Melmoth
Copia sin mente de un convocado
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Viaje a Nordmaar. Tercera Fase del primer grupo.
El camino seguía siendo cansado. Aunque gracias al Pegaso nos libramos de buena parte de él. Y no lo digo solo por los días de camino que nos ahorramos, sino por todos los peligros que logramos sortear por el aire. Íbamos en grupos de dos. Yo cogido a las crines de la bestia fantástica y Silmewen agarrada a mi cintura, el viento fresco golpeándonos la cara mientras intentaba divisar desde las alturas las zonas que después deberíamos recorrer a ras de suelo. Colinas, pantanos y cenagales, pequeños villorrios de gentes trabajadoras y grandes ciudades. Todos allí, tan pequeños e insignificantes como cuando se te pone un dragón delante y decide no desayunarte. El contacto con la piel del animal era reconstituyente, parecía que nada nos podía alcanzar allí arriba. Y así llegamos a nuestro destino. Le pedimos al Pegaso que nos dejase en las cercanías del Campo de los Muertos.
Estábamos todos allí, reunidos bajo el claro día. El ambiente estaba enrarecido y el Pegaso fue el primero en notarlo. Se comunicó con Claunys y se despidió de nosotros. Mal lugar para acampar, nos dijo... y salió volando, de nuevo con su libertad en las alas. Maravillosa experiencia volar sobre los lomos de un Pegaso, pensé yo.
Descansamos un poco todo el grupo. Yo repasaba mi libro de conjuros, la batalla contra los Trasgos que retenían al Pegaso me había dejado con pocos sortilegios en la memoria y debía recuperarlos, todas las partes de este interminable camino parecían repletas de peligros que requiriesen máxima concentración y de todos los hechizos con los que pudiésemos contar. Claunys y Aikanasar repasaban el mapa, mientras Silmewen y el elfo amnésico parecían ensimismados, descansando por igual. Llegamos a la conclusión de que debíamos cruzar el Campo de los Muertos hasta llegar a Jabaeskir. La idea nos espeluznó a todos. El Campo de los Muertos es conocido por una famosa batalla en la que muchos cayeron. Así como podríamos encontrarnos con un campo de rosas, éste no prometía ser tan fragante. El ambiente enrarecido, el aroma a muerte y el silencio sepulcral que indicaba que ninguna criatura con un mínimo de sentido de la supervivencia correría por allí hacía que la tensión no la pudiésemos relajar ni un instante.
Llegó la hora de ponernos en camino. Recogimos el campamento y nos pusimos en marcha sin más dilación. Atentos a cualquier movimiento, parecía que esa situación no se iba a acabar jamás. Siempre tensos, siempre sudando, bromas ausentes y sonrisas las justas, como cuando sabes que en cualquier momento éstas se cambiarán por lágrimas al ver a un compañero caído. El miedo nos hace fuertes, pues no queda más remedio que enfrentarlo, pero la sensación de desasosiego es insoportable. Llevábamos horas de camino, tranquilo y sin incidencias. Estaba oscuro y no parecía que fuese a cambiar mucho la situación. De repente empecé a notar una molestia en la cabeza. No era muy fuerte, pero sí patente. Pasó un rato y yo miraba a mis compañeros, no quería ser una carga y no dije nada, pero cuando mis ojos se posaron en Sil me día cuenta de que fruncía el ceño y se tocaba los ojos, como si sufriese de mi misma dolencia. El dolor se hizo más agudo entonces, era un dolor penetrante que me paralizaba. Levanté la cabeza y ví como mis compañeros se ponían tensos. No lo estaba sufriendo solo. Sil soltó una exclamación de dolor mientras Claunys se concentraba para no salir de su estado meditativo, donde se encontraba seguro y el dolor no podía penetrar y Aikanasar resistía con el tesón que caracteriza a su familia de dragones. Empecé a pensar rápidamente, sin saber cuanto iba a durar ese efecto y recordé que diversos conjuros pueden llevarte a sentir tal dolor. Concentrándome al máximo no podía despojarme de esa terrible sensación. Tuve que agacharme y bajar la cabeza para restablecerme, por no lo conseguía. Silmewen estaba como yo, el dolor podía con ella como conmigo y no tenía bisos de mejorar.
Caminábamos con pesadez, Silmewen y yo no estábamos bien, Aikansar y Claunys permanecían alerta y el elfo de los bosques parecía totalmente ausente. Entonces a lo lejos divisé una estructura… cuanto más me acercaba más veía una pequeña villa. Los muros, de una altura mediana, eran surcados por unas enredaderas de flores rojas y en el centro de la estructura se veía una puerta. En ella una oscura figura se mantenía en pie, parecía mirarnos y cuando menos lo esperamos, se dio media vuelta y hecho a andar adentrándose en la villa
Oí entonces un grito que provenía de Aikanasar... el elfo amnésico había salido corriendo. Se dirigía hacia la villa haciendo caso omiso a todos los protocolos de seguridad que cualquier ser vivo con un poco de sentido común hubiese tenido en cuanta.
