Vinter
Elfo que no discute
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En una de sus múltiples idas y venidas entre las montañas y los asentamientos del norte, la voz de uno de los múltiples bárbaros de la montaña, Halgar de la tribu del Águila, se dejó oír en la taberna de Nashkel, con obvia indignación. El bárbaro había sido informado por uno de sus habituales informantes en la zona, uno de los cazadores a los que vendía pieles y carne para que las distribuyera en el mercado.
Y en la taberna de la Luz del Norte, mientras tomaba avituallamiento para volver de vuelta a Cumbrelanza, la indignación se apoderó del bárbaro. ¿El motivo?
El motivo tenía un nombre.
Gwenaëlle de Argluna.
Era cierto que el trato de los bárbaros de la montaña con la iglesia de Selûne era exigua, y era evidente que esa mujer no se había ganado el respeto de él como guerrero al uso, pero sí como erudita. Y también más aun, cuando supo que el infame Sondakur acabó engrilletado por ella y con el esfuerzo de otros.
"¿¡Cómo que la han capturado?! ¿Traición? ¿Deslealtad? ¡Esa mujer ha hecho lo que ninguno de esa penosa milicia a la que llaman ejército los mequetrefes de Athkatla pudo hacer! ¡Y eso estando de luto por la persona que ama! ¡Joder, somos hombres del norte, todos nosotros! ¿¡Es que no os dais cuenta?! ¡Protestad, joder! ¡Esos pijos aburguesados del sur nos maltratan, os obligan a malvivir de la roca desnuda mientras encima os reclaman impuestos para pagar sus lujos tras sus murallas de oro! ¿¡Os he de recordar que Athkatla apoyó la nigromancia en Crimmor, mientras la iglesia de Selûne marchaba con vuestros hombres?! ¿O que os abandonaron mientras la Horda Negra os acosaba mientras teníamos que luchar codo con codo hasta que no les quedó más remedio? ¿O que prácticamente esperaron al último momento a que la Reina de la Oscuridad se hiciera con la ciudad para hacer algo? ¡Protestad por aquellos que sí se acuerdan de vosotros! ¡Iban a montar el Camino de la Luna! ¡Se acuerdan de vosotros, desean ayudar a vuestra gente! ¡Protestad y que esa mujer quede libre! No dejéis que esas sanguijuelas burócratas se salgan con la suya, ¡al victorioso los expolios de la batalla, y eso es lo que se ha ganado Gwenaëlle!"
La evidente indignación del bárbaro no se hizo de rogar. Muchos lo podrían calificar de salvaje, pero era evidente que no era alguien que se dejase cosas en el tintero.
Y en la taberna de la Luz del Norte, mientras tomaba avituallamiento para volver de vuelta a Cumbrelanza, la indignación se apoderó del bárbaro. ¿El motivo?
El motivo tenía un nombre.
Gwenaëlle de Argluna.
Era cierto que el trato de los bárbaros de la montaña con la iglesia de Selûne era exigua, y era evidente que esa mujer no se había ganado el respeto de él como guerrero al uso, pero sí como erudita. Y también más aun, cuando supo que el infame Sondakur acabó engrilletado por ella y con el esfuerzo de otros.
"¿¡Cómo que la han capturado?! ¿Traición? ¿Deslealtad? ¡Esa mujer ha hecho lo que ninguno de esa penosa milicia a la que llaman ejército los mequetrefes de Athkatla pudo hacer! ¡Y eso estando de luto por la persona que ama! ¡Joder, somos hombres del norte, todos nosotros! ¿¡Es que no os dais cuenta?! ¡Protestad, joder! ¡Esos pijos aburguesados del sur nos maltratan, os obligan a malvivir de la roca desnuda mientras encima os reclaman impuestos para pagar sus lujos tras sus murallas de oro! ¿¡Os he de recordar que Athkatla apoyó la nigromancia en Crimmor, mientras la iglesia de Selûne marchaba con vuestros hombres?! ¿O que os abandonaron mientras la Horda Negra os acosaba mientras teníamos que luchar codo con codo hasta que no les quedó más remedio? ¿O que prácticamente esperaron al último momento a que la Reina de la Oscuridad se hiciera con la ciudad para hacer algo? ¡Protestad por aquellos que sí se acuerdan de vosotros! ¡Iban a montar el Camino de la Luna! ¡Se acuerdan de vosotros, desean ayudar a vuestra gente! ¡Protestad y que esa mujer quede libre! No dejéis que esas sanguijuelas burócratas se salgan con la suya, ¡al victorioso los expolios de la batalla, y eso es lo que se ha ganado Gwenaëlle!"
La evidente indignación del bárbaro no se hizo de rogar. Muchos lo podrían calificar de salvaje, pero era evidente que no era alguien que se dejase cosas en el tintero.