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Vivir es Sufrir (Ali Al-Abbas)

Patxara*

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Vivir es sufrir

Sufrir es vivir

Morir es sufrir

Sufrir es morir

Morir es sufrir...

Pasaba las página del libro con tamaño gargantuesco, casi tres veces más grande que su cabeza.

Las palabras suntuosas de los mantras en Alzhedo lo enajenaban de la sesión de entrenamiento por la que el jóven muchacho acababa de pasar, y le daban pie a recordar. Incluso en la peor posada del peor barrio de Athkatla, nunca había abandonado su entrenamiento ni su meditación diaria.

Orígenes:

Como no podía ser de otra forma, el Hermano Ali nació inmerso en una vida de penurias. Su padre era un simple estibador de Puerto Calim que trabajaba bajo el sol abrasador y su madre una simple lechera de camellos. Fue el dolor lo que moldeó a Ali desde el principio. Su madre murió durante el parto, y su padre, destrozado y desconsolado, lo crió con mano severa.

A medida que crecía, Ali descubrió una afinidad inusual con el sufrimiento. Encontró consuelo en el aguijón de las ortigas, el dolor de los moratones y el calor abrasador del hierro candente o las colillas todavía en ascuas. Su padre, supersticioso y temeroso, creía que Ali estaba maldito por haber "matado" a su madre. Descargaba su furia contra el muchacho, cuando ebrio y sin un cobre, volvía a casa a encontrarse con sus tinieblas. Pero el niño se deleitaba con ello. El dolor se convirtió en su compañero, su confidente.

No era raro que Ali pasara más tiempo fuera que dentro de casa, en los barrios bajos de Puerto Calim o incluso aventurándose al desierto cuando simplemente prefería desaparecer, o incluso morir. Un fatídico día, en el que estuvo a punto de desfallecer sin agua tras la enésima pelea con su progenitor, Ali tropezó con un grupo de monjes en medio del desierto. Allí conoció a una enigmática figura: una mujer que guiaba al resto, una mujer que desprendía autoridad y respeto como nunca había visto. Se presentó como sirviente de Loviatar, la Doncella del Dolor. Ali cayó de rodillas, sintiendo a la vez miedo y reverencia. Era la Orden de la Vara Blanca. La sacerdotisa susurró secretos a su mente, revelándole su propósito: enseñar a los demás el carácter sagrado del dolor. Prometió a Ali un poder inimaginable si aceptaba el sufrimiento como un don divino. Y así, se comprometió a su servicio.

Contra las quejas de su Padre, se escabullía por la noche y sus pies descalzos dejaban huellas sangrientas en el sendero rocoso de camino al monasterio. Sus monjes eran ascetas que acogían el dolor como un camino hacia la iluminación. Sus rituales diarios incluían la autoflagelación, el ayuno y la exposición a los elementos.

Su nueva Madre, lo acogió bajo su protección. Vio potencial en el chico, una determinación en bruto que podía convertirse en algo formidable.

Su introducción a su nueva vida no tardó mucho. El látigo de la Madre le azotaba cada día la espalda, cada golpe era una lección de resistencia. "El dolor es poder", le susurraba, con ojos inflexibles. Ali apretó los dientes, negándose a gritar. Aprendió a abrazar el sufrimiento, a encontrar consuelo en la agonía.

Dentro de los muros del templo, Ali se entrenó junto a otros acólitos. Ali descubrió que la agonía podía ser un arma, un medio para quebrar el espíritu de un oponente. Por no hablar de los estudios de mantras y antiguos tratados con siglos de historia, leer, escribir, transcribir y distintas lenguas. Incluso había quienes estudiaban sobre el extraño concepto del Ki. Sus nudillos mostraban la huella de incontables horas golpeando maniquíes de madera, cada golpe impregnado de la bendición de la Doncella. Pero no se trataba solo de combate físico: aprendieron a manipular el dolor.

Bajo la tutela de aquella Madre y otras del monasterio, Ali perfeccionó su cuerpo y su mente. Aprendió a convertir el dolor en fuerza. Sus puños se convirtieron en armas letales, cada golpe impregnado de la esencia del sufrimiento. Entrenó con las kamas y otras armas más exóticas con las que infligir el máximo dolor.

Pero la devoción de Ali tenía un lado oscuro. Se deleitaba con el tormento ajeno, buscando por simple gusto peleas contra criminales, contra los que su Secta consideraba herejes y contra los blasfemos de Loviatar por las noches en Puerto Calim, muchos de los cuales conocía de antes de jurar sus votos, y realmente eran inocentes. Incluso algunos de sus compañeros acababan siendo sus objetivos. Eso sí, nunca se había atrevido a volver a casa de su padre. Poco a poco el jóven se hacía más nombre fuera que dentro del monasterio, en los barrios bajos de puerto Calim, e incluso se rumoreaba que estaba buscando unirse a un grupo de asesinos con los que sacar mayor beneficio de su entrenamiento y saciar su sed de infligir dolor.

Ante la presencia de un discípulo que podía salirse del control ante los ojos del público, las Madres enviaron al jóven a la ciudad vecina de Athkatla, en el Reino de Amn, con el objetivo de formar su propia escuela, demostrar a los monjes de otras deidades la supremacia de la Doncella y expandir su fé mediante proezas marciales. No era más que un velado exilio. Sin embargo, las ambiciones de poder de Ali iban más allá de solo el ámbito religioso, buscando perfeccionar sus habilidades de otras formas e incluso sacar beneficios de las mismas.

Y así, el monje de Loviatar emprende su viaje. Sus cicatrices cuentan historias de una diosa que se deleita en el sufrimiento. El Hermano Ali susurra su nombre en la oscuridad de la noche, con una devoción inquebrantable: "Loviatar, concédeme la fuerza para soportar tu sufrimiento, la voluntad para infligir agonía y el éxtasis del dolor".
 
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