Delante de mis doloridos ojos Aikansar se lanzó un conjuro de invisibilidad y salió directamente detrás del elfo, o eso imagine, por la dirección de sus pisadas. Claunys esperó mientras Silmewen y yo continuábamos con los terribles dolores de cabeza. Fue entonces cuando mi mente empezó a nublarse, el dolor y la ofuscación me hicieron su presa, la húmeda noche que caía ante nosotros y la extraña sensación de que algo tenebroso nos rodeaba hicieron su trabajo y mella en mis fuerzas… y caí en un letargo del que nada recordaría si no fuese por las explicaciones que recopilé de mis compañeros.
Según lo que he podido averiguar, me puse a caminar hacia la villa, hacia el centro de la villa. Permanecí quieto y mis compañeros me seguían para cubrirme de cualquier peligro, al que en ese estado no sería capaz de enfrentarme. Vieron al elfo amnésico tomar un recodo y entrar en una pasada. Yo, hechizado aún, caminé en dirección de la posada y la compañía nos siguió. Silmewen se rezagó y quedó agazapada bajo una de las ventanas de la posada, pero Claunys y Aikanasar, seguros de sus posibilidades, entraron sin dilación. Estábamos en el centro de la estancia, que pronto se llenó de gente fantasmal, enanos y gnomos se reunían allí y no parecían tenernos en cuenta. Hasta que el elfo localizó a un enano, un enano loco… y heroico. El elfo le dijo a Aikanasar que debía obtener la bolsa que colgaba del cinto del enano. Que debía ser suya y pedía nuestra ayuda. Yo continuaba ausente… mi mente nublada y que nada de aquello recuerda. Silmewen, quizás la más diestra entre nosotros se ofreció a intentar robar la bolsa al enano… pensándolo ahora no sé como se les ocurrió tamaña tontería. En un lugar hostil, no invitados, tras todo lo que ya pasamos, robarle la bolsa a un enano en su casa no parece lo más sensato… en fin. Silmewen logró su cometido, el enano no se percató de la situación y antes de darle la bolsa al elfo, que parecía ansioso… la abrió…
La bolsa empezó a gritar y chillar: “-¡¡Amo me roban!!¡¡Me roban!!” La tensión debió ser tremenda. Silmewen cerró rápido la bolsa esperando que se callara, pero el conjuro ya fue activado, probablemente debía tener una palabra de comando para desactivarse que si no se pronunciaba pasaba esto. Los asistentes de la taberna empezaron a salir de su estado y el enano grito:-“¿Que pasa aquí? ¡Eh! ¡Mi bolsa! ¡Devolvédmela!” Yo por mi parte empecé a ver, borroso pero a ver a fin de cuentas. No sabía donde me encontraba, pero empecé a oír gritos y cuando enfoqué la vista vi a Aikanasar frente al enano, discutiendo. El enano se fijó en el elfo amnésico y empezó a gritar más fuerte aún: “-¡¿Qué haces aquí?! ¡Márchate o Dragoroth os encontrará! Entonces estará todo perdido…” Parecía conocer al elfo. Éste empezó a bombardearle a preguntas… ¿Me conoces? ¿Quién soy? ¿Qué son estas plantas? Pero el enano no atendía a razones. Gritaba y miraba al techo de la posada como esperando algo. Entonces se empezaron a oír ruidos, la posada entera empezó a templar. El retumbo de algo que había fuera no nos ayudó a dominar la situación. El enano gritaba: “-¡Demasiado tarde!¡Corred, salid de aquí antes de que os mate el dragón o todo estará perdido!". Ni cortos ni perezosos hicimos caso de lo que nos dijo el enano y salimos corriendo de la taberna, pero Silmewen agarró al enano y lo empujó fuera con nosotros, debía responder muchas preguntas.
Cuando salimos… un dragón rojo adulto nos estaba esperando. Corrimos hacia la espesura, arrastrando al enano, pero Silmewen cayó, se tropezó y parecía que el dragón se iba a cebar en ella. Aikanasar, con su fuerza innata, levantó a Sil cual pluma, la cargó en el hombro y lanzó un conjuro de niebla. Poco tiempo para escapar, pero un despiste efectivo. El enano se quedó atrás. Le gritamos que viniera… pero el nos sonreía: “-Confío en vosotros… escapad y llegad a la Falla de Grenjar… Todo está en vuestras manos”. Tras esto salió corriendo hacia el dragón… enano loco, suicida, estúpido… y heroico. Salvó nuestras vidas dándonos tiempo a entrar en el cieno. Corríamos, Claunys y el elfo amnésico delante, Aikanasar cargando con Silmewen les seguían y yo cerraba el paso. Corriendo con desespero y miedo oímos una explosión cuando el enano llegó a la posición del dragón. Sin tiempo para pensar seguimos corriendo, pero una lágrima se perdió en el Campo de los Muertos al dejar a aquel que era más que un amigo, a aquel que se sacrificó por nosotros, habiéndole robado la bolsa momentos antes… Nos quedaba poco tiempo para que la nube de niebla de Aikanasar se disipase, corríamos como alma que lleva el diablo y acabamos en los cenagales.
