Mana
Vampiro buceador de lagos
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En el Barrio Bajo de Athkatla, la fe no se mide con templos de mármol, sino con lo que eres capaz de compartir cuando no tienes nada.
Vitorica estaba agachada tras una pila de cajas de pescado podrido, cerca de los muelles. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, seguían el rastro de un hombre con túnica de seda que caminaba con demasiada confianza por un territorio que no le pertenecía. El hombre llevaba un amuleto de plata con forma de luna llena colgando del cuello; una pieza preciosa, pero en este barrio, era una sentencia de muerte.
—Ese idiota va a terminar en el fondo del puerto —masculló Vitorica.
No lo seguía para robárselo. Lo seguía porque Selûne enseña que los perdidos deben ser guiados. Y ese hombre estaba muy, muy perdido.
Dos sombras se despegaron de una pared mugrienta unos metros más adelante. Eran matones del "Pies de Plomo", tipos que te cortaban el cuello por el precio de una jarra de cerveza aguada. Victorica metió la mano en su bota y sacó una pequeña bolsa de canicas de arcilla que ella misma había barnizado para que brillaran en la oscuridad.
Cuando los matones saltaron sobre el incauto, Vitorica no gritó. Lanzó la bolsa con una puntería perfeccionada tras años de juegos callejeros. Las canicas se esparcieron bajo las botas de los agresores justo cuando daban el primer paso. El sonido de huesos chocando contra el suelo y maldiciones ahogadas rompió el silencio del muelle.
—¡Por aquí, señor "Luz de Luna"! —siseó Vitorica, saliendo de entre las cajas.
El hombre, pálido y temblando, la miró sin entender. Ella le agarró la manga de la túnica y lo arrastró por un laberinto de callejones que solo alguien que ha crecido entre ratas conoce de memoria. Corrieron hasta que el olor a salitre fue reemplazado por el aroma a pan quemado de las tabernas interiores.
Se detuvieron frente a una pequeña hornacina tallada en una pared de ladrillo, donde alguien había dibujado una luna con tiza blanca.
—Escuche bien —dijo Vitorica, recuperando el aliento—. Guarde esa plata bajo la ropa. Aquí la fe se lleva en el corazón, no en el cuello si quiere conservarlo.
El hombre, un clérigo de las ciudades del norte, la miró con asombro. Sacó una moneda de oro para dársela, pero Vitorica negó con la cabeza, aunque sus tripas rugían de hambre.
—Guárdela. Mejor compre mantas para los huérfanos de la calle del Ciego. Selûne sonríe más cuando alguien duerme caliente.
Sin esperar una respuesta, la joven se fundió con las sombras del callejón. No tenía monedas, ni hechizos, ni cena; pero mientras caminaba de regreso a su rincón, la luz de la luna que se filtraba entre los edificios parecía indicarle el camino de vuelta a casa, tan clara como si fuera de día.

Vitorica estaba agachada tras una pila de cajas de pescado podrido, cerca de los muelles. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, seguían el rastro de un hombre con túnica de seda que caminaba con demasiada confianza por un territorio que no le pertenecía. El hombre llevaba un amuleto de plata con forma de luna llena colgando del cuello; una pieza preciosa, pero en este barrio, era una sentencia de muerte.
—Ese idiota va a terminar en el fondo del puerto —masculló Vitorica.
No lo seguía para robárselo. Lo seguía porque Selûne enseña que los perdidos deben ser guiados. Y ese hombre estaba muy, muy perdido.
Dos sombras se despegaron de una pared mugrienta unos metros más adelante. Eran matones del "Pies de Plomo", tipos que te cortaban el cuello por el precio de una jarra de cerveza aguada. Victorica metió la mano en su bota y sacó una pequeña bolsa de canicas de arcilla que ella misma había barnizado para que brillaran en la oscuridad.
Cuando los matones saltaron sobre el incauto, Vitorica no gritó. Lanzó la bolsa con una puntería perfeccionada tras años de juegos callejeros. Las canicas se esparcieron bajo las botas de los agresores justo cuando daban el primer paso. El sonido de huesos chocando contra el suelo y maldiciones ahogadas rompió el silencio del muelle.
—¡Por aquí, señor "Luz de Luna"! —siseó Vitorica, saliendo de entre las cajas.
El hombre, pálido y temblando, la miró sin entender. Ella le agarró la manga de la túnica y lo arrastró por un laberinto de callejones que solo alguien que ha crecido entre ratas conoce de memoria. Corrieron hasta que el olor a salitre fue reemplazado por el aroma a pan quemado de las tabernas interiores.
Se detuvieron frente a una pequeña hornacina tallada en una pared de ladrillo, donde alguien había dibujado una luna con tiza blanca.
—Escuche bien —dijo Vitorica, recuperando el aliento—. Guarde esa plata bajo la ropa. Aquí la fe se lleva en el corazón, no en el cuello si quiere conservarlo.
El hombre, un clérigo de las ciudades del norte, la miró con asombro. Sacó una moneda de oro para dársela, pero Vitorica negó con la cabeza, aunque sus tripas rugían de hambre.
—Guárdela. Mejor compre mantas para los huérfanos de la calle del Ciego. Selûne sonríe más cuando alguien duerme caliente.
Sin esperar una respuesta, la joven se fundió con las sombras del callejón. No tenía monedas, ni hechizos, ni cena; pero mientras caminaba de regreso a su rincón, la luz de la luna que se filtraba entre los edificios parecía indicarle el camino de vuelta a casa, tan clara como si fuera de día.

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