Txapelman
Screenshot secreta de Minen
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Fue un día distinto a los demás. Normalmente, mi rutina se basa en lidiar con las necesidades materiales de la sociedad de Amn y sobrevivir a los encuentros fortuitos en mis viajes por la región. Sin embargo, esta vez pude acercarme a la linde del bosque sin el temor de perder la vida.
El campamento estaba en el linde del Bosque de Alandor, cerca del camino que lleva al Claro de Eldath. Tenía lo básico, pero no carecía de encanto, tablones con contratos de trabajo, un caldero rebosante de pescado y ese penetrante olor a azufre que se sentía desde la distancia.
Charlamos un rato sobre asuntos mundanos. Cuando alguien sugirió ponerse en marcha, no dudé en unirme. Sabía que debía fortalecer mi vínculo con la naturaleza, ampliar mis contactos, pues nunca sabes cuando se va a necesitar ayuda y practicar el manejo del escudo y la espada. Todo conocimiento vital para la supervivencia.
Al ver la profesionalidad de los aventureros presentes, decidí que lo más prudente era callar, observar y aprender. Me preparé con un objetivo humilde, no morir. Hoy aprendí que nunca está lo suficientemente preparado para lo inesperado.
Llegamos a una cueva cerca de las Agujas de Oro. Nada más entrar, fuimos recibidos por diversas criaturas, de haber ido solo, ahora mismo estaría en la siguiente fase del Ciclo Natural. Gracias al grupo, avanzamos sin mucho problema hasta toparnos con el primer Desgarrador Gris.
Bajo la guía de Loreliel, nos internamos en los túneles. Su experiencia nos ahorró caer en la mayoría de las trampas, aunque alguna nos dio un buen susto. Pero nada comparado con el hallazgo de las estatuas. Durei tuvo la iniciativa de despetrificar una de ellas, la mujer a la que devolvimos la vida nos advirtió del peligro real, un Contemplador moraba en las profundidades, convirtiendo en piedra a todo aquel que osara adentrarse en la cueva.
Nos dividimos. Yo me quedé con los que protegían a Samira mientras ella canalizaba su magia para ayudar al resto de los aventureros petrificados. A la vuelta del grupo de asalto, me dediqué a lo que mejor se me dio durante toda la incursión, sanar heridas y asistir a los maltrechos.
Finalmente, Samira terminaba su labor con las estatuas y marchó, el resto, emprendimos el regreso a pie. Hoy he comprendido, de primera mano, las claras ventajas y las inevitables complicaciones de moverse en un grupo numeroso.
El campamento estaba en el linde del Bosque de Alandor, cerca del camino que lleva al Claro de Eldath. Tenía lo básico, pero no carecía de encanto, tablones con contratos de trabajo, un caldero rebosante de pescado y ese penetrante olor a azufre que se sentía desde la distancia.
Charlamos un rato sobre asuntos mundanos. Cuando alguien sugirió ponerse en marcha, no dudé en unirme. Sabía que debía fortalecer mi vínculo con la naturaleza, ampliar mis contactos, pues nunca sabes cuando se va a necesitar ayuda y practicar el manejo del escudo y la espada. Todo conocimiento vital para la supervivencia.
Al ver la profesionalidad de los aventureros presentes, decidí que lo más prudente era callar, observar y aprender. Me preparé con un objetivo humilde, no morir. Hoy aprendí que nunca está lo suficientemente preparado para lo inesperado.
Llegamos a una cueva cerca de las Agujas de Oro. Nada más entrar, fuimos recibidos por diversas criaturas, de haber ido solo, ahora mismo estaría en la siguiente fase del Ciclo Natural. Gracias al grupo, avanzamos sin mucho problema hasta toparnos con el primer Desgarrador Gris.
Bajo la guía de Loreliel, nos internamos en los túneles. Su experiencia nos ahorró caer en la mayoría de las trampas, aunque alguna nos dio un buen susto. Pero nada comparado con el hallazgo de las estatuas. Durei tuvo la iniciativa de despetrificar una de ellas, la mujer a la que devolvimos la vida nos advirtió del peligro real, un Contemplador moraba en las profundidades, convirtiendo en piedra a todo aquel que osara adentrarse en la cueva.
Nos dividimos. Yo me quedé con los que protegían a Samira mientras ella canalizaba su magia para ayudar al resto de los aventureros petrificados. A la vuelta del grupo de asalto, me dediqué a lo que mejor se me dio durante toda la incursión, sanar heridas y asistir a los maltrechos.
Finalmente, Samira terminaba su labor con las estatuas y marchó, el resto, emprendimos el regreso a pie. Hoy he comprendido, de primera mano, las claras ventajas y las inevitables complicaciones de moverse en un grupo numeroso.