Aquí se nos abría una nueva disputa. El camino estaba plagado de muertos vivientes y otras criaturas. Los miembros del Azote deberían ser informados de esta zona. Aikanasar dejó en el suelo a Silmewen, que se restituyó rápidamente. Aikanasar sudaba como si hubiese llovido, chorreaba y jadeaba después del esfuerzo supremo de llevar en brazos a una persona con su armadura y su carga añadida. Yo estaba cansado, confuso y alucinado. ¿Dónde nos habíamos metido? ¿Y como llegamos a esta situación? Claunys no hablaba y oteaba la nueva parte del viaje. Paramos un momento, seguros de estar fuera del alcance del dragón, que no se dignaría a entrar en el cenagal. Decidimos el lugar adonde dirigirnos para llegar a Jabaeskyr y continuamos la interminable caminata. Entre puentes colgantes, árboles muertos y podredumbre por doquier avanzábamos en silencio, temerosos de despertar a algo que habitase allí. Los vapores nocivos y el olor asqueroso se pegaban a la ropa y al sudor. La tensión volvía cuando solo se oía nadar a alguna criatura por aquellas aguas infectadas. Y entonces aparecieron. Ghouls o zombis, no los reconocí. Mi posición era en la retaguardia, empecé a dispara flechas con mi arco de roble, demasiado usado últimamente, apuntando a la cabeza de los muertos, pero eran resistentes. Se hacían fuertes en su casa, esta zona de muerte e inmundicia era su hogar, aquí ganaban poder. Claunys y Aikanasar estaban en cabeza, lanzando golpes de espada por doquier, cercenando miembros podridos y descompuestos, pero los monstruos seguían luchando. A Claunys le arrancaron un trozo de ropa y le llegaron a la carne, Claunys empezó a coger un color más lívido, las defensas arcanas que habíamos lanzado se agotaban y el combate duraba demasiado. Silmewen a mi lado disparaba flechas como poseída y Aikansar parecía no cansarse nunca, no paraba de dar gopes. Claunys empezó a reaccionar, con la ropa rasgada, la herida en el pecho y la tristeza en la mirada. Aikanasar me gritó que le lanzase un conjuro de Piel Petra, su conjuro había terminado y los golpes los soportaba con estoicidad, pero doliéndose. Corrí a sus espaldas y me concentré entre la peste, la sangre y el sudor. Estaba notando como la Urdimbre se acercába a mi, ya llegaba, el cosquilleo en todo el cuerpo, nada me perturbaba y ya sentía el correr de la magia por dentro de mi. Los movimientos de mis manos que trazaban vocablos secretos en el aire me salían automáticos, no debía pensar, debía actuar. Mi voz sonó por encima del estruendo de la batalla o eso me pareció a mi y ya lo tenía… Cuando noté un golpe en el costado del hombro. Una de las criaturas se consiguió zapar de los combatientes de cabeza, Claunys y Aikanasar y me había golpeado con fuerza… había rasgado mi túnica y el hombro me sangraba profusamente. Note como si exhalase por última vez. Se escapaba un calor por mi boca y dejaba en su lugar una sensación de frío gélido y desagradable. La tristeza me invadía, algo se había llevado el monstruo con ese golpe. El conjuro se perdió, olvidé todo lo que tenía que hacer y me quedé parado y cabizbajo. No atendía a nada y el zombi volvía a cebarse conmigo. Aikanasar, atento a la lucha que llevaba con tres de esos monstruos, giró y me dio un empujón que despertaría a un Golem, me sacó de mi ensimismamiento a la vez que evitaba que el zombi descargase un nuevo golpe con sus garras podridas. Me aparté y volví a concentrarme para proteger a mi amigo. Esta vez si funcionó. Y continuó la lucha. De nuevo me aparté al fondo y seguí disparando flechas, pero el grosor de los enemigos había sido abatido. Apabullados por las circunstancias continuamos camino de lo que creíamos sería el final del viaje por los pantanos. Tuvimos un encuentro con otro no-muertos, esqueletos esta vez, pero nada de lo que no nos pudiésemos deshacer con facilidad… para nada comparable con lo que ya habíamos vivido.
