaban de cosas sencillas, dejando que el tiempo pasara mientras el sonido de las olas marcaba un ritmo sereno que parecía borrar toda preocupación.
Había sido un día placentero, como solía decir la joven sunita, y el recuerdo del mar aún le dibujaba una sonrisa tranquila. Pero el sol ya se había ocultado tras las torres doradas, y era hora de retirarse a la posada.
Arenel se despidió con un gesto amable y subió directamente a la habitación, deseando descansar tras la larga jornada. Las escaleras de la posada crujían suavemente bajo sus pasos, y el murmullo de los viajeros se desvanecía detrás de la puerta al cerrarse.
Vésper, sin embargo, permaneció unos instantes en el vestíbulo. Había recordado de pronto que debía reunirse con la dama Loreliel por un asunto pendiente de la casa comercial que apenas comenzaba a formarse.
Con un suspiro resignado, salió de nuevo sin imaginar que aquella cita marcaría el principio de algo mucho mayor.
Se dirigió al Enclave Esmeralda, el lugar donde había más posibilidades de encontrarla, un refugio rodeado de árboles centenarios y senderos cubiertos de musgo que susurraban con cada brisa. Sin embargo, al llegar, la mujer no se encontraba allí en ese momento. Al salir, un recuerdo cruzó su mente: hacía algún tiempo, ella le había hablado de otro ejemplar del árbol de frutos invisibles, que crecía en lo profundo y sombrío del bosque de Álandor, donde la luz del sol apenas lograba filtrarse entre las copas. Decidió entonces que se adentraría en aquel bosque en busca del legendario ejemplar.
No se había alejado demasiado del Enclave Esmeralda cuando, al doblar un recodo del sendero cubierto de hojas húmedas, se encontró con un grupo detenido en medio del camino. Entre ellos reconoció algunos rostros familiares: la dama Loreliel, Dick y Velarion, el clérigo y el paladín de Ilmater al servicio de la Orden del Guantelete. Mientras se acercaba, pudo escuchar fragmentos de su conversación, palabras cargadas de preocupación sobre una serie de secuestros recientes en la ciudad de Azkhatla.
De pronto, un arbusto cercano tembló, y dos figuras emergieron de la maleza. La dama Sariel apareció primero, acompañada de un hombre alto y encapuchado que ocultaba su rostro, a quien algunos llamaron El Crupier. Su presencia impuso un silencio momentáneo en el camino.
El hombre guiaba de la mano a Sariel, cuyos ojos estaban ensangrentados y cuyas cuencas estaban vacías, como ventanas huecas que reflejaban un tormento invisible. Tras ella, una masa negra, tan densa y oscura como una sombra viviente, se adhería a su figura, irradiando un aura de terror que hacía temblar el aire a su alrededor.
Algunos del grupo desenfundaron sus espadas con rapidez, mientras el hombre, con una calma inquietante, solo murmuró: “No he sido yo”. El viento jugueteó con un par de pergaminos que llevaba consigo, dejándolos flotar hasta el suelo. Uno de ellos cayó justo a los pies del pícaro.
Cuando recogió el pergamino, pudo leer la palabra “jugador” escrita con trazos precisos y deliberados. Era idéntica a la nota que había encontrado tiempo atrás durante una reunión con otros miembros de la Casa Comercial en la Luna Nueva. En aquella ocasión, mientras discutían asuntos de importancia en la sala de reuniones, un silbido resonó desde el pasillo, seguido de un golpe suave en la puerta. Desde el interior llamaron a quien tocaba para que pasara, pero al ver que nadie respondía, Vésper se levantó y abrió la puerta… sin encontrar a nadie. Solo quedó la nota en el suelo.
Pensó que debía tratarse de la broma de alguien con demasiado tiempo libre y la dejó sobre la mesa. Sin embargo, la señorita Eileen, miembro de la Casa Comercial, por alguna razón sospechó que aquel mensaje podría ocultar un cifrado, y lo guardó entre sus pertenencias para estudiarlo más tarde. Ahora, sosteniendo la nota nuevamente en sus manos, comprendió que Eileen probablemente corría peligro. Debía advertirla antes de que fuera demasiado tarde.
Cuando levantó la vista del pergamino, El Crupier ya se alejaba, tarareando una melodía extraña y discordante. Tan pronto como dobló la esquina de un árbol, se fundió con la sombra de su tronco, desapareciendo como si nunca hubiera estado allí, dejando tras de sí un silencio inquietante.
De inmediato, el clérigo de Ilmater se acercó a Sariel, tomando su mano con cuidado y preguntándole si podía hablar. Pero la sierva de Selûne respondió con una sola palabra, susurrada con voz vacilante mientras la sombra negra que se aferraba a ella parecía observar cada movimiento del grupo:
—Nhyssarion.
Eso fue todo lo que pronunció, y aun así, sus labios habían desatado un escalofrío que recorrió a todos los presentes, como si aquel nombre encerrara secretos antiguos y peligrosos.
El clérigo posó sus manos sobre las cuencas vacías de Sariel, murmurando una plegaria sanadora que había aprendido en los templos de Ilmater, pero sus rezos no encontraron eco en la mujer; su malestar parecía demasiado profundo para la magia de curación.
Con un gesto preocupado, Loreliel sugirió llevarla al hospicio fuera de la ciudad, un lugar apartado donde los enfermos y los afligidos podían encontrar refugio y cuidados. El padre Dick, que solía oficiar misas en aquel santuario, tomó la mano de Sariel con firmeza y la guió con pasos pacientes, mientras el resto del grupo se disponía a escoltarlos, formando un círculo protector alrededor de la caminante y su silencioso guardián. El bosque que rodeaba el camino parecía inclinarse ante ellos, como si las sombras mismas observaran la procesión con inquietud.
Vésper acompañó a los siervos de Ilmater hasta la habitación donde cuidarían a la Selúnita. La colocaron con cuidado en la cama, mientras el pícaro no podía apartar la vista de la terrorífica sombra que permanecía pegada a ella, un manto de oscuridad que parecía respirar y observarlo todo. Cuando Sariel volvió a pronunciar la misma palabra, un susurro cargado de misterio y presagio:
—Nhyssarion.
Vésper sacó el pergamino que El Crupier había dejado caer y escribió el nombre con mano firme, como si eso pudiera anclar el eco de la amenaza que flotaba en la habitación. Luego, miró a los presentes con determinación: debían consultar en el templo de Oghma, en el distrito del puerto, para desentrañar el significado de aquel nombre, y quizá comprender la naturaleza de la sombra que seguía a la mujer. Sin esperar más, se encaminó hacia el templo, acompañado por el paladín, mientras la sombra permanecía, silenciosa y ominosa, sobre la figura de Sariel.