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archedchristian

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15/8/19
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En más de una ocasión, el oni había gruñido entre los suyos que la Ciudad de las Bestias lo estaba volviendo débil . Demasiadas órdenes y demasiada seguridad tras los muros. Allí dentro, todo parecía bajo control… y ese sosiego terminaba siguiéndolo cuando salía al exterior.

Fuera, todo respiraba con la única intención de matarle, y él empezaba a olvidarlo. No era la primera vez que rozaba el Reino del Gran Destructor.

Por eso, una noche, decidió marcharse sin avisar. Dejó atrás deberes, armas y armadura. Subió solo hacia las colinas de los Dientecillos, con las manos desnudas y nada más. Quería volver a sentirse como lo que era, un hijo de Vaprak, expuesto y vulnerable.

Encontró un lugar elevado, cerca de una caverna abierta como una herida en la roca. Allí comenzó los preparativos de la gran noche. Durante días, varios viajeros desaparecieron en los caminos cercanos. Sus cabezas acabaron clavadas en picas, formando un círculo irregular que delimitaba la arena. Los cuerpos, amontonados sobre una gran piedra, servirían de banquete.

Con la sangre trazó símbolos de guerra y viejas marcas de Vaprak sobre la tierra, las paredes y su propio cuerpo. Luego reunió madera seca y levantó una pira enorme. Maldiciéndose al recordar lo que era el esfuerzo. Cuando la encendió, una columna de humo se alzó hacia el cielo como una invitación.

La llamada no tardó en surtir efecto.

Osgos, ogros y otras criaturas acudieron, atraídos por el olor a sangre y fuego. Nadie hablaba demasiado. No hacía falta. La noche ya estaba cargada de promesas.

Sondakur alzó la voz cuando la luna estuvo alta:

-Comed y luchad. Que Vaprak mire y juzgue.

Algunos se marcharon. Otros, pocos, dieron un paso al frente. Entraron en la arena bajo la mirada vacía de las cabezas clavadas. No había reglas, ni honor. Solo se detenía cuando el vencedor lo decidía… o cuando ya no quedaba nada que romper.

Sondakur también acabó entrando.

Luchó más de una vez, huesos quebrados, carne abierta y golpes que habrían matado a otros. Pero su cuerpo se recomponía con el paso de las horas, como si la propia brutalidad lo mantuviera en pie. Hasta que dejó de ser suficiente. En uno de los combates le arrancaron un brazo, esa vez no ganó.

A duras penas logró arrastrarse fuera del círculo entre alaridos de dolor y maldiciones. Aprovechó su don para desvanecerse de la vista de los demás y escapar. Algunos lo vieron huir entre carcajadas y burlas. No le importó. Para él, ya había sido suficiente.

Cuando regresó a Murann, algo en él se había torcido para siempre. La falsa calma de la ciudad ya no lo envolvía y ahora la sentía como una mentira débil, propia de quienes olvidan demasiado pronto.

Había vuelto a mirar a la muerte de frente… y esta vez no apartó la mirada, sonrió. Porque entendió que no era algo que debiera temer, sino algo que debía imponer a los demás.
 
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