Llegamos a una zona de la ciénaga en la que vislumbramos unas ruinas. Parecía una atalaya de piedra, pues una torre semi derruida se levantaba por encima de la podredumbre del lugar. Silmewen intentó escalarla para ver la dirección a seguir, Aikanasar y Claunys continuaban discutiendo sobre la dirección a tomar: que si nos habíamos equivocado de camino, que si teníamos que haber torcido al este por allí… yo los escuchaba tenso y repasando mis conjuros mentalmente, mientras con un ojo, solo uno, vigilaba al elfo, que allí paraba. Mientras cada uno hacía las suyas y Sil llegaba casi a la cima de las ruinas, la tierra empezó a temblar. Claunys y Aika se pusieron en guardia al momento, me impresionó la menra en que en un abrir y cerrar de ojos Clunys había guardado el mapa y ya blandía su arma… años de camino y de entrega a la naturaleza, pensé yo. Grité a Sil que se bajase de las ruinas, bien podía ser que con el temblor acabasen por desmoronarse y aplastasen a nuestra amiga. Nos pusimos en guardia. Yo estaba cansado, sin conjuros casi, agobiado por el ambiente cerrado y infecto del lugar, ya no tenía ganas de continuar con ello, pero era eso o morir… Nos cubrimos entre las ruinas y los puentes colgantes. Aikanasar nos apremió, podía ser un Dracoliche, la ciénaga llena de muertos podía tener un maestro como tal. Solo oír eso la poca energía que tenía se me fue escapando. Apareció un Gusano Enorme. No se que mierda era eso, pero nos sacaba como veinte cabezas. Aikanasar se elevó con sus alas de dragón y empezó a lanzar hechizos desde el aire, Bolas de Fuego e Incendiarios, Silmewen y yo lanzábamos flechas a diestro y siniestro, sin parar, aunque solo éramos dos parecía que una lluvia sólida caía sobre la criatura. Ésta inició un grito salvaje y preternatural que nos heló la sangre, inició su contra. Claunys estaba más cerca de ella que nadie, pero ella se centró en Aikanasar, el mayor daño le venía desde el aire y no parecía dispuesta a tolerarlo por más tiempo. Con una abatida recibimos todos, Aika salió disparado para un lado, Silmewen quedó a merced de la criatura , justo debajo suyo, con el golpe en el suelo de la criatura Claunys cayó, agarrándose en última instancia al puente colgante y yo, que había previsto la sacudida logré agarrarme fuerte a una cuerda, antes de caer. El ataque no cejó por este incidente, pero sí demostró lo capaz de dañar que era el monstruo. El gusano se cebó con Aikanasar y con Claunys, al que vio limitado de movimiento, Silmewen, que yacía de espaldas a los pies del bicho seguía disparando flechas y entonces me di cuenta. El gusano no podía ver a Silmewen, reaccionaba a sus golpes pero no podía defenderse. Esta era nuestra oportunidad y nuestra única salida. Grite a todos: “-¡Poneos delante de sus narices, entre su torso y su cara, allí no os localiza! ¡Tiene un punto muerto¡" Aika fue el primero en reaccionar, bajó de los cielos y se puso cerca de Silmewen, la cual continuaba con sus flechazos directos al torso de la criatura. Lo cierto es que la teníamos bastante tocada, pero no podíamos arriesgar ninguna vida. Claunys y yo salimos corriendo del puente y arrastrándonos por el suelo fangoso llegamos derrapando al frente del animal. El gusano se quedó expectante, descolocado, no sabía que había sucedido, pero sangraba, y sangraba profusamente. Alguien dijo de invocar a una criatura lejos de nosotros, una invocación que distrajese al monstruo mientras nos cebábamos en el o mientras escapábamos. Invoqué a un Canarconte lejos de nosotros y le ordené que mantuviese la posición. La decisión final fue… correr. El gusano detectó al Canarconte y se cebó contra el mientras nosotros salíamos de nuestra privilegiada posición y arrancábamos a correr por donde Claunys y Aikanasar decidieron en un principio. Estábamos al borde de salir de la maldita ciénaga. Ésta principió a acabar con nosotros, pero le superamos la prueba. El Canarconte pegó un golpe mortal a la criatura, lo cual nos indicaba que la habíamos dañado sobremanera y que el remate era cuestión de suerte y tiempo.
Sudando, cansados hasta la extenuación, sangrando y desanimados continuamos el camino. Al que le explique esto no se lo cree, pensé yo. Esto no era una aventura, era una carrera de muerte, a ver quien caía primero, a ver quien aguantaba más. Las criaturas, los monstruos, los dragones…. Todo enemigos, casi ningún aliado, excepto el enano loco, que tal como llegó se fue. Ayuda inestimable sin duda, pero efímera. Con porte alto, magullados y destrozados, pero victoriosos, continuamos a pie nuestra pequeña odisea. Caminábamos como si ya nada nos pudiese dañar, después de lo soportado. Pero todos, hasta el elfo amnésico teníamos algo en la cabeza que no nos abandonaría rápidamente: descansar.
El camino seguía siendo cansado. Aunque gracias al Pegaso nos libramos de buena parte de él. Y no lo digo solo por los días de camino que nos ahorramos, sino por todos los peligros que logramos sortear por el aire. Íbamos en grupos de dos. Yo cogido a las crines de la bestia fantástica y Silmewen agarrada a mi cintura, el viento fresco golpeándonos la cara mientras intentaba divisar desde las alturas las zonas que después deberíamos recorrer a ras de suelo. Colinas, pantanos y cenagales, pequeños villorrios de gentes trabajadoras y grandes ciudades. Todos allí, tan pequeños e insignificantes como cuando se te pone un dragón delante y decide no desayunarte. El contacto con la piel del animal era reconstituyente, parecía que nada nos podía alcanzar allí arriba. Y así llegamos a nuestro destino. Le pedimos al Pegaso que nos dejase en las cercanías del Campo de los Muertos.
Despedida con el Pegaso
Estábamos todos allí, reunidos bajo el claro día. El ambiente estaba enrarecido y el Pegaso fue el primero en notarlo. Se comunicó con Claunys y se despidió de nosotros. Mal lugar para acampar, nos dijo... y salió volando, de nuevo con su libertad en las alas. Maravillosa experiencia volar sobre los lomos de un Pegaso, pensé yo.
Descansamos un poco todo el grupo. Yo repasaba mi libro de conjuros, la batalla contra los Trasgos que retenían al Pegaso me había dejado con pocos sortilegios en la memoria y debía recuperarlos, todas las partes de este interminable camino parecían repletas de peligros que requiriesen máxima concentración y de todos los hechizos con los que pudiésemos contar. Claunys y Aikanasar repasaban el mapa, mientras Silmewen y el elfo amnésico parecían ensimismados, descansando por igual. Llegamos a la conclusión de que debíamos cruzar el Campo de los Muertos hasta llegar a Jabaeskir. La idea nos espeluznó a todos. El Campo de los Muertos es conocido por una famosa batalla en la que muchos cayeron. Así como podríamos encontrarnos con un campo de rosas, éste no prometía ser tan fragante. El ambiente enrarecido, el aroma a muerte y el silencio sepulcral que indicaba que ninguna criatura con un mínimo de sentido de la supervivencia correría por allí hacía que la tensión no la pudiésemos relajar ni un instante.
Llegó la hora de ponernos en camino. Recogimos el campamento y nos pusimos en marcha sin más dilación. Atentos a cualquier movimiento, parecía que esa situación no se iba a acabar jamás. Siempre tensos, siempre sudando, bromas ausentes y sonrisas las justas, como cuando sabes que en cualquier momento éstas se cambiarán por lágrimas al ver a un compañero caído. El miedo nos hace fuertes, pues no queda más remedio que enfrentarlo, pero la sensación de desasosiego es insoportable. Llevábamos horas de camino, tranquilo y sin incidencias. Estaba oscuro y no parecía que fuese a cambiar mucho la situación. De repente empecé a notar una molestia en la cabeza. No era muy fuerte, pero sí patente. Pasó un rato y yo miraba a mis compañeros, no quería ser una carga y no dije nada, pero cuando mis ojos se posaron en Sil me día cuenta de que fruncía el ceño y se tocaba los ojos, como si sufriese de mi misma dolencia. El dolor se hizo más agudo entonces, era un dolor penetrante que me paralizaba. Levanté la cabeza y ví como mis compañeros se ponían tensos. No lo estaba sufriendo solo. Sil soltó una exclamación de dolor mientras Claunys se concentraba para no salir de su estado meditativo, donde se encontraba seguro y el dolor no podía penetrar y Aikanasar resistía con el tesón que caracteriza a su familia de dragones. Empecé a pensar rápidamente, sin saber cuanto iba a durar ese efecto y recordé que diversos conjuros pueden llevarte a sentir tal dolor. Concentrándome al máximo no podía despojarme de esa terrible sensación. Tuve que agacharme y bajar la cabeza para restablecerme, por no lo conseguía. Silmewen estaba como yo, el dolor podía con ella como conmigo y no tenía bisos de mejorar.
En el Campo de los Muertos
Caminábamos con pesadez, Silmewen y yo no estábamos bien, Aikansar y Claunys permanecían alerta y el elfo de los bosques parecía totalmente ausente. Entonces a lo lejos divisé una estructura… cuanto más me acercaba más veía una pequeña villa. Los muros, de una altura mediana, eran surcados por unas enredaderas de flores rojas y en el centro de la estructura se veía una puerta. En ella una oscura figura se mantenía en pie, parecía mirarnos y cuando menos lo esperamos, se dio media vuelta y hecho a andar adentrándose en la villa
Oí entonces un grito que provenía de Aikanasar... el elfo amnésico había salido corriendo. Se dirigía hacia la villa haciendo caso omiso a todos los protocolos de seguridad que cualquier ser vivo con un poco de sentido común hubiese tenido en cuanta.
Delante de mis doloridos ojos Aikansar se lanzó un conjuro de invisibilidad y salió directamente detrás del elfo, o eso imagine, por la dirección de sus pisadas. Claunys esperó mientras Silmewen y yo continuábamos con los terribles dolores de cabeza. Fue entonces cuando mi mente empezó a nublarse, el dolor y la ofuscación me hicieron su presa, la húmeda noche que caía ante nosotros y la extraña sensación de que algo tenebroso nos rodeaba hicieron su trabajo y mella en mis fuerzas… y caí en un letargo del que nada recordaría si no fuese por las explicaciones que recopilé de mis compañeros.
Según lo que he podido averiguar, me puse a caminar hacia la villa, hacia el centro de la villa. Permanecí quieto y mis compañeros me seguían para cubrirme de cualquier peligro, al que en ese estado no sería capaz de enfrentarme. Vieron al elfo amnésico tomar un recodo y entrar en una pasada. Yo, hechizado aún, caminé en dirección de la posada y la compañía nos siguió. Silmewen se rezagó y quedó agazapada bajo una de las ventanas de la posada, pero Claunys y Aikanasar, seguros de sus posibilidades, entraron sin dilación. Estábamos en el centro de la estancia, que pronto se llenó de gente fantasmal, enanos y gnomos se reunían allí y no parecían tenernos en cuenta. Hasta que el elfo localizó a un enano, un enano loco… y heroico. El elfo le dijo a Aikanasar que debía obtener la bolsa que colgaba del cinto del enano. Que debía ser suya y pedía nuestra ayuda. Yo continuaba ausente… mi mente nublada y que nada de aquello recuerda. Silmewen, quizás la más diestra entre nosotros se ofreció a intentar robar la bolsa al enano… pensándolo ahora no sé como se les ocurrió tamaña tontería. En un lugar hostil, no invitados, tras todo lo que ya pasamos, robarle la bolsa a un enano en su casa no parece lo más sensato… en fin. Silmewen logró su cometido, el enano no se percató de la situación y antes de darle la bolsa al elfo, que parecía ansioso… la abrió…
La taberna de la villa
La bolsa empezó a gritar y chillar: “-¡¡Amo me roban!!¡¡Me roban!!” La tensión debió ser tremenda. Silmewen cerró rápido la bolsa esperando que se callara, pero el conjuro ya fue activado, probablemente debía tener una palabra de comando para desactivarse que si no se pronunciaba pasaba esto. Los asistentes de la taberna empezaron a salir de su estado y el enano grito:-“¿Que pasa aquí? ¡Eh! ¡Mi bolsa! ¡Devolvédmela!” Yo por mi parte empecé a ver, borroso pero a ver a fin de cuentas. No sabía donde me encontraba, pero empecé a oír gritos y cuando enfoqué la vista vi a Aikanasar frente al enano, discutiendo. El enano se fijó en el elfo amnésico y empezó a gritar más fuerte aún: “-¡¿Qué haces aquí?! ¡Márchate o Dragoroth os encontrará! Entonces estará todo perdido…” Parecía conocer al elfo. Éste empezó a bombardearle a preguntas… ¿Me conoces? ¿Quién soy? ¿Qué son estas plantas? Pero el enano no atendía a razones. Gritaba y miraba al techo de la posada como esperando algo. Entonces se empezaron a oír ruidos, la posada entera empezó a templar. El retumbo de algo que había fuera no nos ayudó a dominar la situación. El enano gritaba: “-¡Demasiado tarde!¡Corred, salid de aquí antes de que os mate el dragón o todo estará perdido!". Ni cortos ni perezosos hicimos caso de lo que nos dijo el enano y salimos corriendo de la taberna, pero Silmewen agarró al enano y lo empujó fuera con nosotros, debía responder muchas preguntas.
Cuando salimos… un dragón rojo adulto nos estaba esperando. Corrimos hacia la espesura, arrastrando al enano, pero Silmewen cayó, se tropezó y parecía que el dragón se iba a cebar en ella. Aikanasar, con su fuerza innata, levantó a Sil cual pluma, la cargó en el hombro y lanzó un conjuro de niebla. Poco tiempo para escapar, pero un despiste efectivo. El enano se quedó atrás. Le gritamos que viniera… pero el nos sonreía: “-Confío en vosotros… escapad y llegad a la Falla de Grenjar… Todo está en vuestras manos”. Tras esto salió corriendo hacia el dragón… enano loco, suicida, estúpido… y heroico. Salvó nuestras vidas dándonos tiempo a entrar en el cieno. Corríamos, Claunys y el elfo amnésico delante, Aikanasar cargando con Silmewen les seguían y yo cerraba el paso. Corriendo con desespero y miedo oímos una explosión cuando el enano llegó a la posición del dragón. Sin tiempo para pensar seguimos corriendo, pero una lágrima se perdió en el Campo de los Muertos al dejar a aquel que era más que un amigo, a aquel que se sacrificó por nosotros, habiéndole robado la bolsa momentos antes… Nos quedaba poco tiempo para que la nube de niebla de Aikanasar se disipase, corríamos como alma que lleva el diablo y acabamos en los cenagales.
El Dragón Rojo
Aquí se nos abría una nueva disputa. El camino estaba plagado de muertos vivientes y otras criaturas. Los miembros del Azote deberían ser informados de esta zona. Aikanasar dejó en el suelo a Silmewen, que se restituyó rápidamente. Aikanasar sudaba como si hubiese llovido, chorreaba y jadeaba después del esfuerzo supremo de llevar en brazos a una persona con su armadura y su carga añadida. Yo estaba cansado, confuso y alucinado. ¿Dónde nos habíamos metido? ¿Y como llegamos a esta situación? Claunys no hablaba y oteaba la nueva parte del viaje. Paramos un momento, seguros de estar fuera del alcance del dragón, que no se dignaría a entrar en el cenagal. Decidimos el lugar adonde dirigirnos para llegar a Jabaeskyr y continuamos la interminable caminata. Entre puentes colgantes, árboles muertos y podredumbre por doquier avanzábamos en silencio, temerosos de despertar a algo que habitase allí. Los vapores nocivos y el olor asqueroso se pegaban a la ropa y al sudor. La tensión volvía cuando solo se oía nadar a alguna criatura por aquellas aguas infectadas. Y entonces aparecieron. Ghouls o zombis, no los reconocí. Mi posición era en la retaguardia, empecé a dispara flechas con mi arco de roble, demasiado usado últimamente, apuntando a la cabeza de los muertos, pero eran resistentes. Se hacían fuertes en su casa, esta zona de muerte e inmundicia era su hogar, aquí ganaban poder. Claunys y Aikanasar estaban en cabeza, lanzando golpes de espada por doquier, cercenando miembros podridos y descompuestos, pero los monstruos seguían luchando. A Claunys le arrancaron un trozo de ropa y le llegaron a la carne, Claunys empezó a coger un color más lívido, las defensas arcanas que habíamos lanzado se agotaban y el combate duraba demasiado. Silmewen a mi lado disparaba flechas como poseída y Aikansar parecía no cansarse nunca, no paraba de dar gopes. Claunys empezó a reaccionar, con la ropa rasgada, la herida en el pecho y la tristeza en la mirada. Aikanasar me gritó que le lanzase un conjuro de Piel Petra, su conjuro había terminado y los golpes los soportaba con estoicidad, pero doliéndose. Corrí a sus espaldas y me concentré entre la peste, la sangre y el sudor. Estaba notando como la Urdimbre se acercába a mi, ya llegaba, el cosquilleo en todo el cuerpo, nada me perturbaba y ya sentía el correr de la magia por dentro de mi. Los movimientos de mis manos que trazaban vocablos secretos en el aire me salían automáticos, no debía pensar, debía actuar. Mi voz sonó por encima del estruendo de la batalla o eso me pareció a mi y ya lo tenía… Cuando noté un golpe en el costado del hombro. Una de las criaturas se consiguió zapar de los combatientes de cabeza, Claunys y Aikanasar y me había golpeado con fuerza… había rasgado mi túnica y el hombro me sangraba profusamente. Note como si exhalase por última vez. Se escapaba un calor por mi boca y dejaba en su lugar una sensación de frío gélido y desagradable. La tristeza me invadía, algo se había llevado el monstruo con ese golpe. El conjuro se perdió, olvidé todo lo que tenía que hacer y me quedé parado y cabizbajo. No atendía a nada y el zombi volvía a cebarse conmigo. Aikanasar, atento a la lucha que llevaba con tres de esos monstruos, giró y me dio un empujón que despertaría a un Golem, me sacó de mi ensimismamiento a la vez que evitaba que el zombi descargase un nuevo golpe con sus garras podridas. Me aparté y volví a concentrarme para proteger a mi amigo. Esta vez si funcionó. Y continuó la lucha. De nuevo me aparté al fondo y seguí disparando flechas, pero el grosor de los enemigos había sido abatido. Apabullados por las circunstancias continuamos camino de lo que creíamos sería el final del viaje por los pantanos. Tuvimos un encuentro con otro no-muertos, esqueletos esta vez, pero nada de lo que no nos pudiésemos deshacer con facilidad… para nada comparable con lo que ya habíamos vivido.
Lucha en el pantano
Llegamos a una zona de la ciénaga en la que vislumbramos unas ruinas. Parecía una atalaya de piedra, pues una torre semi derruida se levantaba por encima de la podredumbre del lugar. Silmewen intentó escalarla para ver la dirección a seguir, Aikanasar y Claunys continuaban discutiendo sobre la dirección a tomar: que si nos habíamos equivocado de camino, que si teníamos que haber torcido al este por allí… yo los escuchaba tenso y repasando mis conjuros mentalmente, mientras con un ojo, solo uno, vigilaba al elfo, que allí paraba. Mientras cada uno hacía las suyas y Sil llegaba casi a la cima de las ruinas, la tierra empezó a temblar. Claunys y Aika se pusieron en guardia al momento, me impresionó la menra en que en un abrir y cerrar de ojos Clunys había guardado el mapa y ya blandía su arma… años de camino y de entrega a la naturaleza, pensé yo. Grité a Sil que se bajase de las ruinas, bien podía ser que con el temblor acabasen por desmoronarse y aplastasen a nuestra amiga. Nos pusimos en guardia. Yo estaba cansado, sin conjuros casi, agobiado por el ambiente cerrado y infecto del lugar, ya no tenía ganas de continuar con ello, pero era eso o morir… Nos cubrimos entre las ruinas y los puentes colgantes. Aikanasar nos apremió, podía ser un Dracoliche, la ciénaga llena de muertos podía tener un maestro como tal. Solo oír eso la poca energía que tenía se me fue escapando. Apareció un Gusano Enorme. No se que mierda era eso, pero nos sacaba como veinte cabezas. Aikanasar se elevó con sus alas de dragón y empezó a lanzar hechizos desde el aire, Bolas de Fuego e Incendiarios, Silmewen y yo lanzábamos flechas a diestro y siniestro, sin parar, aunque solo éramos dos parecía que una lluvia sólida caía sobre la criatura. Ésta inició un grito salvaje y preternatural que nos heló la sangre, inició su contra. Claunys estaba más cerca de ella que nadie, pero ella se centró en Aikanasar, el mayor daño le venía desde el aire y no parecía dispuesta a tolerarlo por más tiempo. Con una abatida recibimos todos, Aika salió disparado para un lado, Silmewen quedó a merced de la criatura , justo debajo suyo, con el golpe en el suelo de la criatura Claunys cayó, agarrándose en última instancia al puente colgante y yo, que había previsto la sacudida logré agarrarme fuerte a una cuerda, antes de caer. El ataque no cejó por este incidente, pero sí demostró lo capaz de dañar que era el monstruo. El gusano se cebó con Aikanasar y con Claunys, al que vio limitado de movimiento, Silmewen, que yacía de espaldas a los pies del bicho seguía disparando flechas y entonces me di cuenta. El gusano no podía ver a Silmewen, reaccionaba a sus golpes pero no podía defenderse. Esta era nuestra oportunidad y nuestra única salida. Grite a todos: “-¡Poneos delante de sus narices, entre su torso y su cara, allí no os localiza! ¡Tiene un punto muerto¡" Aika fue el primero en reaccionar, bajó de los cielos y se puso cerca de Silmewen, la cual continuaba con sus flechazos directos al torso de la criatura. Lo cierto es que la teníamos bastante tocada, pero no podíamos arriesgar ninguna vida. Claunys y yo salimos corriendo del puente y arrastrándonos por el suelo fangoso llegamos derrapando al frente del animal. El gusano se quedó expectante, descolocado, no sabía que había sucedido, pero sangraba, y sangraba profusamente. Alguien dijo de invocar a una criatura lejos de nosotros, una invocación que distrajese al monstruo mientras nos cebábamos en el o mientras escapábamos. Invoqué a un Canarconte lejos de nosotros y le ordené que mantuviese la posición. La decisión final fue… correr. El gusano detectó al Canarconte y se cebó contra el mientras nosotros salíamos de nuestra privilegiada posición y arrancábamos a correr por donde Claunys y Aikanasar decidieron en un principio. Estábamos al borde de salir de la maldita ciénaga. Ésta principió a acabar con nosotros, pero le superamos la prueba. El Canarconte pegó un golpe mortal a la criatura, lo cual nos indicaba que la habíamos dañado sobremanera y que el remate era cuestión de suerte y tiempo.
El gusano de las Antipodas
Sudando, cansados hasta la extenuación, sangrando y desanimados continuamos el camino. Al que le explique esto no se lo cree, pensé yo. Esto no era una aventura, era una carrera de muerte, a ver quien caía primero, a ver quien aguantaba más. Las criaturas, los monstruos, los dragones…. Todo enemigos, casi ningún aliado, excepto el enano loco, que tal como llegó se fue. Ayuda inestimable sin duda, pero efímera. Con porte alto, magullados y destrozados, pero victoriosos, continuamos a pie nuestra pequeña odisea. Caminábamos como si ya nada nos pudiese dañar, después de lo soportado. Pero todos, hasta el elfo amnésico teníamos algo en la cabeza que no nos abandonaría rápidamente: descansar.